M. Martínez, relato “Pronombres”.

Pronombres.

Había fumado, Germán se marchó y no me di ni cuenta, nunca sabe cuándo concluir una visita. Cristina está en alguna habitación haciendo no sé qué. La oigo mover cajas de cartón, pesadas, a veces liviana como sus pensamientos. Debe estar ordenando el último cargamento que le traje. En el almacén pusieron cara de asombro cuando les pedí que me permitieran recoger algunos restos del incendio. Pero lo realmente penoso fue explicar-les la razón, el “leit motive” que tenía para meterme entre las escorias y empezar a remover con un palito todo lo negro que podía ver. Y el olor retorcido de lo incinerado, estuve bastante tiempo después con la noción del olfato totalmente perdida, todo sabía a hierro fundido, a pelo quemado. Ahora debe de estar abriéndolas, con mucho cuidado levantará una solapa, un pequeño rasguño sobre el cartón le aguará la fiesta, pero lo olvidará pronto y continuará descomponiendo el crucero de las cuatro hojas que, encajadas entre sí, sostienen seguro el contenido. El iris de Cristina se hará de cristal, la sorpresa más rabiosa podría ser pintada, esculpida en forma de pupila, de pestañas negras y curvas. Tendría además boca, carnosa boca de Cristina. Con los restos que le traigo construye esculturas, Germán solo ve basura bellamente distribuida, especialmente ordenada y el cristal de Cristina le mira como si ante sí estuvieran personificando lo soez y la idiocia en forma de un metro setenta y siete y una manera de ser algo peculiar. Posiblemente esté separando cada objeto, catalogándolos según un orden inverosímil y desconocido. No sé si habrá encontrado la muñeca de vidrio, el tórrido calor del incendio la descompuso en una mitología aún no escrita, era como un animal imposible que alguna vez participó de lo antropomorfo. Estaba seguro de que aquella pieza sería de su particular agrado.
Había fumado después de bastantes meses de abstemia neblinosa y el resultado no podía ser más halagüeño, con bastante poca cantidad me encontraba levitando por el dormitorio mientras el cuerpo se apelmazaba contra el tormentoso somier. Pero era la mente, la imaginación era la que se disipaba por las orejas y subía hasta la lámpara para, desde allí, escuchar con absoluta concentración el quehacer de Cristina. Al menos eran seis cajas, seis sorpresas que querría disfrutar a solas. Egoísta. Pero no, tenía toda la razón, para qué compartir con los cerdos lo destinado a los cielos. Lo único que realmente me preocupaba era la alfombra, a estas horas debía contener una mugrienta capa de hollín de casi dos dedos de espesor. Algunos fragmentos se deshacían nada más tocarlos, otros, en cambio, el fuego parecía haberles dado más vigor, una dureza inquebrantable que las convertía en piezas insustituibles en sus composiciones. Germán era el observador más atento que jamás tuvo y, a la vez, el crítico más exacerbado y ruin que poseyó. Se pasaba las horas muertas viendo como ensamblaba los diferentes trozos encontrados en una arquitectura de difícil predicción. Lo que al principio era en su mente un lagarto bello y luminoso se transformaba como por encanto en una armadura futurista de la que podía surgir cualquier híbrido extraño. Lo que Germán valoraba realmente era esos momentos, no el resultado final de la obra. No, lo que le apasionaba hasta hacerle babear era el proceso de creación, las horas en que Cristina se enfrentaba al caos olvidada de todo. Los pedazos de chatarra eran en sus manos dóciles algodones, los componía a su antojo, los aplastaba, los estiraba hasta parecer una simple lámina brillante y después, sin explicarnos el porqué del paso anterior, los comprimía a martillazo limpio mientras nuestros ojos se cerraban al compás de sus terribles detonaciones. Aún no estaba seguro de si quería vivir con Cristina, se podía decir que nos encontrábamos en el incierto periodo de prueba donde, si bien la pasión no incendiaba como antes los prados, aún los incendios nos devoraban de igual manera que le ocurriera al almacén, de golpe, sin previo aviso. Aquel día regresé como un héroe, tiznado, con la ceja izquierda algo chamuscada y desprendiendo un tufo a fogata que derrumbaba. Cristina se abalanzó sobre mí apenas hube cruzado el marco de la puerta, sus brazos me tanteaban, buscaba la rojiza señal de la llama sobre la carne, la piel cuarteada de la ignición. Le disgustó el comprobar que retornaba ileso, se conformó con mi hedor, la leve ceja achicharrada y algunos brochazos negros que el humo se entretuvo en difuminar por la cara. Menos era nada.
