Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjeta de Tiro 1/2.

TARJETA DE TIRO 1/2.

“Y Dios, seguramente,
añadió: —Comed del árbol
de la vida, sed bestias,
sed cerdos, sed egoístas,
revolcaos por el suelo
alegremente; pero no
comáis del árbol de la
ciencia, porque ese fruto
agrio os dará una
tendencia por mejorar
que os destruirá.”

“El Árbol de la Ciencia.”
P. Baroja.

Abandono aquel complejo de apartamentos. Antes de que la luz se haga presente sobre la cama las desnudas formas de Julia serpentean una cadera, un movimiento de respiración inflamando el vientre. No hay despedida, no lo deseo, sobre un papel escueto te indico por única obligación la espera, nada de acciones individuales, tajante como una sentencia te condeno a convertirte en la Penélope de tus intrigas. Cojo prestado el coche, un resoluto afán me encamina hacia la urbe, una determinación se ha estado gestando durante toda la jornada anterior y ahora, bajo un cielo que aún no quiere despertarse, me dispongo a llevarla a cabo.
Las ruedas alborotan los charcos que el asfalto alberga, una manada de nubes sólidas y poderosas avanzan desde un marítimo horizonte dispuestas a castigar con su congoja la saturada tierra. Cada cierto tiempo me veo obligado a accionar el limpiaparabrisas, los vehículos que me preceden en la ruta arrojan una sucia llovizna que pulveriza una ligera gasa gris sobre el cristal delantero. La última noche logré descansar, a pesar de las palabras, un sueño pesado e indoloro me dejó inconsciente mientras el ánimo se hundía en un cosmos oneroso, arrullado por el fragor de los lejanos fuegos artificiales, Pero ahora es la realidad la que ante la mirada se abre, la locura de un mundo indiferente donde conviven el dolor y la alegría, la incolora acechanza de lo imprevisto con la mortal claridad de la monotonía. Pisar el acelerador más allá de los límites permitidos, una urgencia por llegar al destino impone velocidad a los actos. Pronto, y éste es el deseo, el devenir quedará despejado y un nuevo día florecerá sin el veneno de los malos presagios.
Detenerse en un área de servicio donde una concurrida cafetería despeja el letargo del amanecer, allí el anonimato camuflado, una abstracción. Pedir un café doble, con la mirada buscar un teléfono público, la verde presencia destaca al fondo del local invitando al diálogo. Rebusco el número que Ana me facilitara, como mofándose de mis incertidumbres encuentro la tarjeta donde anotara la dirección de la venta, sus manidos bordes, la gastada esencia donde el lápiz grabó aquellos datos se me antoja hoy como un pasado lejano y perdido en el tiempo. Carretera comarcal diecinueve, kilómetro ocho con siete, y el nombre, cotidiano y esquivo, Francisco Tomé García. Seguir desvistiendo la cartera, un papel cuadriculado, escolar, aparece garabateado con las cifras del número que busco, signos cuyos trazos evidencian la impericia del ejecutante. Humildes símbolos que una mano sencilla me ha confiado. Imagino aquellos ojos almendrados cerrados por el salvo cristal del sueño, la temprana hora los mantendrán plácidos evitando que la luz de su alegría almibarada nos conforte en estas aciagas horas. Marcar los dígitos, algunas monedas previsoras en la mano, la mente componiendo la imagen de una Ana somnolienta, una casa sometida a las penumbras del alba, una vivienda remendada y anónima donde su tibio cuerpo se conmovería sobresaltado al escuchar el timbre rebotando loco por la sala. Barrio sucio y obrero. Los pies buscarían palpando en la oscuridad unas frías zapatillas, el camisón de retal ablandaría el aire al compás de uno pasos suaves y melifluos. Turgencias evidentes que en la vespertina indolencia de la mañana serían como una tortura ignorada. Una voz desconocida me trae de vuelta a la cafetería y su aroma, un acento serrano y cascado que llega desde una distancia de impulsos eléctricos.
—¿Sí?, dígame. —Una mujer pregunta socorrida por la hipnosis y el disparate.
—Buenos días, perdone que la moleste a estas horas, ¿podría hablar con Ana Tomé? Soy un amigo.
Acostumbrado a las injurias, a la precipitada vida del que huye, el silencio que se esparce toma dimensiones espaciales, es grueso. Las voces de la cafetería entran en el auricular y en el oído destacan por encima de este mutismo como una tangible pesadumbre. Insisto una vez más.
—Oiga, ¿me escucha? —El rubor me inunda las mejillas obligadas por lo innecesario de la pregunta.
La voz cascada tose en un intento por aclararse, traga saliva para poder contestar lo terrible y escueto de su torcido mensaje.
—Perdone, veo que no está enterado, Ana ha muerto…
La negrura de los abismos no es baremo suficiente, e1 inesperado dolor de la perdida irremediable no llega a ser parangón bastante para medir el grito celular que conmueve toda el alma. Un vahído nubla la razón, un gotear sordo que revuelve recuerdos y añoranzas. Aquellos ojos de almendras son ya pasto de la tierra celosa. El almíbar trocará en hiel su dulce aroma y el bamboleo ligero del camisón será estática mortaja donde el olvido hostil la sumirá en nocturnas ausencias. Siento deseos de llorar, inexplicables ganas de contener la mueca que el rostro compone ante el desespero, boca que se retuerce viva e involuntaria. Ana está incondicionalmente muerta. Ella era, en la memoria, el único lugar donde lo cotidiano permitía esperanzarse en el descanso. Donde, mañana, era una palabra exacta y puntual pletórica de significados.
Con la dificultad que la pena atraganta en la garganta consigo preguntar la causa, la voz femenina y cascada detalla con parquedad los infernales hechos.
—Un coche la atropelló ayer en la mañana, después, sin detenerse siquiera, se dio a la fuga. Dentro de dos horas será el sepelio, en el cementerio de los Santos Ángeles.
Agradecer lo telegráfico del mensaje, sentirse incapacitado para el diálogo, abandonar la cafetería buscando el gratificante helor de la mañana. La confusión mina, un lloro callado compungiendo la tráquea, abotonándose hasta el cuello, la paradoja cruel de aquel arrebato deja los brazos extendidos y huérfanos. Si alguna vez había alentado esperanzas nuevas, despojadas cicateramente por el destino se cercenaban para siempre, y esas palabras, “para siempre”, se clavaban por el corazón arañando en eternidades. Ando hasta el coche, la mirada de Ana flota alrededor de los pensamientos, un espectro amable y sencillo que urde una fina red donde atraparlas. Prisionero de su almíbar, libado imposible de un talle de almendras, jamás volveré a contemplar ¬los sinuosos andares desenvolviéndose en vientos. Cadena amorosa que me une a un recién inaugurado espectro. Sentir la frialdad del aire como la premonición de la pesada losa que en breve la abrazará. Comprendo que no puedo permitirme el solaz del recuerdo, a mi mano le es negada el ínfimo tributo de una concisa evocación.

