M. Martínez, narrativa “Dos Mil Veinte, Marzo” 1/2.

Dos mil veinte, marzo… (1/2).

Observaba en silencio, apenas asomado a la esquina del pasillo, temiendo que llegara a darse cuenta de su presencia, un brillo, un leve cambio en la superficie pulida podía delatarle. Jerónimo recordaba como algo lejano el primer momento, el instante en que se percató como eso le observaba, callado, familiar y en apariencia inocente. ¿Quién en su sano juicio dudaría? ¿Cómo llegar a tan terrible verdad? La primera reacción fue la obvia, ir tapando cada uno de esos improvisados portales, cubrirlos con algún material opaco.
Aquella mañana, tras el descubrimiento, comenzó un ejercicio de certero disimulo, sacó varios cubos, paños, la escoba y sobre la mesa del comedor dejó varias bayetas de brillantes colores y el inevitable y grácil plumero. Después abrió las ventanas para que se ventilaran las estancias buscando no observarse a sí mismo reflejado en el vidrio y junto a un balde, puso diferentes botellas de plástico conteniendo productos de limpieza, amoniaco, lejía y un bote en aerosol de limpiacristales. El primer paso estaba dado. Mientras iba componiendo esa liturgia de distribuir los enseres de limpieza por toda la casa hablaba en voz alta, quería confundirle, que ni siquiera llegara a imaginar que él era consciente de lo sucedido. Debía comportarse como si se tratara de un ejercicio de limpieza normal, uno de esos periódicos de cambio de estación y para ello resultaba providencial el fortuito hecho de que hacía apenas unas semanas la primavera había hecho su aparición. No todo estaba en su contra. En el pequeño habitáculo donde se encontraba la lavadora, justo pegado a la pared, conservaba algunas cajas de cartón convenientemente deshechas, aquellos trozos apulgarados por la humedad serían la primera línea de contención. Los sacó como quién abre un tesoro, igual que quién descubre una carta sin abrir de un antiguo amor. También necesitaría cinta adhesiva, en un cajón de la mesa del despacho Jerónimo recordaba haber dejado un rollo utilizado en la última mudanza, caminó decidido hasta la habitación dispuesto a comprobar cuanta cantidad aún conservaba de tan preciado material. Esa fue la primera vez que le miró directo a los ojos, sabía de la necesidad de evitar eso, clavar las pupilas sobre el iris, impedir por todos los medios ese contacto. Andaba distraído y no pudo obviarlo, la luz penetraba en la habitación y resultaba imposible no mirar afuera, pero el postigo se había entornado por la acción indirecta del aíre y una imagen, apenas perceptible, recogió su mirar y le devolvió un rostro idéntico, una mueca de la boca semejante y un rictus, una expresión inequívocamente diferente. Aturdido apresuró el paso, posiblemente le había interpretado ya, sabría de sus intenciones o, cuando menos, sospecharía de su proceder. El mundo debería ser opaco, de ahora en adelante nada debía mostrar reflejo alguno.
Las otras señales, las que en realidad podrían haber sido más evidentes, se sucedieron sin activar alarma alguna en su interior. Tal vez un olvido, una simple coma situada en lugar equivocado, podían pervertir la significancia o la intención verdadera de cualquier texto. El cansancio, la limitación del soporte, todo podía contribuir al error. Hubiera sido más fácil localizar la disonancia en ese medio, un espacio lateral, una entelequia esquiva e imprecisa totalmente insuficiente, pero no, la alarma surgió en los cristales, en una suciedad capaz de reflejarlo todo. Un azogue formado por polvo humedecido y ahora seco, había transformado cada cristal de las ventanas en superficies altamente reflectantes, la luz no entraba por completo y esa claridad, la mezquina y limitada, provocaba reflejos indeseados, proyección de imágenes esquivas y distantes. Tenía que evitar ese hecho, anularlo por completo y continuar la lucha en el otro campo de batalla, ese sutil e inaprensible que flotaba por encima de sus cabezas, las redes sociales, esa intromisión acordada y aceptada fluctuando en el día a día, insertada como un apéndice en las neuronas. La guerra sería larga, pensó, y no estaba seguro de la existencia de suficientes combatientes. ¿Quién iba a escuchar semejante estupidez? Incluso cuando pensaba en ello, a solas, le resultaba increíble, una locura pasajera provocada por el encierro, por tantos días de aislamiento continuado. Cuando la moral se enquistaba en esos pensamientos derrotistas, previsor y consciente, optaba por recluirse en el dormitorio, el único lugar en toda la casa que contaba con contraventanas de madera, allí cerraba los ojos sobre la cama y en oscura soledad se entregaba al sueño.
Recordaba toda su filosofía sobre la existencia, las creencias que siempre le habían mantenido a flote, tanto económica como moralmente, y su conclusión era unánime, ese pequeño asesino, el transformador indirecto de consciencias no le cambiaría, a él no. Aquello era una guerra y no estaba dispuesto a perderla.

