Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjeta Google-Maps. 2/2

Capítulo Catorce 2/2.

TARJETA GOOGLE-MAPS.

Comienzo a cerrar la puerta que ha albergado mi interés enfermizo, pero inesperadamente los términos se invierten en una nueva mueca que el destino dibuja en forma de burla, aquella carantoña jocosa tenía acento, poseía un timbre seco y parco que me resultaba familiar. Desde el lugar donde la celebración es impartida llegan las palabras que el hierofante pregona, salutaciones cuyos mensajes se me escapan, pero que, sin lugar a duda, traen de la mano de sus sílabas un tono conocido que traspasa de horror mis tímpanos. Recordaba la entonación como proferida desde otro lugar y escuchada desde distinta ubicación, una cocina abría la memoria exponiéndola a las dudas, un aturdimiento, una. enfermedad del espíritu que hicieron que mi cuerpo se desplomase a los pies de Samuel y Raquel y que, tras el desmayo, recuperado, escuchase igual sequedad en la pronunciación. Ginebra. Puerto y niña ahogada. Una confusión, maldita tal vez, me asalta torpe en un sueño que me sustrae de la realidad. Pero no, la tonalidad breve y parca, el acento excesivo en las esdrújulas, la inclinación final de las terminaciones, ese subir y bajar cabalgando el verbo sólo podía pertenecer al personal modo de entender el habla de Juan Solano.
El miedo es una gota clórica sobre un iris que la luz dilata, cae y perfora, disuelve la visión penetrando dolorosa en el centro secreto del cerebro. El pánico es un animal acorralado y herido que hociquea dentelladas ciegas en el vacío, apretando el aire, haciendo evidente el impacto de los dientes. Un miedo, un pánico indisoluble se extiende en un derrame, en una pleamar que invade cada parcela de mi ser. A pesar de que aquel caballo desbocado en que mi terror se ha transformado se despilfarra sin razón, las espuelas del control final se clavan en sus ijares, y respondiendo a la mano firme que sostiene el bruñido freno, caracoleo aturdido y la calma se impone lógica y necesaria.
No puedo marcharme sin despejar la incógnita formulada, puede tratarse de una confusión, de un reflejo falso que me lleva a confundir similitudes sonoras. Tumbado sobre el vientre, reptando entre la suciedad que el tiempo ha destinado al pasillo, alcanzo el quicio de la puerta vecina donde la magia insiste en invocar lo irreal. Con cautela de roedor voy adelantando la cara, mi lentitud raya en la desesperación, como un caracol protegido por la espiral de sus pensamientos, quiero comprobar que el error es posible o que, por contra, la locura posee diversos rostros y un mismo horizonte. Ante mí se sitúan las imágenes del desconcierto, un grupo de personas que me dan las espaldas se arrodillan ante un único personaje que frente a ellos mantiene su recitación. Su rostro permanece oculto tras un pliego de papel amarillento que parece ser la fuente de inspiración, todos soportan sobre los hombros el peso almidonado de unas capas donde los símbolos y los signos se definen en bordados dorados e indescifrables, pies descalzos muestran la huella sucia que el polvo les presta. El oficiante se destaca del resto de los congregados por los brocados rojos que intercala su vestimenta, parece investido de mayor gloria, y sus modos, sus ademanes retóricos, lo hace evidente. La recitación se hace clara por la cercanía, el coro calla ahora tras la invocación que ha promulgado y a modo de preámbulo, el oficiante sin rostro declama fuerte y compungido.
—Hermanos en el destierro, hijos alejados de un celoso y cruel padre que devora con su mirada los retoños verdes del saber. Unidos estamos en la desgracia, reunidos ante el propósito certero de andar la senda sin báculo ni consuelo…
Aquel extraño rezo gana el ánimo, lo vuelve libre y peleón. El olor embriagante retorna con inusitada fuerza, un incensario es agitado desde algún lugar difundiendo su turbador aroma, recordaba el torbellino, el mesón del pequeño “Rabí” volvía a promover las dudas. Entonces, las aguas se apartan, el oficiante alza el brazo en una imprecación que parece enemistar al cielo con la tierra, y su cara angulosa, profunda por la acción de la luz que desde abajo le ilumina, se muestra torva y clara. En efecto, Juan Solano. Como salido de una pesadilla demencial deja que su convincente voz se distribuya sibilina por las postradas cabezas de los congregados e impartiendo, a través de ella su poder, pone todo esfuerzo al servicio de alguna mística realidad. La confusión se mezcla con las odoríferas sustancias que el herbolario departe, no soy capaz de asimilar tanta sinrazón. Ofuscado por la constatación de mi sospecha comienzo a retroceder con hartas fatigas, la humareda embota la percepción del entorno, durante unos segundos me parece que las sombras que sobre la pared danzan cobran volumen y se hacen sólidas, como si un diorama oscuro y negro mostrara nuevamente la sala en una proyección superpuesta. Todo es probable, tal vez Julia-Luna, a lo peor Raquel y Rogelio, o Samuel mismo. Quién sabe si Esther o Teresa. Quién sabe. Lo único que me advierte del peligro es el conocer de aquel olor perturbador. La inhalación de esos humos me está alterando el entendimiento, tal como ocurriese en el mesón, parece que una bilocación temporal me permite estar en dos lugares a la vez. Contengo la respiración incapaz de seguir retirándome, aspiro el aire fétido tan sólo cuando el ahogo me es extremo y vuelvo a cerrar mis pulmones a la etérea sustancia una vez que el oxígeno queda preso. Sin ninguna duda el efecto narcótico de la sustancia incinerada también agudiza una parte de los sentidos. La letanía me llega lejana, pero una claridad extrema me hace percibirla con total nitidez. Mis oídos la diseccionan sin mayor dificultad, sus cuidadas frases se reparten en un sonsonete reiterativo y devoto.
