Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjeta de Inscripción.

Capítulo Veintidós.

TARJETA DE INSCRIPCIÓN.

Rodar por la carretera sin dirección fija, un pequeño hotel de playa el lugar idóneo donde establecer el anonimato. No querer llegar, presentir que al final del trayecto seremos rumbos describiendo estelas divergentes y distintas. Falta de confianza. Dictaminar los dogmas de la dicotomía. Se hace necesario encon¬rar otra esfera mágica donde fraguar, con distinto molde, el constante intento fallido de los extremos.
En las primeras horas de la tarde, con un sol de caramelo, nos detenemos frente a un grupo de apartamentos en alquiler, un lugar impersonal donde poder diluirnos anónimos. Aparcar buscando el abrigo protector de los setos que lindan las zonas ajardinadas, acostumbrarse al miedo, querer evitar una casual localización por parte de los perseguidores con ardides teatrales. Es necesario atar cabos, tan necesario como empezar a tomar la iniciativa.
El recepcionista mira con sonrisa fácil y forzada mientras busca la llave, solicita con atenta amabilidad un documento identificativo, sus avispados ojos se percatan del titubeo que expresa mi sorprendida faz, tanteo de chaqueta y extraer incondicional el carné de conducir, eso será suficiente. Sencillos gestos que se vuelven mordazas, furtividades de animal asustado. No hay alternativa, y presentir que un hilo queda colgando, una excrecencia que pende delatora en aquellos datos dados con tanta prodigalidad. Pagar una semana por adelantado.
El apartamento se tambalea sobre una balconada repleta de flores, las terrazas se distribuyen escalonadas, como compartimientos donde poder absorber el sol que se niega a salir. La mar se abre ante nosotros con su ceñido aspecto, turbulento y grueso danza al lento compás de la marejada, evoluciona con una densidad oleosa que le hace parecer perversa y hostil. Julia-Cepo busca el cuarto de aseo, yo me asomo al exterior respirando con intensidad el aire salitroso que la brisa blande. La infinitud que contemplo me devuelve el recuerdo del firmamento estrellado que en otra oscuridad me hubo conmovido. En aquella ocasión también percibí la mezquindad de las acciones que fabulamos como irrelevantes, un movimiento ínfimo en la grandiosa orquestación del universo. Pero la mar, como un bálsamo inmenso que se ex¬tiende aquietante, parece curar las ideas enfermas y éstas, expandidas y vivas, resucitadas, se hacen independientes al contemplar su gallarda indiferencia. Vivificado ante él me siento en paz conmigo mismo, sé que el principal obstáculo se llama Lucas Martel, como al caminante de la fábula me estorba el exceso de equipaje, preciso deshacerme de los pesados bultos que dificultan los movimientos, todo peso muerto me arrastra hacia el fondo. Y allí esperan ciénagas donde la podredumbre fermenta corrompiendo el esqueleto del alma. Decisiones, palabra maldita por siempre, ¿qué hacer cuando todo haya concluido?, cuando vuelva a quedar solo frente a los cadáveres. Entonces otra vez la arquitectura, el andamiaje que sostiene el rehecho paisaje emocional.
Julia, recogida entre sus propios brazos se sitúa a mi lado, parece aunar al calor para que éste no escape esquivo de su imagen. El castaño de los ojos también se ahoga en mar, beben la salinidad entornados y plácidos, contemplan el derivar de las gaviotas por el espacio, busca en ellos su propio reflejo. Bajo la mirada hasta los jardines que se abren a mis pies, un reducido edén arbolado con prolijo encanto. Una oculta rocalla vierte domeñada agua en un cauce coqueto y artificial, tiembla la luz sobre su esencia, discurre entre selectas piedras donde el azar jamás habitó. Aquel vergel ilusorio se resguarda del dañino viento dentro del anfiteatro que el edificio compone. El buscado jardín de las delicias podía estar allí esperándonos, oculto a las miradas profanadoras, dispuesto para la final glorificación de la consciencia. Entonces unos golpes suaves y tímidos en la puerta, miradas que se cruzan inquietas. Desde el exterior insisten con mayor ímpetu, le indico a Julia con una mímica de brazos y dedos ejecutores que se oculte en el dormitorio, casi de puntillas me acerco al quicio y arrimando el oído espero percibir algún sonido clarificador que pueda indicarme la intención de aquel inoportuno ser. Los golpes se repiten, con total prevención agarro la manilla de la cerradura y me dispongo a abrir, no sin antes situar el hombro a modo de tope sobre la madera y atrasar un pie, el inservible, buscando el apoyo de la pared. Abro, el desengaño me hace suspirar aliviado, un correcto camarero porta una bandeja con las atenciones que el servicio incluye, cava y fruta como único alimento, acicates ilusorios de gratuidad.
