Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjeta en la Manga.

Capítulo Quince.

TARJETA EN LA MANGA.

Me despierto hundido en el sosiego calmo de un cubo irregular, blanquiazulado, que sirve de dormitorio a Ana. Por el único orificio abierto al exterior llegan los sonidos mutilados de la laboriosidad rural. Un verderón se desgañita dentro de una escueta jaula, saltando en su interior comparte la frontera incierta del alféizar de la ventana. La realidad de la jornada anterior se evidencia por los moratones que salpican toda mi anatomía, la frente requema presa de cristales rotos y recuerdos de confabulaciones sagradas. Me siento contagiado por el sosiego que miméticamente me amolda a este dulce lugar. La casa permanece muda, desde la planta baja no llega el más ínfimo sonido que denote la presencia de alguien. Me encuentro solo, como un trágico judas de aldea, frente a una furia desconocida que intenta dar conmigo. Deseo por vez primera que nada de todo esto esté pasando, una pasión desmedida e insensata arrastra todos y cada uno de mis actos, una manera fortuita de situarme en el lugar equivocado, descubrir por accidente unos hechos inexplicables y de difíciles consecuencias. Aquel lugar se centra sobre mi vida como una borrasca aciaga y torturante, nunca hubiese pensado que mis baldías invocaciones llegaran a materializarse y tomado tanta fuerza. Desataran el océano atroz de las coincidencias, o como prefiero nombrarlo a veces, “aquellos hilos” que hacen legible el caos. Un paso que antecede al movimiento incierto, un ligero cambio de hábitat, unas palabras dichas con intrascendente ímpetu, y aquel conglomerado hete-rogéneo se disuelve en una pasta capaz de aglutinar todos los elementos.
Escucho el desgarrador hurgar de una llave en la cerradura, la silueta de una mujer se impresiona por unos instantes sobre la pared de la escalera, una forma ligera y menuda que se alarga para eclipsarse con un suave portazo. Como si emergiera de un mundo subterráneo, Ana aparece subiendo los escalones, sus movimientos naturales condensan algo de silvestre, el talle se cimbrea en el gesto de sentarse sobre una esquina de la cama. Advierto la profundidad que en sus ojos mora y aquella dulzura que ya había constatado, esas gotas de melaza que la dulcifican, incluso, cuando su rostro pretende arroparse en una seriedad exclusiva y excluyente. La tez de aceitunas pregunta con gesto y palabra.
—¿Cómo se encuentra? —No puedo contestar con la sencillez que hubiera deseado, necesito de la imprecisión esquiva para poder informarle de mi estado real.
—Me duele todo. —Se le azucaran los labios en una triste sonrisa.
Apoya el cuerpo sobre la colcha, dibuja con el dedo índice el estampado borroso que el tejido presenta, como si con su insistencia quisiera resaltarlo.
—Creo que debo ponerle al corriente de todo lo sucedido desde que empotró su vehículo en la acera. —Me siento descorazonado.
—¿Causé muchos daños? —No me contesta, alza las cejas como única respuesta, prosigue relatando la fiel crónica del siniestro.
—Veinte o treinta minutos después del accidente se personó en el lugar la guardia civil, posiblemente alertada por algún vecino. Pudo ocurrir que la presencia de los uniformes disgustara a sus amigos y que en ese instante los perseguidores decidieran quitarse de en medio, esto es sólo una posibilidad. La cuestión es que allí no había nadie. —Teoría bastante acertada, pienso. —Parece ser que los agentes le estuvieron buscando sin resultados, incluso recorrieron un tramo de la carretera, por si aturdido deambulaba por ella sin rumbo. Esta misma mañana retiraron los restos del coche, se encuentran en un taller del pueblo. Temprano me personé en las dependencias de la guardia civil, Les conté una historia falsa, por supuesto. Quiero reiterársela antes de que usted hable con ellos. No parece que alberguen ningún tipo de sospecha extraña, de todas maneras, antes de las seis de esta tarde, deberá hacer acto de presencia ante el sargento y corroborar lo que yo les he contado. Tienen su carné de identidad, me tomé la libertad de cogerlo de la cartera, necesitaba conocer al menos su nombre.
Aquellas últimas palabras parecen alentar el despecho, como si quisiera que el reproche me recordara mi atentado contra las más mínimas normas de la cortesía. Deja fluir un tono hiriente.
—Les conté que usted viene desde la ciudad a verme a menudo, que no es la primera vez que me visita y que si su presencia, hasta ahora, había pasado inadvertida, se debía a que por razones obvias no tenía más remedio que hacerlo de noche. Como puede imaginar esto última les resultó totalmente congruente. Las personas somos propensas a pesar mal del prójimo, como ve no resulta difícil que sus propias maldades sirvan para rellenar los huecos que calenturientas mentes crean.
Me sorprende su viva inteligencia y, a la vez, el desinteresado empeño que le lleva a mentir de una manera tan comprometida. Desde este día sus afirmaciones la marcarán directamente, será a los ojos de todos una alegre viuda cuyo amante se oculta en las sombras de la noche para motivar el encuentro. Mi presencia puede llegar a ser muy popular en este villorrio.
