Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjeta con Garabatos.

Capítulo Veintiuno.

TARJETA CON GARABATOS:

La luz extinta de la tarde siembra intimidades y desazones, la oscuridad sonora que la lluvia compone nos tiene sentados cara a cara.
A veces, aunque los hechos se empecinen en demostrarnos lo contrario, debemos dejar abierto un quicio a la confianza y, Lucas el traidor, como nunca lo hubiese imaginado, precisa que esa abertura, esa esquiva grieta, permanezca abierta y posible. Julia es la puerta que se me ofrece, la peligrosa confianza del abandonarse en la incierta posibilidad del otro. El relato que ella me hace, lo nimio de los detalles, la oigo, Lucas el traidor la escucha y quiere, y necesita creer. Me envuelve en su impasible fantasía sin espacio para el análisis, me arrastra a ese paraje donde se hace necesario delegar sin la afrenta de las dudas. Julia relata y el orden de la vida se altera, el tiempo transcurre en frenadas y acelerones plásticos. Ayer, después, antes, son términos que se desvirtúan, que pierden el valor natural que poseen. Julia-Virgen hablas.
Y dice.
Había intentado en un primer momento hablar con Juan, tranquilizarlo y a la vez recibir información, que no albergara dudas sobre su falso paradero. Comprobó desalentada como desde el otro lado nadie escuchaba, en su mente aparecía dibujada la librería en sombras, rodeada de una presencia sutil y acuosa que se derramaba por los ventanales. Nadie se inquietaba ante el insistente resonar del teléfono, ningún ánimo se impacientaba ante su persistencia cabal. Podía ver los estantes como altas torres donde alguna vez se alojó la sabiduría, posibilidades de salvación ante la negrura del desconcierto, pero ahora, abandonados, se transformaban en peligrosas acechanzas, fieras herramientas donde se sembraba la locura de un saber oculto y amenazante. Su fría mano volvió a confeccionar el orden numérico sobre el teclado, un tono largo y repetitivo regresaba de algún lugar, un ir y venir de calambres. Aquel sonido le permitía entre la irritación y la urgencia descartar la posibilidad tentadora de llamar a casa, el miedo la volvía posesiva y cauta, no quería intrusiones, artilugios que pudieran localizar el lugar desde donde realizaba su llamada, ¿y si Lucas tenía razón? ¿y si había algo negro y amenazante sobrevolando sus personas? Entonces todo hubiese sido baldío, la mentira se evidenciaría negándole la posibilidad de la comunicación y con ello, la ayuda, su clara decantación en favor de Lucas, —el traidor de los hilos—, y entonces todo retornaría hacia lo estéril e innecesario.
Yo pienso.
La imagino mientras me habla, la veo retratada contra el gris de la lluvia. Su cabello mojado por la intemperie se amolda al fiel contorno de la frente sumisas hebras goteando una espera tensa, confiriendo un ritmo a aquel reducido espacio. El agua que exuda se filtra por el cuello recorriendo la cálida ignorancia de los senos, como finas patas de insectos marcan un trayecto natural en favor de la pendiente, un torrente que se desangra sobre el vientre y eriza sin deseos sus encabritados pezones. Julia imaginada, mil veces pintada sobre el lienzo del deseo. Nuevamente el ejercicio de la llamada empecinado en un cauce muerto, un conducto cobrizo y eléctrico que no le acerca, a ninguna parte, manos inertes, dedos que no alzan el auricular para tranquilizarla, nadie interroga esperando mentiras, sus necesarias falsedades.
Después sigues.
Sintió miedo otra vez, la ausencia de Juan en la librería permitía fabular escenas nada alentadoras, podían estar intentando localizarlos, mientras ellos, ignorantes del curso implacable de las cosas, se confiaban a su inocente refugio. Desde donde se encontraba podía ver el automóvil, Julia saltando en el tiempo, encerrada en la cabina vuela hasta el exterior y planea, se desliza por el aire gris de la tormenta. Estático, conteniendo sobre el asiento trasero, en infames bolsas de plástico, los víveres que adquiriese, las vituallas que abastecerían nuestra pasiva resistencia. Sonrió con los nenúfares de la tristeza coloreando sus labios. Distinguir la botella de cava, la dorada envoltura la destacan sobre el disparate, un dispendio emocional que resulta baldío, la precisa tentación a la que cedió creyendo que con ello era posible invocar la normalidad, componer un pedazo de tarde donde podía existir hasta la alegría. El intervalo acelerado de aquel tono la regresa al instante de la lluvia, cuelga el auricular con un golpe que resume cansancio e impotencia. Tenía que saber, las conjuras del espacio le devolvían silencios y dudas. Mira al indiferente cielo, acepta inclemencias sin protestas, se entrega a su dictamen sin el menor reproche, pero el silencio, el escozor que le produce el no saber¬ la revolucionan de pistones y cigüeñales, le gripan el alma. Un sísmico desespero le empuja a buscar cualquier salida. Pensó en Samuel, tal vez él supiera que es lo que estaba pasando, sin convicción vuelve a marcar un número. La temprana hora hace improbable que el mesón estuviese abierto. Retorna el neutral tono a perforar los alrededores del tímpano, a coronar el cruel tiempo del que espera con su impertinencia de puerta clausurada. Cambia cansada de postura descargando su peso sobre el pie contrario, un movimiento ligero que le hace percibir el tránsito del agua por el cuerpo, por la ferviente alameda del ensueño, un sudor ajeno y frío que coloniza su ámbito cabalgándola. Entonces se produjo el vacío sonoro que precede al contacto, cesó brusca la amplia intermitencia, una voz, agolpada por la precipitación, se afana inequívoca. Samuel interroga con una avidez desconocida, parece aguardar la señal que Julia, sin saberlo, promulga con su acento de tierra anegada.
