Marcos Estrada, narrativa “El Dedo Anular” Tarjeta Desquiciada

TARJETA DESQUICIADA

La carretera se devora a sí misma, coma lo hago yo, en una continua sucesión de objetos móviles, atrás quedan figuras fugaces, árboles, gestos huidizos, casas vertiginosas y alocadas. Apostar una vez más por el destino, regresar al templo de los adamitas obscenos, una certeza sin fundamentos me anima a creer que la locura puede estar allí. En una ocasión, ya remota, el azar nos colocó cara a cara, pudiera ser que la gracia me fuera concedida una última vez y que nuestros destinos se cruzasen. Alentar ese propósito, que sea lo ubicuo, lo imponderable, los genios, los que acompañen por siempre a los pasos.
Me desvío hacia la carretera comarcal, la pendiente se eleva abrupta y difícil, tal como la recuerdo.
Ya no tener que huir, poseer al que ilumina en las sombras, al que hubo señalado un omega y un alfa en todos los destinos. Tengo que hablar con él, todo el bagaje adquirido en estas semanas será el revulsivo, la purga necesaria para que el final que parezca estar predestinado llegue a realizarse. Están equivocados, lo saben, el mismo Samuel ha confiado en mis posibilidades y una seguridad creciente afirma interior que puedo lograrlo. ¿Venganza? ¿De quién para Lucas? Convencido de ello, empiezo a rozar la tenue frontera de la temeridad, olvido el peligro que aún acecha, la osadía me hace huir de planteamientos reales, lo sé, no puedo olvidarlo.
Realidad. Trocada esta, confundida por la obsesiva idea que me empuja, saber la verdad, busco y no hallo por el momento respuesta, sólo el recuerdo, el imposible camino.
Al doblar la última curva diviso el edificio de dos plantas donde convivía la iniciación y el sexo. No puedo evitar que mis labios compongan una sonrisa al recordar la patética imagen de Juan Solano. Alzo la mirada intentando ver qué es todo aquel ajetreo que alrededor de la venta parece elaborarse. Como ángeles descendidos del cielo percibo la luz azulada que intermitente gira sobre unos automóviles, condensadas en sus fundas de plástico coloreado guiñan la alarma a todos los vientos. Varias unidades de la policía descansan ante la puerta principal invadiendo un pedazo considerable de la calzada. Una bella cinta bicolor rodea la edificación en todo su perímetro.
Ese y no otro es el verdadero círculo, un pentáculo salomónico cuya plegaria ha sido promulgada días atrás. Las misivas llegaron a buen destino, puedo comenzar a soñar con el descanso, “esos hilos” se han encargado de romper el crisol donde la pócima se cocía por sí misma, ya nada debo temer.
Mientras paso junto al lugar, con la curiosidad derramada por los cristales, contemplo como la anaranjada laboriosidad de una pala mecánica rasga, casi delicada y tierna, la corteza de grava del patio. La enormidad férrea se afana delante del mayestático alcornoque. Recuerdo por enésima vez el desasosiego oscuro que desde su planta había presentido, el lamento subterráneo que parecía querer abandonar el encierro de suelo y salir clamando el abandono y la desgracia. Y ahora, pasado el tiempo necesario, afloran los restos de un hombre anónimo cuya ropa he compartido, y al que únicamente pude presentir a través de mi exacerbada imaginación, y por la angustia de una mujer cuya tez poseía el manto de una presencia de olivas.
Ojos de almendras amargas, dulcedumbre que pudo devolver el sosiego. Ahora comprendo tu arrobo, tu apostar por el primero que en la puerta parase, y ese fui yo, como cualquier otro, como cualquiera. Retorna ilesa la prudencia, evocar lo absurdo de la muerte, el episodio de Juan Solano cruza como corceles negros por mi frente. Tengo que apoyarme en la exhumación del cadáver, en el esposo de Ana Tomé para justificar mi presencia en el domicilio del librero, pero eso será un tema posterior al que ya le dedicaré el tiempo necesario. Al fin parece que las cosas se enderezan, conveniente la espera, cuanto más al fondo lleguen en sus investigaciones, más credibilidad tendrá mi coartada. Peligrosa literatura. Caerán uno tras otros, un castillo de naipes con forma piramidal se abatirá insonoro, y de aquel árbol caído, por una vez en toda mi vida, podré hacer leña. Lucas el Traidor. Lucas reflexiona.
Cuando he pasado el demencial ajetreo, prosigo hacia delante, muy a pesar mío conozco las inmediaciones, unos cientos de metros más y girar hacia la izquierda buscando la protección del terrizo donde una vez espié este tétrico edificio. Dejo el motor en marcha y agazapado observo en la distancia. No es un ángulo conveniente, pero puedo intuir que algo solivianta a los allí congregados. Los uniformes evolucionan componiendo una danza inquietante. Un corro de personas bien trajeadas departe con gestos excesivos, tal vez entre ellos esté un juez, o un médico forense. Aunque comparten ropaje parejo, sus estilos en el vestir no parece ser suficiente para diferenciarlos, Las manos se agitan, dan instrucciones a un grupo de obreros armados con palas y picos. La locura reina dando órdenes, un coche fúnebre espera con codicia el