Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjeta de Tiro 2/2.

TARJETA DE TIRO 2/2.

El pánico trasfigura su rostro, la araña gorda y sinuosa se siente amenazada por la minúscula mosca, los términos se invierten de una forma imprevista e indeterminada en la mente de Juan Solano. A empujones le obligo a andar en dirección al salón, sin dejar de encañonarlo le indico que se siente sobre un destartalado sillón. Sentado frente a él, como si de un amable coloquio se tratara, advierto su cansado aspecto. Los ventanales que adivino tras sus espaldas iluminan la figura del librero avejentándola cruelmente, parece estar recluido esperando paciente mi llegada y que sólo el método, la forma, es lo que no encaja en su acertada predicción. Como ya ocurriese en otras ocasiones, intuyo que lee la mente del agresor.
—Le esperaba con impaciencia. —El tuteo de antaño se distancia en formulismos desconfiados. —Lo que me extraña es la tardanza, pensé que su aparición sería más pronta, el imprescindible tiempo necesario para que la sutil Julia le previniese. Está perdiendo cualidades, aunque debo reconocer que usted nunca fue presa fácil, de todas formas, debo felicitarla.
Emplea un tono neutro en sus afirmaciones, el halcón perdía su plumaje en favor del reptil sin patas maldecido por todas las generaciones y condenado a desplazarse sobre el propio vientre, acecha, con las pupilas reducidas los mínimos movimientos que pudiesen delatar un estado de ánimo, una debilidad donde poder clavar el venenoso y mortífero diente. Ayudado de sus sortilegios verbales lanza el placebo hipnótico de las palabras.
—Espero que la dedicación que le haya procurado fuese de su total agrado, aunque eso es usted mismo quién debe juzgarlo. ¿Fue totalmente complaciente?, o por contra, ¿le dedicó tan sólo un pequeño obsequio? A veces es terriblemente perezosa, hasta para dispensar placer lo es, pero insisto, está usted aquí como esperaba, debo felicitarla.
La inquina empieza a desperezarse, presiento la violencia que por mis miembros se va difundiendo, Juan persiste en sus abominaciones, la actitud agresiva que me produce parece inspirarle.
—Vamos, ¿no me dirá que ahora siente escrúpulos?, ¿no le parece demasiado farisaico su falso desconocimiento? ¿No creería acaso que se le entregaba libremente? Sea sincero, entre colegas no puede haber secretos ¿Dígame si realmente se merece nuestra felicitación o, por el contrario, se limitó a cumplir con desgana? Es una niña, no siempre entiende lo que un hombre necesita, por cierto, ¿se nos unirá más tarde? Aún recuerdo cómo disfrutó aquella noche, no se quejará. En aquel encuentro demostró una pericia que yo desconocía, se lo juro, jamás vi beber del deseo con tanto ardor. Fue una lástima que usted estuviese tan inactivo.
Un impulso fiero me levanta del sillón, unas irreprimibles ansias que se alojan en las manos, como si de un calambrazo se tratase, como si estuviese intentando desprenderme de una fiera dentellada, le golpeo con dureza la faz. La cabeza se le balancea conmocionada por el impacto, rebota contra el respaldo como un títere descoyuntado. Cuando se hubo recompuesto el rostro perfila una sonrisa malvada, un hilillo de sangre le corre desde la comisura de los labios, no parece afectado, más bien una grata complacencia le inunda el semblante.
—Bien, señor Martel, no se preocupe, continúe cuanto quiera, ya me advirtió nuestra común amiguita de sus inclinaciones hacia lo sádico. Realmente resulta asombroso que una persona como usted goce con ello, la verdad es que la vida no deja de sorprendernos. ¿No le parece? Hace algunos años la sola imagen de una ramera me parecía un espectáculo despreciable e innoble, y ya ve, ahora compartimos los deleites de Julia la sacerdotisa, vaya eufemismo. ¿No le parece una definición excesiva para una simple meretriz? No puedo imaginar a qué lúcida mente se le ocurrió nombrar así el fornicio de Julia. Qué impredecible es.
