Marcos Estrada “El Dedo Anular” Tarjeta Divulgativa.

Capítulo Veinte y Tres.

Tarjeta Divulgativa.

    La alcoba se va recogiendo en oscuridades, me acerco a la ventana, el edén de bolsillo se ilumina como una verbena de barrio, una claridad excesiva devuelve un trozo verde de tapete donde minúsculos árboles se achican en distancias. Un juguete, un dócil diorama que la mar cerca, que el cemento inanimado contiene celoso y exclusivo. Desde allí llega una música que el aire entrecorta, una extraña melodía de fanfarrias estridentes y metálicas. Ha dejado de llover y una brisa suave toma corpo­reidad en el frágil balanceo de la arboleda. Abro la ventana, el benéfico viento inunda la habitación refrescando clima parti­cular que parece suspenderse sobre nuestras cejas. Julia se incorpora del lecho, su aspecto medroso y confundido retoma argumentos de melodrama. Esta vez el “incontenible risorio” me cabalga por dentro, no puedo dejar de ver todo aquello como algo ilusorio, incluso el acto de confraternización se señala como una ridícula comiquería donde el principal payaso, el de las bofeta­das, no era otro que yo mismo.

    —Lucas, ¿por qué no intentas descansar? Tu abatimiento proviene de la tensión que acumulas y no descargas. Mira tus manos. —Julia señala los dos apéndices que cuelgan tensos al final de mis brazos. —Son dos garras, descansa, relájate y descansa, ¡por dios!

    La invocación de la divinidad es vana, el conducto comunicativo hace tiempo que está cortado, nadie ha reestablecido la línea y los ruegos, las oraciones se pierden en un universo hostil y ajeno donde el hombre es un extraño.

    Ella avanza descalza sobre el gres, un deslizar de gata grande, un maullido silencioso, un ronroneo que abarca mi pecho con felinas extremidades. El aliento dulce columpiándose por la nuca y la algodonosa sensación de los leves senos contra mis omóplatos. Yo sonrío, mi amargor tensa el arco, se instala en los labios. Si, el hartazgo gana terreno, franquea las últimas resistencias y campea soberano por lo que fuera mis antiguos dominios. Sus frías manos acuden aquietadas, como si quisieran tornear la arcilla que en mi se esconde. Recorre la trayectoria de los hombros, parece nombrarla cutánea e invisible. La oscuridad evita el presente, las caricias son el recuerda inscrito por la memoria que se idealiza en las sienes. Una presión gira­toria y grata que se involucra en espirales hipnóticas. Si, descansar en la salva hostería de un cuerpo irreprochable, sacar al pedestre caminante de sus obsesiones y obligarlo a comulgar el cálido pan de unos muslos, a vencer la sed con la fresca saliva del concúbito. Las notas disonantes siguen llegando amortiguadas y esquivas desde el edén rendido, y la frialdad indagando res­puestas físicas, espinando con levedad recorridos de uñas, poros apasionados. El cielo es unas fauces indigentes que colman, una penumbrosa almohada destilando dulzuras afables. Julia posa sus yemas, como pétalos despojados del cáliz que las contuviera, sobre la seca estirpe de mi boca. Dedos que se afanan en limites componiendo pespuntes, desmembrando y recomponiendo aquella estúpida sonrisa injustificable. Destierro la máscara en favor del rostro, sujetos, maniatados al cordaje hosco del deseo, entramos en la región donde el susurro es una súplica, una invitación desesperada al mutuo sosiego. Su mano se hace marina inflamado el oleaje celular de mis varoniles senos, un rasgar acuático y submarino que se ahoga cautivo de un rumbo, un puerto buscado con ahínco animal que se adentra en los juncos del vello, cañaveral de marismas donde nidificar e instalarse al abrigo de la apetencia. Mi cuerpo busca anticiparse al encuentro, adelanto las caderas urgido, un alivio en el desespero se incorpora al contacto cuando su mano, contagiada ya de brasas, toma mi deseo. Pálpito contenido y furioso, cabecea como animal herido que aúlla en silencio. Sus rítmicos movimientos hacen que el gemir sea algo normal y necesario, que el temblor de precipicios gane las rodillas desajustando el equilibrio en una densa voluptuosidad que todo lo traiciona. Cedo, la retenida esencia líquida puja por desperdigarse, ella continua con su movimiento precisa y sádica y entonces fue cuando sobrevino un planetario estallido, una fugaz calma que nubla la consciencia retornado al edén del instinto. Y fulminante, me obliga a buscar el apoyo mientras los últimos restos del morir se perfuman por sus dedos salados y humeantes. Me sostiene sobre el aíre, sus brazos me envuelven sosegando la turbulencia vencida del deseo. No es una muerte, sólo un rapto que se encamina hacia al ensueño. La negrura persiste en despojar de materia a las formas y volúmenes que habitan el dormitorio. Sobrevivo al día cercado por la inacción más grosera. Del otro lado, donde mis sentimientos son una irreconocible confusión, llega mi propia voz profanando extraña aquel instante de paz.

    —Julia, tuve un torpe sueño hace unos días, en él me tomabas con tu boca. La imagen de Juan aparecía como obscena comparsa de aquella composición gaseosa. Fue a la vez irreal y vívido, como si se pudiera participar de dos mundos, de dos espacios conectados y a la vez diferentes. Fue un desmayo similar, una premonición de este momento.

    Ella permanece enmudecida, siente que el ceniciento telón baja sobre el intento que su luz emite, es como si cada afán de claridad se viese catapultado hacia al pasado, sepultando cualquier intento de renovación. Luchar empieza a ser infruc­tuoso, golpear la oscuridad es un ejercicio de fe interminable. Los ojos se le aguan, sucia, de vida ya pasada, es incapaz de resarcir las sombras, no cegaría jamás las tinieblas que en el corazón alberga. Habla sincera e indefensa, vuelve a entregarse al foro para que esté emita su dictamen, está de nuevo vencida a la impiedad.

    —Lucas, aquello no fue un sueño. —Un pujante desánimo se le disuelve entre las palabras. —Lo siento. Me vi obligada. No, no fue un sueño.

    Queda el mundo petrificado, sin reproches la melodía lejana impera en su algarada alegre, extraña y atonal monta a lomos del aire que la mar consiente. Julia, sé que hubieras preferido el dolor de mi desprecio, la meticulosa tortura de los insultos, pero la indiferencia te alarma más que cualquier interjección despectiva. Sigue brotando la dañina acuosidad de tus ojos, mojas las mejillas culposamente y como en un amanecer sonoro llegan hasta nosotros las detonaciones que desde fuera preñan el espacio. Una sucesión de pequeñas y sordas explosiones retumban reconocibles sembrando la paradoja. Desde el lecho, postrados el uno en el otro, observamos como el negro paño de la noche florece en luminosidades de color, una cascada de fuegos de artificio se derrumba cayendo en la nada. La ventana se transforma en un escenario donde se opone la esperanza de claridades a las manchas agrestes de lo real. Sigue tronando el edén sus castillos de fuego, sus cohetes inofensivos que estallan en torrenciales brillos multicolores y entre aquella estridencia festiva la voz neutra de Lucas el Traidor pronuncia trece palabras. Trece vocablos que rezuman en desespero un insulto inocente y candoroso. Otra vez trece términos.

    —No importa, al fin y al cabo, sólo te alimenta ser eso, una perfecta y pulcra puta…

    —Estás enfermo.

    Dormir, morir, descansar.

 

Gustave Courbet “El Origen del Mundo” (1819 – 1877)

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