La ciudad está despierta cuando mis ojos enfilan las primeras imágenes de los suburbios, el panal se desvive afanoso circulando paciente en caravana, tragado a duras penas por las avenidas de la ilusión. Ajeno a aquel trasiego busco llegar al casco antiguo donde puede ser que mi primer objetivo esté, necesito ver a Samuel, el pequeño “Rabí”. Si Julia está en lo cierto, podría convertirse en el asidero que me elevara hacia arriba. Soy consciente de que me encuentro en el más bajo peldaño de una escalera, ascender es lo único inteligente que se puede hacer. Entro en el dédalo de la judería, recorro las estrechas callejas que me separan del mesón, paso junto a éste sin detenerme, quiero comprobar que se encuentra abierto y sin merodeadores cercanos que puedan abortar mi empeño. Dejo el automóvil alejado del lugar al que pienso encaminarme, sigo a pie hasta el local que Samuel regenta, es lo seguro, o al menos así lo creo. Oculto tras unas gafas oscurecidas, con el cuello de la chaqueta alzado, compongo la viva imagen del misterio más ridículo posible. Cauteloso y desconfiado, novelesco y estúpido, camino pegado a la pared en un intento por evitar las miradas de los anónimos transeúntes. Gentes serias, macilentas, que se disponen a incorporarse a sus tediosos puestos de trabajo y que ante aquella estampa que pulula por las aceras se retiran temerosos de que, tras la indumentaria deslucida, un lunático peligroso se oculte. Desde una esquina observo el mesón y sus inmediaciones, parece tranquilo y desierto, con paso seguro recorro los metros que me separan del objetivo y sin titubeos previos penetro en la tenebrosidad que recuerdo y ésta, tomando corporeidad, se muestra vieja y vencida. Los lienzos, casi borrosos, despiden los reflejos que algunas velas delinean por el barniz, haciendo que las imágenes representadas se neblinen en alegorías. Desde la cocina me llega el rumor del quehacer en forma de metálicos sonidos que, indolentes, percuten la calma niebla del comedor. Me acerco con pasos insonoros, las espaldas del “Rabí”, pequeñas y vivaces, se muestran vulnerables. Manipula una enorme cacerola donde hubiera podido ocultarse por completo. Dirijo la palabra musitando en voz baja,
—Samuel, no se alarme, soy yo, Lucas.
El hombrecillo se agita violento, a pesar del tono empleado las palabras le causan una sorpresa desprevenida y mortal, el recipiente que manipula cae de sus manos construyendo un redoble escandaloso y bullanguero. Su rala barba enmarca una boca desencajada donde el asombro se ahonda, el espanto define aceptablemente la escena imprevista. A pesar de ello logra farfullar su verdadero temor.
—¡Es usted! ¿Qué demonios hace aquí? —Sus advertencias resultan gratuitas, bien sé que este antro es lugar común de encuentros y clandestinidades, sin mayores dilaciones le despejo la causa de mi visita.
—No se preocupe, he venido para buscar su asesoramiento. Julia me ha contado una historia de difícil credibilidad, sólo pretendo aclarar términos.
El “Rabí” deja escapar el aire contenido en sus pulmones con enfado y benevolencia, mi presencia le compromete en un juego del que ha desertado por propio convencimiento. Todos parecen querer huir. Toma asiento sobre una banqueta, su figura se reduce con notabilidad casi mágica, parece un gnomo travieso y divertido.
—Es normal que esté confundido, y ahora yo le confundiré aún más. —Sus ojos vivaces se aperciben del gesto de ignorancia que evidencio. —Las cosas se tuercen por si solas, ¿de qué le ha hablado Julia? Necesito saber para poder agregar aquello que desconoce.
