Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjeta Roja.

Capítulo Veinte.

TARJETA ROJA.

Un día desapacible les sorprendió más allá de lo esperado, sobre la antigua judería andanadas de gruesas gotas fusilaban los mohosos tejados. Desbordados canalones achicaban el agua vertiéndola sobre los ya saciados adoquines, inflamando el verdín que crecía henchido, animando las secretas plantas que entre los intersticios de las tejas crecían, haciendo que la humedad y su vida se hiciera corpórea y patente.
Sobre una mesa del pequeño mesón yacían los restos de una cena ya fenecida, Juan cruzaba los brazos en una actitud de espera, a su lado, una mano pulcra y blanca tamborileaba insistente. Tras unas tupidas gafas ahumadas, un supuesto rostro impasible se ocultaba innecesariamente en aquella sórdida penumbra. El aguacero arreciaba y un aire frío se colaba por la rendija que la puerta mantenía, una silueta, abrigada por un largo tres cuartos, la sostenía entreabierta. La corpulenta fisonomía, los rapados cabellos, observaban como las burbujas emanaban ilusorias de las charcas para, rápidamente, volver a unirse al eterno ejercicio de la nada. Samuel regresaba de la cocina frotándose con un paño las enrojecidas manos, resoplaba entre calderos y pensamientos mientras se acompañaba con un movimiento de negación de cabeza, funestas ideas, sucias de hollín y fogones. La pulcra mano, impacientada, intervino.
—¿Podemos empezar ya, o todavía no hemos perdida suficiente tiempo? —La imperativa tonalidad, casi marcial, hizo que los presentes se acercaran y tomaran asiento alrededor de aquella sucia mesa, El pequeño “Rabí” apartó algunos platos y vasos en un intento por hacer amable el lugar. La mano limpia y cuidada comenzó a pormenorizar cada uno de los detalles que aquel delicado tema había suscitado.
Mirando alternativamente a Juan y a Samuel, parecía querer alertarlos, instruirlos en el miedo.
—No me andaré por las ramas, soy un empleado del señor de la Prada y estoy aquí por razones que no les son desconocidas, espero que me entiendan, —carraspeó mientras observaba el efecto que las palabras causaban sobre sus oyentes, después prosiguió inmutable. —Al parecer la señorita Raquel de la Prada tiene una especie de amistad con ustedes, una amistad un tanto peculiar que mi jefe no está dispuesto a tolerar. —Un nuevo carraspeo puso un punto a aquel párrafo, a aquel lastimoso asunto zanjado. Cruzó sus pulcras manos y dirigiéndose al librero le espetó educado y amenazante.
—Usted, señor Solano, por si le sirve de advertencia, es de las pocas personas que en este instante están en el punto central del odio de don Enrique, y si eso no le dice nada, quisiera aclararle que él no se anda con chiquitas y que no suele tener necesidad de odiar a nadie. Ya lo hacen por él sus abogados. —Su oclusiva sequedad en el empleo de algunas sílabas, la puntual dicción de interprete, le otorgaban a su fonación un ligero deje de extranjería, un matiz usual en aquellos que comparten dos lenguas.
Juan despertó en livideces de la atenta escucha, no creía que tuviera algo que aportar, nada que agregar a esa declaración de intenciones.
—En realidad creo que la señorita Raquel es mayor de edad y que por lo tanto tiene pleno derecho a elegir sus amistades. ¿No le parece? —Esperaba la reacción de aquel extraño personaje sin ninguna esperanza de comprensión, pero contra todo pronóstico las palabras de éste fueron inusualmente amables.
—Nos encanta la sinceridad, señor Solano, esto evita pérdidas de tiempo innecesarias. Pero hay algo en lo que difiero y se trata tan sólo de una cuestión de entendimiento. ¿Me sigue?