—¡Julia, dios santo! ¿Eres tú? —Una corta frase que por sí misma habla de la angustia. —Menos mal que has llamado, estaba intentando localizar a Lucas.
Calla preventiva, no puede ceder a la tentación de confirmar que ella sabe, que su mano conoce el particular paradero de aquel hombre.
—Samuel, perdona, preferiría que no hicieses preguntas, que antes de continuar evitaras hacerlas. He decidido apartarme de todo esto, por ahora, —silencios de pulpos, de medusas descabelladas, —…mientras las cosas se aclaran. Aunque más que una decisión propia parece una imposición puntual del destino.
El pequeño “Rabí” siempre le inspiró un tierno afecto, era un teórico, —me aclara— un estudioso que se plegaba a los deseos de los demás dejando que estos le arrastrasen a cualquier parte, eso sí, tenían que permitirle investigar y sacar sus propias conclusiones, sin injerencias, sin obligaciones.
—Escúchame Julia, no preguntaré, pero tengo que advertirte del rumbo distinto que todo ha tomado. Están presionando a Juan, este mediodía un hombre se presentó en el mesón, se identificó como un empleado del señor de la Prada. Quería saber, averiguar qué interés tenía Juan en volver loca a Raquel. Le han amenazada con denuncias y cosas por el estilo, incluso ha dejado evidente que están dispuestos a convencerlo de manera poco habitual, de llegar al extremo que sea necesario. —Samuel se desvivía, exponía el peligro con movimientos vocales casi palpa¬bles. —Como sabrás, después de la intervención afortunada de Lucas, la venta se transformó en un manicomio. La chica tiene novio, un joven prometedor y lleno de dinero, el pánico le ganó y fue difícil calmarla, quería irse, lloraba como si hubiese descubierto su desnudez de golpe, de un sólo tajo. Pienso a veces que ella misma habló con su padre, que le contó una historia extraña para quedar ilesa y salva, por eso sospecho que quieren saber, llegar al meollo y comprobar por ellos mismos que se trataba de un juego peligroso, pero que detrás de todo no existe una red de pornografía o algo por el estilo. Imagínate la cara del padre, el terror que debió sentir al imaginar a su hija en los fotogramas de cualquier video. Un matrimonio donde se fusionan grandes poderes malbaratado e imposible. —Samuel toma aire y prosigue. —En cuanto a Lucas, su situación se ha vuelto delicada, tanto Rogelio, como el mismo Juan, piensan que todo se debe a la intervención de su mano. Unánimemente consideran a Lucas un peligro que hay que atajar,
La cara oculta de Julia, satélite que por la fuerza distorsionadora de un hombre se muestra en su total plenitud. Ella afirma, asegura. No la creo.
—Julia, no quiero indicar con esto nada, pero si puedes evitarlo, sería mejor que te mantuvieses alejada de Juan. —El mundo perfecto en el que Samuel se mueve parece derrumbarse, la hecatombe sísmica también ha tocado sus cimientos.
—Pienso hacerlo Samuel, como te he dicho estoy situada en el lugar que el azar me ha deparado. Voy a dejar que “esos hilos”, de los que tanto habla Lucas, sean los que me guíen, ya no lucharé. Estoy fatigada. —Vuelve a invocar a la diosa Fortuna sin saber que el objeto de su sacrificio puede ser ella misma.
—Una última cosa. —Intervino el “Rabí”. —Quieren localizar a la madre de Martel, piensan que ella puede orientarlos, o al menos, darles una idea de vuestro paradero actual. —Rectifica el final de la frase en un intento por no darse por enterado. —Bueno, de su paradero. También barajan la posibilidad de que la sobrina de Francisco Tomé le haya contado a Martel todo lo sucedido con su marido. Están como locos, hablan de secuestro, de interrogatorios. A toda costa desean que nuestras actividades no sean investigadas. Cuídate. Suerte.
No puedo evitarlo, te sueño prendida de tus propias palabras e imagino.
Regresa la plana tonalidad, el hueco brusco donde sobran las frases y sus contenidos. Cuelgas el auricular, la lluvia continúa golpeándote los ojos, porque era lluvia, agua que baja del cielo y se posa en los párpados, sólo eso, lluvia en las mejillas corriendo amarga por la cara. No se trata de tomar una alternativa, está tomada, no te queda ninguna otra salvo permanecer junto a Lucas el Traidor. Algo se confabula para condenarte hacia un largo túnel cuyo final parece mostrar un leve respiro, tienes que recorrerlo sola, sin ninguna ayuda, y a su término, cuando al fin llegues, te espera indefectible la incomprensión de Lucas, mi incomprensión, ese respiro leve que a pesar de todo debes alentar, seguir construyendo incansable.
Otra vez mientes, yo escucho.
Cuenta su conversación con el “Rabí”, me habla de Juan, del perro de presa que ha fustigado a ambos, de la lluvia, de los charcos, y la miro sin alarma alguna, sus ojos parecen evidenciar un meditar inquieto y profundo, ella es incapaz de llegar hasta aquí. Su figura se recorta en la ventana, siento mi pelo sucio y grasiento, negro de alquitrán y pesadillas. Miro tras ella, la tormenta continúa flagelando a las palmeras, los extremos de las hojas, tostados y secos, penden como el cordaje partido de un bajel encalmado.