Había fumado y supe que todas las cajas se encontraban abiertas, sus tesoros yacían esparcidos por el suelo y sobre la alfombra andina. Mi alfombra. La capa de hollín que la lavadora sería incapaz de abstraer. El te-cho me devolvía sombras desde el pasillo, una nube de granizo, un pájaro inservible, la mano de un gigante que se detiene y levanta en el aire una montaña, no, una figura de cristal fundido. La muñeca. El híbrido que ya no recordaba, sirena, fénix, Pegaso. Le había contado a Germán lo del ata-que sorpresivo de esta mañana, Cristina permanecía sentada sobre la mesa, una flor de loto muy personal que solamente servía para anquilosar los músculos del muslo pero que a ella parecía complacerle sobremanera. Le narraba como la vi evolucionar desde la distancia, al principio pensé que se trataba de una nube, una borrosidad del ojo que me emborronaba parte de la visión, parpadeé con insistencia, pero era inútil, su volumen había aumentado. Fijé aún más la mirada, efectivamente se trataba de algo mate-rial suspendido en el aire, avanzaba lentamente, apenas nos separaban unos tres metros, como un gran carguero interestelar surcaba el espacio directo a la cara. Entonces fue cuando por fin pude reconocer de lo que se trataba, era una vulgar pelusa, bueno, algo más que vulgar, en realidad se trataba de una enormidad de pelusa que tenue, ingrávida, descansaba sobre la brisa detenida. Alguien, en algún lugar, debió mover el aire, tal vez un grito, una onda sonora alterando la quietud del espacio y que precipitaba a gran velocidad a aquella meliflua repugnancia directa a mi faz. Un meteoro de hebras indefinidas y pelos, un satélite de polvo y materiales desconocidos buscando con tesón incidir en pleno rostro. Esquivada en un último momento, un amago apenas que dejaba un roce en la oreja y después…, nada de nada. Por mucho que intenté encontrar los restos del cometa fui incapaz de localizar el más mínimo fragmento de su morfología. Encontré otros cabellos, otros hilillos extraños, pero ningún signo consistente que delatara su participación en el anterior atentado. Germán lo encontró natural, las pelusas están para eso, para recorrer una distancia desconocida, detenerse a tres metros de un rostro y sin dejar tiempo a más, sorpresivamente, sin permitirte la más discreta reflexión, lanzarse contra el desconocido en cuestión provocándole un derrame cerebral por desnucamiento o infarto coronario. Cristina intentó explicar los razonamientos vertidos.
—Lo que Germán quiere decir es que, tratándose de ti, siento tú el sujeto paciente de esa acción, es normal que cosas así sucedan… —después proseguía detenida sobre la mesa y mantenía un silencio breve que rompía con nuevas aportaciones explicativas, —…pero no por lo inverosímil del hecho, sino porque solo tú lo contarías así, tan solo tu razón sería capaz de ver el milagro, el misterio o lo que leches veas. —Sonreía victoriosa, pleno, todo claro.
Germán decía que sí, que exacto, que se trataba de eso, para de inmediato componer un rictus que no se solidarizaba con lo afirmado en ese momento, las leches no. No, no quieren decir nada.
—Si se cayera un trozo de cielo, ¿Quién lo vería antes? Pues yo que busco pedazos de cosas. Lo encontraría, lo limpiaría, lo… —Germán la interrumpe intentando cortar el chorro de “los” que de un momento a otro puede sepultarnos para después afirmar categórico.
—Lo encontrarías tú, —y me señalaba con el dedo, —y se lo darías a ella, ya sabes, para sus esculturas. Después vendría yo, me sentaría a verla trabajar y en una de esas te veo en la mano una porción de paraíso y digo, a ver Cristina, ¿Qué tienes en la mano? Me lo darías sin oponer resistencia y entonces, solo entonces, sabríamos que se trata de un retazo de cielo. Y tú nunca, —afirmaba categórico con un movimiento violento de la cabeza, —jamás lo echarías en falta.
Aquello era un halago, vomitar una grosería. Había fumado y el comentario resultaba empalagoso y sucio. Por eso ella estaba con sus cajas, leyó mi boca, escrutó mi pelo cruzado sobre la frente y emitió un veredicto, lejos, ya se le pasará. Pero había fumado y me daba lo mismo. Ella piensa que el mundo es un lugar donde se recogen trozos despreciados, inservibles y que, después, son elevados, investidos con la toga de lo supremo y entonces es cuando encuentran su verdadera utilidad. Ser piezas funda-mentales de ese otro mundo, el real, el suyo. Sé que las cajas están abiertas y que la figura de vidrio descansa entre sus manos. Se decide su futuro, si será pieza central de una posible obra o tan sólo adorno, embellecedor arrumaco de otro trazo más sublime. Él se fue hace diez minutos y la ca-charrería de Cristina comenzó inmediatamente. El cartón deslizándose sobre el piso, arrugando la alfombra, la metálica presencia de detritus calcinados del almacén campeando libres por las esquinas. Todo un poema.

