Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Cartel de Cerrado 1/2.

Capítulo Dieciséis.

CARTEL DE CERRADO 1/2.

Una confusa y cristalina melodía enmudece ahogada dentro de la librería asfixiante, Juan se incorpora y sin molestarse tan siquiera en contestar al saludo gira el letrero que pende adherido del vidrio permutando un franco e invitador “abierto” por un censurable y exclusivista “cerrado”. Después, en una acción espectacularmente unívoca, bloquea desde dentro el cierre de la puerta y deja caer la persiana que permite la visión alentadora del exterior. Una penumbra se reparte por el escritorio confundiendo los objetos, una neblina artificial y reservada que parece solidificarse invade estantes y repisas. Julia permanece de pie, su rostro de espectadora tiene bosquejada la alarma de las primeras horas, la llamada telefónica que formula la terrible cuestión y que, casi a rastras, la ha dejado allí, en medio del local, esperando una sentencia que no tardará en llegar. Con cauta sobriedad Juan pronuncia las pocas palabras que ella no hubiera deseado nunca escuchar, las que temió antes aún de ser formuladas y que, en el fondo, siempre esperó confiada en que el destino las alejara por otros rumbos.
Eso me dijiste frente a la mar, y ahora, así lo recuerdo.
—Lucas está enterado de todo.
No cabe la sorpresa, con los ojos cerrados dejas que la linfa fría de los verbos recorra el cuerpo, lo inevitable te sitúa en una zona inquietante donde los actos pueden ser definidos, analizados por una mente acostumbrada a las cruentas disecciones. Las preguntas sobran, pero el silencio es un glaucoma cuya persistencia se hace insoportable.
Decías de tus sensaciones, de lo terrible que resultaba la figura encorvada de Juan, y no es que no lo crea.
—¿Cómo ha sido? ¿Qué es lo que ha sucedido para que llegara a enterarse? —Sin quererlo comenzasteis a introduciros en la zona donde el intercambio no es otra cosa que un golpear recíproco de reproches. Quedasteis enmudecidos. Desde la calle alguien zarandea la puerta con persistencia, callados, con la alerta agrandando los rasgos, comprobáis que el desconocido cesa en el empeño y como un alborotado polvo que recobra su tendencia a lo extático, retornáis al afán de la desovillada mañana.
Me hablaste de la puerta, debió ser un latir de corazones, un pálpito desgarrador y sórdido.
—El idiota de tu amigo se coló en la venta, y por supuesto fue descubierto. No sé qué demonios hacía allí, la cuestión es que estuvo dentro, ¿entiendes?, dentro. Golpea la mesa del escritorio y suplica con los ojos que le socorra el entendimiento.
La aparente frialdad se ve traicionada por un incontenible temblor que las manos evidencian, nunca antes ella le había visto en semejante estado de abatimiento temeroso.
¿Era temor Julia? O el odio, siempre el odio que despiertas.
—Juan, no creo que Lucas actuara con premeditación, nunca lo hizo así, ni siquiera en aquello que realmente le importaba. Únicamente puedo imaginar coincidencias, estúpidas casualidades, vete a saber el porqué.
El librero clava con alfileres la cólera en la piel de ella, sus vidriados ojos permiten a la mano que descargue un nuevo golpe de impotencia sobre la mesa, un florero derrama el contenido con un respingo hiposo que nadie intenta remediar, el líquido gotea hasta encontrar la paz de un suelo pisoteado y sin fregar.
Detalles, la puerta, el florero que cae desprevenido, un suelo sucio, —dices—, sin fregar.
—¡Mierda, Julia!, deja de justificarlo. ¿Qué coño hacía allí si no? Nadie se mete en camisas de once varas sin buscar algo concreto, además, ¿ya que importa el motivo? Estaba Raquel, no sé si eso te dice algo. Era su primer día y todo el trabajo se fue a tomar por el culo en un momento. —Un expectante paréntesis se produce antes de que Juan deje caer las mugrientas palabras. Trapos de cocina con los que recoger suciedades. —Tienes que encontrarlo Julia, traerlo para que entienda, para que no se nos vaya de las manos y líe un numerito de difícil solución. Dale lo que quiera, lo que desee. Tú puedes lograrlo.