—Del juego, de la forma casi inocente que pretendía conseguir el placer prohibido como única meta. De los dogmas del génesis, del engaño que con su doctrina buscaba sumar víctimas, nuevos elementos para la consecución del goce. De todo eso. —Quedamos en un detenimiento que espera más datos, un aporte que inspire confianza. —Bueno, después de hablar con usted me contó lo de Raquel, lo del empleado al servicio del señor de la Prada y de sus perversas intenciones.
—Pues ahí no queda la cosa. Antes de proseguir quiero de usted un juramenta de silencio, tengo miedo, los hechos recientes han complicado las cosas de una forma torcida y abyecta. —Le muestro mi buena disposición, le hago saber que no pretendo logro personal alguno, él confía, o al menos me hace creer que está dispuesto a. socorrerme hasta cierto punto. —Se trata de la lucha entre Juan y Rogelio, dos personas egocéntricas que pretenden ser los que dirijan los destinos de los demás y eso a veces provoca la ira del altísimo. —Se santigua con rapidez de diablo y prosigue. —Deseaban encontrar un motivo a su intervención cuando aquel sicario se personó aquí, creyeron que la luz les iluminaba directamente. Sus conclusiones fueron inevitables y simples, algo siempre peligroso. Sé que existe un hecho luctuoso que ocultan, un episodio vergonzoso del que nunca hablan, pero eso son cosas que de alguna manera se presienten, es algo relacionado con la sobrina de Francisco Tomé, el dueño de la venta.
—¿Qué tiene que ver Ana en todo esto? —El “Rabí” me mira sorprendido.
—¿La conoce? —En su cara se expresa el terror.
—Fue accidental, una cuestión distinta me hizo contactar con ella… hace sólo unos instantes me han comunicado que ha muerto víctima de un accidente, de un atropello con fuga incluida. —Samuel se mesa la barba con signos evidentes de desamparo y dolor.
—De eso se trata, Lucas, ese es el camino torcido que los hechos han tomado.
—¿Qué quiere decir? —Un nublado de presagios pintan mi cara desencajada.
—Rogelio propuso secuestrarla, localizar su paradero y llevarla a algún lugar donde pudieran sacarle lo que sabe. Pensaban que ella era su contacto, la inductora de la información que ellos pretenden no salga nunca a la luz. Pero erraron, un accidente, la calle mojada y la impericia del conductor. Si, Lucas, un deslizar de neumáticos por el asfalto graso y la contundencia de un cuerpo que se estrella, de verdad que lo lamento, por ello pretendo mantenerme al margen de las actuaciones de esos dos locos. ¿Comprende?
En mi ignorancia creo que “esos hilos” no tienen sentido del humor, pero estoy equivocado, se mofan otorgándome el castigo desesperante de la sinrazón. Lo que hasta ahora ha pasado por un accidente terrible se transfigura en homicidio lúcido y alevoso. El odio más recóndito emerge como un aceite envenenado, su diferente densidad le hace gravitar sobre la sangre encolerizándola en frases abyectas.
—!¡Sois un atajo de asesinos, unos repugnantes seres desquiciados y enfermos! —Los gritos se incrustan como alfileres en la piel del “Rabí”.
Samuel se incorpora buscando un lugar más seguro, coloca su diminuto cuerpo al amparo de una sólida mesa, teme la reacción violenta y amenazante de su interlocutor, tartamudeando intenta calmarme, que el sosiego relaje mis contraídos puños.
—No, escuche, despierte y sea usted el que promulgue el fin de la locura. Sea la venganza y su arma. La clave está en encontrar la puerta que le lleve hasta eso que les empaña la mente.
Siento el deseo inevitable de retorcerle el inexistente cuello, aquella cucaracha negra y arremangada alimenta con la carne de la doctrina las mandíbulas hambrientas de esos perros inhumanos. Híbridos que se justifican en la palabra, en la falsa interpretación de unos dogmas que sirven para fortalecer su personal bonanza. Le amenazo con total inocencia, mis amedrentadoras palabras sirven para pintar signos de terror en aquel pobre desgraciado.
