Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Cartón 1/2.

Capítulo Diecinueve.

CARTÓN 1/2.

Como dos desconocidos, uno frente a otro, nos miramos por primera vez en mucho tiempo, y es el desamparo el que te obliga a acercarte al hombre que, justo delante de ti, se hunde en tus ojos con la persistencia de lo largamente esperado. Yo, Lucas, temo. Brazos que buscan el engarce del cuello y prender eslabones de póstumo collar, dejo que la convulsión de los hombros de paso al llanto y que el torrente desatado de la congoja reparta sin avaricia las perlas transparentes de sus frutos. Un gimoteo de preguntas y mocos sellan las palabras que, nasales, pretendes formular.
Y Lucas se guarda en el silencio.
Me sobran todos los verbos, desisto de adjetivos y nombres, y recogiéndote con el manto del brazo te guío entre penumbras camino del portal. En mi memoria se dibuja la densidad de una larga noche donde el descanso no tiene un significado real, donde todo será eso, llanto y saliva, Julia y literatura, frases que nacen enfermas y adelgazadas.
El olor a cerrado nos recibe en el mismo momento en que franqueamos la puerta. El polvo, con su fino aliento, cubre los objetos y los muebles. Sobre una mesa, posado e inmemorial, un vaso reseco evidencia el fulminante paso del tiempo. Hay que abrir ventanas, adecentar el pequeño salón librándolo de las sábanas que protegen al sofá, y pasar una bayeta acartonada por las superficies inmediatas. A esos actos sencillos el ansia se amolda tolerable y todo parece recobrar la medida justa y cabal que poseen las cosas. Julia constata que aquel lugar no ha sido habitado en muchos meses, tal vez años. Una lima de cartón, que su mano dejara sobre un estante, permanece olvidada y sin memoria,
Julia-Luna recuerda el pasado, los signos del despojo y la guerra que inservibles se mantienen ocultos junto a los veteranos soldados del rencor.
Haces inventario en tu cabeza, seleccionas visual y añorante.
Un muñeco de felpa, una feria de aldea donde el vino componía abrazos y achuchones, tiro al plato de aluminio, Lucas puntería endiablada. Premio para el señor. Y el dedo, —¿recuerdas’? —, señalando un mono-pato, una cebra-elefante, una abominación de trapo.
Una factura del supermercado borrosa y con anotaciones en sus márgenes, costumbre que Lucas aplicaba con desmedida pasión y que le hacía perder constantemente números de teléfonos que terminaban en la papelera, en la basura, sólidamente repujados en el papel que los contenía.
Horas de búsquedas imposibles, (el tiempo no sabes muy bien dónde meterlo), pequeños guijarros de vidrio, azules, verde intenso, que la playa devolvía pulidos y convertidos en objetos de mi deseo.
Conchas erosionadas por la mar que se transformaban en trofeos calcáreos y que sobre las repisas tan descuidado método iba dejando.
Ahora recuerdas y me dices, sonriendo, como si nada hubiese pasado. Parecemos dos amigos que se encuentran después de pasados algunos años. —¿Cómo te va Gata? —¿Y a ti, Ratón? Habla, Julia, dime aquello que sé, mis manías, mis sueños de mar y arena.
Buscar y encontrar, entusiasmarse por el hallazgo increíble de un tono bellísimamente asalmonado, una caracola, rota y brillante que mostraba su nácar sobre las rocas. Los zapatos mojados y yo tironeándote del jersey, intentando evitar que la siguiente ola, ya crecida y furiosa, te revolcase entre el roquedal y me devolviera un Lucas chorreante y feliz, con esa sonrisa de triunfo sobre la cara, esa que pareces aborrecer, y manteniendo en una mano, salvo, el motivo del empeño, Pero no había manera, chico, los cabellos como hilos desiguales por la frente, y la traviesa sonrisa que era un talismán contra el enfado y que me desarmaba, incapaz nada más que del capón cariñoso sobre la cabeza y un reír de arena y espumas celebrando tanta sana locura.
Ahora deja que sea yo el que vomite.
Julia se acurruca en una esquina del sofá y arrebujada, conteniendo las piernas entre los brazos, espera a que Lucas se decida a golpear el aire.
El agudo silbo de la tetera se oye arrullado por el chorro de vapor que expele airada, un gorgoteo que busca una salida advirtiendo que, en su interior, la ebullición es un hecho consumado. Me ves regresar de la cocina portando dos vasos que, azucarados, humean confortando la espera y sus temores. Enciendo inmediatamente un cigarro y me dejo caer sobre uno de los sillones, el psicodrama ya es algo inevitable, tras el primer sorbo tomaré la iniciativa y con el regusto amargo de la hiel contenida te lanzaré el primer guantazo, las primeras afirmaciones y preguntas que se quedarán marcadas como dedos hostiles en tu cara. No, no me equivoco. Contemplo el portátil dentro de la funda. No me equivoco.