Los dos asintieron perdidos y confusos, Samuel insistía en el frotamiento dactilar, parecía que quisiese desprender de las manos un helor invisible, unas tenazas que con saña le entumecía. Aquel ser continuó didáctico y mordaz, encontraba una agradable complacencia en narrar métodos detectivescos.
—Como todos sabemos, la mayoría de edad sucede a los dieciocho años, eso en miles de casos, por no decir en la totalidad. Pero tratándose de Raquel de la Prada esto no es así, la independencia sucederá en el mismo momento en que contraiga matrimonio con su futuro esposo y, aun así, imagino que don Enrique seguirá de alguna forma controlando su destino. —Juan se encontraba perdido, intentaba hallar la lógica que tal explicación debía esconder, se rendía, perdía el norte.
Pero la pulcra mano continuaba con sus aclarativas frases. Reiterando una amenaza invisible y sucia.
—Estamos, se podría decir, indicándole una serie de premisas sencillas y de fácil comprensión. No creo que lo que expongo les resulte confuso.
El silencio se hizo en el oscuro mesón, pesaba como un cielo tormentoso, como una plomiza presencia que descargaba su furia sobre la ciudad, leve, sonora, pero insistentemente precisa. La limpia mano, con delicada afectación, quitó las oscuras lentes de los ojos, un pigmento verdoso alumbraba tan fría mirada, una presencia de reptiles pareció situarse frente a ellos. Su pupila enmarcó el rostro de Juan y las puntuales palabras, oclusivas, volvieron a desplazarlo del propio centro.
—Mire, nosotros, y no me refiero al señor de la Prada y yo, si no nosotros. —Y señaló al gorila que se mantenía asomado a la puerta del mesón. —Tenemos por costumbre dejar que los abogados de don Enrique se encarguen de los asuntos menores, pero tratándose de su única hija la cosa cambia. Estamos seguros que como cualquier mortal que se precie, tienen asuntos sucios que no quisieran que salieran a la luz. ¿Me equivoco? —El librero se debatió confuso en los mares de sus temores, parecía que la verdosa presencia que le miraba tenía la capacidad innata de leerlos pensamientos, —Por supuesto me refiero a algo que piense de vital importancia para usted y que, por falta de memoria, haya considerado que es tema zanjado u olvidado.
Juan callaba angustiado, no era posible que ellos supieran, que estuviesen al corriente del juego privado. Sin ninguna convicción balbuceó apenas.
—No le entiendo, ¿no sé a qué puede referirse?
Los reptiles no poseen imaginación, actúan por un principio vital que guía sus pequeños cerebros. No les mueve el odio hacia sus víctimas, no es la muerte gratuita lo que buscan. La pulcra mano, en cambio, poseía una masa cerebral más abundante, un encéfalo capaz de odiar, un bulbo raquídeo que se placía en la muerte agónica de sus elegidos. Chasqueando la lengua negó con la cabeza para agregar con cierta moderación de tono.
—Le alabé la sinceridad, pero veo que me equivocaba. Claro que sabe a qué me refiero, a lo que nos referimos.
La tensión se expandió por el local como las ondas de un pozo, comprimidas y confusas. El pecho de Juan se vio invadido por una taquicardia que le enrojecía los pómulos, Samuel, por su parte, se fue contrayendo hasta reducirse casi a la nada, parecía no respirar para así no delatar su presencia.
—Ya está bien de hacerse el tonto, señor Solano, le hablo de un tal Ismael, le estoy contando de Susana, Susana la “traga sables” ¿Me va entendiendo ya?
Aquellas afirmaciones denotaban cierto regusto por la crueldad, la dicción oclusiva que empleaba hacía patente el disfrute que suponía para su tortuosa mente desgranar las faltas, el pecado ajeno, con todo detalle. Juan intentaba demorar vanamente cualquier tipo de explicación.
