Florencia Fontan, poema “Apeadero de Guiomar”

 

Apeadero de Guiomar

Sabíamos de señales y signos,
aquel andén traía nostalgias de viejas filmotecas,
aroma a celuloide y rancia humareda
de añejo bosque fósil. A pesar de ello insistimos.
Mirabas más allá de las vías,
allá donde la niebla compactaba los ojos
y todo era un monótono lienzo apenas roto
por verticales apariencias, árboles sin hojas,
vallas desamparadas y lineales
fantasmas de un dilapidado mundo de telegrafía.
—¿Quedarán cosas por decir extraviadas
entre aquellos hilos rotos? —Preguntaste
sin esperar respuesta alguna.

Con las manos entregadas en los bolsillos del abrigo
jugué con unas cuantas monedas, ¿cruz o cara?,
parecía tintinear su acertijo
de cobre y acero.
Igual hubiera dado jugarlo a esa carta.
A pesar de ello insistíamos,
aún a sabiendas de que todo era un ensueño
rodeado de espectros ya idos.

En la pared de ladrillos mohosos
un cartel señalaba caducos recorridos y trayectos.
Pasabas el dedo por las borrosas líneas
y era como si un nigromante
despertara el sonoro pasado de la memoria
y el aire denso se nublara de frugales algarabías,
perdidas voces de viajeros,
temblar de carretillas
y coreados cánticos indescifrables.

No era miedo lo que empujaba al alma.

—Esperar al tren exhorta a la muerte. —Afirmabas envuelto en la gabardina,
y eras un ángel doliente,
un ser alado sin anhelos
ni traidoras esperanzas.

El anacrónico tren apartó el silencio a codazos
y un reflejo de luz hirió los contornos
de la despostillada madera y la tarde toda,
el sol apenas era una moribunda brasa,
se enfriaba sobre regatos y charcos
mientras el vapor de la locomotora
se ensimismaba y agonizaba
sobre los cristales de las sucias ventanas
de la cantina.
—Ese nuestro vagón. —Anunciaste con la mirada.

Ambos sabíamos que comenzaba una quimera
de prevista ruina,
cogidos del brazo, empero,
pisamos el estribo
mientras un agudo silbo
anunciaba la inaplazable partida.

Solo quedaba mirar afuera
y ver aquello que jamás seríamos:
las luces de remotas casas,
el níveo humo de los hogares encendidos.

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