El veneno se columpia por todo el local, el desprecio se ajusta con total armonía a las frases y la hora del corrosivo fraternal se inaugura. Ella le mira con lástima, su arma más hiriente, y a la que Juan no sobrevive ileso, un cortante filo que le desgarra los finos tejidos del alma. Puñalada medida y justa, precisión envidiable de carnicero.
¿Puedes lograrlo? Querías que creyera que todo era normal, sueñas Julia, tú sueñas despierta y no puedo borrar la imagen de ese momento. Hablabas, intentabas que creyera en ti.
—Pero ¿qué temes? ¿No querías que participara, que se incluyera en los juegos? Sólo se ha adelantado a la preparación, Además, ¿de quién fue la idea? Te gustó tanto, te pareció tan divertido y sugerente jugar un poco con el dolor: —”Un poco más”—, reclamabas, —”aún no es suficiente”— ¿Recuerdas? ¿No era yo Eva? Esa manzana que según decías debía arrancarle del edén y dejarlo ante el exilio de su propia consciencia. Y tú, ¿no eras la serpiente tentadora e insinuante que prometías los goces del raciocinio? Juan, la amargura es contagiosa, no pretendas hacerme única responsable de lo que en realidad son tus personales pesadillas. —Recuperado de aquellas dentelladas construye un simulacro de gesto que pretende hacer pasar por una sonrisa, retomado el dolor blande el aire buscando la herida mortal en su contrincante.
Buscas excusas, me hablabas de tus respuestas, de la serpiente en que de pronto se había convertido Juan, aún no habías explicado el papel que te destinaron. ¿Mientes?
—No resultó ser precisamente una carga, te costó muy poco colaborar en lo que llamas un juego, más bien opino que nunca te prestaste a una seducción con mayor fervor, con una dedicación tan exclusiva. Podría haber sentido hasta celos, pero ya sé cómo eres y cómo te las gastas. Pobre Julia, tan indefensa, tan castigada, siempre lloriqueando un orgasmo más, un éxtasis redentor más. —Ella le mira desde detrás de sus propios pensamientos, como quién de pronto descubre a un desconocido en la persona que compartió mesa y lecho.
—Te equivocas, lo que tu contemplaste fue la parodia, el entreacto que precisas para el deleite. Nuestro encuentro no tuvo testigos ni cómplices, de ese otro día nada sabes. —Mira al suelo dudando, después retoma la frase. —Si, me entregué con el alma, como nunca lo hube hecho con nadie, ni siquiera llegué a entregarme de esa firme manera cuando vivía con él, pero ya ves, no precisé de artilugios, no utilicé drogas que exaltasen sus sentidos. Era una deuda recíproca, nos debíamos un goce sin escenario, una batalla sin heridos ni víctimas. En el fondo sé que no estoy tan muerta como tú mismo quisieras. Me das lástima, tanta bambalina, tanto efecto de luces para justificar tu incapacidad. Necesitaste emborracharlo aquella noche para entregarme a su deseo, fue preciso que le vieras excitado para lograr tomarme y así satisfacer tu constante impotencia. ¿No te resulta altamente grotesco? Me has necesitado siempre, el placer llega a tu cuerpo a través del mío, cuando me ofreces a la lascivia de los otros, es a ti mismo a quién ofreces. Justifícate, cuéntame aquello del lado femenino que todos los hombres poseen. He llegado a pensar que tu natural inclinación es otra, que en el fondo eres un vulgar… Esto fue reiterado en otro momento, Julia, tus verdades se despliegan troceadas, nunca completas. Falta espacio, se achica el aire en los pulmones, mentira parcial, obviar el pequeño detalle. Ahora recuerdo sentado en tu coche, al filo de un precipicio, justo en el primer paso. Miro y evoco.
Contraído y encorvado medita el método de zaherirla de una vez por todas. El ataque ha abierto una brecha a la duda y por sus resquicios se destilan pensamientos ladeados, Lucas y ella se habían encontrado a sus espaldas, sin el acicate del engaño y se lo había estado ocultando de una manera premeditada. Tomaría medidas a su debido tiempo, primero lo prioritario, encontrar a Lucas. Si, tomaría medidas drásticas, Julia le pertenecía, era parte de los privilegios del que guía y señala la senda.
—Ocho u ocho y media— Dices que hablaste, que le contaste todo lo que embarraba al recuerdo. El sueño, la ginebra, eso tú nunca lo sabrás. Le imagino codicioso. ¡Puta de mierda!
