Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Una Única Tarjeta.

UNA ÚNICA TARJETA.

La mañana, después de varios días de intensas lluvias, se 1evanta despejada y limpia. Por los altos ventanales la claridad matutina grisea el mobiliario, la pasión violenta de la anterior vigilia se resuelve en desorden confuso y provisional. Como dos mortecinos bultos, nuestros cuerpos se entregan al igual que el moblaje a una quietud desaliñada y vacía, e idénticos a ellos, presentan las finas inclemencias que el tiempo deja con su espátula. Un sonido penetrante siembra la alarma, declara impetuoso la albura, El teléfono berrea enloquecido, un timbre descontrolado que despierta la demencia. Una inquietud tensa nos sitúa frente a frente, en el callar de los pensamientos las miradas se tropiezan irreconocibles y distanciadas. El desgarrador sonido presiona en los tímpanos con ahínco y persistencia. Juan rompe aquella tregua no pactada, chasqueando la 1engua pesadamente, carraspeando, se dirige a su secuestrador en las primeras horas del nuevo día.
—Tarde o temprano alguien vendrá hasta aquí, esperará un tiempo prudencial, cuando compruebe que no me pongo en contacta con nadie, querrán saber. Pensarán que he huido, pueden sospechar que preferí quitarme de en medio, y entonces vendrán. Rogelio, tal vez Samuel, alguien, Lucas, cualquiera. —Se que busca con los ojos el teléfono, sonrío esperanzado, parece albergar la certidumbre de que no será abandonado por el destino, para bien o para mal, nunca le dejará a su suerte.
Acaricio el revólver con un aire distraído, lo tengo apoyado sobre el brazo del sillón, no puedo recordar en que momento lo he sacado y colocado en aquel sitio, sólo sé que necesito pasar la mano por sus estrías, por su materia inerte y mortal. Como si se tratara de una mascota familiar y necesaria, le presto atención y cuidado, casi un dialogo de intenciones que el librero observa con total desasosiego.
—Todo ha cambiado, ahora le tengo a usted, será mi salvoconducto hacia el final. Hay lugar para el pacto.
Juan Solano tiene sed, siente los dientes ligeros y temblorosos, sus encías se encuentran hinchadas, alberga dudas de manteca rancia.
—Creo que se está volviendo loco, Lucas. Delira y no se percata de ello.
La afirmación inquieta por igual los ánimos de estos derrotados seres, de nosotros. Sonrío sin ganas, empieza a darme igual lo que pueda ocurrir, mantengo la esperanza en que “esos hilos”, los presentidos, mostrarán de una vez el oculto juego.
—De algo estoy seguro, a partir de ahora puede ocurrir cualquier cosa. De aquí, no pienso marcharme solo, si tenemos suerte alguna vez lo contaremos, si no. —La frase queda interrumpida planteando macabra duda.
El librero alberga la certeza de que un final precipitado e incierto adornará atronador aquellas habitaciones.
—¿Qué es lo que busca de mí? ¿Por qué me tiene secuestrado? —En sus preguntas danza el desespero.
—No lo sé, Juan, en verdad que ni yo mismo lo entiendo. He descubierto la secta que formáis, la manera en que destrozáis la vida de los demás, y aquí estoy, todo lo demás me es oculto y reservado. No sé,
—¿Pero qué secta ni diablos? Nunca hemos sido una secta, jamás, sólo un grupo que buscaba sensaciones distintas, formas más elevadas de perversión y placer. ¿No lo entiende Lucas? ¿De verdad que no puede verlo? —El desespero es real, conciso, tajante como el filo de un cuchillo.
El prisionero ve perderse en la cocina al filosófico carcelero, un trasegar de tiestos y movimientos atareados le llega desde allí, Solano sopesa las pocas posibilidades que tiene de vencer en el lamentable estado de postración en que se encuentra. La lengua serpenteante y certera puede permitirle cierto ataque, tal vez el agravio pueda ser la aventajada defensa. Más yo lo sé. Un olor cálido y reconfortante circula por el salón, un gorgoteo de café caliente estimula la salivación. Entumecido por la inactividad desea una taza de aquel brebaje.
