Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjetas Manchadas.

Capítulo Dieciocho.

TARJETAS MANCHADAS.

“El animal no discute
la vida, vive. Su única
razón de vivir es la vida.
Ama la vida y disfruta de ella.”

R. Bradbury

Como nichos vulgares, se arraciman justas y equidistantes, ventanas sobre el vacío, regulares, devorando la claridad difusa de un día ya perecido. Y la metáfora fácil columpiándose en el pensamiento de un circo siempre anticuado, celdillas, tumbas, panales. Imágenes que afloran desde otro sitio, leídas hasta la saciedad y que en aquel lugar cobran presencia, se hacen justamente patentes.
En la periferia de la existencia se inscriben anónimas, hogar, ilusiones de desencuentros reiterados con la esperanza, el amargo regusto ablandando al orgullo y la terquedad de jornadas idénticas prendiendo brillos en los cansados faroles. La imagen de un barrio idéntico a otros, la copia fiel de lo anónimo y sus infraestructuras.
El taxi se detiene cerca de la acera. Ana desciende con aquella única maleta por equipaje firmemente agarrada, busca una dirección, un papel arrugado en el monedero. Inclina la cara mientras los cabellos se deshilan sobre los ojos confundiendo negrura y acíbar, azuleando figura y ausencia en esa insistencia que la búsqueda compone. Ismael alza los talones, ignorante del entorno, acompaña la inquietud que la calle le produce con un juego improvisado y nervioso. La pequeña mano de aceitunas arruga el sencillo vestido oprimiendo una estampía de flores dibujadas, también la limpia mirada se inspira en ella, contiene el acento inequívoco del dulzor almendrado. El recogimiento queda roto sin el menor entusiasmo, con un sólo ademán de los dedos el cabello se despuebla apartado y ciego.
—No está lejos de aquí, tal vez detrás de aquella manzana.
No puedo evitar el ardor que me inspira, ejerce espontánea insolencia en cada movimiento que realiza y conmueve con ella la fibra oculta de pecaminosos deseos.
Desde el abismo en que evoca todo es fácil y comprensible. Entonces no había espadas, ni puñales y escorpiones.
—Imagino que no ha cambiado de opinión, no entro dentro de sus planes. —Difícil tener planes, complejo el rumbo a seguir, y más aún ante el acento dulce que encalabrinan sus palabras. Una senda que se pierde entre la bruma, un espejismo de azogue bipartido.
—Vamos a tomar café, tampoco tenemos tanta prisa. —Esa mi respuesta, mi miedo, una tregua que teje insinuaciones blancas.
Mientras caminamos, mientras el deseo se deshoja mustio, evaporado entre las almas de una cafetería. Un dolor que puede incluso inhalarse junto con el humo del tabaco.
—Lucas, tengo el número de teléfono de mi hermana, me gustaría que se quedara con él, no pienso moverme de allí hasta que me llame. Desconozco qué tiempo debo aguardar. Llámeme.
La misma ternura que nos puede inspirar un niño, cuando en su cara percibimos la inocencia lúcida del desespero, me invade cuando la contemplo irreductible al desengaño. Defendiendo la última frontera hacia el futuro, queriendo enterrar el ocaso al que asisten todas sus mañanas.
Cuán engañado estaba entonces.
—Le prometo que lo haré, no sería un bien nacido si no lo hiciese. Espere hasta que yo pueda saber algo y le aseguro que nos volveremos a ver.
Los precisos labios evocan el sueño de una sonrisa y se deshacen después tomando prestadas las alas que revolotean murmurantes por todo el local. Despejados nubarrones inmediatos, retornar al dialogo amable.
—Y usted, ¿qué piensa hacer? ¿Va a esperar a que le encuentren?
Lo negro de la pregunta me sitúa a la sombra de una certidumbre, ignoro qué hacer, tal vez dejase que “esos hilos” decidieran por mí, pudiera ser que en ese mismo instante el engranaje comenzara a mover las piezas, movimientos sin importancia aparente y, más adelante, frente a ellos, me serían desveladas razones, la vital y necesaria presencia de claridades.
—Lo primero que haré será recluirme en un lugar seguro, un apartamento, mejor será que no sepa dónde. Allí esperaré a que se despeje mi cabeza y a que el tobillo deje de incordiar, entonces seguro que algo se me ocurre. A lo mejor se calman y se olvidan de mí, tampoco creo que el hecho tenga tanta importancia.
Deseo que mis palabras sean dictadas por la razón y no por la esperanza, Juan el único agraviado, los demás resultaron figurantes anónimos. Tal vez Julia-Luna y Raquel, o Rogelio y Teresa, a lo peor Samuel y Esther. Soy incapaz de recordar las caras. Pienso que pertenecen a una secta, a un clan con poderes ocultos y perversos. Puedo llamar a Juan, eso sería lo mejor, llamarlo y solicitar disculpas por mi accidental entrometimiento. No es para tanto. Vuelve esa sensación de ridículo que a veces me gana, el rubor que ningún rostro desea sufrir. Si, eso haría. Me encuentro más reconfortado, incluso la punzada que persiste en la frente parece remitir en su intensidad. Quiero infundir la recién recuperada tranquilidad en el ánimo de Ana.
—Estoy seguro de que, en un par de días, todo se habrá arreglado. Creo que con una simple llamada de teléfono se hará de nuevo la luz. No se preocupe, dentro de poco nos estaremos riendo de todo esto y tan sólo será recuerdo. Tengo confianza, la locura no dura eternamente.
Ríe con todo su miedo festejando mi optimismo, una risa pálida que contiene todas las dudas y desconfianzas que, con primitivo instinto, presiente. No hay despedidas, ambos nos separamos albergando un ansia distinta.

