Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjetas sin más.

Capítulo Diecisiete.

TARJETAS SIN MAS.

La derrota es un ancla que descansa en los hombros cansados del librero, lo que anteayer fuese un universo plácido y equilibrado, dilatándose feliz en el vacío, comienza a detenerse, la contracción se presiente en cada segundo que transcurre.
Se escapa de su control el pacto que parecía mover a Julia, ella vaga entre espumas y fogaradas. Unas, la mecen en su regazo procurando paz y consuelo, las otras, pintan de incendios sus confusos sentidos enardeciéndola hasta la locura. En otro tiempo, cuando la vida era un peso muerto que pugnaba por hundirle, comprendió con total convencimiento que el ejercicio de ésta, de la vida, no era otra cosa que una futilidad innecesaria y pensó, llegado el tiempo, en que debía dar por terminado el ciclo de la suya. La muerte trágica y accidental de su única hija le baldío el sentir y desde entonces un peto le cubría con descorazonada decepción. Entonces fue cuando aquella joven, como emergida de otras tierras a la incierta orla de la mano, trastocó todo el cotidiano ámbito, se metió en el devenir verdeando su cascado tronco seco. Y ahora, pasado el tiempo de encuentros y magias, la veía partir rumbo a otros contornos tras de todo aquello que él estaba imposibilitado para ofrecerle, tejer desesperos al hilo de lo interminable.
El teléfono interrumpe su reflexivo cáncer, la impersonal voz de Rogelio le deja por los oídos pústulas estupefactas.
—¿Juan Solano? —La pregunta evidencia lo certero del conocimiento, innecesaria busca el pecho dispuesta a horadarle.
—Si, soy yo. ¿Con quién hablo? —Sabe perfectamente a quién pertenece la palabra, pero desea que se nombre, que sienta el miedo de aventurar la imagen que su dicción va a crea. —Rogelio. —Se hace el silencio. —Tú dirás, Rogelio.
Hay un espacio de dudas y balances, el interlocutor parece sopesar el modo de comienzo, no siempre se desbanca al contrincante con sus propios métodos, con tan peligrosas armas.
—¿Qué hay de Lucas? ¿Sabéis su paradero?
—Aún no, Rogelio. —Repite el nombre, sabe que esos sonsonetes producen y alientan el temor.
—Mira, todos sabemos qué lo que hacemos de puertas para adentro no representa ningún peligro, pero el tema de Raquel es harina de otro costal. No deseo verme implicado en nuevos delitos mayores. Esa niña accedió a nuestro ámbito mediante engaños y fabulaciones. No necesito recordarte quién es su padre.
—No, no es preciso que me lo recuerdes. Estoy en ello, Julia no cree que Lucas estuviese allí a propósito, al fin y al cabo, fuimos nosotros los que le hicimos venir, los que preparamos todo el entramado para encontrarle.
—Tengo mis dudas, Solano, ¿por qué se aventuró en la venta la primera vez, cuando Francisco Tomé nos habló de él y de la impresión que causó en su hijo? Tengo dudas Juan, serias dudas. —Aguarda aclaraciones, hipótesis que le hagan las sombras más suaves, llevaderas.
—Tenemos que esperar, Lucas se pondrá tarde o temprano
en contacto con nosotros, entonces veremos qué sabe y qué hacer.
No creo que el señor de la Prada le haya contratado para averiguar en qué asuntos está metida su hija.
—Está bien. —Concede Rogelio. —Pero no bajes la guardia, no descartes esa posibilidad. La niña resulta un exquisito manjar, no dudes que el padre se opondría por encima de todo, y no olvides su poder, sus influencias. Además, está lo otro, un mal desenlace puede hacer aflorar toda la mierda.
—Lo tendré en cuenta.

El librero suelta el auricular con una sumisión que le adelgaza las facciones, el rostro destella en prosaicos arreboles, siente un miedo celular que, membranoso e informe, lanza cosquillosos micelios por todo el espinazo. Acaba de verter las mismas ideas que defendía Julia sobre los oídos de Rogelio, pero ¿qué más puede alegar?
Lucas amenaza su personal recogimiento, el juego ideado se resuelve contra sí mismo tirando por tierra el futuro inmediato. Frente a él ve la estampa de un David agitando inofensiva honda, y ya presiente en la frente, en todos sus sueños, la pedrada que puede abatir al gigante poderoso y hercúleo de un certero golpe.
Si todo se desmorona entre las manos es consciente de que nadie le arrojará una tabla de salvación, su estampa sería borrada sumándose a la interminable lista del olvido al que alguna vez aspiró.
Cabizbajo sopesa tan anómala situación, no puede fiarse de Julia y sigue necesitándola como señuelo, y justo ahora se marcha, tiene que esperar paciente a que ella se ponga en contacta con él. A tanta desesperación acude una frase recordada, unos pequeños versículos del Tao que parecen ejemplarizar su vida, a su vez, como por ensalmo, recuerda otro momento. Con total claridad ve a Julia pulsando las teclas divertida, era una broma, una ilusión que ella quería ver satisfecha, y que les provocaba un rejuvenecimiento ante la agradable sensación de clandestinidad en la que se habían metido. Julia conservaba un juego de llaves de la casa de Lucas, el práctico fetiche que guardaba con amoroso celo, decidieron comprobar por ellos mismos el escenario sobre el que su vida transcurría, así podían enfrentarse a él con un mayor conocimiento. Los ojos inquietos de ella advirtieron el portátil y quiso dejar algo escrito sobre el texto. Aseguró suplicante, ante la feroz negativa de él, que Lucas no se daría cuenta, que jamás sabría si lo había escrito él mismo o, por contra, se hallaba allí por arte de nigromancia. Como una niña traviesa escribió algo sobre un viaje, una medida extraña y su primer paso. No conseguía recordarlo con exactitud.
Pero Lao Tse le ofreció otra flor a cambio, efímera como solamente lo es lo verdadero e importante, sus labios apenas susurraron las palabras que hacía suyas —”Si las cosas del cielo y la tierra no duran eternamente, ¿como las cosas del hombre?”—
Así me fue narrado por Samuel el “Rabí” y así lo cuento, que su mente se confunda si faltó a la verdad.

Tao (4)

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