Cuando entro en el dormitorio sosteniendo como trofeos los frutales manjares, encuentro una Julia empequeñecida tras las cortinas, su semblante es el del recelo perfecto, presa de la tensión deja escapar unas carcajadas al ver lo que porto en las manos. La risa se amplía en ahogos e intervalos donde el aire se escapa feliz de entre sus dientes, derrumbada sobre la cama deja que el “incontenible risorio” alcance el grado más nefasto, aquel que no conoce el fin ni el descanso y que se esparce agónico y babeante por el lecho. Todo parece reestablecerse en un juego cruel y místico, la mujer del pasado regresa físicamente representada en aquella imagen risueña y radiante y, entonces, como el hachazo que no permite un respiro, la bandeja, un chispazo cruel, el tornadizo azar moviendo “esos hilos imprecisos”. Desde su amparo metálico me llega la morbidez rojiza, el brillo cárdeno que parece supurar cada fruto. La plateada superficie de acero repite en reflejos, multiplicadas, un grupo de encarnadas y fulgentes manzanas. La imagen de un sueño, de una angustiada siesta, toma trágica presencia, sólida, amplificada en el intersticio real de este mismo momento, sangrándolo, ensuciando con su patina el brillo recién adquirido en sonrisas. Es inevitable, cualquier acercamiento se ve bruscamente apartado por una intermisión constante. Una simple pesadilla, el aroma de un sesteado ensueño me dispone con su perturbadora semilla solícito a la cólera. El gres de la habitación aparta las sombras que difuminaba la composición onírica, la gasa primera parece ceder y la memoria rescata un suelo ajedrezado, igual que éste, donde el fruto del pecado rueda impulsado por el pie. Filigranas que conciben líneas azarosas, carambolas que me apartan de la contemplación de un pedestal y vuelve la nebulosa a deshilachar la vocación, sumergiéndola en el olvido, retornada al limbo del que procede.
Julia cesa en sus risas, incorporada advierte el espanto desencajando mi boca, adivina la catalepsia que me transporta, el desfallecimiento inmóvil que seduce al rictus.
—Lucas, ¿te ocurre algo’?, ¿te encuentras bien?
Su interés me llega retirado, flota desde las cuerdas vocales atravesando el espacio, desmenuzándose en partículas que, faltas de consistencia, llenan mis oídos de sonidos enconados. Solamente me está permitido el contemplar la mímica gesticulante poblando la faz. Bellos ojos castaños, vosotros sois el velado mensaje que siempre queda tras la tortura, esta hinchazón que distorsiona los volúmenes, que obstruye diálogos y caricias. Tras la colisión. únicamente eso, un iris observando mi falta de raciocinio, una dilatada pupila asombrada en el dolor. Espera un lapso incierto para poder hablarte, palabras que pretenden la tranqui1idad.
—Nada, Julia, no me ocurre nada. Ha sido como un recuerdo, esa sensación que a veces nos gana, como si todo esto ya lo hubiese vivido y recordara fragmentos, las manzanas, el suelo blanquinegro. Un instante de evidencia que se abre poco a poco, y de golpe, ¡zas!, se desvanece retornada a su origen. —Me escucha alarmada. La infantil imagen que a veces la rodea surge rutilante y fortalecida, su labio inferior se descuelga apabullado en un gesto que denota admiración. —Una tontería más, no te preocupes. Es que me sentí transportado. —Ella interrumpe presa de un agobio sólido.
—Lucas, es que a veces… —Se detiene indecisa, sopesa las delicadas afirmaciones que piensa verter. Un aire cauto que le hace esponjar sus cabellos, un ademán distraído que en ella denota embarazo y temor. Retoma la frase interrumpida, abre el desván de los impulsos para añadir sin la menor duda. —A veces me das miedo. Es como si una fina línea se interpusiera entre nosotros, pero siempre parte de ti, en tu interior está su origen. Es una desazón intangible que al final se va calando por ¬los poros, y todo se resuelve en eso, miedo. —Me mira apoyando sus manos sobre el lecho, busca el cobijo, la defensa anticipada. Repite. —Si Lucas, miedo, un terror enfermizo. No tiene nada que ver con el pasado, es tu mirada detenida, la oscuridad que te enajena y te sume en sufrimientos que sin quererlo parezco percibir. No sé explicarlo mejor, pero es así.
Comprendo lo que con su angustia intenta expresar, no es necesario abundar en metáforas. Incluso yo puedo palparlo, llega a materializarse ocupando con su presencia los instantes mutuos, una frontera que define dos mundos, un cuento, tal vez una fábula, un inexperto caminante. La realidad le alimenta sustentando pasiones, y al otro lado el reflejo, un submundo donde se debaten mis errores en esa continua incapacidad por situar los márgenes. Tengo el relato olvidado y este no parece ser el mejor momento para recordarlo. Pero ya es inútil, el portátil se ha quedado en el apartamento, junto a un montón de viandas que reposan en el frigorífico. Cosas de la vida, misterios que demuestran que algo no funciona y que deseo seguir ignorándolo. Es tan difícil ejercer la consciencia como centro de nuestros actos, como eje vital de la existencia. Compruebo que Julia sigue mirándome, sus miedos no me han hecho mejor, la constatación de que ella es consciente de mis ausencias no le evitan el silencio. Puede seguir sintiendo pánico y yo continuaré meditando sobre todo esto, las manzanas, el suelo ajedrezado, y tal vez es porque sospecho que en el fondo ella tiene razón. Miedo.
—No me escuchas Lucas, no te importa lo que siento. Ves, ahora estas ahí, en ese sitio maléfico que te desdobla.
No la dejo proseguir, temo perder el hilo de mi idea, “esos hilos” que…

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