Hoy he vuelto a fumar, hacia las seis y media de la tarde me encerré en el dormitorio y compuse un famélico cigarrillo. Una delicia de sabor se apacentó en la lengua y mis piernas y brazos se volvieron indolentes y torpes. Cristina no estaba, segura a estas horas se pierde por las callejas del barrio antiguo de la mano de Germán. Hablaron de no sé qué cosas, una partida defectuosa de soldados de plomo o algo así, bonitos elementos para confeccionar otra obra mientras él le mira las piernas, descubre el lunar que tras la corva izquierda oculta y se ensimisma en sus recias caderas. Una porquería de tarde. No llego a explicarme cómo puede encontrar interesante todo lo grotesco y malformado. Cuando Germán habló de que un pedido entero de figuritas había llegado a la tienda, medio derretido, a Cristina solo le faltó que se le cayera la lengua. Quería saber, indagar las formas grotescas que adivinaba.
—Fue en los moldes, —comentaba él, —la temperatura, el termostato, algo debió alterar el proceso y decenas de tullidos de plomo aparecieron en perfecta fila. Incluso se formaron algunos centauros al quedar fundidos jinete y cabalgadura, ya verás la de gárgolas siniestras que han llegado por error con el pedido, un enjambre inmenso de imposibles.
Y la crisálida Cristina con la boca abierta y el cristal de sus ojos, los mismos que se vidrian cuando fuma, clavados en las palabras, en las imágenes que el verbo suscita.
—Tengo que verlo, me tienes que llevar mañana mismo. —Y salta de la mesa y la flor de loto se deshoja de un golpetazo y se transforma en una falda volando, un tallo que se dobla para alcanzar las sandalias de cuero.
—Te recogeré a las seis, a esa hora no hay nadie y podrás retozar a tus anchas en la trastienda, no hay problema, no me han pedido que devuelva las piezas defectuosas, podrás coger todas las que quieras.
Y a las seis y media la casa se me viene encima y busco en la cajita de madera la esencia, el perfume del Atlas. Lo envuelvo en papel de arroz bien mezclado con las hebras de tabaco y le meto fuego. Fuego.
En el cuarto de baño se desesperan unas bragas hundidas en el bidé, la blusa de diario es una ofensa arrugada tras la puerta y en el armario faltan las prendas más exquisitas. Olor a perfume, carmín de un solo trazo sobre una esquina de papel blanco. Cabellos enmarañados en el lavamanos y una bocanada, una profundidad que arrasa los alveolos fundiéndolos en aceite y nicotina y todo por una sucia partida de figuritas defectuosas para estúpidos frikis. Primero conté las barras de madera de la persiana, catorce. Las multipliqué por cuatro, sus lados, en total cincuenta y seis líneas para crear una persiana a medio abrir. También conté los lados del marco, dieciséis rectas para otorgarle el don de la existencia en este plano de la realidad. En estos momentos los belicosos engendros estarán circulando de mano en mano, en la mano de ella, después en la de él. Sus manos rozaran las suyas en esa mercadería de traspasar los objetos, —mira que bulto tiene este en las espaldas—, y el canto de la mano incidiendo apenas con las suyas. La emoción, el cristalino de Cristina anegándose de sensaciones y las caras cada vez más cercanas, y los cabellos tocándose anónimos, enredados en esos movimientos simétricos que ejecutan los que se agachan a recoger algo al unísono. Entonces sus piernas, sus faldas que se alborotan con la misma facilidad con que se entusiasma ante lo nimio y ella es Germán y él es, ante todo, solo ella.
Resulta difícil no volver a fumar, la persiana ya no tiene cincuenta y seis líneas y el marco es una sombra pegada en la pared que un solo pincel la conformaría. Germán colocará algunas piezas, con mucho cuidado, en una caja. Él sería capaz de robar por ella, asesinaría si se lo pidiese. La mira incansable mientras Cristina compone sus obras. Le alarga un perno, cambia el taladro de broca y sostiene una pieza mientras la fija interminable. Ella sube, baja, se queda detenida en mitad de las escaleras de aluminio y dobla el torso buscando un ángulo, explora con la mirada y el lunar amanece sobre la piel y el deseo sostiene un pedazo de hierro negruzco y quemado y no se cansa de aguardar.