—¿A qué has venido hasta aquí? ¿Deseas caso comprobar por ti misma el resultado de vuestras hazañas? —El plural como insulto, intento despojarte hasta de tu propio impulso. —La otra noche cometí un error, uno de esos de los que te alegras después de haber cometido. Gracias al fiasco me fue concedido el don de la videncia. No es poco. —La miro desde una bruma temerosa. —No te alarmes, sigo siendo el mismo imbécil de siempre, ya ves si es así que en un primer momento creí que tú estabas fuera de ese embrollo. Pero respira tranquila, deseché tan absurda idea, tu presencia confirma mis sospechas. Tiene uno que estar totalmente atontado para albergar siquiera la peregrina idea de que tú no sabías nada. No te imagino fuera de tan interesante espectáculo. ¿Estaba yo incluido entre los comparsas? o, por el contrario, ¿me habías destinado un papel algo más principal? Todo sea por los viejos tiempos.
Y alzando el vaso brindo el contenido al silencio, el humo se dispensa desde el cenicero como una nebulosa detenida, y Julia-Luna permanece callada, sabe que no está todo dicho.
—Lamento que tengáis que echar mano de tamañas veleidades para mantener viva la llama de vuestro… —Callo pensativo, especulo sobre el adjetivo adecuado a emplear. —¿Podríamos decir… sucio?, ¿extinto?, o ¿vulgar más bien?, eso es, vuestro vulgar deseo. Pensé que los heraldos del pasado, los que mancillaban nuestra relación, galopaban en un exilio merecido, pero la desilusión ha sido grande, continúas sumergida en la patraña del amor escenificado. Toda una pérdida de tiempo, eso eres, una reiterada pérdida de tiempo.
Julia, te equivocas, un golpe maestro y eficiente ha cruzado tu mejilla hasta embotarte los oídos, me supero en desprecios, pero sabes aguantar, contendrás el llanto que yo calificaría como fácil. Harás del dolor un arrugado trozo de papel y lo arrojarás lejos. Si lloras, tu credibilidad quedaría totalmente anulada, también sé ser cruel. A veces lames el suelo que piso. Evitas consciente el enfrentamiento abierto, —por aquel camino no se llega a ningún lado—, pareces decir, me conoces, lo peor de todo es que me presientes hasta en mis más recónditas maldades.
—No he venido hasta aquí para continuar un juego del que prefiero no hablar, sé que ahora únicamente ves eso, mierda y vómito, y que cualquier intento de explicación servirá tan sólo para que sigas pisoteándome. No estoy aquí por eso.
—¿Entonces…?
—Creen que estabas allí con un fin premeditado, que buscabas información.
La falta de lógica dibuja expresiones, hace cómico el gesto, y mi rostro asiste a todo un glosario de pantomimas que ejecuto libremente. Todo parece vestirse de un matiz teatral, una especie de representación oriental donde los personajes interpretan los hechos mientras el público asiste esperanzado en una intelección imposible, donde ni lenguaje ni ritmo son propios y conocidos.
—¿Qué información? ¿De qué se trata? ¿A qué jugáis?
—A nada Lucas, es sólo un buscar, un camino que se abrió poco a poco y que ahora se ensancha, toma volumen.
—Hablas de una secta, ¿no es así?
—En absoluto. ¡Por dios! ¡Qué va! Te digo la verdad, algunos teorizan, otros ponen en práctica esos conocimientos, nada más Lucas, en serio. —Me mira con los ojos de luna llena, con los labios de luna nueva.
—Eso es una secta, Julia, lo estás definiendo con total precisión, ¿qué sacáis de todo ello?
—Sólo el goce. —Mira al suelo avergonzada. —Es como robar dulces y comerlos en un desván. Algo impropio que alimenta, que esperanza el deseo y lo hace pecaminoso y grato.
—Si es un simple divertimento, ¿por qué me persiguieron con tanta saña? —Está confusa, no sabe.
—Nadie te persiguió. Estás equivocado.
—No intentes desviarme del verdadero logro, la otra noche estabais nerviosos, locos por que me marchara de vuestra casa, y mira por donde nos encaminamos todos hacia el mismo lugar. ¡Vaya coincidencia! —Ella gesticula pidiendo amparo al cielo.
—El motivo de alarma no es otro que un hecho circunstancial. La chica rubia, Raquel, —parece meditar sobre lo que va a decir, —…estaban intentando incluirla en el juego, y resulta que pertenece a una familia poderosa y a la vez hartamente peligrosa. Creen que su padre te encargó el seguimiento de sus actividades.
—Absurdo, Julia, tu cuento resulta increíble y grotesco, nadie encarga a un simple agente inmobiliario una misión tan delicada, existen profesionales, buscadores expertos. No intentes liarme, no busques que baje la guardia y me entregue a tus condiscípulos como un cordero pascual.
—Te digo la verdad, Rogelio es profesor en la universidad, la chica quería hacer una tesis distinta, original, hablar de toda esa mierda que tantos imbéciles siguen por internet, los Illuminati y el control del mundo, teorías conspirativas, y éste le recomendó que visitara la librería de Juan. Después vino todo, las interpretaciones, el intentar convencerla de que la doctrina que entre todos le suministraban era algo real, una forma distinta de vivir. El otro día la llevaron a la venta bajo secreto estricto, tuvo que jurar silencio eterno. Allí pensaban iniciarla en el placer sin objeciones, sin frontera ni moral. Sólo es eso, Lucas, sucio, pero eso. —Queda aguardando una nueva salvedad que yo pueda ofrecerle.
—¿Y ahora qué?, ¿qué es lo que se supone debo hacer?, ¿creer a pies juntillas lo que me cuentas y pedir disculpas?

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