Le escucho deleitarse en la fascinación que parece ejercer sobre los oídos. Su amargada vejez no es un alivio que logre justificar, a mis ojos, aquellos ruines comentarios, al revés, siento como la traición, triste y pesada de los sentimientos se cierne implacable sobre su fúnebre corazón. Como si hubiese regurgitado toda la podredumbre sobre un lecho de rosas, Julia corrompe en mi imaginación los más sutiles sueños, desprecia todo lo bello que hubiese sido capaz de construir. El librero cambia el tercio, ofrece el espejismo del capote para que en mis embestidas me ciegue en rojos y clarines. Lucas el Traidor permanece cerrado como un ermitaño sobre sucios pensamientos.
—Por cierto, una curiosidad que espero me desvele. ¿Qué es lo que buscaba con la intromisión, con esa patética forma de meterse en lo que no le importa? —Parece meditar para sus adentros. —He llegado a pensar que le movía la notoriedad que le podría reportar el destruirnos, sobre todo a los ojos de Julia. Pero lo descarté, entre sus muchos defectos no se encuentra ese. ¿Será tan amable de indicarme tan oscuros motivos? No sea misterioso, yo no le oculto nada, quiero que sepa que llegué a creer que entre nosotros se estaba fraguando una verdadera amistad. No me desilusione.
—Juan, nada ni nadie me trajo hasta aquí, ningún afán, noble o innoble, hizo que interfiriera en vuestras pesadillas. La casualidad y vuestros propios errores me trajeran a estos baldíos esteros. El anciano torvo no puede reprimir una risa altisonante y amplia, se golpea las rodillas exagerando la burla que ese descubrimiento le produce.
—¡Increíble!, señor Martel, quiere hacerme creer que el nombre “de la Prada” no le dice absolutamente nada, que corrió tras un lugar cálido y conocido y se tropezó con todo esto. Que del coño de Julia saltó como por arte de magia sobre nuestros sueños y todos sus misterios. Magistral, no hay pecado mayor que ser terriblemente inoportuno. Y usted lo ha sido, vaya si lo ha sido. ¿No le parece gracioso, no le ve la vis cómica?
Incorporarse, con frialdades de descabello infligir un nuevo golpe con la empuñadura del arma a Juan Solano, preciso, intencionado. Contemplar de su frente brotar con mayor abundancia la roja sangre, el dolor le contrae la boca, a pesar de ello, su vertiginosa forma de recuperarse resulta teatralmente magistral. Camisa moteada, salpicaduras que se ensanchan alimentadas de odio.
—Vuestro juego le ha costado la vida a Ana Tomé ¿Le parece jocoso, le estimula tanto la hilaridad? —Descargo un nuevo golpe sobre el tumefacto rostro, esta vez con el puño. De su nariz fluye el carmesí líquido con un estallido que salpica sobre las ropas. Solano ríe abiertamente mientras sorbe su propia baba sanguinolenta.
—Que rematadamente estúpido es. El gran salvador enfrentado a todos siente un afectado interés por una desconocida. —Vuelve a sorber. —Por cierto, ¿era tan desconocida? ¿No intentó salvarla también, o sólo esgrimió la misma pasión que demostró por nuestra concubina? Sorpréndame, dígame que en un acto de previsión pensó en ella como una posible pieza de recambio. No crea que andamos sobrados de sacerdotisas. Si me lo hubiera dicho podía haber comprobado personalmente sus aptitudes una vez más, entre los dos hubiésemos podido entrenarla en este difícil arte. —Negaba pesaroso con la cabeza. —Ahora es cuando puedo comprender su dolor, una perdida irrecuperable, sinceramente, una verdadera lástima…
No ha llegado a terminar la frase cuando su cara se pierde entre una continua descarga de manotazos y golpes. Con una contundencia desmedida le agredo con febril ensañamiento. Las lágrimas invaden la visión, la laxitud de Juan Solano me advierte de su inconsciencia. Retiro mi cuerpo turbado y desconocido. Los sollozos parecen querer asfixiarme, rendido desplomo el abatimiento sobre el sillón, oculto la vergüenza entre las manos, un jadeo de ahogo invade el pecho como el grotesco aletear de unas agallas que me arrancan toses y arcadas. Vomito de forma desmedida sobre la pequeña alfombra que tengo a los pies y el silencio se perla sobre nuestros cuerpos cansados.
