M. Martínez, narrativa “Dos Mil Veinte, Marzo” 2/2.

Dos mil veinte, marzo… (2/2).

En esas jornadas de reflexión solía castigarse innecesariamente, su mente exponía toda suerte de situaciones adversas, posibilidades que le obligaran a enfrentarse directamente con los “Depuradores”. Si éstos detectaban, y resultaba muy probable que ya lo hubiesen hecho, el conocimiento que atesoraba sobre sus formas de proceder, buscarían la manera más expeditiva y violenta de penetrar en su interior y la calle, el contacto con otros humanos, era el lugar idóneo, el campo de batalla donde sus defensas resultaban más menguadas. Meditaba sobre estas cuestiones y su moral decrecía, se sentía perdido, un pesimismo mortal le embargaba y todo lo logrado hasta entonces se esfumaba con el transcurrir de las horas. A veces ponía música en un reproductor de audio intentando que su razón dejara de atosigarle, gustaba de escuchar composiciones clásicas de probada cadencia heroica. Wagner y sus valquirias era la preferida, cerraba los ojos y se imaginaba a sí mismo saliendo a la calle con sus lentes espejadas, recorriendo las manzanas que le separaban del supermercado más cercano con un caminar vivo y épico. A su paso los brillos, las superficies metálicas, los cristales de los escaparates, todo aquello capaz de reflejar la luz, se tornaban opacos como si un poder sobrehumano salido de su interior tuviese la capacidad de transmutar todo fulgor en velados y apagados tonos. Un mundo pastel, de colores cálidos se esparcía a su alrededor evitando que, los “Depuradores”, pudiesen acceder a través de las pupilas a su interior.

Aquel primer día de espera concluyó con su cuerpo derrotado sobre la cama sintiendo, sin poder evitarlo, que esas serían sus últimas jornadas como ser libre e individual. Dentro de dos días se vería obligado a abandonar momentáneamente el confinamiento y toda la lucha llevada a cabo, todos los logros conseguidos, se verían desbaratados y expuestos a la insidia de esos seres malignos. El mundo entero, lentamente, estaba siendo tomado, en cada gesto, en toda acción, creía ver el viso, la pátina indeleble de la labor corruptora de los “Depuradores”, a partir de ahí la vida se volvería horizontal, la humanidad entera mantendría un ritmo, un proceder determinado y concreto definido únicamente por ellos. Recordó los primeros sueños anunciando lo que venía, los extraños e indescriptibles, una sucesión de imágenes expuestas sobre un entramado de cuadrículas se fijaba durante gran parte de la noche y al despertar, pese a recordar con absoluta claridad la imagen, era incapaz de narrarla. No sucedía nada, las cuadrículas como constreñidos cúmulos de información mostradas y un trasiego, una mudanza de valores que se repartían, permutaban o se adicionaban a otros. No, resultaba imposible describir aquello, intentar darle un sentido a una inacción donde solo unidades de información encriptada cambiaban de lugar, modificando en un sentido ininteligible la casilla donde se implementaban. Días después, por accidente, tuvo conocimiento de la función principal de los denominados “Depuradores”. Consultaba sobre la forma de corregir errores de programación y la idea, como una concepción ya inoculada de antemano en la psiquis, se concatenó sin motivo aparente. Un depurador era un programa usado para probar y depurar, eliminar, los errores de otro programa. Jerónimo recordó como en aquella ocasión quedó pensativo, las respuestas se estaban originando sin necesidad de formular preguntas previas. Entonces su imagen se reflejó sobre la superficie del televisor apagado, frente a su rostro aquel extraño le miraba, los ojos eran idénticos, la curvatura de la nariz, el gesto esquivo de la boca, todo era a priori el resultado de un reflejo comportándose como tal, ninguna ley física parecía estar alterada. La insistencia, la indagación presente en el brillo opaco de las pupilas le hicieron comprender. Su doble, el ser que le observaba desde la superficie de la pantalla, era el método seguido por los “Depuradores” para acceder a la mente y a la compilación de datos destinados a modificar el desarrollo viciado y erróneo del programa imperante. Esa función solo tenía un nombre, una manera de definirla ya formulada. Durante mucho tiempo los científicos, los virólogos, no se habían puesto de acuerdo en definir aquella forma de la existencia. Algunos lo consideraban un ser vivo mientras, otros, al no cumplir con las cinco características esenciales que definen la vida, pensaban que no. Dedujo entonces como aquellos seres invisibles en realidad eran depuradores, diminutos programas para corregir los fallos del programa principal, aquel donde todos se encontraban inmersos. Y el denominado programa principal no era otro que la vida en todas sus acepciones. El rostro del televisor, aquel que se le parecía, componía un relato distinto al suyo, no era él quién dejaba escapar esas ideas extrañas y sediciosas que flotaban dentro de su cabeza. Jerónimo recibía con claridad el mensaje del suplantador, le hablaba de aspiraciones individuales amalgamadas en lo colectivo activando la acción precisa de los “Depuradores”. Ahora tocaba padecer esos millones de deseos hechos realidad. El odio al otro, al distinto, el considerar que solo nuestras maneras, nuestras personales formas de entender la vida eran la válidas. La huida fomentada por los gobiernos de todo lo colectivo, el enaltecer al individuo por encima de cualquier otra consideración. Beatificar y elevar a sagrado a los que son capaces de mentir, robar e incluso asesinar, en nombre de patrióticas entelequias, por encima de la bondad, la solidaridad o la empatía con los que, de verdad y en propia carne, sufrían la injusticia milenaria. Ese que hablaba era el suplantador, esos pensamientos no eran suyos, no traicionaría jamás sus creencias. Entendió de inmediato la sutil forma de proceder para cambiar su ideario. Aquel día cubrió el televisor con una manta, no deseaba contemplar y escuchar a ese agitador oculto tras reflejos. El traidor de rostro semejante al suyo.
Cerró los ojos en un intento por alejar los recuerdos, quería dormir, necesitaba desconectar del presente, ser consciente tenía esas sevicias, padecimientos que aceptaba feliz con tal de mantener su propia realidad vigente.

Despertó sudando, los sueños habían retornado de forma clara y eficiente dejando esas imágenes inenarrables, la permutación de valores simbólicos, de unidades de información indescifrables. Siempre habían estado ahí los “Depuradores”, existían desde el origen de la vida más básico, no era capaz de recordar toda la información que hubo acumulado entonces, pero de algo estaba seguro, sus diversas formas, sus distintos protocolos de actuación, la especialización demostrada, eran signo inequívoco de su verdadera misión. Corregir las desviaciones producidas por los seres vivos, independientemente del reino al que pertenecieran. Esos diminutos programas actuaban sobre animales, hongos y plantas, incluso corregían los programas de esos seres inclasificables, los apátridas protoctistas, pero lo que en realidad le llegó a convencer sobre lo acertado de su teoría era que los había especializados en bacterias y arqueas, e incluso en otros virus. Programas depuradores que corregían la actuación de otros sistemas depuradores. Era para volverse loco.
Cuando por fin consiguió abandonar la cama su estado físico y de ánimo eran un auténtico desastre. Retomar los pensamientos de forma obsesiva le procuraba un malestar que ningún analgésico era capaz de remediar. Se colocó el termómetro bajo el brazo mientras calentaba un poco de agua, tomaría una infusión relajante, apenas quedaban unas cincuenta horas antes de que se viera en la necesidad indemorable de acudir al supermercado. Treinta y seis grados, al menos no estaba infectado, tan solo debía procurar que no accedieran por la otra vía, la verdaderamente peligrosa, la entrada que les ofrecían los reflejos, las superficies pulidas. Esas puertas debían mantenerse cerradas, el verdadero peligro estaba ahí, infectado por el “Depurador” se podía resistir hasta que el propio organismo, el programa personal, lo anulara mediante cortafuegos y otras defensas, pero permitir el ingreso a través de la imagen falseada no tenía vuelta atrás. El invasor pasaba entonces a formar parte del propio software, del original, y la corrección ejecutada se convertía en propia, en elementos que siempre existieron. El pasado, las formas personales de ejecutar hasta entonces la existencia, desparecían y el nuevo protocolo se expandía sin remisión. Sorbió la tisana y suspiró. No podrían doblegarle.

La penúltima noche a su obligatoria salida transcurrió en una duermevela pegajosa, era incapaz de conciliar el sueño, con solo pensar en que debía enfrentarse a su mayor temor, las superficies reflectantes, los ojos se le mantenían abiertos y la mente confabulaba posibilidades siempre terribles. Durante toda la jornada siguiente, abatido por pensamientos nefastos, se mantuvo tumbado en el sofá escuchando música. La imaginación a veces se negaba a secundar sus terrores y se escapaba confabulando antiguos recuerdos, momentos anteriores en donde la humanidad vivía de acorde a otras premisas, utilizaba métodos de convivencia absolutamente distintos y en ellos se sentía libre y realizado. En aquel pasado, que hoy le parecía remoto, en más de una ocasión se había quejado de todo aquello que le definía como un ser social concreto, con pautas de grupo precisas y bien definidas. En ese medio las cosas no le habían ido nada mal, sabía desenvolverse con bastante soltura, cuando pudo medró convenientemente, en realidad no tenía quejas. Ahora, la alternativa a aquel entonces le resultaba terrible. Todo estaba siendo reinterpretado por el programa corrector y nada presagiaba que esa circunstancia sería provisional. El rostro que no le pertenecía, aquel cuyos rasgos eran similares a los suyos y que tan solo se materializaba en los reflejos, mostraba con claridad absoluta su maléfica intención de suplantarle. No lo iba a consentir, pensaba, no estaba dispuesto a entregar sin luchar el bien más preciado, su individualidad frente al mundo como ser humano único e insustituible. En esas ensoñaciones se perdió el resto de la mañana olvidándose incluso de comer.
La tarde previa, armado de un valor inusual y pese al peligro que aquella actitud podía suponer, se colocó las gafas espejadas y retiró la plancha de cartón con que cubría una de las ventanas del salón. Necesitaba contemplar el exterior, analizar los movimientos de aquellos que transitaban las calles, esos seres ajenos a la realidad cuya falta de conocimiento ponía en peligro al resto de la especie. Con los ojos cerrados abrió el postigo, sintió el aire fresco estrellándose contra su rostro y un olor a espacio abierto, a oxigeno limpio invadiendo cada resquicio de sus pulmones. Lentamente fue alzando los párpados sin ceder a la tentación de quitarse las lentes, la luz le hirió como una cuchilla de brillante hoja, las pupilas se le contrajeron y unas lágrimas se vertieron desde el lacrimal. El cuerpo funcionaba por el momento de forma correcta, nada le hacía presuponer que los “Depuradores” hubiesen invadido su organismo por el momento. Como quién observa un acuario se dedicó a fijarse en el deambular de las personas. Sus rostros estaban cubiertos por protecciones, sus manos esquivaban el contacto con las cosas, nadie caminaba junto a otro congénere, se limitaban a recorrer el espacio que su visión le permitía contemplar y se perdían tras una esquina o a los lejos de una calle casi desierta. Mañana le tocaría a él, pensó cabizbajo, tendría que sumarse a los que vagaban sumidos en sus propias inquietudes, en sus personales pensamientos. Eso no le preocupaba, siempre se sintió bien conversando consigo mismo, prefería la soledad elegida a compartir sus dudas y aspiraciones con cualquier imbécil. Nunca entendió a aquellos que eran capaces de verter por su boca sentimientos y anhelos sin pudor alguno, ni los que hablaban de sus intimidades públicamente ante personas que apenas conocían. No temía ser contagiado por los “Depuradores”, la acción del programa corrector, la adición al suyo propio mediante los reflejos, ese era el verdadero peligro, eso únicamente de lo que huir. Tenía asumido el contagio, la lucha que todo su cuerpo tendría que emprender contra los elementos invasores, de ese combate saldría victorioso o muerto, como tantos otros. El después, en eso no estaba dispuesto a ceder, debía encontrar una solución antes del amanecer del siguiente día. Drástica, eficiente y definitiva.
Mientras se vestía, nervioso y acelerado, recordaba la sensación de desazón que le acompañara desde el comienzo del año. Injustificada, sin aparentes cuestiones que lo fundamentaran, pero real y efectiva. No podía desterrar de su imaginación la idea motriz que explicaba lo sucedido, Jerónimo creía que el malestar social, el grande y el de andar por casa, habían activado al “Depurador”. Nunca el descontento, por la forma de entender y de interpretar la vida, se había extendido por todos los rincones del planeta con tanta fluidez. El mundo se ahogaba en pobreza, y guerras, el medio ambiente era un vertedero de tamaño descomunal, el atasco de automóviles al regresar a casa después de doce horas de trabajo, no llegar a fin de mes, las infraviviendas o la carencia de un techo donde cobijarse, la casta política convertida en un peligroso circo, la deforestación, los campos de refugiados, las pandemias ignoradas y el aumento imparable y exponencial de los imbéciles, un amplio muestrario afectando a un inmenso número de pobladores del planeta. Esa la causa, afirmaba convencido, ese el motivo. Salir a la calle su dilema. Los reflejos terminarían por mostrarle al otro, el que esperaba paciente, y ese otro pasaría, inevitablemente, a ser él mismo. Modificado, aceptando el nuevo guion universal. Con los guantes puestos, con la mascarilla pendiendo de una de sus orejas, Jerónimo tomó una determinación irrevocable, podía ser contagiado, sufrir durante los días que fuese necesario la acción directa del “Depurador” dentro de su organismo, pero los reflejos no le mostrarían el cambio. Nunca se produciría la ósmosis  final. Decidido se encaminó a la cocina, de uno de los cajones extrajo una diminuta cucharilla de café, pequeña, plateada y terriblemente refulgente. Eligió el cuarto de baño para llevar a cabo su definitivo plan. Precavido, colocó sobre el lavamanos varios apósitos esterilizados, algunos rollos de vendas y esparadrapo. No dudó ni un solo segundo, entre terribles dolores y con lenta pericia se fue extrayendo los ojos.

Al medio día, tumbado en el sofá, escuchaba atiborrado de calmantes su música preferida, Wagner le llevaba en volandas, le hacía planear sobre la oscuridad reinante. ¿Lograría soñar con imágenes en colores de ahora en adelante? Pensaba mientras, los sonidos que le llegaban de la calle le confirmaban como la suplantación del sistema había comenzado.

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