Florencia Fontan “Rutómetro Línea 555”.

Rutómetro Línea 555

El cansado esqueleto del tren crujió todo, un leve tirón de metal y alma puso en movimiento las imágenes que tras las ventanas se oscurecían afuera y estás, aterradas, fueron desplazándose hacia atrás perdiéndose definitivamente en la nada. Una puerta verde con un letrero en su centro medio borrado, un agonizante banco de madera mancillado de verde, el ventanuco para venta de billetes y un cartel donde el nombre del apeadero se olvidaba de sí mismo. Los zapatos de metal taconeaban sobre las vías, el cambio de agujas nos hizo estremecer y la oscuridad de la noche cambió el decorado, un segundo acto se avecinaba y las tinieblas reflejaron el escenario del interior de un vagón idéntico al nuestro. Te veía sonreír hacia adentro, como un protagonista de teleserie a las cuatro de la tarde. Todo resultaba viejo, repetido y cansado.

Las taimadas voces de los viajeros
resonaban,
ascendían las palabras
como un insano vapor,
enredadas en los fanales
de agrietados apliques.
Colgaban de la techumbre
como jirones deshechos.
La amarilla luz del techo precipitaba
sobre nuestras cabezas,
como una seca y áspera lluvia,
un tumulto vocinglero de confesionario.
Seguías sonriendo como si aquella llovizna
de verbos y lugares,
nombres e inciertas calles,
quisiera darte la razón,
confirmara lo que ya sospechabas.
Prestabas atención
mientras la locomotora lanzaba un silbo
de advertencia a la apagada geografía circundante.
Harto convocaste el sortilegio
y un chaparrón de frases
por mis oídos
percutió como martillo pilón.

—Quise alejarme de todos vosotros. —Repetía un astronauta sentado dos compartimentos más atrás sin mirar a nadie.
En aquel momento no conseguí determinar si aquel pensamiento salía por su boca o, por el contrario, eran una reflexión solidificada que rodaba por el suelo de madera. Como niño desencantado sus ojos escrutaban tras la visera tintada el reflejo de su propio rostro vagando en la noche, un fantasma conocido que flotaba junto al vagón, cejijunto, ascendiendo y bajando suavemente, apenas una oscilación rítmicamente repetida. Satélite del ferrocarril su cuerpo se alejaba hasta llegar a la máquina y, desde allí, con un movimiento de traslación, regresaba recorriendo el lado contrario del convoy. Pasó justo delante de nuestra ventana y te giraste buscándolo en su asiento. Fuera, su traje blanco, lunar, perlado de cráteres, destacaba sobre el muro negro de la noche. Dentro del vagón se mostraba anaranjado. Aquellas luces mortecinas le brindaban reflejos de los atardeceres de Marte. A la altura de donde debía encontrarse su ombligo, justo en la mitad del traje, un tubo brota serpenteante manteniéndole en todo instante unido al tren. Te incorporas y caminas en su dirección, parece presentirte y su imagen, la que rota alrededor del tren, desaparece de mi vista. Ahora eres tú quien levita fuera del vagón. Cojo mi cuaderno de tapas verdes, necesito alejarme de las frases que volverán a inundarlo todo, esas que entre ambos tejeréis para mi tormento.

Notas en el Cuaderno Verde. (Línea 555).
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