Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Cartón 2/2.

Capítulo Diecinueve.

CARTÓN 2/2.

Siento miedo, me estoy acostumbrando a esa sensación herrumbrosa, temo que a partir de ahora ésta se haga familiar y conocida, parte de los días, de las pesadillas.
Julia intenta alargar la mano y que su frialdad se dispense por mi frente, la aparto esquiva con un ademán brusco y repulsivo. Ella busca entonces la ruta de la confesión contrita, expulsar con su desahogo el pinzamiento que le atenaza la matriz, y sin esperar comprensión, y mucho menos perdón, se deshace en aclaraciones.
—Me obligó el miedo, Lucas, cuando apareciste deseé morir, no podía ser que otra vez anduvieras embarrándolo todo, trastocando, pervirtiendo mi recién recuperada armonía, No puedo culpar a nadie, Juan buscó lo que deseaba, lo que su pasión le muestra como aceptable, y asustada seguí su dictamen, me plegué a complacer lo que me indicaba, temí que hablara del pasado. No puedo tirarme toda la vida deambulando, dando bandazos sin un sitio donde regresar, donde ocultarme cuando me gana la tristeza y necesito más que nunca sentir que alguien me arropa. Pero debes saber que el otro día, en el hostal, no… —Una interrupción de bandada, de manada asustada en atropellos.
Tiro lejos el vaso, sana costumbre que evita males mayores. La cristalina esencia se esparce en múltiples quiebros translúcidos, hago evidente que no quiero saber, que prefiero el silencio y la duda posible rescatando al menos algunos instantes, momentos en los que pudo ser que realmente luciera la armonía no prefijada, la verdadera pasión sin esquemas.
—Olvida aquello, son cosas que ya no necesito, ahora lo que en realidad me interesa es saber más de vosotros, sabiendo puede que encuentre alguna salida, lo otro…, lo otro es un peso muerto que sirve para que mi ánimo se hunda sin salvación posible.
—Poco más puedo agregar. —Confiesa Julia-Luna. —Samuel es el encargado de adoctrinar, de infundir el espíritu del grupo mediante el conocimiento. Juan pasa a ser el gran sacerdote, el que inicia a las jóvenes en el arte de la carne y el placer sin límites.
—¿Y tú? ¿Quién eres tú?
Se le ve cansada, harta de tanta incomprensión, pero dispuesta a prestar un último servicio.
—Yo soy el templo humano. La vulva, la hendidura por donde los acólitos alcanzan el clímax. Soy el cebo de la carne, el placer sin freno.
El mar es un abismo que se abre solícito y amante, empiezo a sopesar la verdadera densidad de todo el entramado y no me gusta en absoluto. Julia insiste, gotea terca.
—A través de mi llegan a entender el mensaje cifrado de los hijos de Caín, soy lo que Juan, la sacerdotisa. —Calla apenas para después agregar. —¿No sé qué temes Lucas? Habla con Juan y aclara las cosas.
Pienso en algo más, en sombras que se alargan y reclaman al color un sustituto, dejo que los “hilos” me orienten. Hay un trozo oscuro que no llego a percibir y algo me advierte que debo ser cauto, tengo que esperar, tarde o temprano me llegará el impulso y actuaré. No lo dudes Julia.
Cerrar los doloridos ojos, saber que afuera, en el piélago de las horas, las primeras gotas de una fina lluvia estallan contra el cristal de la ventana. Incorporarse buscando el calor antes despreciado, traicionar a Lucas besando la mano que le ofende, recostarse sobre el regazo dejando que los finos dedos de la mujer se internen en negros cabellos, que aren con ternura el dolor y la espera. Pensar que el engaño merece la pena, que aquello es algo más, peligroso, oscuro, y que posiblemente acecha para hundirnos, para aniquilarnos. Y tú hablas y sé, y aparecen de golpe Pujol y el falso accidente, traes de la mano explicaciones inverosímiles, tarjetas de colorines como las que usabas en las cafeterías, y anotas, guisantes en los tobillos, conversaciones entre Juan y el “Rabí”. Desdices. La presión, el obligarte a seguir en el juego, el expediente con mi nombre deletreado en mayúsculas. El terror, Julia, el terror.
Lejos, en un mundo de tristes ventanas, el agua se precipita perezosa sobre el viscoso aceite que lo unta todo, el asfalto relumbra sucio y aburrido. Pienso en un barrio obrero, en una Ana de la que hablas, una chica con la que me relacionan. Entonces no imaginaba que recordaría todo al filo de los abismos, metido en tu coche, solo, despiadado. Pero entonces fue al descanso.