—Respecto a lo del coche, les expliqué que subiendo ya había notado ciertos fallos en la dirección, y que al entrar en la calle no le respondió con la celeridad de costumbre, por otra parte esa esquina es bastante angulosa, no es usted el primero que obliga a ejecutar reformas al ayuntamiento. Tras el choque y el golpe que se dio en la cabeza, preso de confusión y aturdimiento, únicamente se le ocurrió llegar hasta la casa. Luego fui yo misma quien le impidió regresar al lugar del siniestro, se encontraba muy maltrecho, el miedo al escándalo se apoderó de mí, este particular lo entendieron sin ningún género de dudas. Esta mañana redactaron un informe con lo que le he relatado y me pidieron que se personara para corroborar los hechos y para agregar algunos datos más También me indicaron que tendría que ponerse en contacto con su compañía de seguros para cubrir los daños de la acera y del mobiliario urbano afectado.
La inocencia con que expresa el falso relato es inversamente proporcional a la seriedad que invierte en contarlo. Sencillamente genial. Quedo profundamente maravillado del poder de fabulación y de su falta de escrúpulos al implicarse tan directamente en unos hechos que le reportarán crueles murmuraciones y maledicencias.
—No puedo por menos que estarle agradecido, nunca hubiese imaginado que fuese capaz de solventar usted sola todo este estropicio. Querría agradecérselo de algún modo, si eso está en mi mano.
Queda pensativa ante mi oferta. La frágil Ana posee otras virtudes o defectos, según se mire, y parece que la curiosidad es uno de ellos. Sin el menor asomo de pudor encaja una pregunta sencilla y directa.
—Lo único que deseo es que me relate lo que le ha sucedido, algo me dice que tiene que ver con la venta de mi tío, Paco “El Pelao”, y hablar de ese lugar es hablar de lo que pudo ocurrirle a mi marido.
La mención de su esposo no va acompañada de ningún gesto de pesar, parece tratarse de un empeño personal, de una obsesión por personificar el fracaso dotándolo de cuerpo, aunque este sea el de un edificio tétrico y sombrío. No me parece una buena idea el informarle de un episodio vergonzoso que solamente importa a sus sorprendidos ejecutantes.
—Mire, Ana, creo que es mejor que se mantenga al margen, lo sucedido anoche rebasa con creces cualquier sentido de la normalidad. No sé muy bien su alcance, lo único que advierto es que anoche alguien se sintió muy ofendido y me persiguió hasta su casa, sin tan siquiera saber que gravedad conllevan sus intenciones. Créame, es preferible que no le cuente nada. —Mis palabras crean un efecto contrario en su persona, la invitan a querer saber con mayor vehemencia.
—Lucas…, porque ese es su nombre, ¿no? —Asiento recordando que pese al reproche no me he dignado a presentarme, pero ya resulta impropio e innecesario. —¿Cree acaso que no me encuentro en peligro? ¿Que el hecho de haberle prestado ayuda y socorro no me coloca en una situación embarazosa? Cuando usted se vaya querrán saber, vendrán con sus preguntas y quiero conocer a qué, a quienes, me enfrento. —Su implicación me resulta molesta, pero sigo sin tener clara la necesidad de que ella esté totalmente informada. Insiste en sus argumentos mientras me debato en un soliloquio de pros y contras. —Si se trata de algo peligroso debería advertírmelo, usted se encuentra refugiado en mi casa, en cuanto corra la voz de que tengo un amante no será difícil que alguien, con preguntas veladas, dé con este sitio. ¿Y entonces qué? ¿Qué podré hacer?
En sus palabras hay algo opresivo y pastoso. La utilización del término “amante” suena grata en mis oídos, yo el amante de Ana, no deja de ser algo deseable, aunque por ahora resulte lejano y sin posibles.
—Tiene razón. —Admito a mi pesar. —No le voy a detallar concienzudamente qué es lo que ocurrió anoche en la venta de su tío, pero si debo advertirle de que puede traer consecuencias no deseadas. Si tiene algún familiar fuera del pueblo le aconsejaría que se fuese a pasar unos días con él, cuando todo vuelva a la normalidad regrese.
Ana me mira con extrema atención, su seguridad va cediendo gradualmente, al final de mi advertencia es el miedo quién festonea la apariencia frágil y menuda. Los ojos se le vuelven vulnerables y profundos, su mente parece concebir maquinal algo premeditado.
—Lucas, en ese armario hay ropa de mi marido, úsela, intente componerse, su aspecto resulta trágico y deprimente. —Se incorpora con brusquedad, los senos se mecen con elasticidad magra. —Voy a arreglar algunas cosas, en un momento vuelvo. —Y lanzada a la carrera sobre los escalones de arcilla se pierde rumbo a la calle sin dar explicaciones.
Quedo nuevamente en soledad, ante el vestuario de aquel fantasma en que su marido se ha convertido. Me siento como si profanase tumbas. En mis pensamientos, no es la ropa lo único que profano.

