Marcos Estrada, narrativa “El Dedo Anular” Tarjeta Solo de Ida

TARJETA SOLO DE IDA.

Retornar a la carretera, lo único que siempre está ahí, lo que perdura con porfía de cordada ascendente. El caminante retoma el sendero, sin crónica por siempre disponible. Debo reunirme con Julia. Ponerla al corriente de todo lo ocurrido, prevenirle del cariz que los acontecimientos han tomado, y después… No habrá un después. Ya nada justifica el continuar buscando señales de aliento, el pasado está finiquitado y abolido y, lo más sensato, —bonita palabra—, lo realmente justo, es desaparecer por siempre de su vida y que el exilio a su vez, sea una elección en libertad. Dos patos, dos gansos. Si, lo justo y cabal. Lo equitativo.
Abandonar la senda comarcal, en las espaldas quedan episodios que serán difícilmente borrados de la memoria. Momentos en que creí estar a punto de rozar el otro lado. Instantes hermosos en los que, por fin, la realidad de lo grosero, de la sopa tibia y los fines de semana uniformados, caían abolidos por la inspiración y lo esplendoroso.
Sin el menor atisbo de duda la seguridad de la demencia. Pensar que los días que precedieran al desastre estuvieran anegados por la consciencia, y ésta, como un fruto precioso y valido, nos otorgó el privilegio de una nueva visión de las cosas. Suspirar añoranzas recién creadas.
Seguir el trazado dispuesto a finalizar el ritual por completo, el adiós, la despedida que pone un punto y final a ese tiempo mágico. Debe ser así, la visión trágica de las cosas que siempre alimento no deja otra alternativa. La propia carretera indica el trayecto, el mismo mar que contemplé en el peregrinar primero me auxilia con su escenario en movimiento. Brillos incesantes, vuelos inermes de ingrávidas gaviotas. Orilla, terca y fronteriza, márgenes. Un universo oculto que se abrió en mis manos con sólo invocar el nombre, con describirlo por la mente y que, ahora, tras lo destruido, llega pleno y concluso a su exacto término. Pensar que es la añoranza lo que en mi garganta hormiguea presionando con sutil navaja. Sonreír y mentalmente conjurar el rezo, la infantil letanía de abejas y orquídeas. Volver a pedir al tutelar de mi destino el deseo que de niño solicitase esperanzado y que, únicamente, en el mundo vago de lo imaginado, me fue de alguna forma concedido. Suplicar que el dedo anular, que la parte estéril y vana que en todo hay, sea la llave, el don que fuerce por una única vez la puerta olvidada. Ese hueco que albergamos con descuido y que es capaz de corporeizar el vuelo en quietud, lo gastado en nuevo y renacido. Puntos sin relación alguna que fijamos en la mente. Terca presencia de aluvión, el mapa que traza un continente azul.
Lo deseo con todo mi ser, como jamás el deseo se hubo apoderado del haber. De esa unidad que Lucas Martel sigue buscando entre el miedo y el abismo.

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