Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjeta, Tarjeta y Más Tarjetas 2/2.

TARJETA, TARJETA Y MÁS TARJETAS 2/2.

—Por supuesto Lucas, le hablaré de la piedra. Posiblemente se trate del trozo de la narración donde Samuel se demoró sin descanso, horadando con ahínco en el texto. En ello vio, según sus palabras, el elemento mínimo de comparación entre lo inerte y lo animado. Aparte de las abundantes metáforas que avisan sobre lo pequeño, lo grandioso o lo nimio, se crea en el relato una curva donde dos circunstancias opuestas se engarzan en una sola trayectoria. La piedra participa de todos los componentes minerales y químicos que harán posible la consecución última de la vida, por lo tanto, ya en su esencia está presente la propia existencia. Pero no olvide que el salto es ciclópeo, del mineral al ser pensante hay una escalera casi insalvable. La piedra jamás podría concebir la posibi1idad de la vida, es algo que se sale de su propio precepto, y como en un acto supremo del milagro. el ser vivo desemboca en un “homo pensante”, un ser capaz de tomar consciencia de su situación y que siguiendo el ejemplo que lo muerto e inanimado le muestra, puede llegar a formular la idea, con un salto sustancialmente idéntico al de la piedra con respecto al hombre, y crear un abismo aún mayor, el vacío que separa a la materia del espíritu, entendido como energía pura y concreta. Piedra mineral y vida, vida y alma.
El librero resopla agotado, la conferencia rica en matices y aclaraciones le ha dejado fulminado. Continúo callado, no hago preguntas, de él solo percibo una respiración relajada y rítmica, el observa el espectro mudo de Lucas Martel amenazante e imprevisible. El tiempo se alarga inarticulado e inmedible hasta que mi voz rompe, con ironía medida, el ligero envase de aire y pensamientos.
—Resulta realmente magistral que alguien pueda sacar tanto de una simple fábula, espero que su mente de librero no le haga jugarretas como esa.
—Si se detiene en la lectura, puede encontrar algo de todo esto. —Insiste Juan. —No sé, desconozco el sentido que usted quiso darle al escrito, pero el caminante se interna en reflexiones, observa el entorno, y de esa observancia se pueden desprender ideas de cierto regusto filosófico. Mis preferencias literarias van por otros derroteros, —aclara de inmediato, —pero ya ve…
Casi inminente, finalizo la frase que inacabada se encuentra a punto de fenecer.
—…hay gustos para todo, y así nos va. Siguiendo el hilo de Ariadna que el relato os regala, vuestras teorías se sienten ampliadas y justificadas, consciencia, gritáis, una nueva señal se agrega a los fines primeros y gracias a la fantasía de un enfermo, os situáis ante el gran dilema. Ser, es decir, que Lucas Martel continué sobre sus dos extremidades, como hasta este mismo momento suelo hacer, o no ser, ayudarle a que se integre de una forma precipitada con la materia de la que proviene, o sea, sirva de nutriente a un hermoso y robusto alcornoque. Sois sustancialmente peligrosos. ¿En eso estamos de acuerdo?
Así concluyó la invisible presencia que frente a Juan Solano apenas se adivinaba. Así terminé y así lo recuerdo. Pero el librero se siente aún con ánimos, puede seguir dando algunos golpes.
—Tan letales como usted mismo, es cuestión de escalas, o de medida, de magnitudes comparativas, en el fondo da igual.
Nuevos resoplidos le asfixian en sonoro escarnio, retomado el aire necesario continua la plática.
—Tu influencia es mortal para Julia, eres un veneno que la paraliza ante vaguedades, que la descentra sin ofrecerle un nuevo eje a cambio, pero ya ves, paradojas del destino, resultas considerado por ella como un mal menor, como un dolor deseable. Mi influencia sobre Julia nunca pasó de la sordidez y la sopa, pero se sentía situada en un lugar concreto, en un sitio seguro. Olvidó todo aquello que la atenazaba en dolores antiguos, consiguió abolir el pasado y por fin, tomados de la mano, pudo volver a caminar. Pero llegó usted y fue la conmoción, se acabó la paz y se impuso la contienda, y ahí la ha dejado, en ese paréntesis en el que la coloca mientras se dedica a entrometerse en asuntos que no le conciernen. No deja de despertar mi asombro.
Una nueva, inspiración sella las meditaciones, se impone la carne, el sustento, con un ápice de humor Juan cambia de cuestiones.
—¿Aquí se come alguna vez? Voy a desfallecer en cualquier instante, ya le he relatado todo lo que quería saber, ahora compórtese y cumpla su promesa.
El piadoso secuestrador en que me he convertido se incorpora, un haz de luz surge de mi mano, un tubo de boca luminosa que despeja de sombras los pasos. Con andares de pato me encamino hacia la cocina esquivando objetos y libros, al pasar junto a la puerta compruebo cierres y cadena de seguridad, todo parece afianzado. La claridad que me precede desaparece con movimientos reflectantes dentro de un espacio de baldosas y fogones. Juan intenta seguirme con la mirada, puede percibir ráfagas luminosas que señalan giros y búsquedas infructuosas. Desde su tapizada prisión alza la voz intentando ser útil.
—En el frigorífico hay pan en una bolsa, y embutidos.
No recibe respuesta alguna, el amortiguado sonar de bolsas y vasos parece sustituir la carencia de dialogo. Poco después regreso sosteniendo una bandeja con viandas, unos cuantos bocadillos, fruta, y dos botellines de cerveza, componen la frugal cena que aquella noche íbamos a compartir. Arrastro la mesa hasta colocarla entre ambos, así se crea un espacio común donde la normalidad toma forma de objetos cotidianos, un abridor, servilletas de papel y el inevitable cenicero que me acompaña como una fiel sombra.
—Voy a liberarlo del sillón, apesta, pero mantendré los tobillos y piernas aprisionados. Espero que no le dé por loables intentos de fuga. —Le señalo con el índice conminándolo a seguir el consejo.
—No se preocupe, no estoy en condiciones de aventurarme en acrobacias de ese calibre, eso se lo dejo a usted. —Sonrío divertido.
Cualquier ajeno observador hubiese interpretado aquella escena como un episodio casi amistoso, en la penumbra, dos hombres comparten equitativos los comestibles de un ágape solidario. La relación que entre nosotros se establece se asemeja a la que inevitable se crea entre enfermo y cuidador, una dependencia mutua que nos enlaza en un único conjunto, casi necesitados el uno del otro.
—Mi querido Juan, con tu permiso voy a tutearte, aún no sé en qué momento empezaste con los formalismos del trato distante, pero ya está bien, por cierto, puedes comunicarle a Samuel que hay una cuarta entrega. El caminante continúa como en los antiguos folletines, creando dudas y enigmas, pero dudo de que pueda llegar a leerlo. —Ahora es Juan el que sonríe.
—Respecto a lo primero te diré que prefiero mantener un trato respetuoso con alguien que me encañona sin venir muy al caso y, más aún, si sus ojos respiran la locura y, sobre lo otro, una pregunta que me atormenta, ¿en eso martilleabas sobre la máquina…? No tienes solución, a veces pienso que, si las circunstancias hubiesen sido otras, tarde o temprano hubiéramos coincidido en algún sitio, lo entiendo como algo inevitable, lástima que todo se halla ennegrecido. —Su lamento es sincero, el tuteo devasta eriales, melodía del agua derramada.
La respiración del librero parece relajada, con la cuchilla que había utilizado para confeccionar mi altar personal, corto las cintas que le atan a tan reducida prisión, y liberado, se entrega a una plática evocativa.
—No sé, a lo peor el lugar de encuentro estaba prefijado y no podía ser otro que éste en donde estamos. Vuestra secta, la librería, Samuel, e indiscutiblemente Julia, no pocos sitios si lo miras bien.
Esta distendida charla resulta anacrónica y perversa, sigo empecinado en ver una finalidad. Juan, por contra, no me contradice.
—¿Qué tal un poco de café? —Invito animado.
—Sería el sumun del sibaritismo anacoreta, te recomendaré como secuestrador modélico, todo un dechado de atenciones para con tus víctimas. —Reímos a carcajadas, la tensión de horas anteriores se desahoga estentórea y batiente.
—Bueno, no exageres, estaré pendiente desde la cocina, no intentes nada. —La advertencia le es comunicada con una sonrisa amplia y despejada.
Una vez en el interior de la cocina apago la linterna, quiero ahorrar energía, con la azulada luminosidad del gas alumbraba la espera. Aguardo a que el vapor ascienda por el ánima de la cafetera extrayendo aroma y sabor. Medito esperanzado, me gusta pensar que con un par de días de enclaustramiento todo llegará a su término, después liberaría a Juan y me consideraría a mí mismo liberado. En este instante podía retornar a lo real sin miedo a sentir el trauma de las ausencias. Imagino un mundo libre de estos personajes, el brillo enfermo, la ansiedad de escupitajos desaparecida, y una tonalidad decolorada cubriendo el tiempo y retornar integrado al auspicio de la lógica. Albergué esperanzas de reencuentros, otra ilusión. Continuaré escribiendo el relato, si esos infelices eran capaces de encontrar mensajes velados en el texto, cualquier buscador, cualquier lector apasionado, descubriría metáforas enriquecedoras.
El sonido farfullador del hervor hace temblar el vientre metálico del recipiente, una beatífica fragancia de desayunos y meriendas, tan conocida, se expande en chorro que vivifica toda la estancia. Añoro en mis recuerdos la puerta que se cerró para siempre, la verdeante frontera donde Ana, alguna vez, aunque fuese en un juego de la memoria, construyó la imagen evocadora de futuros probables. Nunca abriría sus hojas, se cegó con un portazo brusco que dejó a las ansias suspendidas y mustias. Únicamente se trata de una metáfora, pero como si alguien hubiese puesto sonidos en los pensamientos, me llega el constante transitar de unos pasos desde el rellano de la escalera.
Un susurro me alerta de presencias ajenas situadas al otro lado. Fuera, los animales del rencor olfatean nerviosos y agresivos. Con total tranquilidad cierro la llave del gas, la oscuridad campea nuevamente cubriéndolo todo, tanteo como un autómata la suave seguridad que unas cachas de madera me producen en la mano, dejo que el índice se introduzca en la mortífera frialdad metálica y contengo el aliento intentando que los sonidos lleguen limpios y nítidos. Entre el latir de mi propio corazón percibo, sin ningún genero de dudas, una acechanza física que se aposta en el frontal de la puerta, la cocina se encuentra situada a la derecha del ocasional intruso, a la izquierda se abre el salón y todo desorden. Entonces se produce un nuevo injerto de locura, un estallido de astillas y goznes quebrados retumba ocupándolo todo, un desplome pesado y ruidoso se abate entre destellos de luz y relámpagos que encogen, en un temblor, el menguado coraje que aún me queda. La confusión deja paso a dos siluetas gemelas, la única diferencia estriba en la envergadura de una de ellas, parece ocupar todo el marco de la puerta derribada. Un movimiento sorpresivo de Juan, una alarma inesperada que le hace levantarse apenas del lugar, y las miradas verticales de aquellos perros se vuelven atentas y dispuestas. Primero un fogonazo de bengalas, una luminotecnia muda que imprime en las pupilas los perfiles de dos seres simétricos, después sobreviene la detonación, un seco estruendo que se reparte por los tímpanos con la seguridad de una inundación, y después un flash repetido, una percutora sinrazón que deja un desgarro lesivo en los oídos. Un golpe sordo, una caída desde la verticalidad más estricta, la noche que se precipita sobre vasos y platos, sobre un lecho de cera derretida y amarilla y que como en una ofrenda ritual, se mezcla con la sangre cálida vertida sobre los restos de tan impropia eucaristía. La cárdena presencia de la víctima imprevista se condensa en una iniciación final y definitiva, Juan Solano cae abatido por los continuos disparos que dos desconocidos dispensan sin medida ni concierto. Su cuerpo se contrae en un continuo espasmo, la marioneta cuyos hilos fueron cercenados se desploma inerte e incomprensible, tan sólo sus tobillos permanecen anclados y, en la caída, como si el sillón fuese una prolongación de la carne, se une al cadáver y su agonía. Un automatismo nervioso, una contracción de articulaciones, el dedo abrazando amante el gatillo del arma, dos nuevos impactos brotan dementes y altivos. Los intrusos, sorprendidos por el sortilegio eufórico que a sus espaldas se abre, buscan refugio en la horizontalidad, se precipitan sobre el suelo deseando la seguridad que trastos y sombras pueden ofrecerles. Pocos segundos, instantes donde el instinto acude en nuestra ayuda y busco una salida socorrido por el mío, ciego y aturdido desciendo por las escaleras buscando la salvedad de la calle, los escalones son devorados por grandes zancadas, de dos en dos los salto, la presión del tobillo ha desaparecido por completo ante el ungüento que el terror me dispensa. Me encuentro con la húmeda soledad de la acera, la incomunicada simpatía de gatos y cubos de basura, zigzagueo en un continuo arrebato por hurtar el blanco que mi figura compone bajo la luminosidad de las farolas, entro por callejas sin detenerme a mirar atrás, una carrera alocada que busca alejarme del lugar del crimen. Encuentro refugio en un portal que se halla semi entornado, me embosco en sus rancios olores mientras el corazón se sumerge en los lodos inquietantes del desenfreno. Evito toser con violencia, tal como hubiese deseado. Un callado ahogo se hace bóveda contra el brazo, insonoro, asfixiante.
Pasaron las horas, sentado sobre los escalones de una deslavazada escalera reflexiono salvo. Yo, un lúgubre Caronte que acompaña a las almas hacia un hades no deseado, cada vez que me acerco demasiado a alguien, éste perece. Vivo de prestado, los dos asesinatos me pertenecen, por dos veces sentí cerca la dentellada del cancerbero y las fauces erraron el mordisco adamante. Vuelvo a no poseer nada, salvo las esperanzas depositadas en las tres misivas, ningún otro poder me ampara. Sonrío pesaroso, le predije a Juan Solano que Samuel jamás llegaría a leer la cuarta entrega, que nunca sabría qué caminos transitaría el alegre caminante y, en medio del fragor, quedaron abandonados los folios que mecanografié encandilado. El destino sigue jugando inmisericorde, burlando una y otra vez las expectativas que construyo con hartos esfuerzos. Bostezo cansado, apoyo la frente sobre los brazos e invoco al dulce espíritu del sueño, esperar a que la mañana se haga pública, que las calles se adornen de agitados transeúntes para poder abandonar el cubil.

Ghost in the Shell

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