Despertar era doloroso, sus mensajes, aquellos lanzados a través de las redes, velados, tanteando posibilidades, buscando congéneres despiertos, resultaban ineficaces. La red virtual no era capaz de atrapar pez alguno, no lograba sentir en la textura del imaginario sedal los tirones que anunciaba que alguien, en la distancia, había mordido el anzuelo, comprendido lo que en realidad estaba sucediendo. Recordó, en mitad del indolente desespero que, en algún lugar de la casa guardaba unas gafas de lentes espejadas, la protección más segura y eficaz. Aquella labor, la búsqueda de los anteojos, le llevó un buen rato, necesitó revolver concienzudamente cajones, estantes y anaqueles para dar con ellas. Pero al fin las tenías en su poder cubiertas de un polvo adherente. A pesar de hallarse ennegrecidas y pegajosas por el transcurrir de los años, le parecieron el bien más preciado. Tras desinfectarlas con amoniaco y arrancar la suciedad pegada, se las colocó triunfal y victorioso. Su equipo de protección comenzaba a edificarse. La nueva adquisición le permitió comenzar a colocar las planchas de cartón sobre las ventanas sin temor alguno. La luz natural se vería expulsada de su existencia, esa oscuridad le permitiría poder moverse por la casa con mayor soltura, sin temor a que un reflejo involuntario de los cristales le devolviera, aunque de forma lateral y esquiva, la visión de ese ser, ese personaje suplantador de su propia existencia, el ente que intentaba expulsarle de la propia vida.

Apenas había comenzado afuera la tarde a imponerse y ya todas las ventanas de la vivienda se encontraban convenientemente selladas por las planchas de cartón. En un primer momento temió no contar con los suficientes paneles, pero la fortuna le sonrió y esa azarosa coincidencia le hizo creer que resultaba posible vencer a ese perverso homúnculo. Eufórico y envalentonado corrió por el pasillo gritando palabras sin sentido, frases inconexas e invictas.
En su interior, Jerónimo, llegó a considerar el descubrimiento, sutil y simple, de cubrir los vidrios de las ventanas, como algo que debía ser comunicado al resto de los humanos. Después de comer directamente de una lata de carne, no se molestó en calentarla, lanzó a través de las redes su logrado triunfo, detalló concienzudamente la forma de proceder y recomendó, a todos aquellos que aún conservaran unas gafas espejadas, su eficaz utilización. Una vez hubo compuesto la “entrada” la lanzó a todas las redes en las que participaba, esperaba que de un momento a otro la recomendación cosechara cientos, o tal vez miles de agradecimientos en forma de “me gusta”. Jerónimo era consciente de que no contaba con muchas reservas de cerveza en la alacena, pero esa circunstancia, el descubrimiento, bien merecía abrir un botellín para celebrarlo. Se dirigió confiado a la cocina, mientras recorría el pasillo, ya sin las gafas, iba mirando desafiante lo que antes fueron entradas de luz exterior, esas mismas ventanas por donde la vida entraba y la suya propia se asomaba pletórica y satisfecha no hacía tanto tiempo. El sacrificio merecía la pena, pensaba mientras sus pasos, casi bailarines, se deslizaban por el pasillo.
Buscó el abridor en un cajón y alargó el brazo para coger un vaso, uno de aquellos destinados a contener, por su forma y diseño, una de esas cervezas especiales. Fue entonces cuando algo terrible y traicionero sucedió, el recipiente, alargado y ensanchado en su embocadura, de cristal grueso y consistente, reflejó en el limpio vidrio el rostro evitado, sonreía, le miraba ansioso y relajado. El monstruo había encontrado una forma sutil, sibilina, de volver a penetrar en su vida. El ser se encontraba dentro de la casa, invadía e infestaba todos los rincones. Abandonó la cocina con paso ligero y buscó en el salón las gafas, tenía que deshacerse de todo el vidrio, vasos, botellas, envases, todo aquello que fuese capaz de reflejar la imagen de esa aberración, ese rostro cambiado, dispuesto a traicionar sus más altas convicciones por el simple hecho de hallarse frente a una situación pasajera y temporal. El mal retrocedería, la ciencia se encargaría de ello y nada obligaría a cambiar los preceptos definitorios de la sociedad en la que vivía. No existía ninguna razón para ello, pensaba confiado. Jerónimo preparó una vieja maleta que tenía olvidada sobre un altillo y recorriendo una tras otra las habitaciones, fue introduciendo en su interior todo aquello capaz de producir reflejo, por muy etéreo o sutil que éste fuera. Cuando la noche fue sembrando turbideces por las calles, la maleta, apoyada junto a la puerta principal, era una alimaña extraña de abultado vientre. Un animal mitológico agonizante, envenenado por haber tragado todos los pequeños portales que en su vivienda existían. Debía advertir a la humanidad de esa meliflua manera de proceder del ente, de los seres que poblaban las zonas oscuras de la existencia. Nuevamente preparó una “entrada” para distribuirla por todas las redes, advertiría, como ya hiciere antes, del peligro que suponía tener envases u enseres de vidrio en las viviendas. El “Depurador” utilizaría cualquier medio para invadir todo lugar, toda mente.
Sentado en el salón, con el portátil desplegado sobre las piernas, consultó el efecto que había causado su anterior entrada. La decepción fue absoluta, apenas le habían visitado media docena de personas y dos de ellas, en los comentarios, le tachaban de imbécil y lunático. Otra creía ver en su narración una fábula, un cuento sobre el aislamiento del individuo en el sistema capitalista. Nada más lejos de su intención. Miró al techo consternado y sus pupilas se clavaron sobre las bombillas que iluminaba la estancia. Desde esa distancia resultaba imposible ver reflejo alguno de su imagen, pero era evidente que ese hecho se estaba produciendo, diminuto, insignificante, suficiente como para seguir siendo espiado por el suplantador. Se colocó las gafas y trajo del cuarto de la lavadora la escalera plegable, con las lentes puesta y la cara vuelta a la pared fue tanteando hasta dar, una tras otra, con todas las lámparas. Recorrería la casa entera desenroscando las bombillas e irían a engrosa el vientre abotargado de la oronda maleta. No estaba dispuesto a rendirse.
Media hora después la vivienda toda se encontraba en la más profunda oscuridad, chasqueando el mechero para guiarse entre las tinieblas, buscó las velas que tenía almacenadas en una alacena. De ahora en adelante esa sería la única fuente de luz posible, debía racionarlas para no quedarse sin esa posibilidad de iluminar las sombras A la llegada de la siguiente mañana compondría una estricta distribución de las horas del día y de las labores a realizar, la noche debía dedicarla tan solo al descanso. Cualquier actividad nocturna supondría un consumo de velas insostenible, debía reformular la vida por completo, la suya, lo que el resto hiciese, después del pobre resultado obtenido en las redes sociales, comenzaba a no importarle nada. Tanteando mobiliario y paredes se dirigió al dormitorio, necesitaba descansar, desconectar de la realidad prisionera en la que se encontraba. No estaba dispuesto a rendirse. Ahora tocaba dormir, deseó con todas sus fuerzas poder soñar esa noche y que cuando el despertador indicara la llegada de una nueva jornada, recordarlo todo por completo. Soñar era la única forma de escapar del aborrecible ente y sus insidiosas proclamas. Los débiles se afanaban por igualar a la sociedad a la baja siempre que encontraban una oportunidad para ello. Jerónimo imaginaba un mundo así y se sentía morir, siempre había defendido la iniciativa individual como única manera de alcanzar un progreso ilimitado. Esos que argumentaban el final que la propia naturaleza ponía al avance productivo, olvidaban todo el esfuerzo realizado por incontables generaciones, el sacrificio anónimo llevado a cabo por mentes preclaras. Los “Depuradores” no iban a ser, en esta ocasión, la excusa. Lucharía y la razón, evidentemente de su lado, el materialismo científico, serían sus adalides. Cerró los ojos y cayó cansado por un profundo abismo.