La luz declina sobre esta fría casa, con paciencia mineral voy deshilando la cinta adhesiva que encontré en la cocina, vueltas y vueltas que en el recuerdo ovillo hacia otro sitio. Primero fue la acuciante quietud lo que me hizo temer por la vida del librero, cabía la posibilidad de que su corazón se hubiese parado ante la iracundia desmedida. Busco con ahínco el subterráneo latir de sus muñecas, por su amoratado cuello dejo a los dedos palpar ansiosos. La moteada piel queda lívida tras la presión que ejerzo en un alocado manipular.
Busco en el cuarto de baño algún espejo de bolsillo, no logro encontrarle el pulso, pongo frente a la desfigurada boca de Juan el frío azogue, como quién espera un milagro, como quién espera la solución de un tétrico misterio. El reflejo del cristal se ve alterado por un vaho que condensa en su interior el aliento de la vida, el pálpito que irregular alimenta y sostiene al magullado cuerpo de Juan Solano.
Después la pesadilla, la cinta rodeando el cuerpo maltrecho, el tórax se va hallando preso del sillón, fuertemente afianzado en él por aquella pegajosa cinta plástica. Junto los tobillos, y sin romper la longitud del adhesivo, los atenazo a las patas del asiento, después subo la banda, y sin cortes le apreso las manos en espirales tristes y conocidas. Las lágrimas no cesan de acudir en auxilio, minúsculos cristales salinos que escuecen los párpados y enrojecen los ojos. Quemazón y pesadumbre se unen al dolor en un victorioso triunvirato. Siento al cuerpo como un hueco que me arrastra a realizar actos irreflexivos y espontáneos. Ahora es la oscuridad, las sombras penetran en el salón creando una pausa de sueño y esperas.

Sobre la hora séptima, en un ámbito de matriz, el librero abre los ojos y deja escapar un sonido quebrado, la luz amarilla de una linterna ciega instantánea la imagen de boxeador acabado que se adivina tras la envoltura que lo aprisiona.
—Bienvenido al mundo de los vivos, el altar está dispuesto, mi querido oficiante. —Junto a él, sobre una pequeña mesa de formica, dispuestas en hileras de distintos tamaños, un grupo de velas componen un remedo votivo que he confeccionado con paciencia oriental.
Corté los cirios escalonados, busqué simetrías cuasi perfectas. Con una cuchilla de afeitar fui rebajando cada nivel. El suelo se halla cubierto de laboriosas virutas de cera, un montón de excrecencias como larvas de hormigas que confieren al tiempo un peso real, graso y leve.
—Tiene la fea costumbre de desaparecer en el mejor momento. Cuando por fin comenzábamos a entendernos. !Zas¡ se me duerme. Me aburría, ¿sabe?, así que le preparé este pequeño recibimiento, la ocasión bien lo merece. He estado reflexionando, sopesando todas las posibilidades y tal vez tenga razón. Nada de esto tiene sentido, la vida, en sí, tampoco lo tiene. ¿Verdad que coincidimos? Bien, pero no nos conformamos con esa realidad, nuestra consciencia nos impide ser resignados. Si al menos pudiésemos recuperar nuestro espacio “edenístico”, seguro que nos sentiríamos más confortados en el desconocimiento. Pero seamos realistas. No, no es así. —Callo con premeditación.
Como un actor al que el personaje le hubiese suplantado me incorporo meditabundo, con las manos en las espaldas deambulo alrededor del prisionero, la voz gira como un amenazante satélite alterando con su gravedad el entorno de Juan Solano. Medito en voz alta.
—Nada tiene sentido. —Repito en la distancia, como para mí mismo. —Hasta ahora me he limitado a esquivar mi propio destino, no lo aceptaba, prefería perder el tiempo obviando lo que se dibuja con claridad de alborada. ¿Miedo? Si, simple y llano miedo. ¿Quién desea ser el que realmente se es? Usted no, Juan, nunca lo quiso. ¿Estoy en lo cierto? —Con una patada reclamo la respuesta, el librero se estremece alarmado.
La sequedad que se reparte por su boca es una mordaza de sangre y saliva solidificada. Con un cansado movimiento de la cabeza asiente. Yo me siento desposeído de un centro, con absoluta desconcentración me pierdo en cada objeto contemplado. Las velas se sitúan en motivo principal de atención, vislumbro tan perfecta armonía maravillado, inacabadas se yerguen en misterios que la llama deshará paciente.