Expone el plan con total entusiasmo, brinca de excitación sobre la silla mientras desmenuza las ideas, parece que su sola concepción ya la contagia de una acción imaginada y tantas veces soñada. Irradia un poder infantil, al cual yo sucumbo con suprema facilidad, y que intuyo puede arrástrame a empresas no muy fiables, pero Ana parece ser así.
—Tengo apalabrado un taxi, su coche necesita varios arreglos, nos iremos a la ciudad en cuanto termine de hablar con la guardia civil, Allí tengo una hermana, podré confiarle el cuidado de mi hijo, después pondremos en práctica su plan. Porque tiene uno, ¿no?
No puedo por menos que reír, su boca se comba en un rictus de humillación, cree que mi hilaridad la produce sus afanosos desvelos, con enfado y resentimiento interviene acaloradamente.
—Si tiene una idea mejor dígala, el taxi habrá que pagarlo de todas formas, pensé que sería bueno que alguien nos acompañase, eso les mantendrá a la expectativa, no se atreverán a intervenir con un testigo de por medio.
Su rictus se hace insolente y altivo, lo que produce que mi hilaridad se haga nerviosa y compulsiva, y por lo tanto, imparable. Advierto que contiene la mano cerrada en un puño crispado, la leve figura esconde aguijones imprevisibles. Creo necesario aclarar lo que opino.
—Mire, Ana, no se ofenda, no es mi intención. La idea me parece magnífica, salir con compañía es lo realmente adecuado, pero lo lamento, no tengo plan alguno. —Me mira desconcertada. —Y aunque lo tuviese, usted no estaría incluida en él. Olvídese de esto, quédese con su hermana y con su hijo y espere, después, pasado un tiempo, podrá volver sin peligro alguno. —La desilusión se llama Ana, la decepción se dibuja con unos ojos profundos y negros no exentos de cierta dulzura.
—Bien, tiene razón. —La amargura se expresa con unos labios definidos y frescos. —Espere sentado, voy a cambiarme, iremos a recoger a Ismael, mi hijo, después podremos marcharnos.
Sube al dormitorio con paso decidido. Comprendo su abatimiento, pero yo soy un difícil equilibrio en el que cualquier intento por prestar apoyo puede suponer un derrumbe catastrófico y general. Bastante tengo con saber que Juan Solano es el artífice de un raro montaje cuyos tentáculos soy incapaz de predecir en longitud o profundidad. Tal vez Julia-Luna, y Rogelio. O Teresa y Samuel. Quién sabe si Raquel o Esther. Quién sabe. El único plan posible consiste en quitarme de en medio, coger ropa, el portátil y recluirme en el apartamento de mamá, desde allí contactaré con el implicado e intentaré disculparme. No creo que la cosa fuera para tanto, un desliz, un juego erótico nada más. A lo peor estoy magnificando el asunto, Mientras razono así no me percato de que Ana ha bajado transfigurada y bellísima, se yergue como un mimbral sosteniendo en su mano una vieja maleta arrugada. Las ropas de duelo han sido sustituidas por el color y la forma, un vestido alegre y sencillo se ajusta a su cuerpo destacando los contornos con precisión morbosa.
Cuando abandonamos la vivienda una mujer gritaba desde una ventana a un grupo de niños que corrían calle arriba. Un perro cojeaba profiriendo quejidos lastimeros.
Sus caderas se mueven tormentosas mientras nos perdemos calle abajo.

dedoa3

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