probable cargamento, con deseos de ser útil aguarda el momento, siempre trágico, en que las herméticas bolsas de plástico, convenientemente etiquetadas, hagan su aparición. Un gusano negro y extenso que en el interior portará los restos mondos de un cadáver. Junto a uno de los vehículos me parece distinguir la canosa y escasa presencia de Francisco Tomé, a su lado, joven y avejentado, la lúcida idiotez de un muchacho permanece esposada por las muñecas. Siento un golpe de lástima, no deja de ser un campesino confundido y arrastrado hacia la locura, un torpe vesánico al que le alentaron en sus sinrazones. De vez en cuando el culo de la máquina asoma por la esquina de la venta, arremolina en las posaderas un humo negro como la pez y se esconde de nuevo tras las bambalinas de dos plantas, maldiciendo y renqueando en ese lenguaje que suele utilizar la mecánica. Los hombres siguen desmenuzando el suelo que ella violenta, buscan las marcas, los restos frugales que deja tras de sí un muerto. Falanges, diminutas excrecencias de piel seca y apergaminada. Un poco después aparece la tan esperada bolsa, en su interior está yacente el pasaporte que requiero con urgencia de gaviota.
Ante mis asombrados ojos puedo contar dos bolsas más, en total tres homicidios que la abulia policial seguro ha archivado. Prosiguen minando el patio, no pierden la esperanza de encontrar otros restos. Del círculo de personas se separa un hombre portando un teléfono móvil que pega a la oreja con obstinación malsana, se agacha en un vano intento por aislarse de la hecatombe sonora que reina en rededor. Esperar, ahora toca lo estático, quiero tener la absoluta confianza de que seguirán socavando la necrópolis en que este sitio se ha convertido. Recordar, ¡como anula!, rememorar un espacio de faroles casi teatrales, de mesas inservibles en una continua práctica de la desatención. Si, esperar hasta que se marchen. Este es mi momento. Volver a recordar las palabras, el viaje de los mil Li.
Pequeños hombres, diminutas mentes juzgando hechos inexplicables. Mal fin para aquellos pobres dementes. Nunca 1ograrán, ni tan siquiera, aventurar todo el tinglado personal que a su sombra se ha ido gestando. La suerte que puedan correr aquellos desquiciados, en el fondo, no me importa demasiado. Con grandes dosis de paciencia y no menos de maña tal vez logren inculpar como coautor o encubridor de las muertes a Francisco Tomé. Su hijo, el Ventero Lúcido, correrá distinta suerte. Un psiquiátrico, un mal llamado centro de salud, el internamiento de por vida y la sedación constante le aguardan como dos castigos divinos. Y en verdad que sus palabras no eran tan irrelevantes. La nostalgia en el lomo, un espacio que se achica dejándome fuera. Tras la interpretación del Génesis un trasfondo de verdad se divisa. Esa mancha es imborrable, los restos quedan impregnando los dedos, salpicando de verdad eso que llamo futuro, eso que no veo. Mentes escuetas, los pequeñísimos señores de la ley no verán nada más que cerrazón y delirios. Serán incapaces de apreciar en las sabias e iluminadas alegorías el ínfimo sentido que se percibe. Delincuentes, vulgares sectarios que tras la panoplia de una filosofía mística buscan el placer y la cópula. Ese será el dictamen. El Árbol de la Ciencia cae talado por lo plebeyo y mezquino, recomido desde dentro por la parásita fauna que siempre se aloja sobre lo vivo y pujante. Ya es inviable para el hombre el desprenderse del dios cruel y celoso, abolir la envidiosa presencia del Yahveh bíblico. Nunca más andará su pie la senda por sí mismo, sin edén, sin consciencia, sin ningún consuelo que le situé en las márgenes de la estrecha vereda, se verá impelido al trasegar inmundo y subordinado de la religión castradora. Tal vez ya, Lucas Martel, el Traidor de sí mismo, sólo ha sido un instrumento herético utilizado para anular tan magnífico intento. Una pieza ignorada, designada para abortar al embrión que luchaba por llegar a ser, y que malformado e incompleto en el útero, presintió que su exterminio estaba cercano. Todo perecido, “los hilos” fueron confabulados para acabar con cada intento, y los taimados impulsos por elevar el listón quedaron en eso, un final que una pala anaranjada imparte entre rebuznos y toses de gasoil. Mi fábula ha naufragado por dos veces, perdida en la deriva de los aconteceres morirá expuesta al singular tráfico del tiempo. Juan murió absurdo y sin llegar a comprender el verdadero significado de toda la lucha que en sus delirios fomentaba. Ana resultó ser un bello cordero expiatorio, una puta rústica y estrecha que al final evidenció el saber oculto. Puedo masticar el vacío sin relleno que tantas jornadas novedosas me van a dejar en el ánimo. Un apocalipsis invertido que arrebata el sentido normal de las cosas y se adecúa por contra al paroxismo de lo inquieto. Todo trastornado y hundido, una mano caprichosa e invisible arrasó el tablero indiscriminadamente y tan sólo unas pocas figuras, solas y absurdas, permanecen de pie.

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