—Soy un desconsiderado, tanto esfuerzo y no remato la obra. —Con inusitada lentitud voy prendiendo la fila superior de las luminarias.
Las velas se derraman en tres niveles, tres escalones cuyas significancias se escapan de la confusa comprensión de Solano. Apago la linterna, un resplandor privado se expande en un círculo de claridad casi peligrosa. Continúo dando vida a aquel monstruo en que me he convertido.
—¡Hágase la luz!, y la luz, como era de esperar, se hizo. —Recito apoyado en gestos y ademanes. —Mi ignorante Juan, acaba de contemplar como el primer grado del camino ha sido inaugurado. Va a tener el privilegio de asistir a la creación del mundo.
La parodia se ve interrumpida por la compungida súplica de Juan Solano.
—Tengo sed, deme agua. —Le propino una nueva patada a modo de respuesta, con evidente enfado le recrimino su interrupción.
—No está atento, tiene que decir: —Tengo sed—, sin agregar nada. Si quiere ser el cordero de salvación aténgase al libreto. No se anticipe a su destino, y menos con equívocos, ya no es posible equivocarse, la gran representación ha comenzado. Debería sentirse feliz, su papel es de las más notorios y principales.
Un nuevo silencio asigna cavilaciones, intento encontrar el punto en que la perorata ha sido interrumpida, con huraño alboroto prosigo manoteando el aire.
—Esa luz no es física, sé que su incredulidad no le permite percibirlo, pero fue encendida por ustedes en el pasado. Mucho antes de que mi camino desembocara en la venta, prendisteis un luminoso faro, una intermitencia que me llevaba hacia aquel sagrado lugar. Yo ya me encontraba predispuesto, ¿entiende?, había renunciado al mundo y sus pompas, a la triste cohorte de vulgares cortesanos hambrientos de poder y gloria. Bagatelas si lo comparamos con el altísimo destino que cada uno atesora en su médula. Somos los hijos de Yahveh, sus herederos, los bastardos olvidados de los ángeles. Efímeros, grandiosamente finitos. Nos arrebataron la vida eterna, pero recuerde, no el saber. Esa parcela la conquistamos con el sudor, con el sufrimiento, pariendo con dolor. Y la venganza de ese padre cruel y envidioso fue la expulsión lejos de su lado. ¡Enhorabuena!, todo sucedió en una magnífica y buena hora. —Mi garganta me sorprende con una lúgubre carcajada, casi una mueca.
Rebusco la caja de cerillas y tras frotar una contra la lija, voy prendiendo una nueva hilera. La esfera luminosa amplía su radio, los estantes que cubren las paredes se hacen visibles, repletos de libros y de objetos decorativos aparecen como si hubiesen sido invocados.
—Ve, ya está aquí el conocimiento, la palabra, los frágiles elementos sobre los que nuestras esperanzas se sustentan. Éste es el árbol de la ciencia del bien y del mal, interminable, huidizo, por este camino jamás redimiremos el calmo sosiego del edén. Pero no importa, ya ha llegado el momento en que de una vez por todas debemos dejar de insistir, el arca de la alianza fue destruida, no volveremos a comunicarnos con nuestro padre. La independencia se instaura, el reino del hombre surge de los suelos para ascender a los brillantes cielos del saber.
Callo agotado por la jaculatoria. Permanezco con los ojos cerrados como si un rayo divino me hubiese fulminado en castigo a tan hereje disertar. Así permanezco por un tiempo inmedible. La lluvia, sin descanso, construye cadalsos y escenas. Con un voraz salto me incorporó, una sonrisa maléfica abunda en mi faz, un brillo de otro mundo enciende la mirada en flacas directrices.
—Pero lo mejor viene ahora, hasta este momento, todo lo demás, no tiene importancia.
Como un perverso diablo voy arrojando todos los libros al suelo, descuajaringados pierden sus cubiertas al estrellarse unos contra los otros en un caos impreso. Los objetos también son abatidos de las repisas, máscaras ancestrales de desconocidas etnias, cuencos de arcilla y madera, idolillos de culturas lejanas y olvidadas comparten aquel revoltijo extraño y temible.