Desde el interior del taxi las avenidas se deslizan motrices en simetría, canales de desidia donde abandonarse en una rendición sin condiciones. Siento las dos caras del cansancio reflejarse en el vidrio de la ventanilla, el tobillo permanece hinchado asaetando la rodilla y el andar ladeado me obliga a contraerme en una tortuosa pose. El otro agotamiento, la otra cara de la pereza, surge del incauto corazón. Pensar que Julia-Luna lo encontrará gracioso es pecar de estupidez abusiva, es evidente que ella no se encuentra a salvo de los organizados malabarismos. Ahora es cuando el interés por el librero queda explicado en toda su amplitud. No sólo pasa por ser Juan el proveedor de un pasado vivo, también propone nuevas metas. Tanta palabrería sobre el deseo, sobre su preponderancia frente a otros sentimientos, revela la ley en la que se desenvuelven sus relaciones. Si pude imaginarla cautivada por la voluntad de Solano y no me hube equivocado, era fácil situarla en medio del ritual participando activamente en el desenfreno. ¿Qué papel jugaría ella? Es la pregunta que planteo cuando indico al conductor que se detenga en aquel justo lugar, le ruego que aguarde mi regreso.
Yo aún era inocente, Julia, no había hablado contigo y sufría el desconocimiento. Pero aguarda, quiero que sepas de mis errores, de la torcida forma en que navegaba a tu encuentro.
Mientras subo en el ascensor confecciono una lista mental de buenos propósitos.
1º) Recoger algo de ropa, la justa e imprescindible para unos días, no durará mucho el encierro.
Estoy loco por quitarme estas prendas heredadas que invitan a la profanación.
2º) Para matar el tedio incluiré el portátil, tengo olvidado al caminante de la fábula, al fin y al cabo, ya es responsabilidad indelegable no dejarlo en medio del camino.
Penetro en el sosiego privado, el orbe en que mi vida se incluye y desespera. La cuidada armonía con que distribuyo las escuetas pertenecías, y el mobiliario, se halla violentado y visiblemente trastocado. Los cajones del aparador desperdigan su contenido sobre la alfombra en una mezcolanza irónica, los libros han sido arrojados de los estantes y yacen deshojados o rotos, nada parece salvo de la inquina de los buscadores. Recorro todas las habitaciones preso de un ciego impulso por constatar la barbarie. Tengo que salir de aquí cuanto antes. Lo que antaño fuera amable guarida, muestra los signos inequívocos del saqueo concienzudo y premeditado. Buscan algo, pero ¿qué?, una nueva pregunta para la colección particular queda flotando por las revolcadas piezas.
3º) Un transistor, pilas.
El colchón de la cama, como un gran cetáceo agónico, entrega su relleno a la impudicia, y arrancada del lugar por una fuerza que el odio aumenta, el portátil muere sobré los muelles desbocados del lecho. La confusión se instala también por los armarios, ropas que se muestran en un caos indiscreto y arbitrario.
4º) Una linterna y libros, adminículos de aseo.
Busco una bolsa de viaje y meto sin concierto lo que va cayendo en mis manos, sin elección previa amontono pantalones y camisas, a duras penas puedo cerrar su abultado volumen dispuesto a emprender cuanto antes la retirada. Recuerdo entonces la impresora, los folios que se reparten por el suelo, blancos, sin impresión alguna, evidencian una carencia, una ausencia casi imperceptible. La fábula que escribí no está entre el desorden impuesto. Por una extraña razón se la han llevado. No llego a presumir el motivo del rapto, el posible interés que para los perros de presa puede suponer un relato inconcluso. No deseo continuar por más tiempo en lo que fuera antiguo feudo, tambaleándome en desequilibrios dolorosos cargo con el equipaje y con aquel enmudecido aparato. La sinrazón se restablece estrechando en oscuridades cualquier capacidad para el asombro que aún me quedara.
5º) Olvido provisión de tabaco. Recordar.
El frío de la calle me aguarda fiel e intacto, el taxi se incorpora a la marcha mientras un ahogo radica afable en el pecho, tentáculo que se despliega incitándome en terrores el semblante. Vanamente espero que la distancia cree una oquedad clarificadora, con esta idea atravieso el centro de la ciudad, la intempestiva hora asola el paisaje urbano y la bruma que proviene del puerto comienza a colonizar con su sudorosa esencia todos los aledaños cercanos. Las luces ambarinas de los semáforos permiten cierta celeridad de huida, un éxodo precipitado que impulsa los hechos hacia delante. Recuerdo el horario anárquico que hubo precedido a tanta desarmonía, la conjugación del anatema que parece maldecirme se venga ahora con minuciosidad. Siento la desagradable percepción de que con mi actitud he provocado la ira de los dioses menores, aquellos que hasta hace no mucho me favorecían con sus aleatorias y benéficas intervenciones. Pero ahora, derribados, apartados del honor de sus marmóreos pedestales por la gran mano del Único, vuelven las espaldas negándome cualquier favor. Miro con el cansancio colgado da los párpados como las últimas luces de la urbe quedan atrás, parecen votivas luminarias dedicadas a la razón y al progreso.

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