A las diez entré en el cuarto de los horrores, como imaginaba la alfombra era un triste muestrario de negrura y de limaduras ásperas. Preferí no tocar nada, la muñeca de vidrio estaba apartada sobre una silla, era una sirena, sus piernas se derritieron dando paso a un simulacro de aleta translúcida y deforme que la imposibilitaban para la natación. Seguro que ya tenía un fin preciso para ella. En unas sucias hojas de papel un dibujo se desespera a medio terminar, un simple boceto, una idea que en la mente de Cristina cristaliza y de pronto se deshace. Un impulso distinto le arrebata hacia otro lugar, tal vez los malditos muñecos de plomo que ya están invadiéndola, susurrándole en el oído un proyecto distinto donde el gráfico pergeñado no tenía cabida. Donde yo no pintaba nada. Fumar otra vez, dejar que el fluido gaseoso se derrame por las neuronas y haga de la espera un tiempo menos doloroso, menos crítico sin Cristina.
Resulta insólito comprobar lo que solemos considerar como evidente. Es lógico que, si un cuerpo es expuesto durante un periodo suficientemente largo a alguna fuente de calor, éste, pasado el tiempo necesario, se altere en su morfología. Si aplicamos el extremo candente de un cigarrillo al brazo, si somos capaces de resistir el dolor un espacio suficiente de eternidad, la esencia de la piel se ve transfigurada y lo que era suave y constante se altere en burbujas de agua y linfa. Había fumado y el brazo era un rosario de pequeñas pompitas acuosas. Un hervor estático, un empedrado de ampollas cubriendo la carne. Pero solo eran heridas, menudos resquemores que no expresaban nada. La sirena de vidrio en cambio era hermosa, Cristina la había apartado definiendo una elección. Era bella. Su crema vertida, las casuales aletas dorsales, la cara intacta, el resplandor de la lámpara del techo arrancando fulgores.
Ya no son los muñecos de plomo. A las once y cuarto se terminó el tiempo dedicado a la excusa.
—Te puedo enseñar unos moldes que encontré el otro día, estaban bajo unos estantes, podrías utilizar alguno, no sé, alterarlo y crear un ser distinto, varios seres diferentes.
Se terminó el tiempo. Moldes, lunas, la noche como un recordatorio. Y fumo. En el fondo conozco el camino, pero tengo miedo. La habitación está vacía y se llena de ruidos, hablo con los restos, los trozos rescatados del almacén. Es peligroso recordar con la nariz, recordar con la lengua. Las imágenes entonces son más reales, un olor es un tacto y el aire templado, y las sombras, y la ventana entreabierta. Y recuerdo con el codo, pienso con las manos y todo es transparente y sencillo. Fumo. Ella se pierde en los posibles. Tal vez en un bar. A lo peor bailando. Pero sabes de las aceras sucias, del plástico que se prende del zapato con alevosía, y la grasa. Once y veinte y no hay fronteras.
Me dijo lo de los soldados y yo afecté indiferencia. Sé cómo llegar y tiemblo. Es solo un paso, acercarse hasta el estante y buscar el pequeño frasco de lata. Una marca comercial y enmarcado en rojo unas aspas negras. Advertencia, “refined fuel for lighter”, no inhalar, en caso de contacto con la piel lavar con agua abundante. Crispación por Cristina. Muñecos de plomo y Germán. Doce y diez de la noche. No pretendo que nadie comprenda mis acciones. Sueño mientras fumo rodeado de restos de un incendio, un boceto y una sirena de metamorfosis. No es fácil amar el cristal, las crisálidas, la cristalografía del cristalino, los crisoles de Cristina y salir indemne.

Hoy por fin he podido dormir, la enfermera me retiró el suero de las amoratadas manos y casi puedo alzar el brazo derecho sin que un dolor profundo me detenga. Todos los días viene a visitarme, se sienta junto a mí y me cuenta lo último que ha ideado, habla y sueña con el día en que me quiten todas las vendas y pueda pasar su mano por mi piel encallecida y lisa. Está construyendo una figura, quiere simbolizar con ello la destrucción de la carne, la abolición del agua en favor del fuego. Germán ha desaparecido, creo que se marchó con algún grupo no gubernamental a solucionar algo, no está muy segura. Ella me trae flores, veo su lunar cuando se agacha ante el florero, el planeta marrón que se eclipsa en su corva. Habla, me dice de la sirena de vidrio, del crucifijo que construyó con las siete cajas que le conseguí antes de prenderme fuego. Ahora no fumo.

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