Ahora permíteme que saque conclusiones.
Así tu silencio y sus sombras, así la desconfianza que en los labios se muestra. No te hago participe de lo que me inquieta, una nube ennegrecida preñada de granizo pilotando el entorno a punto de reventar y navegando pesada e indolente, sin una queja, sin la advertencia de su destrucción futura. Julia, me conoces, con una abstracción puedes conseguir pensar como yo, sentir como Lucas Martel lo hace. Y ahora, con la lluvia mojándote por dentro, acude vengativa la constatación de que has perdido el poder que algún día pudiste tener sobre mí, y esa certeza astilla tu fuerza, no conseguirás medrar en mis infértiles labios. Lucas, por segunda vez, se traiciona.
Quiero seguir escuchando, el deleite de tus explicaciones resulta un placer incomparable.
Escucho sorteando los altibajos que Julia le regala a su relato, primero el aguacero, el supermercado atestado de gente, el tabaco, después Juan, un teléfono que insiste e insiste sin resultados, conclusión: El librero no está en su comercio. Una salvedad se deletrea en la mente, de un golpe Juan Solano desaparece de la escena y esto hace que las circunstancias y la propia narración sean diametralmente opuestas.
Ahora yo, permite que siga elucubrando.
¿Qué hubiese ocurrido si la mano nervuda descuelga el auricular?, ¿si su rostro torvo de halcón contesta a la llamada tuya? Mejor ni pensarlo. Pero vuelve a intentarlo mientras el diluvio se desencadena sobre tu pelo. Imágenes del cuello, el agua recorriéndote con olfato de caucho, los pezones acariciados por la humedad e insistes en el librero, el cava de dorada envoltura, la excusa.
—Pensé que podíamos hacer un brindis, necesitamos que la suerte nos acoja, Lucas, más que nunca.
Y el cartón de tabaco que no corresponde con la marca habitual que suelo consumir. Julia disparando sus salvas de alerta en la dirección equivocada, un fogueo que prende fósforos en el cielo gris de este día, pero sin un destinatario concreto, y la librería contra toda sospecha cerrada e incomunicada. Si, puede ser que esa sea la vía precisa, llamar primero a Juan Solano, pero se le escapa la intencionalidad del hecho, no deja de ser el lugar hacia el que ella se encamina en primer término. ¿Como no? tiene la excusa prevista, es razonable como el látigo, como el chasquido que el cuero compone sobre la piel. Tranquilizarlo, eso era simplemente, mentirle un paradero, explicarle lo del retiro meditabundo en espera de tiempos mejores. Y Juan tragando la papilla, el resabiado sacerdote cayendo en la inocencia de Julia-Cepo por segunda vez, ¿alertado?, no, que va, dócil siguiendo la huella que le marcan los cabestros de sus falsedades. Y a pesar de ello debo confiar en tu hacer, proveerme de fe y buscar el apoyo del cayado. Pero ahí no queda todo, de pronto Samuel saliendo de la nada, el tímido conejo que tras el malabarismo de unos números surge con prisa, tiene una urgencia terrible por soltarlo todo, advertencias, cuidados. Corre sobre los hilos de cobre, la reina le espera y ya sabe cuál es el dictamen para los que la hacen esperar. —¡Que le corten la cabeza!—. Julia debería llamarse Alicia y el espacio temporal en el que nos desenvolvemos deberíamos rebautizarlo como “El País de las Maravillas”.
La miro, gesticula con avidez exagerada, el propósito es el contagio, arquea las cejas imprimiendo vigor a las dudas que Samuel ha abierto en su pecho, la boca se adelanta a las silabas intentando que yo adquiera esa misma premura deslucida que el “Rabí” le ha contagiado. Imagino los pequeños ojos de ese hombre agrandados en el milagro de narrar las veleidades de Juan, y sin el menor pudor, como en una jugada maestra, la imponderable Julia rueda de este lado, el librero la repudia públicamente y sin mediación alguna se concede ella misma el derecho de asilo en mi diestra. Veo las bolsas, junto a la cocina, apoyadas en el quicio de la puerta, abarrotadas de alimentos, continúas hablando, pero sé que estás frente a mí por jugadas aleatorias que no has buscado, no fue una decisión libre y personal. Coma un frágil velero que fuese arrojado en una bahía cercana, fragmentado e inútil, con el timón deshecho por la continua embestida del océano, embarrancado en medio del pecho, sin un vuelo libre, sin una firmeza que acaudillara tus manos, y resoluta, dirigieses el bauprés de tu proa rumbo al ensueño, a un esperado y fértil archipiélago. Así lo hubiese querido. Más no pudo ser.
Tengo que empezar a actuar por mí mismo, aquellos avisos que Julia traduce de la propia boca de Samuel tendrán que ser tomados en cuenta. Debo dejar cuanto antes este escondrijo y así comenzar a anticiparme a los perseguidores. Una idea se abre paso en mi mente, taimada, que como a un inexperto delincuente me sobresalta en deshonestos pensamientos. Sin una intención el ahora, desconociendo el logro incierto que espero de esa actuación, un plan sin salida se perfila por mi cerebro. Siempre confié en lo imprevisto, en la huida que nadie intuye ni espera, un “mutis” distinto, una salida que fuese entrada, una carrera detenida. No tengo nada, pronto, si todo se amolda a mis deseos, tendré algo.