—Don Enrique estaba dispuesto a mandarle a sus abogados so pretexto de que ustedes formaban una secta, le quité la idea de la cabeza. No era cuestión de comenzar un largo juicio en el que incluso se podían ver salvos, ya saben eso del derecho a la libertad, a la privacidad. Por contra me comprometí a solventar el problema sin aspavientos, con moderado hacer. Les aseguro que fue simple, demasiado simple. —Tamborileó sobre la mesa y continuó narrando sus pesquisas. —La venta era el lugar elegido. El pasado algo que sólo era cuestión de investigar, y ya ve, alguien va y nos pone sobre la pista. Magnífico. Lamento no poder nombrar a ese alguien, pero le conoce, le aseguro que su rastro le es familiar.
Juan miraba a Samuel, sospechaba de un nombre, una persona recién aparecida que podía ser el causante de esta vuelta al miedo, del regreso a la ansiedad.
El hombre volvió a colocarse los anteojos, un suspiro de fastidio, reconocible, fatalmente recordado, salió de su gélida boca.
—Durante bastante tiempo hemos estado siguiendo sus actos, sopesando, espiando, y ustedes en la mayor de las inopias. En el fondo resultan patéticos. —El hombre de pelo marcial, de cuidadas manos, sonrió de una forma torcida y cínica. —Me gusta¬ría recordarles algo, mostrarles de lo que hablo.
La limpia y cuidada mano se abrió en un ofrecimiento que señalaba hacia una dirección concreta, abierta en plenitud mostraba la puerta del local. La corpulenta figura que mantenía la hoja entreabierta se giró solícita, esbozando una sonrisa quitó de su rostro las gafas oscuras. La luz se hizo en la mente del temeroso mesonero y de Juan, aquel era el hombre de cabello rapado, el que se hacía acompañar por una joven de desigual edad cuyos ojos eran grises como vientre de pez, cabellos rubios entre crenchas oscuras. Recordó de golpe el muestrario de gestos, su íntima comunión, ese evitar de miradas ajenas, el vientre se abrió destripado y colorista en la memoria. La pulcra mano continuó ahondando en la sorpresa, metiendo los dedos y revolviendo el entresijo de tripas y vísceras con la lengua.
—¿No pensarían que se estaban moviendo con total soltura? La niña tomando apuntes, usted, —y señaló con un dedo frío y tieso a Samuel, —hablando de tonterías, del Génesis, de Eva, y los demás babeando, soñando con hincarle el diente a Raquel. Ilusos, unos ilusos. —Juntó las manos. —Por cierto, la utilización de ciertas hierbas, de ciertas sustancias, también está penado por la ley. Patético. Toda una crónica circense que alertaría al más incapacitado de los nuestros.
Su frialdad competía con ventaja sobre la que la lluvia traía consigo, invadía las articulaciones, entumecía la mente en esa disección minuciosa de hechos y actos.
—Así que ya me entienden. No me toquen los cojones y mantendremos la fiesta en paz.
El librero era una piltrafa sanguinolenta. El hombre de ojos de reptil y pulcra mano se levantó del lugar donde se sentaba y con paso marcial se dirigió sin titubeo alguno hacia la puerta. La presencia corpulenta y de cabellos rapados la sostuvo abierta, un aroma de lluvia penetró refrescando la densa sustitución del aire que, secuestrado, parecía ahogarlo todo. Antes de retirarse volvió a dirigirles un último recordatorio, casi una deferente y cordial despedida.
—Espero, por su bien, que no nos veamos en la necesidad de volvernos a ver. No tienten su suerte.
La figura se sumergió junto a su fiel acompañante en la tupida cortina que el agua tejía. El batiente se fue cerrando con lentitud, apagando los sonidos de salpicaduras y desagües. El universo hídrico que se debatía en el exterior quedó sellado, apartado de la interna presencia del local.
Samuel observaba la desesperada agonía del librero, su continuo e imparable temblor de labios. Quiso llevarle el sosiego, acercar la brasa del calor amigo hasta sus manos.
—No te preocupes, Juan. —Los ojillos miraban nerviosos hacia la puerta, temía que de un momento a otro el reptil de sus pesadillas retornase.
—No es preocupación, Samuel, es rabia.
De un golpe hizo que la mesa temblara y que los pocos objetos que sobre ella se sustentaban rodaran aterrados y abatidos.
—¿Rabia? —Interrogó el “Rabí”.
—Imagina quién le puso sobre la pista, intenta razonarlo. —Samuel quedó pensativo, reflexionaba en rostros y nombres.
Después de un largo intervalo en el que el mesonero no articuló palabra, Juan soltó la frase.
—Lucas Martel, Samuel, el maldito Lucas. Lucas el Traidor. El Judas que se sienta en nuestra mesa, el que bebe junto a nosotros.
—¿Lucas? Yo estuve pensando en Ana Tomé.
—Por supuesto Samuel, Ana lo contó a nuestro particular topo, ella nunca delató, jamás fue a la policía con intenciones de averiguar. No podía hacer levantar la liebre porque ella misma estuvo metida en el tema. ¡Samuel, cojones, me la cepillé un montón de veces! Le encantaba que le hiciera videos con el móvil, fotos desnuda, que la cubriera de imágenes donde ella misma se veía en aptitudes poco edificantes, mamar, chupar a pares, Samuel, a pares.
Un silencio eléctrico se extendió por el local. Samuel alucinaba. La puerta crepitó y ambos hombres sintieron un terror antinatural y opresivo. Bajo el vano vieron la figura de Rogelio embutida en una gabardina chorreante. Los miraba con la sorpresa dibujada en el rostro, parecía adivinar que algo negro y pesado les había estado atormentando con dedicación de reptil.
—¿Qué sucede? —Esas fueran sus primeras palabras.
Juan le puso al corriente, le habló del saurio que acababa de dejarlos extenuados y temerosos, de la posibilidad de que Ana Tomé hubiese puesto al corriente a Lucas del espinoso tema de la muerte de su marido, del mismo Martel y de la certeza de que estaba en contacto con el señor de la Prada. Una crónica extensa y pútrida.
—¡Puta de los demonios! —Ese su comentario.
—Tal vez nos equivoquemos. —Apuntaba Samuel.
—No hay equivocación. —Repetía Rogelio. —Después de la injerencia de Lucas en la venta todo toma corporeidad, desde ayer no sé nada de Raquel, ha desaparecido por completo, todo encaja, todo.
Sus cabezas permanecían bajas miranda la mesa que sustentó una fenecida cena. Razonaban, formulaban silenciosas diatribas sobre lo que hacer.
—Lo más oportuno sería encontrar a la zorra esa, que nos saque de dudas, que largue todo lo que sepa. Temo que ha encontrado la forma de vengarse sin sufrir daño alguno. Si os parece, hoy mismo me voy para el pueblo y la busco, podemos llevarla a la venta y que cante.
—Me parece que os estáis precipitando. —Alegaba Samuel.
—No te preocupes, sólo le daremos un susto. Si ella no tiene nada que ver la dejaremos en paz, pero no vendría nada mal hacerle un recordatorio. —Quedó pensativo. —Yo aguardaré al señor Martel, algo me dice que por sí mismo, o por mediación de Julia, se pondrá en contacto conmigo.
Aquel día, en la calle Babel, una librería modesta y emblemática no abrió sus puertas, la lluvia se deslizó por sus cierres metálicos ajena al navegar de los transeúntes. El dueño, un avejentado hombre de barba rala y cana cuyo cráneo presentaba los estragos de la alopecia, de rostro enjuto coma ave rapaz, se sentó junto al teléfono de casa en actitud de espera, Aguardaba con decisión una señal hacia la que encaminar los pasos, una muestra que le indicase donde se encontraba el motivo de su desazón. Aquel hombre de nervuda presencia miraba insistente los vidrios del salón, ideaba penetrando el cristal que la lluvia rociaba. Una imagen femenina y querida, posiblemente perdida para siempre, bailaba en una llama de agua despreciada. Había tomado una penosa decisión, situado fuera de las rutas normales, apartado con vehemencia por una ingrata forma, pensaba que lo acertado era aceptar la soledad de por vida, y terminar de una vez por todas con aquella incertidumbre. Aguardaría la llamada de Julia, y bajo la sutil escarcha del engaño, le haría venir ante él. No descansaría, no cumpliría con sus más elementales obligaciones, sería un centinela, una flor carnívora que depositaría el atrayente perfume de un néctar cerca de sus ocultas mandíbulas, y cuando la presentida víctima se acercar a atraída por el irresistible engaño, la atraparía succionando vitalidad hasta que pasara a ser parte integrante de su propio cuerpo. Un aporte vivo a lo delicado de su actual sustento.
La huidiza mirada, la tensión que su cuerpo soportaba, era la viva imagen de un pobre desjuiciado, un hombre solo y vencido que se aferra a un pasado de gloria. Los ojos se le hundían en la contemplación de la demoledora lluvia, los tejados y terrazas del casco antiguo soportaban lo humillante de aquel diluvio imparable. Un invierno que parecía no llegar a su fin, una humedad que insistía en enfriar el alma y dejarla desprovista de todo, abrigado únicamente en la nada.
Samuel terminó de recoger las últimas piezas de la vajilla, aquella que sirviera la noche anterior para la ya fenecida cena. El mesón, auscultado en latidos impenetrables, le producía una opresión que superaba lo físico, un torbellino confuso que se situaba por su cabeza y parecía desbordársele por los ojos, por toda la boca, dejando el sabor áspero de la inacción. No estaba hecho para el movimiento, tan tranquila existencia se apoyaba plácida en los textos, en los incunables donde el mundo se le presentaba asequible y cercano. Un mapamundi por el que tranquilamente deslizar el índice y teorizar, sacando conclusiones personales que a nadie estorbaban. Buscó la guía de teléfonos, con auténtico arrebato pasaba las páginas buscando la consonante de un apellido que pudiera transportarlo hacia el futuro. La amarilla textura de aquel moderno códice pasaba veloz, hasta que un detenimiento consciente le retuvo, “inmobiliarias”, la glosa era extensa. Armado de paciencia se dedicó a marcar uno tras otro los números del posible acceso mágico, el pitagórico número que podía introducirlo directamente en el juego que se desarrollaba sin su participación. Tal vez tuviera suerte, si conseguía un teléfono donde poder localizarlo, el de alguien cercano, el de algún familiar, podría anticiparse a Solano. Tras vanos intentos desistió cansado, era una labor de galeote, así nunca daría con los dígitos que le permitieran transponer la barrera y ganar la mano. Pensó en la madre, ¿cuál sería el segundo apellido de Martel?, lo desconocía. No era ese el camino adecuado para encontrar el sagrado orden numérico. Aquella lotería no le llevaría a ningún lado, tenía que intentarlo de manera distinta, tanto tiempo sentado frente a la cábala y era incapaz de formular un método de permutación, un salto distinto que le acercara hacia la clave mística. Entonces un sobresalto surgió desde el mostrador, el teléfono público que sobre él descansaba sonó a rebato con una alarma que le pareció inhabitual, Samuel corrió a su encuentro. La distancia se le ocurrió excesiva, las sillas se transformaron en laberínticos obstáculos, un minotauro gaseoso cuya presencia él solo adivinaba, se inter¬ponía entre el estridente reclamo y sus posesivos dedos. Descolgó el auricular con vehemencia, una voz de mujer le confirmaba su sospecha, la inconfundible nasalidad de Julia venía a demostrar que algo superior a los deseos se alzaba sobre sus pequeñas historias personales. Con absoluta alegría la escuchó preguntar, afirmar, desmentir, y los pequeños ojillos vivaces destellaron chispas de gozo. No todo estaba perdido.

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