Reaparezco portando una bandeja entre las manos, sobre ella dos humeantes recipientes parecer albergar un tímido encuentro con la tregua necesaria. Acerco a los abotargados labios de Juan el precioso líquido, éste lo absorbe con dificultad y ansia, una estimulante alegría le conforma con sabor amargo y oscuro. Debe continuar con las acechanzas, con el continuo martillo verbal. Recompuesto por dentro, se decide a proseguir con aquel vano intento por reestablecer la lucha. Todo es inútil, ahora puedo ver.
—Lamento decirle que los sectarios nunca cederán a sus intenciones. —La tonalidad ha cambiado, ahora busca la conciliación, el consejo amistoso. Dirá que son una secta si con ello consigue tiempo y esperanza. Mentirá sobre fines y elucubraciones si esto le permite la huida.
—No importa, Juan, nos largaremos juntos a la mierda. Dicen que no se está tan mal, —Bebo con parsimonia de la infusión, parece que no me alarma temor alguno,
—Creo que no se percata de la situación. Si en realidad todo ha sido motivado por casualidades perversas, si no posee las más mínimas pruebas que nos implique, si el apellido de la Prada no le dice nada, tenga por seguro que le eliminarán sin pensarlo. ¿Quién quiere que la verdad prevalezca? Aún está a tiempo, huya mientras pueda, no busque más lo que parece ser su única meta, llévese a Julia si es lo que quiere, desaparezcan ahora que pueden. Piense que ni usted mismo, Lucas, anhela llegar al fondo de ella. No desea saber, prefiere ignorar las motivaciones que me impulsaron hacia su figura, prefiere seguir desconociendo las cuestiones que torturan a Julia, e incluso se niega a reconocer sus profundos deseos. Solo juzga, como un viejo y resabiado mono se limita a señalarnos con un dedo acusador sin pensar que era usted el que se agarraba al pasado, eso era lo que estaba buscando, una segunda oportunidad, pero eso sí, limpia, sin las pesquisas que en aquel remoto tiempo le desagradaban, y mire por donde se ha encontrado con la horma de su zapato… —Permanece durante un breve espacio de tiempo en silencio. ¿Qué buscaba yo?
Callado mira al vacío, parece ver un paisaje desabrigado y yermo ante su persona. Los sonidos del día comienzan a invadirlo todo, pliego confuso, notas melódicas que hacen familiar hasta la desdicha. Juan hilvana las palabras, el hilo encuentra su destino, la aguja su vocación.
—Ni yo mismo lo sé, tal vez un bálsamo para tanto dolor, un apasionamiento que hacía tiempo me había abandonado y que empezaba a necesitar. Ustedes representan para mí la lucha eterna de los opuestos, los complementarios que se esquivan constantemente, la muerte, la tortura que pretende el conocimiento profundo del otro. ¿Y qué conseguisteis? El alejamiento desolado. Podéis encontraros aún, aunque a veces pienso que eso sería peligroso, Me dais miedo, Julia y tú acabaréis mal, poseéis un sitio común y es ese lugar el que produce escalofríos de abismo.
Sobre la pequeña mesa, como amarillenta sudoración solidificada, la cera derretida forma concreciones suaves y sinuosas, en el suelo, mancillando alfombra y solería, se puede observar la interferencia explosiva de gruesas gotas secas.
El rodar, el torbellino que poco a poco invade las calles nos llega a los oídos como una babel sonora que anunciara que la mañana rebajaba el límite de la quietud y se prepara, se agazapa para afrontar el desorden establecido. Después de mi silencio y la atenta escucha, tras el haber estado filtrando todas las reflexiones que el prisionero ha vertido, me decido a hablar.
—¿Cree que busco algo? En realidad, ya no busco nada, me subisteis en un carro que no había elegido, ni siquiera lo hube buscado y ahora, cansado, acepto el reto. —Construyo un hueco de saliva y silencio. —Huir con Julia, no sea iluso, ella es la muerte lenta, las imposibi1idades, el vientre que te mata y descuartiza. Nadie puede huir de Julia, nunca se puede huir con Julia.
