Florencia Fontan, poema “El Cuaderno Verde”

El Cuaderno Verde

La espiral del cuerpo,
ese mirar por la ventana desde el lecho
y comprobar como todo continúa
elaborando una metáfora asequible,
azul de cielo, embebido crujir
de vocingleras golondrinas,
o las vegetales cimas
de abetos y cipreses.

Resulta posible que los ojos,
aquellos cuyo vidrio
el paso de las estaciones partiera,
se extasiarán sin saber el porqué
con tanto encendido aroma,
tanta sutil melodía
y no cuestionara el paso de la nube,
el lejano cántico de voces infantiles,
o el despiadado tañer del chiflo
de afilador invitando a Hipnos
a embelesar la tarde
entre balancines y volátiles sedas.

Más todo sigue aquí, igual,
expuesto a la avaricia de mantis
y al impulso de ser una pitia
conocedora de la única
misteriosa verdad viable:
Nada importa, del cuerpo la espiral,
del cielo el azul todo
y vergeles cimas de cipreses y abetos.

—No conozco a ningún astronauta. —Le dices mientras con movimientos ceremoniosos miras por la ventana.
Cuando gira la cabeza su escafandra refleja las luces del techo, pequeños soles lejanos encastrados en un cielo que parece de cartón.
—No somos muchos. —Contesta como disculpándose. —Nadie quiere que se le caigan las uñas, resulta muy angustioso. Los más eficientes se las extirpan antes de embarcarse en una misión larga.
—¿Se las arrancó usted, o dejó que se le cayeran? —Preguntas.
—No fue necesario, jamás he salido del planeta, soy un astronauta en la reserva. —Lo dice sin que parezca afectarle la confesión.
Levanto la mirada del cuaderno de tapas verdes, os veo hablando como dos viejos amigos que se reencuentran inesperadamente.
—¿No le importa eso? —Primero preguntas, después aclaras. —Lo de no haber abandonado este planeta.
Veo en la distancia como su escafandra se inclina hacia el suelo, parece mirarse los pies.
—Si le soy sincero jamás me gustaron las alturas. —Confiesa. —Mi mayor deseo era que nunca fuese necesario montarme en una de esas máquinas, en un cohete, —explica, —han sido doce años de incertidumbres, de miedos a que cualquier circunstancia anómala, un accidente, una enfermedad, me obligara a sustituir a un compañero, aunque en verdad nunca me sentí compañero de nadie, los astronautas somos así, muy nuestros.
Sonríes comprensivo. La figura flotante del nauta del espacio parece no vagar fuera del vagón, miras y tan solo percibes la imagen estática del interlocutor con escafandra que permanece sentado frente a ti.
—Me acerqué hasta usted porque le he visto volar fuera, giraba de continuo alrededor del convoy. —Le explicas mientras miras tus dedos, aquella confesión sobre las uñas parece haberte afectado. Cierras las manos.
—En algunas ocasiones sucede, sobre todo cuando me quedo traspuesto. Cierro los ojos, —explica, —y siento un vacío bajo los pies. Intento abrirlos de inmediato, pero a veces el sueño me vence y no puedo evitarlo.
—Tal vez, en el fondo, desee saber qué es eso de volar. —Apuntas.
—Puede, como le dije somos muy nuestros, ser cosmonauta suponía destacar dentro de las profesiones que mis conocidos habían elegido, vendedor de seguros, médico de familia, si bien son bastante necesarias mi elección resultaba más llamativa, un halo de misterio y aventura doraban hasta la misma palabra… —Por un instante mira evocador hacia el techo de luminarias naranjas para después, compungido, continuar hablando. —A veces tomamos decisiones equivocadas, demasiado pronto, por razones ajenas a nuestro verdadero deseo nos encaminamos por una ruta escabrosa y excesivamente ardua para nuestro ánimo. Sí, esa es mi historia. Ahora me conformo al regresar de mi actual ocupación, cuando el sueño me lo permite, con girar alrededor de este tren todas las tardes.
Le observas con un deje de tristeza, esa que se pinta en tus labios y solo yo sé reconocer.
—¿Y a qué se dedica ahora? —Le preguntas temiendo que se eche a llorar y se ahogue dentro de la escafandra.
—Vendo tostadoras. —Te mira como esperando le hagas otra pregunta que le permita justificar su falta de ambición. —Podría estar trabajando en un banco, pero eso me impediría ponerme el traje, no ponérmelo, —aclara, —si no el llevarlo conmigo hasta la tarde. —Mientras realiza esa afirmación señala un amplio petate que ocupa por completo el asiento contiguo. —Las tostadoras pesan poco, solo tengo que llevar una, se trata de una comercial reciente y su muestrario es muy reducido.
—¿Un solo producto? —Inquieres asombrado.
—Si ampliaran el catálogo tendría que dejarlo, —explica con vehemencia, —ya he abandonado algunas carteras por esa razón. Lo único que me mantiene con cierta esperanza, —insiste excitado, —es poder volar alrededor de los vagones cuando el sueño me lo permite.
Retorno al cuaderno de tapas verdes, de un momento a otro te levantarás del asiento y regresarás a contarme sobre tu charla, no deseo me expliques aquello intuido, no soportaría el comprobar como, alguna variante, pudiera modificar lo que mi fantasía ha construido.

Notas en el Cuaderno Verde 2. (Línea 555).
Escribo:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .