Marcos Estrada “El Dedo Anular” Tarjeta Aclarativa.

TARJETA ACLARATIVA.

El ruido de una motocicleta me hizo estremecer, la claridad penetra por las rendijas del portal, palpo el bolsillo izquierdo, el pesado contacto del metal continúa transmitiendo su presencia. Abandono la oscuridad en busca de resplandores saludables, me meto entre la muchedumbre que camina heroica y anónima. Como una descontrolada girándula la razón me advierte del nuevo peligro, el rastro, mis huellas, quedaron esparcidas por toda la casa, una rúbrica que se estampa sobre el cristal como una mortal dedicatoria, dibujadas en cada pedazo de cinta adhesiva que la policía judicial arrancará delicadamente del inerte cuerpo de Juan Solano. El sello personal autentifica sin la menor duda de mi presencia en aquel domicilio, los restos de la cena, la crema sólida de la cera salpicada de sangre, la orina pestilente del difunto, toda una pesadilla que me coloca del lado incorrecto. La puerta violentada quedará como una incógnita indescifrab1e, el móvil se apartará de las transitables rutas de la realidad y será el desconocimiento, su imprecisión, la etiqueta pronta que me incluirá entre los orates y sicópatas más chapuceros. Ando con la mi rada adusta y altiva, no deseo diferenciarme en exceso de la mayoría, quiero mostrarme huraño y débil, confundirme con la impresión que los viandantes siempre me procuraron. Ahora sé que el termino soledad es definido en inquietante integridad, no tengo donde ir, ningún lugar se muestra seguro. Pienso que los primeros momentos de este día que comienza me son cruciales, mientras las pruebas periciales de la policía se llevan a cabo, mientras confrontan fichas y huellas, al menos, pasarán varias horas, tiempo esencial en que deben ser movidos, por tan torpe mano, algunos peones. La reina, por ahora, debe permanecer enrocada Me dirijo hacia el aparcamiento donde el automóvil de Julia sueña, abandono con prontitud el lugar, quiero salir del laberíntico embrollo que la ciudad compone y alejarme cuanto antes del centro motriz de los desvelos, efectuar algunas llamadas. Una certeza inspira mis actos, empiezo a conocer la forma con que “esos hilos” se mueven, si en este instante me encuentro sumido en lo inesperado, otros factores, otros movimientos aleatorios y justos, pueden estar desencadenando nuevas sorpresas. Bajo la costra rugosa y acartonada las larvas estarán sembrando la destrucción, y a mí sólo me será dado el poder contemplar un serrín rasposo y huidizo desprendiéndose inevitable.
Comienzo a peregrinar por el asfalto, conducir me hace pensar de una manera distinta y especial, consigo aislarme y concentrar los esfuerzos en un único sentido, siempre hacia delante. Busco en la radio una emisora que emita noticias, la dejo sonar, la voz concisa y engolada del locutor ejercen sobre la psiquis un apaciguamiento animal. Tras tantos días de intensa lluvia agradezco la clemencia de un sol luminoso y suave. El cielo me devuelve la azulada imagen de la pureza, ni una mísera nube empaña tan cristalina esencia. Bajo su manto, como un sagrado rostro, el mar le presta perfil de azules, y a cambio, como rubores núbiles, los brillos se entretejen entre la espuma alentados por translúcida estampa. Demasiada belleza, la contemplación del paisaje, la detención fragante con que parece cubrirse todo, me producen una amable espina, una astilla que se hunde en el ánimo cambiando la apariencia de sus flores, de sus frutos, agriando el néctar que debieran contener. Oculto en el cavilar diviso un bar de carretera, me dirigió a su encuentro, necesito comunicarme con alguien, recibir algún tipo de información y así poder situarme sobre el mudable tablero. Al final de un concurrido mostrador encuentro el nexo que me transportará ubicuo y eléctrico. Pido un café y tostadas, miro en todas direcciones, los distendidos rastros de los clientes parecen envidiables, platican animados en una atmósfera temprana y tibia. Indico al camarero que me facilite una guía telefónica, busco “apartamentos”, localizo el número, marco con impaciencia y aguardo atento al repetido sonido que señala un punto en la lejanía. Una voz neutra repite un nombre, el de un establecimiento hotelero, y termina su estrofa con el consabido “dígame”, que al final de la frase aprendida, repite con obediencia mecánica. Con sequedad pregunto por un nombre, la imagen que en mi oscuridad se define habla de la renuncia, del denso aroma que en una ocasión quise retener en el recuerdo.
—Si, Julia Martín Pereira, está hospedada en ese establecimiento.
—Un momento, por favor. —Se hace la paz del camposanto.
Condenado a las esperas, la continua dependencia en los demás, presiento que el viaje se realiza por sí mismo, la inercia que se acumulara en un principio impulsa la nave por rutas inesperadas, mientras el horizonte, calmo, se borra líquido en la trágica gota del tiempo. La voz estentórea y nasal de Julia me llega como un hielo agudo e hiriente, sus apetencias la precipitan en forma de continuas preguntas.
—Lucas, ¿dónde estás? ¿Qué es lo que ha ocurrido? —Insiste apasionada y vehemente.
—No quiero alarmarte, pero todo se ha complicado aún más, por ahora es preferible que continúes ahí, vernos puede ser peligroso. Han sucedido cosas lamentables… —Quedo callado, evito a toda costa el relato fidedigno de los hechos.
—¿Qué sucede? ¿Por qué te has detenido de repente? ¡Responde, dios santo! —Alarmada alza el tono de la voz con cólera desmedida.
—Julia, Juan ha…, lo han asesinado… —Ambos dictaminamos una tregua sin palabras.
Poco a poco, como si desde una distancia abusiva se fuese acercando la tormenta, siento un entrecortado sollozar, un jadeo retorcido, un estremecerse que, como un pulso, va ganando en presencias y que, concreto y libre remonta el vuelo mostrando ante mis tímpanos heridos el desesperado llanto de Julia. Se agranda como una punzada, los gemidos son desvalidos y supuran un desguarecido lamento sobre los oídos con terquedad ofensiva. Espero sin interrumpirla, dejo que la salina presencia se libere de sus ojos, que el moqueo que ya conozco se mezcle sucio. Incluso la oigo proferir entrecortadas palabras que, como aguijones terribles, se intercalan mortificando mi callada boca. Como si una certidumbre que hubiese obviado en reiteradas ocasiones y se presentara por fin libre de dudas, sin la posibilidad de la huida, supe que hubo un tiempo en donde mi presencia solamente era un recuerdo, una imagen que había que borrar. Triunfaban la sordidez y la sopa, Juan estaba equivocado, murió sin saber que su pobre aportación bastó para que ella considerara las jornadas compartidas junto a él como un espacio de normalidad necesaria. Ignoraría siempre que os vuelos gloriosos, que las acrobacias terrenas, no le alimentaron de futura como lo hizo el tiempo que pasó a su lado. Que sus sueños de cloaca se materializaron reales, no se trataba de otra abstracción impalpable, por contra, eran fieros y sólidos. Recordé el concepto de lo diario que Julia defendía, la impasibilidad que me arrojó sobre la cara en forma de reproche, aún puedo oírla repetir aquellas palabras amargas y crueles. —La vida, lo cotidiano, el cansado y gratificante día a día, los pelos, el sudor, el vapor de las patatas, el recibo de la luz… — Y como remate final, el golpe retador y humillante de un guantelete sobre la mejilla que estampó la pesadez agria de su inquina, —…todo aquello que a ti te imposibilita para la normalidad—
Ya no escucho, la plañidera que desde el otro lado se lamenta con sonora adefagia me expulsa, me muestra la verdadera ruta que mis pasos deben recorrer libres y en íntima soledad. Sin ningún signo que delate mis pensamientos, con un movimiento imparcial y escrupuloso, cuelgo el auricular interrumpiendo llantos y aflicción.
Salgo al exterior, en 1os ojos flirtean los tonos del esplendoroso día. Detenido, mirando por encima de la urgente carretera, enciendo un cigarrillo, aspiro una profunda bocanada mientras compruebo que, a pesar de todo, la mar continua inmersa en lúdico esperma dador de vida. No debo mirar los limitados actos de los hombres, no es ese mi rasero, el rastro de arcilla líquida es demasiado sucio y vulgar. El cielo, la mar, los grandes colosos amigos, ese el único trazo digno que señala la senda cierta. Seguir adentrándome en los vericuetos que siempre rehusé seguir, deambular durante toda esta maravillosa mañana cerrando el círculo, acercándome hasta donde mis pasos me llevaron en el principio y, entonces, posiblemente entonces, comprenderé, sabré el motivo de tanta locura.

Carlos Sánchez Pérez “Ceesepe” 1958-2018.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .