Rafael Guerrero, relato “El Espectador”

Vivimos en la mejor época de la historia. Podemos hacer lo que queramos, podemos ir a donde nos plazca y tenemos toda la información al alcance de la mano. Cosas que no quieres hacer, lugares a donde no quieres ir y noticias que, en verdad, no te interesan.

¿O es que acaso te importa? Televisión, radio, periódicos e internet al alcance de la mano. Lees con atención un hilo en twitter, youtube o forocoches sobre lo que ha dicho el más irritante político, o política, de turno. Sorprendido, contemplas como comienzan a debatir una propuesta sobre la que, de repente, la población parece tener una opinión formada en cuestión de minutos, no más de dos, tres puntos de vista a lo sumo para todos los ciudadanos y ciudadanas. —No seré yo menos—piensas, casi con orgullo. A veces, simplemente, te crees obvias mentiras para evitar el esfuerzo de pensar lo contrario, con todo lo que ello conlleva. ¿Acaso te importa? Luchas una batalla en tierras extranjeras, ajenas, en la eterna y fútil guerra de la Actualidad, esgrimiendo relatos que, no solamente no te benefician, sino que contribuyen a la transformación de una realidad que ni conoces ni te has molestado en conocer.

Vivimos en una enorme sala de cine, a oscuras, como espectadores de una película más bien mala, una comedia romántica que nunca nadie verá fuera de la sala. Atónitos, asistimos al espectáculo de luces y sombras sin percatarnos de la sala en donde estamos. Sabemos que hay otras personas, pero no sabemos nada de ellas, solo comentamos superficialmente la película. Ocasionalmente los momentos dramáticos nos mantienen en vilo, con la sensación de ser partícipes de un relato inexistente. Al final no tenemos ni idea de quién está en la sala de proyección.

La Actualidad no es la Realidad. La Actualidad es lo que te muestran y crees ver en el mundo, una triste deformación, no precisamente accidental, de la Realidad. La Realidad es aquel lugar donde verdaderamente vivimos. No le prestamos atención, pues no nos dicen que podemos pensar al respecto y, como niños, ignoramos aquello que no somos capaces de explicar. Este horror por lo desconocido, que es nuestro todo, no es más que el miedo a la oscuridad de la madurez. Es preferible vivir en el mundo de los mil relatos, cómodos, seguros, creyendo en aquello que nos permite aguantar esa realidad a la que damos la espalda.

Incertidumbre. Si conociésemos la Realidad nos volveríamos locos. Vagamos en una aparente sensación de libertad de elección que, creemos, nuestros ancestros envidiarían, pero eso solo choca con nuestro más primordial instinto. La vida sencilla, esa línea recta que se ejemplariza en la del hombre que empujaba un arado desde la cuna hasta la tumba, dejando a sus hijos hacer lo mismo a su muerte, dejó de existir hace mucho. O quizás nunca existió, pero aspirábamos a ella. Ahora son mil senderos sinuosos, en muchos casos completas rotondas o callejones sin salida de los que no podrás escapar sin perder la preciada juventud. Todo el mundo busca y espera coger el camino del éxito, ya no el de los héroes, sino el de la riqueza. Un camino donde es fácil descarrilar o estrellarte, puede que voluntariamente, con tu flamante bólido alemán. Da igual cuándo lo hagas, un día mueres: ¿qué has hecho? En pos de la libertad hemos dejado de lado la felicidad. ¿Es una mayor evolución, una mayor complejidad, mejor por naturaleza?

La única alternativa es la del ermitaño. El ermitaño no vive, observa la Realidad y, por ende, la conoce. El ermitaño es el hombre que se queda parado en un cruce de caminos en lugar de ir y volver una y otra vez a la casilla de salida. Y es que, como una tortuga, vive dentro de un caparazón, aislado del mundo. El ermitaño concluye que su ciudad, su país, su mundo, es un enorme manicomio donde solo los tipos como él son honrados con camisa de fuerza. En el manicomio son los ermitaños los que más riesgo corren de volverse locos ante la continua e irreflexiva verborrea de su entorno que le sacude cual martillo pilón. Consciente de la celda de la libertad, el ermitaño siente la necesidad de crear una verdadera jaula material y mental donde la mente no se vea perturbada por bazofia externa. Muchas veces no puede socializar, pues la Actualidad contamina cualquier conversación con otro individuo, aunque le gustaría. Ocasionalmente, puede asomar su cabeza por la ventana para soñar con otras vidas sin vivirlas, a veces con un falsa ilusión de prosperidad, otras, con absoluta repugnancia y, la mayoría, con anodina indiferencia, pues no entiende las motivaciones de aquellos que se creen libres. Sin embargo, el ermitaño contempla toda existencia menos la suya, pues no es interesante. El ermitaño vive a través de sus recuerdos que se dedica a desmenuzar y atesorar cuidadosamente en su amueblada mente, con vistas a recrear sus escasos instantes de felicidad en sus ensoñaciones nocturnas, pues siempre es de noche para el ermitaño. A veces, tales recuerdos ni siquiera son reales, pero logran despertar una inexplicable sensación de euforia en el ermitaño. Un instante de felicidad, ¿no es acaso suficiente para toda una vida?

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