El librero no está dispuesto a desistir, algo le dice que la clave de la victoria se encuentra en hacer que Lucas permanezca en aquel estado, y lo leo en su mirar, en las sílabas que abandona al azar, El decaimiento puede revertir en beneficios inmediatos. Empujar un poco, para después, llevarme hasta su propio terreno. Sentencioso, quiere que el temor me invada. Ve en mi a un escurridizo oponente. Yo puedo volar sobre los pensamientos y entrar en las mentes. Soy el día que mira desde arriba, hago llover, traigo la muerte entre las manos.
—Será abono para plantas, no es la primera vez que alguien comete imprudencias lamentables. En usted fue lo casual, en otros, el miedo a seguir profundizando en el camino. Pero al final siempre es igual, una desaparición programada y justificable que no deja cabos sueltos. Muy creíble, se lo aseguro.
Durante un espacio invertebrado de tiempo Juan medita en silencio, observa la perdida mirada del verdugo, mi tranquilidad blindada imposible de quebrantar. No es suficiente la abstracción si quiere vencer la resistencia estática, tiene que presentar al terror como algo físico y tangible. un cuerpo conocido y nominal. Todo baldío, desconoce que he traspasado el umbral de la consciencia.
—Va a engrosar la lista de accidentados y suicidas. Ana Tomé jamás pensó que el fin estuviese tan cerca, su propio marido nunca llegó a presentir que empezábamos a cansarnos de sus errores continuos. Peligrosa afición al alcohol y a los prostíbulos, eso fue lo que realmente acabo con él. Una noche habló hasta por los codos, cosas de borracho, pensaron los parroquianos, pero comunicativo y alegre vertió toda una sarta de imposibles que hablaban de fornicio, de putas caras y drogas. —En los oídos se enciende la alerta, la mente me mantiene anestesiado. Juan prosigue. —Babeaba feliz al ver que mediante sus promesas de una casa mejor donde ejercer, conseguía llevarse gratis a la fulana más capaz de aquel infecto tugurio, y siguió hablando de un paraíso donde sería respetada y valorada, donde únicamente los fines de semana tendría que ejercer tan laboriosa profesión. —Parece estar recreando un tiempo oscuro y feliz. —Y la muy estúpida se presentó un sábado en la venta, llevaba un papel firmado por el infeliz, un papel macilento y lleno de grasa que pretendía utilizar como salvoconducto al paraíso de la carne. ¿Recuerda la prensa de hace un par de años? ¿El caso de la prostituta que apareció medio calcinada y con evidentes signos de violencia? Sin pruebas, nada de móviles posibles en un primer análisis. Después el socorrido justificante, ¿drogas tal vez?, ¿ajustes de cuentas?, ¿mafias que se vengan de un negocio apañado? Todo vale. —La mente se despierta, las señales electroquímicas mueven los mensajes, combinan sílabas y recrean frases blancas. —El apartamento lleno de heroína de primerísima calidad. asunto zanjado, sin culpables, sin apresamientos. Un reloj perfecto que marca, con absoluta precisión el momento en que abandonas definitivamente el tablero.
Presto una atención absoluta, vuelvo el rostro hacia el amable interlocutor en que se ha convertido Solano con auténtico interés, por vez primera en mucho tiempo quiero saber, la curiosidad puede depararme nuevos naipes.
—¿Y qué ocurrió con el marido de Ana? ¿En realidad se suicidó después de todo lo ocurrido? —La pregunta busca una pista, una señal que el librero deje entrever sin percibirse de ello.