—Este es el conocimiento, en esto ha quedado convertido el camino que debimos instaurar. Una pobre dependencia de ese dios nos mantiene atados por todos los iluminados que la historia ha creado. Usted, uno de ellos, el principal culpable, le otorgaron esta oportunidad casi como una gracia especial, estuvo a las mismas puertas del Templo. ¿Cuántos pueden decir lo mismo? —Le miro desde ese otro lado que tantas veces busqué. —¿Y que hizo? Yo se lo voy a decir. Si, Juan, el Traidor se lo va a explicar. Se quedó en el envoltorio, en el bello celofán que envolvía al regalo. Incapaz de adentrarse en el proceloso lago donde por fin el hombre corta sus ataduras, donde la buena nueva comienza a regir nuestros pasos, se limitó a ceder ante la abulia y sus pequeñas maldades.
Con decisión prendo la hilera final de luminarias, la habitación se abre en luz por completo, bañada en la temblorosa claridad de las llamas muestra los inequívocos signos de la locura. Arracimados como frutos podridos, los volúmenes se muestran desventurados por la violencia, amontonados en desorden enseñan una confusión que tiene algo de sucio e insano.
—Mire hacia allí Juan, contemple el final de la historia. —Con el índice señalo hacia un rincón donde un perchero sostiene entre sus brazos algunas prendas de vestir.
Renqueante me dirijo hacia el lugar que indico, con gesto casi tierno tomo una chaqueta de lana, el tacto me transmite un calor que el recuerdo suscita, un aroma afrutado y conocido, un lugar donde abandonarse y desistir rendido. Con desprecio la arrugo y le imprimo un certero impulso que le hace recorrer por los aires una trayectoria cuyo objetivo final es Juan Solano. Cae sobre su indefenso regazo, casi como un pelele yace dormitando en sus rodillas. El aroma de Julia le llega evaporado.
—Nos faltaba la tentación para que la caída fuese completa. Necesitábamos de un último elemento. Ahí tiene a Eva, o lo que queda de ella, mi amorosa serpiente. Imagine que está sentada sobre sus piernas, en realidad usted no necesita mucho para poder componer el eterno femenino, Su enfermizo concepto de ciertas cosas no llegó nunca a penetrar en las callejas donde ella estaba aguardando. No supo ver. Hoy Julia-Eva, mañana Raquel-Julia, ¿y pasado mañana’? ¿Lucas-Julia?, ¿Raquel-Lucas? Hubiese sido perfecto, ¿no es así?
Miro a mi alrededor, veo unos tejanos de mujer doblados sobre una silla, entre los papeles que de los libros se han desprendido puedo descubrir la letra femenina que tan bien conozco, esos signos redondos y cuidados. Pero sigo hablando para mí mismo, quiero exteriorizar lo que por dentro me quema.
—Siento un asco profundo, donde miro advierto sus huellas, las que se dejan en los actos cotidianos, en eso que Julia llama la convivencia diaria y que aquí se transforma en aviesa presencia. La puedo adivinar tras los detalles que adornan esta tétrica casa, en aquella mustia planta que se seca desde su ausencia.
Entre la destrucción puedo reconocer un objeto que le hube regalado en el pasado, un escarabajo de arcilla pintado con rutilantes colores ferruginosos, unos esmaltes brillantes que le prenden fuego en las alas. Seco y sin lágrimas me convulsiono sumergido en la desesperanza profunda de los pozos olvidados. Agotado busco el refugio del sillón, recuesto la cabeza en el respaldo, necesito llevar alivio a la punzada que efervescente perla la frente. Antes de caer en un profundo letargo me dirijo por última vez a Juan en este largo día.
—Como cualquier reo tiene derechos, le asiste la prerrogativa de la defensa. Podrá formular cuantos hechos u omisiones crea que le asisten. Mañana tendrá oportunidad de réplica, medite, sortee bien todos los cargos que se le imputan y busque atenuantes de peso. Mañana proseguiremos. Mañana será la condena.
Cierro todo entendimiento frente al mundo, y casi como un niño cansado por lo excitante de una jornada plena en sucesos, me quedo dormido atravesado entre los brazos del sillón, mecido en la parálisis cedo la consciencia en favor del vuelo.

La Señora” M. Martínez (Óleo sobre lienzo).

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