—Pienso llegar hasta el final, no voy a dejar títere con cabeza —Cojo al “Rabí” por las solapas y le zarandeo con movimientos compulsivos y violentos, su rostro se maquilla de pánico, ojeriza, blanco de arroz.
—Espere, no sea loco, yo no tengo nada que ver en todo esto. Ellos son los que mandan, los que indican los pasos a seguir. —Le suelto contra la mesa de aluminio y su cuerpo rebota sólido y pesado¬.
—¡Ayúdeme! Haga algo para que esto no quede impune. —Es casi una súplica, un pedir socorro en el desierto.
—No puedo hacer nada que le sirva. —Queda sobre el suelo y de un salto casi imposible se incorpora. —Mire, la solución puede encontrarla en lo que ocurrió con el marido de Ana Tomé, si lo descubre les tendrá cogidos. Juan es el que sabe todo eso, Rogelio también, pero es Solano el que ahora está en desventaja, es el eslabón más débil de la cadena.
Se dirige hacia un cajón de la cocina y tras abrirlo con una pequeña llave que lleva colgada al cuello extrae un bulto envuelto en un paño. Parece que su contenido es pesado y sólido. Al posarlo sobre la corpulenta mesa produce un sonido seco, sus inhábiles dedos deshacen el lazo, con parsimonia va desenvolviendo el lienzo. Ante mi asombro la luz artificiosa de la cocina ilumina lo que con tanto mimo guarda, la negra frialdad de un engrasado revolver de tambor queda expuesta ante nuestras miradas, Samuel me observa, con sonrisa ladina agrega de inmediato.
—Coja esto, le será de utilidad llegado el caso, está cargado, no tengo más munición que la que en su interior se aloja, seis proyectiles, suficientes para defender la vida. —Su tono es excesivo y dramático. —Lucas, desde este mismo momento me desentiendo de lo que pueda hacer, nada de esto ha ocurrido jamás. Confío en que con esta acción no esté tirando piedras sobre mi propio tejado. Le deseo suerte en su empresa. —El “Rabí” alarga la mano esperando el saludo final, la repugnancia que siento me impide devolver el amable gesto.
Sin darle las espaldas salgo del mesón, un guerrero que cruza entre pinturas del medioevo, entre la luz extinta de los cirios. Contemplo la realidad cotidiana como algo que se escapa de entre los dedos, ando en el bullicio con una sola fijación por guía, en el bolsillo de la chaqueta puedo sentir el contundente peso del arma que, como un ancla, me escora hacia estribor, obligando a que mis pasos sean medidos, el tobillo izquierdo se resiente. Retorno hasta el automóvil. Callejeo en un merodeo animal por los alrededores de una vieja, aunque remozada vivienda. Un estrecho edificio de tres plantas que sueña con tiempos pasados y mejores. En su desportillado portal nadie parece estar aguardando, sus cercanías se encuentran transitadas por el movimiento, ninguna persona parece demorarse en las inmediaciones. Abandono el automóvil de Julia y paseo con paso calmo por la acera de enfrente, la recorro en un arriba y abajo reiterado y previsor, observo cualquier signo de alarma que pudiera advertirme de presencias sospechosas e indeseadas. En un amago, imprevisto cambio de emplazamiento, cruzo la calle y me sumerjo en el contraluz huidizo que un ventanal vierte sobre las escaleras. He ganado íntegro y salvo el portal perseguido. La oscuridad de la primera visita no trae recuerdos. Busco en los buzones de hojalata un nombre junto al de Juan Solano, como una confirmación agria del pasado reciente, con tipografía distinta y precipitada, se suma el de Julia, Julia Martín Pereíra, segundo piso, tercera puerta, al igual que una espina dolorosa, recuerdo los versos de un conocido tango.