—Si, pudiéramos llamarle suicidio. Aquel estúpido era un verdadero incordio. Él fue el que se tuvo que encargar del problema creado, pero ese trabajito le perdió, a partir de entonces se creyó con ciertos privilegios. No sólo pretendía formar parte de los elegidos, sino que además era incapaz de mantener bajo su látigo a la propia esposa. Esto que le digo le resultará nuevo y difícil de tragar, pero créame, Ana Tomé presenció una de nuestras fiestas de confraternización, ¿a que jamás le dijo nada al respecto?, completamente natural. Pues sí, ella danzó, bailó y se sintió embriagada por los efluvios como cualquier otra. De Ana sé algo más que el nombre. Pobre infeliz, llegada la hora de fornicar con su primo, el idiota de la venta, ese torcido y místico maricón, se rajó y montó un número de grandes proporciones. —Solano toma aire y mira al teléfono, aún tiene esperanzas y espera, aguarda que algo modifique las tornas. —Su puritanismo se verá tiernamente herido. ¿Qué resulta de comprobar que ha estado rodeado de putas, señor Martel? —Mira cínico y retador, más le dejo a pesar de que su verbo rasga las paredes, elijo el silencio, prefiero que continué. —He llegado más lejos que usted y sin tanta tortura ni remordimiento, Ana me lo dio todo, la tierna Raquel probó el empuje lento y constante de la edad, y Julia, de Julia qué quiere que le cuente, con Julia todo es posible. —Se desvía alentado por su propia charla, tengo que hacer que retorne al redil.
—Pero la negativa de Ana no es razón suficiente para quitar de en medio a su marido.
—Por supuesto que no, otras cosas nos hicieran tomar una decisión que resultó, y créame, delicada y 1argamente debatida. Cuando estás al borde de la locura, cuando las palabras se confunden donde no debiera suceder así y se comienza a mezclar realidades, y otras cosas, lo normal es que uno mismo ansié la propia muerte. Acabar de una vez por todas con esa ambivalencia que nos achica y confunde. Francisco Tomé e Ismael vivían en un mundo distinto. Ellos creían en una escala mística. El hijo de Tomé es una especie de anacoreta loco y filósofo, un pervertido que lanza frases bíblicas. Nosotros les alentamos, hicimos que creyeran que tras esa verborrea se escondían palabras con sentido. ¿Qué conseguíamos con ello? Mucho, Martel, todo. Teníamos el lugar y un continuo fluir de gentes nuevas dispuestas a acceder a lo oculto. Ya sabe la fascinación que esas cosas ejercen en la mente de los simples. Aldeanos ahogados en billetes contribuían con sus dádivas al sostenimiento del gran burdel celestial. Ponían a nuestro servicio hacienda, dinero, hijas e incluso esposas. ¿Ha pensado alguna vez en todo lo que esto reporta? —Me observa desde el recuerdo. —Nadie, después, cuando la 1uz se hacía en sus mentes, era capaz de alzar la voz, todos callados, con el miedo y la vergüenza dibujados en los rostros. Habían sido por unas semanas, incluso meses, los hijos de Caín. Se habían revolcado por el fango, fornicado con la esposa del vecino, entregada la suya a la lujuria del propio enemigo. Fotos, videos, una crónica que nadie gustaba de rememorar. —Mira los ventanales y siento que aquel recuerdo le alegra por dentro. —El imbécil de Ismael estaba sumergido en el Génesis, en la idea de que sus actuaciones le llevaban por la senda correcta y se superó, rebasó la línea de la realidad y se volvió casi loco. Posiblemente él hubiese sido incapaz de llegar a tanto, hubo que ayudarle. Certero, un final medido y lógico, tal y como lo haría un heroico suicida. La cartera, con toda la documentación intacta, los zapatos paralelos junto a las prendas de vestir, hasta el cinturón apareció pulcramente doblado. La teoría le estaba trastornando, se volvió peligroso e indeseable, no entendía de medida, era un animal que lo mismo montaba al hijo de Francisco Tomé que se tiraba a Teresa, le daba lo mismo. La gloria pasaba por ahí, se achicaba bajo el prisma de tan corto enfoque. Una lástima, una verdadera lástima.