La mañana, después de una noche de sueños pesados y gelatinosos de los que no guardaba recuerdo alguno, la ocupó volviendo a repasar el inventario de alimentos, pese a haber acumulado gran cantidad de latas de todo tipo, tarde o temprano éstas terminarían por acabarse. Debía restringir aún más el consumo de víveres, calibrar científicamente la energía que precisaba para una jornada completa y amoldarse a esos datos. Salir a la calle para reabastecerse era algo para lo que no estaba preparado, los escaparates, las superficies metálicas de los autos, el mármol, todo aquello capaz de reflejar una imagen, de ser un portal por el que ese ser pudiera colarse en su mente y suplantarle, eran un peligro del cual resultaba difícil escapar. Temía el reencuentro con el resto de la humanidad, aquellos brillos que pudieran emitir accidentalmente sus gafas, los teléfonos móviles, cualquier objeto por minúsculo que fuese era capaz de permitir el acceso del “Depurador”, no podía caer en ese error.

El siguiente paso en esa ascensión personal al territorio de la realidad fue dejar de escuchar los informativos. La radio enmudecida, el televisor apagado y cubierto por una manta. Conocía sin dudar, y aquel que lo ignorase a su entender era un completo imbécil, como los grandes trust de la información estaban al servicio de las corporaciones económicas a las que representaban y de las que cobraban. Los comunicadores oficiales, esos pervertidores, lanzaban las consignas indicadas sin sentir el más mínimo atisbo de pudor. Patéticos pusilánimes obedientes y convenientemente alquilados, mientras sus egos eran engordados con la propia bazofia autoeditada. Eran celebres eunucos que ganaban premios otorgados por editoriales, certámenes, o asociaciones, financiadas por el mismo grupo económico al que pertenecían. Jugaban siempre en casa y con el árbitro comprado. El “Depurador” tenía en aquellos esperpénticos seres los mejores aliados posibles. Intentaría, decidió, pese al peligro evidente que ello conllevaba, buscar en las redes información veraz, sería sesgada, lateral y atomizada, él mismo la compilaría después y sacaría sus propias conclusiones, el análisis personal. Cualquier cosa era mejor que las falacias escupidas por los voceros del sistema. Esos pervertidores de la realidad mantenían el ficticio juego de la alternancia del poder. El poder siempre era el mismo, lo único que cambiaba era el traje, las formas y el vocabulario. Para perpetuarse era capaz de traicionar a sus hijos. Jerónimo, en lo más profundo de su alma, se sentía así, traicionado por los que creyó eran los suyos. Ahora estaba solo. Masticando esos pensamientos fue revisando la alacena donde almacenaba los alimentos enlatados, pese a las medidas de racionamiento adoptadas las reservas se encontraban bastante mermadas. En pocos días se vería obligado a salir a la calle, llevaba cerca de dos meses confinado y esa posibilidad, abandonar momentáneamente el domicilio, le provocaba una desazón indescriptible. Tembloroso empezó a confeccionar una lista de productos alimentarios básicos, prefería comenzar a elaborarla con suficiente antelación, siempre había vituallas que se escurrían del recuerdo y cuya aparición coincidía, inevitablemente con el regreso del supermercado. Aún podría aguantar recluido unos tres o cuatro días antes de tener que salir a la calle, los dedicaría a descansar y mentalizarse, le resultaba preciso encontrar el equilibrio emocional suficiente para no entrar en pánico.

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