Ahora te toca. ¿No crees que es demasiado tarde?
—¿Como llegaste hasta Ana Tomé? —Esa la pregunta, tu temor.
La miro sin querer hablar, relacionan mi imprevista aparición con algo que tiene que ver con ella, con las almendras, con la melaza de unos ojos que siento salvos. Pienso en el negro-azulado de los cabellos.
—Coincidencias. —Le digo.
—Muchas, demasiadas coincidencias, Lucas. —Estoy de acuerdo contigo. —Callo y de improviso emito una pregunta. —Y tú, ¿qué sabes de ella?
Mira la calle donde el agua se desespera, después el suelo, mis ojos, otra vez la calle.
—Cuando le conocí hablaban de un tal Ismael y su esposa, esa Ana, la sobrina de Francisco Tomé. Creo que tuvieron algo que ver con el grupo, no sé, me parece que estaban integrados en las mismas prácticas en las que me vi yo envuelta.
—Me parece que te equivocas. Puede que su marido sí, pero de ella lo dudo. De todas formas, el tal Ismael se suicidó y Ana parece convencida de que su muerte se vio rodeada de extrañas circunstancias. —Julia invade con sus reflexiones el aire espeso de la mañana.
—Espero que no te equivoques. Oí hablar de Ana, de Juan y Ana…, en cuanto al suicidio, estoy de acuerdo, el miedo que siente Juan no tiene razón de ser, no es sólo el tema de Raquel el que le atormenta, hay algo más, pero… ¿quién lo sabe?

 

Dibujos: M. Martínez.

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