Un espacio indefinible, un tiempo corto donde inquieto percibo un reflejo del descanso. El ínfimo lugar donde la agitación no llega, ni el eco pertinaz de tanta locura agria la paz posible. Julia-Virgen duerme, el aire escapa de su boca entreabierta con benéfica bondad. Yo, el traidor de Lucas, me incorporo, siento la frente hinchada y enfebrecida, ella se agazapa presa del frío en un rincón del sofá. Dirijo mis pasos hacia la ventana, un burdo golpe de precaución me hace apagar la única luz que bendice la estancia. Mirar al exterior, la oscuridad total, tan sólo se aprecian pequeños círculos luminosos que se esparcen solícitos, ahuyentan y apoyan la brevedad que prodigan los faroles y, a veces, como taimados rayos hídricos., el agua que arrecía en esta hora de la madrugada, lavando, aclarando un estandarte del miedo. Disfrutar de un sueño corto e insuficiente, una continua sensación de alerta que impide bucear en profundidades certeras, allí donde el éter nos salva, donde el fluir constante nos balancea entre las algas del reposo. Sentir el gimoteo, Julia-Virgen oculta tras el velo de la antesala del sopor, con el andar borracho del buque que hace aguas, brújulas alocadas que plasman ensoñaciones. Buscar en el dormitorio algo con que abrigarla, encontrar una colcha de color incierto. Disponerse a cubrirla con aquel macilento trapo, ella abre los ojos sobre¬saltada, la imagen sombría de Lucas, del traidor de Lucas, sus brazos sosteniendo aquel patético lienzo, la tenebrosa inclinación que la cojera pinta a mi torso. Todo confabulado, la mente de Julia-Virgen, los torcidos hilos de ella componiendo extrañas escenas que su magín distorsiona, la viva imagen del terror desconocido y, entonces, la locura, el remordimiento transformándose en cautela desmedida, y el movimiento. Julia-Virgen accionada por un resorte deja escapar un grito delirante e imparable, un agudo aullido que a su vez contagia sorpresivamente al traidor de Lucas, y aterrado también, con remordimientos también, me uno a tan desgarradora aria. Después la risa nerviosa, las carcajadas que el recién disfrutado miedo, una vez expulsado, deja en cada espuma reventada. Y llegar al paroxismo, derrumbarse, amontonarse como niños que desconocen la duración larga y lenta del rencor, reír desconcertado y abatido. Las notas de papel y ahora el “incontenible risorio”. ¿Por qué me lo has puesto tan difícil? Y el reflejo, el tono pesado y plomizo del horizonte que alerta de que una nueva mañana sin luz se perfila amenazando.
El aguacero continúa torrencial, la opaca claridad sitúa torpes siluetas de arquitecturas blancas frente al mar. La espuma, álgida y bullendo, llega a lomos de infladas olas que se rompen entre la grava y la arena arrancando notas inciertas, un frotar constante de cantos y aristas que, vaporizado, transmutado el pedernal en nube, se alza desde la orilla hasta nuestras alturas.
Sólo té y azúcar, los actos de la tregua, poner un tiesto lleno de agua sobre la hornilla y prender la llama. Sentarse en la cocina con la pierna izquierda sobre una silla, Lucas, el traidor que busca los labios de ella, enciende un cigarrillo. Pensar en comprar víveres y tabaco, atrincherarse en aquel lugar por algunos días, hacer acopio de suministros abundante y no salir para nada. Planes, estrategias del traidor, encerrarse con Julia y pretender que nada ocurre, que por la mañana podremos bajar a buscar guijarros, conchas que la mar devuelve. También llenar el depósito del automóvil, pilas, comprar ingente cantidad de pilas. Con un brinco atormentado me incorporo y a grito limpio me dirijo a Julia que envuelta en aquel grotesco trapo sigue hecha un ovillo en el sofá.
—Tienes que mover el coche, colócalo en un lugar menos visible.
Ella se acerca hasta la puerta enrollada en la colcha, parece una vieja estatua, una diosa antigua pisoteada y humillada por bárbaros soldados. Marcas, su traidor, el que se conforma con migajas, arrecia el tono de las demandas y continúa organizando el futuro inmediato.
—Saldremos a comprar algo de comida, esta tarde, si te parece. Nos vamos a quedar una temporada. —Aguardar la respuesta, esperar que emita algún tipo de queja a lo firmemente dictaminado.
—¿Debo considerarme tu prisionera? —Cadenas en el torso, una sábana humedecida, por la frente cruza la imagen terrible, el cuello de Julia entre mis manos. Miente, el traidor de Lucas, humillado, miente lo que sus pesadillas le indican.
—¿Que tal mi invitada? Has venido hasta aquí por voluntad propia, espero que de la misma manera accedas a quedarte. Preferiría que aguardases conmigo. Cierto regusto por la duda me hace pensar que todo sería más convincente si te quedaras. Si te fueras, me obligarías a cambiar de refugio, y no estoy en condiciones de ir de un lado para otro. ¿Lo harás? —Ella asiente con la cabeza mientras los cabellos se le escurren por la frente en una cascada que oculta sus ojos. Sabe de mi locura, del empecinado creer en fantasmas, de las metas y logros que sólo en la cabeza de Lucas, el demente, toman forma y volumen.
Recordar el olor afrutado que quise retener aquel día, la frialdad de las manos, el gesto que, distraídamente, la aparta de un manotazo, como lo hace en este preciso instante. Y no poder evitar el sentirme una vez más prisionero de ella, reincidente tras los años, consciente de que sin ser la misma, la dócil Julia del pasado, es más concreta en su forma de retenerme, más añeja y exquisita inspirando cárceles.
El vapor de la tetera empaña los cristales, delante se abre la tregua que necesito, miro la ventana, ella se aproxima, el reflejo se acerca, hasta detenerse a mi lado, siento su presencia por el olor a sueño esquivo que del cuerpo le mana, alargo el brazo con un movimiento espacioso y circular, el vaho emborrona el vidrio con espeso aliento y con pulcra y traidora mano lo froto despejando la nebulosa visión de la bahía. Recuerdos:

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