Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjeta, tarjeta y más tarjetas 1/2.

TARJETA, TARJETA Y MÁS TARJETAS 1/2.

Ahora es el tiempo de la espera, las semillas han sido arrojadas hacia un lugar concreto y exacto. Un ternario, tres confesiones sin remite que la maquinaria de una estafeta de distrito pondrá en marcha. Aguardar, como consigna de centinela. La mágica palabra retumba entre las sienes. Tuve que amordazar a Juan Solano, después, tranquilo y ceremonioso, recomponer mi maltrecho aspecto. Utilizando una maquinilla de afeitar desechable rasuro la cara hasta conseguir un aspecto casi lampiño. Tomo una ducha tarareando la presencia sonora de un conocido bolero.

“Porque no han de saber
que te amo vida mía,
porque no he de decirlo
sí fundes tu alma
con el alma mía.”

Cantarín, siento el espacio renacido y con nuevos vientos para continuar por tan angosta vereda. La clave me la ha dado el propio librero, no tenía nada, pero “los hilos” inciertos del azar consignaron un sitio, un lugar donde las pruebas materiales de un asesinato pondrán en fuga a mis implacables perseguidores.
La mañana ciega con su luz„ como si brotara ileso de una terrible y mortífera enfermedad respiro el aire sin peso del exterior, camino con regusto, disfrutando casi de la cojera. La dolorosa sensación cede hacia un padecimiento soportable y extrañamente grato. Compro la prensa del día, me entretengo hojeando el diario sentado en una concurrida cafetería, con deleite degusto un café exprés doble entre las suaves bocanadas de un cigarro. Por unos momentos disfruto como nunca de la normalidad hiriente, el valor oculto de aquellos pequeños rituales florece de entre las manos como si una temprana primavera prendiera de vida el entorno. Paseo relajado hasta la oficina de correos que, unas calles más abajo, exhibe el amarillento reclamo. Tres sobres alborozados y graves viajan en el bolsillo interior de la chaqueta, sus destinatarios lo abrirán sin sorpresa. Dos a distintas fuerzas de seguridad del estado, el tercero va dirigido a la editorial de un periódico de ámbito estatal. Coloco con escrupulosidad maniática los sellos en los márgenes superiores de los sobres, no puedo reprimir el infantil impulso de imprimir sobre tan blancas superficies un emocionado beso, un gesto supersticioso con el que intento apartar a los malos espíritus de sus procelosos caminos. Cuando me desprendo de aquellos silenciosos mensajeros, siento un alivio liberador, el primer paso está dado, los mil “Li” pueden estar llegando al final.
De regreso al domicilio del 1ibrero me enfrasco en pensamientos. No supe ver. El abandono en manos de lo incierto, la renuncia voluntaria al pasado, Julia como una aparición del ensueño brindándome una segunda oportunidad para superar aquel episodio duramente enquistado, un tumor que impedía un paso renovado y limpio. Después el Génesis, la señal inequívoca de lo divino, profanándose en aquella tarde del delirio, donde una conversación desapasionada me ponía sobre la pista, sobre las frescas huellas que la senda mostraba. Sin olvidar por supuesto a Juan Solano, la simbólica serpiente que puso en mi camino el color de unos ojos donde los sienas se aclaraban, la fragancia afrutada de una nuca tibia de musgos, Después Samuel, el adoctrinamiento que poco a poco goteó en charlas insustanciales destinadas a Raquel pero que, lentamente, habían configurado un poso, una esencia que fermentaba entre mis células hasta que el Libro de Enoc, el Génesis y la Cábala, fueron textos que se instalaron en la existencia como algo natural y cotidiano. Paso revista a los hechos, inventario las jornadas que han ido dibujando el universo donde los aconteceres parecían sucederse en un ritmo casi premeditado. Rodeado de la maravillosa aura de los pensamientos desando la ruta que me llevó hasta la estafeta, abstraído, navegando en océanos de pureza extrema.
Entonces aún hubo posibilidades de no caer por la pendiente, andar distraído y meditar, Pero me esperaba la locura. Ahora, frente al abismo, lo sé.