—”Segundo piso ascensor, no hay portera ni vecinos, para dos cóctel de amor.”

La melodía danza por mi mente restregándose como un gato molesto e inoportuno, compongo una sonrisa fervorosa y amarga.

—”Y todo a media luz, crepúsculo interior, a media luz los besos, a media luz los dos.”

El estribillo se repite destrozando el mobiliario de los sentimientos. Puedo llegar a ser cruel conmigo mismo, a veces más que con los demás. Hablo para mis adentros con un soliloquio de compinche amigo. —Las confianzas se pagan, hermanita, se pagan muy caras, —Y Lucas el Traidor confía demasiado en sí mismo y en aquel instante paga un precio alto y desorbitado, pero lo paga.
Comienzo a ascender por la escalera, silbo distraído. El pasamanos de la barandilla muestra el lustre que sucesivas generaciones de inquilinos han conseguido imprimirle. La descascarillada pared exhibe otras tonalidades pictóricas bajo el blanco ceniciento actual. Alguna vez aquel lugar fue celeste y nubífero, en cambio, una pincelada hundida en aquella estratigrafía doméstica demuestra que, el amarillo limón, reinó por un espacio de tiempo indeterminado. No podía imaginar cómo aquel color destellante pudo decorar esas escaleras en algún momento de su historia.

—”A media luz los dos, que suave terciopelo…”

Me detengo frente a la puerta, la amplia mirilla circular de hojalata dorada me apunta directamente a los ojos como el diafragma de una cámara fotográfica, una aldaba deslucida y dorada se instala por debajo de esta. Deslizar la mano en el bolsillo de la chaqueta, puedo sentir el contacta del metal enfriándome los dedos, la férrea consistencia que se hace tibia y amable en las cachas de madera. La tomo por la empuñadura y con un movimiento del pulgar destrabo el seguro, no introduzco el índice en el gatillo, no quiero provocar un accidente que venga a empeorar las cosas aún más. Sigo silbante la fragancia dulce del tango mientras presiono sobre el timbre eléctrico, el sonido seco e insistente se percibe lejano y antiguo. Con desenfado miro los pies, tarareo un galimatías sin sentido donde sólo es respetada la música original. Mi tranquila espera no hubiese despertado la más mínima sospecha en un espectador casual. La mirilla gira sobre su eje, reconozco los ojos ceñudos que me observan, la torva mirada rapaz de Juan Solano. Si tarda en abrir iniciaría una retirada urgente, más ello no se hace necesario, la voz del librero me llega amortiguada y clara.
—¡Lucas, que sorpresa! ¿Viene solo?
Percibo como se libera la cerradura, un ruido de anclajes milenarios, el traqueteo de un viejo vagón que cambiase de vías en plena marcha. La castigada puerta comienza a abrirse, en ese preciso momento me pasa por la mente la posibilidad de que Juan no esté solo. Miro los dos tramos de escalera cercanos, ya es tarde, con inusitada violencia empujo hacia adentro mientras extraigo del bolsillo el pesado revólver. La contundencia de todo el cuerpo cae sobre el batiente desequilibrando al librero. Con la mano derecha abarco el cuello de mi víctima, casi como en un sueño me veo a mi mismo encañonando la sien de Juan Solano mientras que, con un movimiento de la pierna, cierro el acceso a su morada. Como si se tratase de un guion barato y predecible me oigo hablar entre ahogos y palpitaciones aceleradas,
—¡Cierra la boca o te vuelo la cara!

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