—Esto se nos ha ido de cualquier control. —Retoma su carisma neutro, el relajo pretende anticiparse a los pensamientos que ella pueda estar construyendo, debe alejarla de sus propias ideas y hacerle creer que él tira la toalla, que las disputas son sólo eso, pequeños disparates que los nervios aclaman sin control. —He cambiado de opinión, debes desvincularte de Lucas, los otros no están informados de tu antigua relación con él, mentimos, lo recuerdas, ¿no? Decidimos su captación y nos dedicamos a nuestros propios placeres, obviamos el interés colectivo y abogamos por nosotros mismos. Hicimos bien en no poner al corriente a Samuel de vuestra anterior convivencia, ahora nos arrepentiríamos de una cosa más.
El giro que imprime Juan a la diatriba produce en Julia un sentimiento de máxima alerta, ve en sus maneras algún fin alevoso, pero el destino de Lucas sigue preocupándola, tiene que saber de él.
—¿Y después qué? ¿qué pensáis hacer, integrarlo en la familia como un miembro glorioso?
¿Cómo pudiste traicionarme, traicionarnos? Lloriqueabas excusas sin sentido, miedos absortos, salidas increíbles. Mientes y mentirás, pero yo arrancaré la verdad de tu alma.
El librero percibe la angustia mal reprimida en las preguntas de ella. Un gorgojo pegajoso, una herida viva que palpita recordando los años en que la soledad, única consejera, le llegó a mostrar el futuro como una tierra inhóspita donde la muerte era la única solución aceptable. Se paseó alucinado por las orillas donde las parcas tejen incansables la desesperanza, y cuando parecía que estaba dispuesto a entregarse a tan amorosos brazos, Julia apareció en sus días portando la esperanza, esa delicada gracia que de alguna forma le devolvió la alegría e hizo que los cansinos pasos volviesen a redimir el camino, y poco a poco sin apenas darse cuenta, resucitó una mañana de entre los muertos. Pero ahora eso daba igual, no puede concebir sentimientos de piedad, eso siempre es el comienzo de la derrota, esta vez no permitiría que el destino se entrometiera volviendo a jugarle una mala pasada.
El conocimiento ilumina, Julia, veo más allá de tus palabras, supe del puerto de las grúas silenciosas. Me habló de su hija, ¿lo sabes? y después la ginebra, el teléfono que me arrastraba hasta la cálida inercia de tu voz.
Los espectros del miedo incondicional le asaltan la razón, Julia necesita un lugar abierto donde respirar y tomar decisiones. Juan por su parte continúa teorizando sobre el desastre.
—Hoy he registrado su casa, tomé la llave que tú conservabas, nunca se sabe cuándo un fetiche puede llegar a ser útil. Por supuesto no he encontrado nada, es astuto y no se va a permitir dejar rastros evidentes en su propio domicilio. Únicamente me he incautado de algunos folios mecanografiados que tenía en el dormitorio, parece un relato, un cuento inconcluso.e, esa rendición que de antemano puse a tu disposición, y que tú, salvaje y traidora, distes en conocimiento y depósito. ¿Qué no habrás dicho de lo nuestro? Expoliado en el pasado, abolido en este presente en que decido ir a tu encuentro. Espera, Julia, esta vez seré silencioso como la muerte.

—Algo me dice que Lucas está relacionado con la captación de Raquel, ya sabes quién es su padre.
—Pero fuimos nosotros, Juan, nosotros le trajimos.
Solano medita en silencio, parece trazar lineas invisibles donde plasma teorías y realidades.
—Si, Julia, pero fue él el que apareció por la venta por vez primera. Nunca había nadie entre semana y aquel día estaban Francisca Tomé y su hijo, una casualidad demasiado dura. Charla con ese demente y éste nos habla de Lucas, de su atractivo, de la predisposición que advierte en sus ojos, del desespero. —Ella le interrumpe y alega lo fortuito, lo aleatorio.
—Pero eso no es imputable a él, seguimos siendo nosotros los que le buscamos. —Juan resopla contrariado.
—Podía saber, Julia, la sobrina de Francisco Tomé pudo advertirle, mostrarle la forma de resultar atrayente a ese maricón de mierda. Si no dependiéramos tanto de ese maldito hombre. —Queda una vez más en silencio, sopesa, mide.
Ahora no importa y lo sabes, Ana era una posibilidad, los sueños, la mierda que todo lo envolvía. Qué más da.
—Siempre he sospechada que algo ocultáis, que un miedo os hace seguir los dictados de Francisco Tomé.
—No quieras saber lo que podría matarte. —Sentencia el librero,
El despojo, con negra ala, se posa sobre la confusión, ella se permite dudar sobre las verdaderas intenciones de Lucas, a estas horas bien podía estar riéndose. ¿Cómo fue tan estúpida?, consiguió confundirla con la aparente amabilidad, con aquel continuo interés. Representó con auténtica maestría el papel del obseso enamorado, de platónico buscador de imposibles, y como una mosca, atrapada por invisible red, había quedado embalsamada, succionada hasta quedar seca y hueca.
¿Cómo dudabas? ¿Cómo podías permitirte el poner en entre dicho mis afanes? ¿Tú estúpida…? Estúpido el andar, los pasos que repercutían en el suelo, estúpido mi amor.
Se siente traicionada, nunca percibió el verdadero valor del engaño y la desazón irredenta que su zarpa regala. Apesadumbrada, disimulando la agonía que intenta tragar poco a poco, Julia habla.
—Tienes razón, es mejor que esto lo solventes tú. Voy a desaparecer por un tiempo. Cuando todo se calme regresaré, buscaré hospedaje en algún hotel, desde allí te llamaré a la librería, pienso que debemos evitar hablar desde la casa. Diles a los otros algo, cualquier excusa.
Se miran intentando reconocerse en el otro, desisten del arrobo, del buscar el hombro, antes amigo, donde recapitular mentiras y soledades. No hay despedidas, ambos se separan albergando un sueño distinto.
Confusa y cristalina la melodía queda prendida por los cabellos cuando rebasas la puerta, el torrente sonoro que te aguarda afuera toma con oprimente brazo. No deja de ser una mañana demasiado soleada, —piensas—, tanta luz aturde los sentidos. En el recuerdo las palabras de Juan planean como impenetrables sombras impunes. En otro tiempo pudo ser el fingimiento, ¿pero ante quién?, aún persiste la sensación de levedad que te ganó en aquel hostal olvidado. Por vez primera accediste al goce carnal con Lucas sin necesidad de configurar una mascarada en la entrega, sin el patético prevalecer de los recuerdos enterrados. Con el desvanecimiento de la consciencia probaste los néctares de la bendita tierra, fuiste labranza horadada en un desdoro pletórico de anhelos, fuimos un desmayo al unísono. Entregados a la grata merced del otro nos confundimos para encontrarnos en cada contracción que el cuerpo dispendiaba, fue la siembra, el rito ancestral de la fertilidad y la agricultura. Ahora caminas ajena a una muchedumbre que parece correr hacia ningún lugar, desconfías de Juan, de Lucas, puedes comprender la avaricia, el deseo por atesorarte y permitirte, de vez en cuando, el devaneo que reporta algún posible usufructo. Te sientes como una bastedad que fuese recorrida por ignorantes peregrinos, más atraídos por las luciérnagas que confunden la noche que por el propio recorrido, En ti, y lo sabes, puede residir el verdadero poder de los “hilos” de Lucas, desde el logro de tu alma se alcanza la absoluta consciencia, Juan a veces parece sospecharlo, pero yo, Lucas, nunca quise darme por enterado. No preparas equipaje alguno, te limitas a llenar el depósito del automóvil y enfilar la carretera de la costa. Miras constantemente el retrovisor, —me dices, no quieres que nadie siga tu andar, si eres un cebo prefieres tener constancia de ello. Un presentimiento te encamina hacia el lugar en el que puedo encontrarme refugiado. Aquel mismo sitio fue retiro en numerosas ocasiones, cuando el tedio y la locura me invadían solía enclaustrarme en aquel apartamento, pasaba días y días paseando la ansiedad junto a la mar. En alguna ocasión compartiste conmigo aquellos momentos de esparcimiento privado, sobre todo al principio, cuando aún nos entregábamos por completo al hechizo de la desposesión mutua y todo resultaba prescindible menos nuestros definidos y táctiles continentes. Después comencé a frecuentar aquel apartado espacio solo, buscaba, como siempre, algo que había olvidado y que posiblemente se encontraba cercano y no sentido.

Libros (5)

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