El recogimiento en brazos de insinuaciones blancas impide que me percate de un hecho liviano y casi sin importancia ocurrido apenas hace una veintena de minutos, la limpia y pulcra mano de un hombre que oculta sus ojos tras unos lentes ahumados, sostuvo amablemente la puerta de la placentera cafetería cediendo el paso con gesto educado y distante que, Lucas el Iluso, agradeció regalándole una sonrisa y una inclinación de cabeza. Aquel hombre desde una distancia atenta y segura fue siguiendo mis pasos, prevenido y fugaz esperó confundido entre los transeúntes a que abandonara la oficina de correos, y tras dejar que la separación entre ambos se hiciese real y fortuita, prosiguió en su afán hasta que ajeno y distraído, yo, el perseguido, se adentró confiado en la desconchada penumbra de unas pulidas escaleras que ascendían a un centro, un punto primordial donde la consigna era la esperanzada espera.
Juan Solano gira la cabeza con dificultad al escuchar una llave removiendo la cerradura, puede percibir la entrada de su secuestrador que, ajeno a todo, con un leve gesto de la mano a modo de saludo, llega sonriente y feliz para después, sin comentarios, desaparecer bajo el vano del despacho como un autómata misterioso. Unos instantes después le llega el familiar sonido de la “Remington” traqueteando desjuiciada. Cierra los ojos en un intento por refrescar el escozor que siente, percibe dolorosa aquella tetraplejia obligada, desea que todo el entumecimiento que su cuerpo padece termine cuanto antes. Agobiado por la presión, con un sentimiento de humillación y vergüenza, deja que la orina retenida hasta el dolor f1uya cálida de entre sus muslos, empapando la entrepierna, recordando a Julia, encharcando la falsa piel del sillón, y extendiéndose por las adormecidas nalgas como líquida evidencia de postración animal y resignada. Prefiere huir en volandas de la abstracción, alejarse del sufrimiento poniendo veletas al sueño, se cierra al exterior dejando que un dulce abandono le recorra sin resistencia, se hunde en un remolino graso y pastoso hasta que todo no es otra cosa que la imagen deformada de una cruel fantasía. Mientras se sumerge en las tibias aguas del interior recuerda un detalle que ignorado naufraga a la deriva, desde hace bastantes horas el teléfono permanece mudo y olvidado, si este hecho viene a significar algo debe ser esperanzado y deseable. Pero, ante todo, lo que realmente necesita es dormir. Puedo volar, se dice, no lo olvides.
Pasar mucho tiempo, el sonido de la máquina de escribir muerto y Lucas Martel, yo, mirándolo desde el sillón que frente a él le concentraba. Sin expresión, como traspasando la fatigada imagen de Juan, me pierdo tras un incierto espejismo, asumo, reducido en cavilaciones impenetrables.
La 1uz declina por los perfiles, cuelga en un todo los matices que antes, unívocos e individuales, destacaban por sí mismos. Sobre la mesa abultada de cera, una taza fría parece invitar a la ingesta. El verdugo la toma y la acerca a los labios resecos, con un tirón inmisericorde arranco el oclusivo esparadrapo que le impide el habla, Juan bebe con agonía de peregrino. Cuando hubo acabado suspira agradecido. No tiene ganas de continuar 1anzando verbales f1echas.
—¿Cómo nos encontramos? —Me intereso con cinismo afectado. —Estaba preguntándome sobre algunas cosas, pequeños hilillos, matices que se inscriben en lo anecdótico, en lo subalterno. Junto a la máquina de escribir encontré una carpeta, su título revolvió mi curiosidad, Lucas Martel, con mayúsculas. Un bonito expediente, datos, fechas, profesión, todo un currículum completo y detallado, también hay unas cuantas fotocopias de mi fábula, parece que os interesaba mucho. Pero he preferido dejarle dormir hasta la saciedad, no corría tanta prisa. —En la mano porto algunos folios mecanografiados, enrollados los hago golpear contra el brazo del sillón. —Respecto a esos papeles me asalta una duda, ¿por qué diablos lo cogisteis? —Alzo la barbilla en señal de espera, aguardo impaciente las explicaciones que el librero pueda darme¬.
—Curiosidad, Lucas, simple curiosidad. No imaginaba que se entretuviera en esas cosas. ¿Literatura? —Queda en silencio y aclara. —Pero no, no fue así exactamente. Samuel los vio sobre mi escritorio y sintió curiosidad, suelo hacer un expediente con los datos de cada posible socio de este privado club, una vez que registré su domicilio incluí en la carpeta el aporte literario. Él fue el que habló de que sus palabras rezumaban cierta luz. —Juan calló con evidente fatiga, la respiración se mostraba agitada y jadeante, buscaba el aire con dificultad, los pulmones le negaban esa alegría bajo la presión tenaz de la cinta adhesiva.
—¿De qué luz hablaba?
—Cosas de inspiradas mentes, aberraciones de una inteligencia despierta y en carne viva. Creyó percibir en la fábula un acercamiento hacia la trascendencia. —Inhaló dificultoso una bocanada de oxígeno que le permitiera proseguir disertando. —El caminante, el personaje de la historia, según él, representaba el impulso primero que todo ser experimenta en algún momento de la vida. Por supuesto que no todos siguen ese dictado. Ejemplos hay. El miedo, las incertidumbres que desdibujan la certeza, los chantajes a los que nos sometemos por libre voluntad, apartan del verdadero destino que, ante todos, alguna vez se abre con claridad cierta.