Juan mira, me mira, quiere confirmar si sus palabras producen en el ánimo el designio buscado. La atención que demuestro es interpretada como un evidente signo de inquietud. Vuelve sobre el tema, las explicaciones detalladas y novelescas pretenden ahondar en el incipiente desasosiego del carcelero en que estoy convertido.
—Un disparo limpio y sin demasiados aspavientos, aquel desgraciado se sumaba así a la lista de los que incordian más allá de lo permitido. Usted inscribirá su nombre dentro de poco con hermosas letras de molde y una coartada no nos faltará. Amante mata a su compañera y después se pega un tiro. ¿Qué le parece? Julia y usted juntos hasta la eternidad. Compartirán el mismo lecho con aquel desgraciado, bonitas vistas y un tálamo de huesos mondos y purificados por los gusanos, ¿No le parece un hermoso futuro?
Evito interrumpirlo, la confusa mente del librero puede cometer cualquier imprudencia, prefiero aguardar oculto en fingido temor, como si me hubiese convertido en un cepo humano la consigna es esperar. Juan Solano prosigue ajeno a veleidades.
—No tendréis quejas, un lugar soleada y bello os servirá de morada eterna, un sitio que parece ejercer sobre usted una especial fascinación. Dormiréis el sueño de los justos al pie de un maravilloso y centenario alcornoque, allí le esperan Ismael y algún que otro indeseable invitado que se coló de rondón donde no debía.
Me incorporo sonriendo, no puedo tener la seguridad, mínimamente elemental, de que me encuentre en la posesión de algo útil. Debo controlar las líneas sobre las que puedo actuar. Ahora creo comprender la sensación nebulosa y tétrica que sentí junto al árbol, esa fría sombra que parecía aullar desde la profundidad de la tierra. Sin prestar atención a Juan encamino mis pasos hacia el despacho de éste, allí se halla el santuario donde se recluye en estudios y reflexiones. Sobre una amplia y bella mesa encuentre el objeto de mi deseo, una antigua y delicada máquina de escribir “Remington”. Sin preámbulos coloco una hoja de papel en el carro, golpeo con firmeza las teclas, el arcaico sistema de palancas y muelles crepita sonoramente y un tableteo constante llega hasta los oídos atentos de Solano. Su posición le impide vislumbrar cómodamente el pasillo donde el posible verdugo escribe sin descanso, solamente le es permitido escuchar el fluido y regular golpeteo de los caracteres conformando palabras, frases cuya razón y enunciado ni siquiera imagina. Intenta llamar la atención, alzando la voz reclama mi presencia con promesas de dialogo.
—Lucas, escúcheme, ¿por qué no vuelve aquí y seguimos charlando? ¿Tan importante es lo que tiene que hacer? Le queda mucho tiempo, puede continuar con ello más tarde. —Pero tan sólo la continua desposesión de las teclas le contestan con su chanzoneta, parecen advertirle de que algo se cuece en el escritorio, un mirlo de alas negras y pesarosas que no presagia con su presencia nada bueno.
Escribo primero una especie de comunicado anónimo, en él relato las claves donde se despejan algunas incógnitas sobre un asesinato, sobre un supuesto suicidio. Repito hasta tres veces el mismo texto, cada punto, cada coma es transcrita con igual exactitud. Como amanuense sigo el dictado del original. Lo releo detenidamente, situó un lugar concreto como el enclave donde aquellas víctimas fueron enterradas. Carretera local diecinueve, kilómetro ocho con siete. Hablo de una venta, no incluyo rituales, ni secta alguna, parece la confesión amarga de alguien que desea lavar su conciencia, un alma enferma que quiere vomitar tan grumosa negrura, un arrepentimiento, un despertar de la locura. La voz de Juan insiste en la distancia, me llama reclamando atención. Cojo un cigarrillo, lo miro como si se tratase de un utensilio conocido y olvidado. Tal vez pueda dejar de fumar, llevo dos días sin necesitar el apoyo que una bocanada de humo me reporta. Lo coloco entre los labios y prendo e1 extremo, aspiro con agradable placer el aroma. Nunca podré dejarlo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .