Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Cartel de Cerrado 2/2.

Capítulo Dieciséis.

CARTEL DE CERRADO 2/2.

Hacia el mediodía te detienes a comer, el sol luce victorias sobre un cielo sin sangre alguna, Julia percibe los colores a través de las lentes ahumadas, sin pigmentación definida, como viejos daguerrotipos al que el óxido entrega un tono uniforme y común, un sonambulismo que rescata fotogramas del ayer y los actualiza en la mente. Mezclando sentimientos, embadurnando de incertidumbres sueños ya fenecidos, asesinados sin piedad alguna. Comes sin diferenciar sabores, respiras sin que el límpido oxígeno del invierno sosiegue la inquietud persistente que pasea por tu pecho. Esponja distraída el cabello, —me parece verte—, y te dispones a terminar tan escueto almuerzo. No puedes substraerte a la gravosa conjura de los propios pensamientos, pensar es el único modo que tienes para escapar de ti misma, de los verdaderos sentimientos. No puede ser que te encuentres tan terriblemente confundida. Asumiste en más de una ocasión el papel sin presentar fisura alguna, representado en otras ocasiones sin la menor zozobra. Fragmentos de ilusiones acuden en ayuda, ritos de iniciación en los que los novicios se entregan a todo tipo de excesos espoleados por la parafernalia desplegada. Aromas confundidos emanando efluvios, desordenando las defensas, alimentos que ingieren macerados con multitud de hierbas alucinógenas que hacen indefinible el concepto de realidad. Y el cuerpo en ofrenda, un altar que estimula a los acólitos, rostros ajados y mustios que la mayoría de las veces no encuentran otra forma de fustigar deseos pútridos y dormidos. Juan oficiando, impartiendo aquella particular transubstanciación del semen en cuerpo y sangre del hombre, sutil consciencia que les aleja de todos los dioses y marca el único camino que realmente corresponde recorrer. —Lucas no llega a comprender el poder del deseo— Te imagino pensar. Recuerdas fragmentos de frases escuchadas, trozos de conversaciones que se desarrollaran en el salón, las reuniones, a Samuel teorizando, a Rogelio empeñado en tomar las riendas y así ser el primero en gozar de privilegios y prebendas, y tú. escuchando mientras mirabas el televisor, pero las palabras seguían abundando en las metáforas.
—Una patria sin tierra, un estado sin carta magna, situarse más allá del bien o del mal, clan, transmisión verbal.
Y el aburrimiento tapándote los oídos, te negabas a escuchar aquella sarta de teorías fabulosas. Un rato de publicidad y los macarrones listos. Si hubieras prestado más atención.

Así lo narrabas, y así lo recuerdo.

Detienes el automóvil cuando la tarde es sólo una periclitada luz. Tras la línea del horizonte los colores se debaten impregnados de infinito, una franja oscura parece presagiar el lento avance de nubes tormentosas y grises desde una turbada lejanía. La lluvia se instalará al alba remojando la hierba y los ojos. Julia, apagas el motor y bajas del vehículo abrigada por una clara gabardina, alzas el cuello del gabán buscando protección ante el húmedo aire que comienza a lamer todo. Marina lengua que recorre la orilla de la playa y codiciosa, como amante posesivo, eriza el vello en un desconcierto de suspiros. Buscas con la mirada las ventanas de lo que puede ser el escondrijo de Lucas, apagadas, como el presagio de la ausencia de aquel que buscas. Te impones a ti misma la espera. Meditas una vez más, huyes por enésima ocasión, y con la sonrisa del pensamiento me adjudicas un ángel de la guarda. Eso que llamo suerte no puede ser totalmente humano y menos aún la capacidad que tengo para meterme en lios. —No puedo evitar una sonrisa al recordarlo— Recuerdas las palabras de Francisco Tomé comentando a Juan la visita de un desconocido en la imprevista tarde en que todo comenzó. Su hijo había estado hablado con ese extraño y quedó hondamente impresionado, le definió como un impulso nuevo y necesario, un alma que destilaba tormento y angustia, alguien al que el grupo podía necesitar para su renovación. Juan sabía de las inclinaciones homosexuales del hijo de Tomé y accedió a escuchar, a dejarle creer que todo el burdo montaje era algo preciso. Increíble, pero cierto, la matrícula del coche era lo único que poseían para identificarme.
Jamás pudiste sospechar que la figura nombrada pertenecía a una porción del pasado que pendía vivo del recuerdo y que, errante, retornaba recelando en las costas de los propios errores.
Después el armar tan errabundo armazón, la falsa denuncia, el siniestro que pretendía recabar los datos a través de la compañía de seguros. Los contactos podían aportar la información deseada, un conocido que debe un favor y que no hace preguntas. Pero precisaban de la coartada, —decías—, pistas falsas donde ocultar tanta mentira. Pero ese fue el error que te advertía de que todo se debió a un cúmulo de equívocos y casualidades. El informe fue a parar a la mesa equivocada, la gripe y sus consecuencias directas hicieron que un administrativo, eficiente y cumplidor, un tal Pujol, se hiciera cargo circunstancialmente de la denuncia, una labor que pertenecía a un compañero ausente, y éste, en un exceso de celo, se puso en contacto con la compañía aseguradora de Lucas sin esperar el regreso del enfermo. Sevicias de la informática, sociedades filiales cuyos ficheros estaban comunicados entre sí y que hicieron posible el que yo, que Lucas, tuviera noticias del falso siniestro, tal vez entonces fue cuando me interesé por la venta. Pero como auspiciara Juan, ya daba igual. Posiblemente una coincidencia más, de hecho, jamás te hablé de aquello, del accidente que nunca tuvo lugar y que se situaba, incluso con testigos, en aquella carretera.
Se lucieron, Julia, metieron la pata hasta el fondo y aterrados retiraron la demanda. Después lo coincidente una vez más, “los hilos” de los que te hablaba.
Recordar en la soledad de la espera.
Juan explica a Samuel los comentarios que Francisco Tomé le ha hecho después de que ya supieran el nombre del elegido. Sentada ante el televisor, el corazón de Julia queda impedido para el pálpito, el sudor le perla la frente, un nombre impensable sale de los labios de Juan y rebota entre las manos, el ovillo que sostiene rueda sobre la alfombra y la invocación de Lucas Martel se realiza sin que nadie pueda impedirlo. El fantasma crece como tallo maligno y queda vagando por toda la casa. Aquella misma noche, acostados sobre el lecho, ella se interesa, pregunta con desatento disimulo por la persona de la que hablaban y con unos ojos que jamás en la vida podrá olvidar, Juan Solano le clava sus garras.
Intento ordenarlo en mi cabeza tal como me lo contaste, perdona errores, conclusiones inevitables.
—Oíste bien, Lucas, tu Lucas, aquel del que no quieres hablar y que ahora tendremos que estudiar con minuciosidad de laboratorio. ¿No resulta gracioso? Tendrás que contarme todo lo que hubo entre vosotros dos y que tanto te cuesta recordar.
No dormiste en toda la noche. Julia se confiesa, la sábana, la mesa sucia de escamas, el garaje, los propios orines, bailan inconfesables entre la vigilia tensa y el duermevela que junto a ella Juan suele ejecutar. Después los datos abandonados sobre el sillón. Con la mañana perezosa tras los cristales coger el papel que Samuel trajo, leer y no poder dejar de ver mis ojos. Varón, soltero, treinta y cinco años, pelo negro, y recordar las manos sosteniéndote por las caderas. Agente en una inmobiliaria, y era la boca buscando los labios y la sangre, y la cuchilla traídas de golpe sobre el amanecer.
Y de vuelta, cuando la librería se cerraba con la extinta jornada, el andar de Juan junto a ti recordándote lo que ya sabías hasta la saciedad.
—Por lo visto te tocará contactar con él, apuesto a que tu corazón está en este mismo momento saltando de gozo.
Y sonreía con maldad, como si quisiera vengarse del silencio que Julia hubo posado sobre Lucas y que ahora resultaba insuficiente.
En su momento, al principio de conoceros, únicamente le habías dicho mi nombre, el maldito nombre, él nunca quiso saber más, y el azar le entregaba a Juan eso, un nombre, un apellido, y tras él, todo el pasado, todo el dolor. Y no parecía suficiente, porque se cebaba con el verbo, con el método a seguir. Se complacía en una venganza injustificable. ¿Por qué ahora descubres que Juan siempre estuvo interesado en saber quién había compartido tu ayer?
—Buscaremos la forma de crear un acercamiento, imagino que no te importará llamarle, puede resultar muy divertido el contemplaros otra vez sobre la escena. Aunque no me negarás que junto a mí tus aptitudes innatas se han visto notablemente mejoradas. Ardo en deseos de conocerle, de veros en brazos el uno del otro, y por supuesto, de todo lo demás, del día en que tengas que entregarte a sus deseos. No podrás evitarlo, son causas mayores, afirman que resulta de total necesidad el captarlo y aunque sabes que difiero de estas maneras de elegir a nuevos adeptos, en esta ocasión no albergo duda alguna. Todo un deleite.
Y la barbilla de Julia temblaba mientras recorrían las calles, y los puños se crispaban causando un dolor que sus palmas heridas no sentían, y la náusea, y el vómito constante de las frases hirientes.
—Es más, estoy tentado de contarles a los otros vuestras andanzas para que sopesen en toda su amplitud esta decisión. ¿Te parece acertado? ¿No contestas Julia?
Otra vez el miedo anidando infecto en la puerta, las ratas royendo el quicio como un taladro viviente mientras el padre ocupa el lecho, le obliga a entregarse a la vergüenza en forma de unas sábanas mojadas.
—No, mejor, si te comprometes a seguir el juego te aseguro que todo quedará entre nosotros, tú, Lucas y yo. —Y la gratuita ironía abofeteándola. —Dicen que tres patas nunca dejan cojo a un banco, vamos a comprobarlo, Julia, te aseguro que la física no suele fallar.
Y el miedo a la tela mojada, el terror a que el pasado pudiese ser motivo de escarnio en las bocas de los demás. No había llegado hasta allí para que ahora todo se disolviera como si nunca hubiese existido, —pensabas—. Otra vez Lucas, rompiendo, rasgando inevitable el entorno. Lo siento Julia.
En el comedor, aquella misma noche, Juan retomó el tema que había estado encharcando sus pensamientos durante todo el día. Ella retiraba los platos donde la cena se hubo quedado aletargada e incompleta, y casi susurrante, la voz imperiosa de él le llegó desde una caricia que remontaba por sus muslos y buscaba sucia las ingles.
—¿Crees que encontrará grata la suavidad de tu cuerpo?
Alzó humillante tus faldas, los platos se precipitaron sobre la alfombra salpicando de guisantes los tobillos, —me decías—, y apreciativa, mirando la carne desnuda como quién en una subasta sopesa el artículo, el objeto de la compra, asintió evaluativo.
—Aún puedes hacer que un hombre se encienda. —Y los dedos traspasaron el liviano tejido da las bragas, buscaron el elástico que se alojaba entre las piernas y evitándolo, se introdujeron deseosos en la hendidura.

Ahora los detalles, crueles. Ahora si recuerdas trocito a trocito, hasta el dolor.

Aquella noche Juan la cabalgó como hacía tiempo no lo hiciera y supo, porque su piel así se lo dijo, que fue realmente Lucas quién la poseyó. A través del cuerpo cansado que sobre ella se debatía exhausto, fueron las caricias del pasado las que le hicieran gemir y fundirse en el desmayo eterno.
Arreglas y deshaces, parcheas en la narración los pedazos que crees me atormenta.

Caminas por un paseo desierto y palpitante abocada en aquella imagen de la fiebre, la oscuridad se reparte a intervalos exactos que algunos faroles parecen querer desmentir. La arena, transportada por el viento, se arremolina en la acera y una soledad intensa se instala cómoda por el lugar. Los cabellos, de manera imperceptible, se humedecen con el vaho graso y sucio que todo lo impregna. Y aquella misma agua desciende herida por tu cara, nubla la mirada con la ociosa presencia de las lágrimas, dictando una resolución que estás dispuesta a llevar hasta sus máximas consecuencias. Esperarás hasta que la angustia levante al cerco que oprime la garganta. Si Lucas no aparece, desistirás de la lucha. —No llego a creerte, ni entonces, ni ahora— Por primera vez tomas una decisión que parece proceder de mi mismo, como si desde la distancia inspirara pasos. Dejar que “esos hilos” jueguen libremente contigo, no resistirse a su suerte. Como aquella arena insistente, como la neblina incorpórea que se materializa por el pelo, te abandonaras al dictado del destino, pasarás a ser víctima o verdugo, más no será tu mano la culpable de la elección.
Retornas cansada y mustia buscando el refugio del coche. Lo más probable era que nuevos hechos estuvieran dislocando en ese mismo instante la locura que parecía esparcirse sin control ni medida. Tendrías que llamar a Juan, mentir un lugar, una excusa que pudiera evitar un número de teléfono que no tenías. No deseabas llamarlo, en ese momento lo que menos querías era escuchar la voz torcida de Juan. Llegaste a la conclusión de que era preferible el desconocimiento, ignorar el avance implacable que se cernía sobre todos ellos, sobre las tres patas de un banco que aún no había sido ensamblado. Si el grupo llegaba a saber que la demora en la integración de Lucas se hubo producido por el interés personal, y que esto, a su vez, había determinado el que éste hubiera podido campar a su antojo sin levantar sospechas, las consecuencias podían ser mortales. Sentiste miedo.
Un repeluzno eriza tus espaldas, sientes sueño y sed, y aquel lugar se debate desierto y despoblado en obligado insomnio. El invierno vacía de vida los rincones del ocio, solamente algunas viviendas, delatadas por la luz que emerge de las ventanas, señalan la distante presencia de los otros, de los que se mantienen dentro del sagrado cauce de lo que llaman normalidad, una ruta que abandonaste tiempo atrás y que nunca volverás a retomar. Miras el reloj que se abraza a la muñeca, el aguardar solitario de centinela comienza a desistir de la espera infructuosa. Deslizas sobre el pecho el frío cinturón de seguridad, un anclaje percute concreto en las sombras, introduces la llave en el mecanismo de arranque y como surgido de la nada la mirada luminosa de un taxi aparta los penachos que la noche imparte. Te mantienes inmóvil con el brazo extendido. El auto avanza lentamente rebasando con pericia los badenes que impiden la velocidad, con pausados movimientos de camello asciende y baja la grupa ante cada obstáculo. Detenido ya, ves como una figura conocida se apea con evidentes signos de cojera, sobre el hombro se le descuelga una bolsa de viaje abultada y maciza, y en la otra mano se adivina un objeto sólido y compacto que transporta mediante un asa. Contemplas un avanzar escorado, el cabello negro y sucio brilla bajo la indiscreción de los faroles, la silueta de Lucas reverbera en las pupilas líquidas de Julia, de ti misma.

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