Marcos Estrada “El Dedo Anular” Tarjeta Regalo.

TARJETA REGALO.

Puedo sentir la calzada. cada leve rugosidad se trasmite a través del volante. Una extraña sensibilidad arde en las yemas de mis dedos como una herida excitante, desconozco realmente el tiempo que llevo sentado en este automóvil prestado, tal vez varias horas en las que he logrado que las ideas se queden detenidas. Una campana de vidrio parece aislarme de mis propios pensamientos. Ya no necesito razonar, puedo advertir las cosas de una forma nueva e inquietante. Todo comenzó cuando creí percibir la luz transparentando la piel, un templado vibrar que los poros absorbían con avidez abusiva y anhelante. La lógica ha huido de la frente, busca otros huertos, se aposenta en otras tierras más gratas. No llega a ser ni siquiera instinto, sólo una alta torre desde donde se puede contemplar la vida, los hechos en todo su conjunto.
Eva ya no es Julia, te pierdes, la serpiente perece bajo el calcañal imprevisto y Samuel, el pequeño y loco “Rabí”, ofrece a mi mano la flamígera espada con la que debo expulsar a la consciencia y a todos sus banales intentos. Esto debería de haber ocurrido mucho antes, la abolición del árbol, el arrojarme a los designios divinos, tendría que haber sido fruto de otro tiempo, tal vez un espacio donde aún era importante sentir y confiar en los ojos que enfrente se empañaban, se contraían al unísono mientras las tardes se estrechaban hasta hacerse un brillo único y magnífico, el espejo sobre el que construir un tranquilo y vulgar nicho. Ahora es tarde, ya no busco superficies de esplendorosas refulgencias. Esclavo y señor de un mundo plano y lineal, una recta que el infinito niega con constancia.
Casilla primera, en ella me hallo. Rememoro la venta, la insolencia del recuerdo, “Incontenible Risorio” le llamas, notas y papeles que el tiempo ha ido borrando. Hostales, calles empedradas donde el baile era un sueño. Estoy buscando en la memoria algo que crezca, que tenga una vertebral apariencia de continuidad y no encuentro nada. Tu casa, el teléfono, los primeros días en que todo era posible. Andar por la ciudad y pensar en lo que se muere, tabaco y coincidencias. Un sueño de manzanas y suelos ajedrezados, puedo invertir el tiempo, retirarme al comienzo y formular la clave, una frase de trece palabras y dejar que esto se repita hasta la saciedad.
Atardece y detengo el peregrinar sobre un aprisco, me adentro por un turbulento trazado que deja al automóvil abandonado y quieto delante del vacío. A mis pies una fina estela se demora ondulando montañas suaves, se abre en un surco, una oquedad por donde el agua se conmueve tiritando en tintes de oro. A ambos lados del cauce la horticultura verdea vegetal y lujuriosa miles de frutos diligentes. Los ojos de Lucas el Traidor se anegan con aquella exuberante visión y del lagrimal brota el rocío tardío de la alegría. No habita la tristeza en el pecho, este lamento no fue amamantado por la culpa o la añoranza, esas perras viejas cuya virtud te envicia. En cambio, sí sé que es el llanto alborozado e insigne del que goza, crepuscular, concentrado en todo latir o esquiva prisión que gobierna a la ilimitada vida.
Estoy tentado de regresar Julia, de decir aquello del viaje y los Li, si lo dijera nada de lo que tiene que ocurrir sucedería y podrías llamarme, y yo me sorprendería porque acabo de pensar en ti, porque llevo toda la tarde hablándote. Te contaría lo del ventero loco y tú disimularías, me dirías que estoy como una cabra, que siempre invento coincidencias, que me gusta hablar de “esos hilos”. Después reír, ¿sabes?, reímos de lo peligroso que resulta dejar a las cosas seguir su propio rumbo y quedaríamos para cenar. Sentiría el ahogo oprimente del vaho del puerto, yo recordaría gaviotas y carreteras mientras me encaminaba a tu encuentro. Después seríamos crueles, tú dejarías sobre el mantel el recuerdo de Juan, los “blas”, la librería. Pero ahora todo es confuso, Juan muerto, tú culpándome en la distancia sin saber, sin conocer el desenlace cruel que se ha gestado. Ya no quiero tenerte viva, quiero que vivas en el recuerdo, ser el pincel que dibuje tu rostro, la pantalla donde te reflejes y que eso sea bastante, suficiente. Ahora regresaré, buscaré la carretera que conduce a la nada, en ella estás, allí me aguardas. Estoy tentado Julia, quiero volver a empezar y sentir los dedos de los que huyo, voy a llamarte, amor, voy a pronunciar el conjuro que me devuelve una y otra vez al calor de tus brazos:

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