M. Martínez, poema “Zigurat”.

0.0 Zigurat.

Resulta fácil
seguir el credo de este dios
desde las altas torres de Manhattan.
Salvas las manos de líquida sangre,
libre del latrocinio
a punta de navaja de callejuelas y subterráneos.
Inmaculado y satisfecho
mirar las calles,
desde las alturas,
en este préstamo de cielo,
llenas de inmunda plebe
y de impíos corazones de idólatras samaritanos.

Este nuevo zigurat se alza sobre las espaldas
de aquellos que devoran columpios
en abarrotadas estaciones sin puertas,
o son grises pervertidores
de carros de aluminio
en la hora en que los albatros dormitan
por las escaleras.
Sopa, polvo amarillo y agua roja.
Nadie mira atrás,
temen la letal visión de las antenas moribundas
y los pasos a nivel de la ropa sobre los alambres,
depósitos de crispado metal
imponen manos y el postrer bautismo.

Pero, ¿sobre qué se levantan estas torres?

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