No puede evitar las interrupciones, sus fuerzas se apagan como la luz que los ventanales apenas insinúan.
—No crea que estudió sin interés el escrito, muy al contrario, llegó a retirarse en soledad para desmenuzarlo. El camino que usted describe, él lo sitúa como la metáfora que encierra el concepto de la vida, espacial y temporal, una senda que indefectible hay que recorrer. La cruel diferencia estriba en dejar que sea el propio camino el que nos elija, y no intervenir nosotros determinando la ruta. Ya ve que les sacó bastante partido a sus solitarios delirios. —Enciendo un cigarrillo dispuesto a escuchar todo lo que el librero quiera relatarme.
—Después separó para su análisis la narración en tres períodos distintos, el bosque, el agua y la piedra. Al bosque lo estudia bajo el prisma del animismo, es decir, habla de la capacidad que tenemos de ser otras cosas, incluso objetos vivos pero inanimados. Y ahí aparece el árbol, símbolo, según sus advertencias, de aquello que es capaz de sacar de la materia muerta, es decir, de la tierra, los nutrientes necesarios para transformar lo inerte en vida y, a través de ella, repartir sin medida ni baremo esos frutos a todos por igual, sin distinciones de ninguna clase. El árbol, Lucas, la ciencia que penetra con sus raíces lo aparentemente muerto y extrae un fruto desconocido. Veneno, vida eterna. El bien, el mal.
El librero pide agua por segunda vez, con inusual deferencia traigo una jarra y dos vasos. Cuando sacia la sed, Juan Solano continúa hablando.
—El ser humana participa de los ciclos de la vida, estaciones, clima, luz, un mosaico en el que se sitúa casi como en el edén perdido, aquel paraíso que llevamos incrustado en la más honda memoria y que nos convierte en desdichados eternos. Pero ahí es donde se hace necesaria la renuncia, en despojar consciente a la memoria de todos los recuerdos, un retorno donde la desposesión es el único método válido de acercamiento al jardín de las delicias. Y era el caminante, en la osmosis que le hace partícipe de esa experiencia, el que comparte y disfruta de sensaciones que nos están vedadas, él es el árbol y todas sus constelaciones, todas las órbitas se perfilan en su rededor.
El silencio retorna a su boca, la total oscuridad hace del soliloquio un sortilegio donde la demencia ilumina con negro cristal a las sombras.
—Y usted, Solano, ¿Qué opina?
—Lo he leído. Yo soy más escéptico, mis pies siguen hollando este trillado espacio que me permito llamar realidad. No olvide que huyo de la alegoría, si la consciencia se fundamenta en la razón, en la separación del freno que supone la cultura judeocristiana, resulta fácil que no sea proclive a sutilezas inexplicables y aleatorias. Reconozco que puede resultar subyugante, en medio de todos estos aconteceres, la lectura del cuento. Incluso se puede ceder a la tentación de buscar significancias y ver visos de inspiración casi mágica en el texto, pero me resisto a ello.
—Y del agua, ¿Qué opinó Samuel de ese apartado? —Me siento cercano al análisis, escucho con mayor expectación aquellas casualidades que parecen confabularse aglutinándolo todo en un único trazo legible y cargado de sentido.
—Al agua la sitúa en el meridiano de la purificación. Hielo, altivez y pureza del alma. Las cumbres, como lugar donde el sosiego eleva al espíritu lejos de la confusión reinante. Luego viene la necesidad del descenso, el confundirse con la naturaleza humana y ser sed en todos los sueños, en las ilusiones mortales ser esperanza. Ahí aparece ese recorrido en que el cuerpo, alejado de la esclavitud de lo eterno, se va haciendo niño, joven ilusionado y adulto, ese paso que todo ser vivo transita ineludiblemente, pero eso sí, con la consciencia exaltada hasta el punto de que cualquier hecho intrascendente y vulgar rebasa su propia frontera, y le incluye en comunión trascendente con todo. Después el mar, la fusión de la unidad en el todo donde lo humilde termina por fraguar al espíritu superior, y en esa sublime aspiración le es otorgado el don divino de retornar a la unidad. Es el mismo hielo, los mismos átomos dispuestos en el orden justo, pero el proceso de purificación le hace distinto y único.
Juan entorna los ojos, turbado, miles de fogonazos luminosos destellan sobre el pliego negro de sus párpados. Tose ahogadamente, una crisis de esputos y babas le amordazan las vías respiratorias. Su envejecido cuerpo se siente afectado por el cepo de plástico que le adormece los miembros, un hormigueo insano le recorre la punta de los dedos. La tortura comienza a pasar su espléndida factura, reclina la cabeza hacia atrás, escucha sin asombro como el cuello le cruje insensible.
—Juan, ahora la piedra, quiero que me hable del tercer capítulo, tal vez al final me apiade de usted y le permita un leve respiro. Pero antes me hablará de la piedra.
Mi obcecación padece de enfermedad, esto no escapa a la percepción del librero, la transformación que adivina en su oyente le anima a intentar de nuevo la huida, planifica un ataque contundente y dinámico,

Continuará…

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