—…abocados a la soledad de los tiempos, condenados antes de haber nacido, arrastramos un pecado ajeno que se perpetúa en nuestras sangres. Hijos predilectos del abandono, de la sombra eterna, seamos nosotros mismos los que llenemos nuestra efímera existencia con la luz del saber. Si el barro fue nuestro origen y a su materia regresaremos confundidos, si nuestra plegaria es inútil y sorda a sus oídos, si nuestros cánticos de alabanzas no te conmueven a través de los siglos, volvamos pues la cara hacia el hombre, hacia la fragilidad de su vida e invistámosle de la deidad furtiva que merece.
Aquellas palabras se llenan de sentido en mi mente, me siento como aquel hijo del que habla, abocado a la soledad eterna, condenado sin entender absolutamente nada, con la confusión siempre eternizada en los talones. Comprendo que se hace necesario salir de allí, la convicción y fuerza con que emite su discurso son un tónico que anima a la insurrección y el libertinaje, ganan el entendimiento poco a poco. Sobre el retablo de sombras chinescas que la pared construye veo como los congregados se despojan de sus capotes, las túnicas caen al suelo y compruebo que bajo ellas la desnudez del cuerpo sustituye al tejido sin mediación alguna. Los pechos retumban en una vibrante aceleración, los miembros viriles se balancean en movimientos obscenos, todo es desenfreno y excitación de los sentidos primarios. Una música permuta sus notas entre el ritmo alocado de una percusión acelerada y rota, mientras la figura delgada de Juan Solano se recorta en sombras como la estampa de un anacoreta eréctil. Su pene se alza iracundo mostrando todo su ardor sin pudor ni miramientos, los fieles desfilan ante su sexo posando los labios sobre el glande, se inclinan en un saludo de aceptación y eucaristía.
Con un esfuerzo sobrehumano me obligo a retroceder hacia la puerta que, entornada, se ofrece salvadora. Apoyado en los codos deslizo todo mi peso hacia atrás y embocando el vano cruzo el umbral que me promete un refugio salvo e ínfimo. Cierro con lentitud, la poca prudencia que parece asistirme evita que cometa actos torpes de los que me puedo arrepentir con creces. El aire de la habitación parece más benigno, el balcón abierto renueva la atmósfera con sutiles brisas húmedas, salgo a su exterior, sin mayores reflexiones alzo la pierna sobre la baranda y me trasporto hacia afuera, desde su altura percibo el suelo como más cercano de lo que realmente está. Si me dejo caer hacia un lado puedo evitar estrellarme contra las sillas que parecen aguardar mi regreso. Acuclillando las piernas contemplo la espesa luz que se reparte por la grava, un paisaje de granizos donde cada piedra parece separarse del resto, individualizadas se muestran en mínimos detalles. La maniobra me parece fácil, todo consiste en tomar un suave impulso que me aleje del balcón y descender plácidamente sobre el exacto lugar elegido, no tiene mayor complejidad, no pensar, actuar simplemente y que el movimiento soñado se ejecute por sí mismo. Así debían realizarlo todos los gatos del mundo, decidir trayecto y ¡zas!, parado sobre el sitio preciso. Era la mente la que asesinaba al impulso. Una fugaz alegría se reparte por los tortuosos entresijos de la ensoñación, mientras mis manos, libres por fin, abandonan el metal que con celo han aferrado y mis rodillas, como en un mecanismo perfecto, se estiran impelidas por un muelle invisible lanzándome al acogedor vacío. El descenso comienza, un cosquilleo agradable se reparte por el estómago, un pedazo del estrellado cielo nocturno compone ficticio una lluvia de meteoros que se desplazan inclinadas siguiendo mi propia trayectoria, el lejano parpadeo de los pueblos se une a aquella fuga luminosa y las ramas del alcornoque se inclinan en un saludo lento y cansado.
En el mismo instante en que mi cuerpo toma contacto con el suelo me parece oír un grito unánime que sale del edificio, la comunión se está realizando en forma de semen derramado y el pie izquierdo se enreda en aquella algarabía festiva a la que, sin quererlo, se une mediante un quejido. Un lamento de dolor que mis labios parecen pronunciar sin que participaran del intento. Una dolorosa flecha asciende como un rayo desde el tobillo, un golpe de fardos tumbados me sitúa sobre una grava dura y agresiva que como lija me desuella el glúteo sin piedad. La realidad me depara una fría sensación opresiva cuando todo mi peso se descarga, con agobio contenido en la fragilidad de un único pie, esguince descomunal que se amorata con cárdenos colores en el inflamado tobillo.
Arrastro la cojera hasta la cancela, el pie inflamado se desborda por el filo del zapato, sé que mientras mantenga al cuerpo en movimiento podré seguir ejercitando la extremidad dañada, pero que una vez la inactividad la enfríe, la imposibilidad de cualquier acción será manifiesta. Me recuesto sobre la verja y sosteniéndome con la mano dejo que mi propio peso me precipite del otro lado, la chaqueta queda prendida de las lanceoladas filigranas con que el metal se adorna, del hombro brota la algodonosa presencia de peluche roto que el forro deja escapar. La única fijación que me mantiene es ganar cuanto antes la carretera y abandonar aquel tenebroso lugar. La imagen impúdica de Juan Solano oficiando se repite en la memoria como si un tiovivo se empeñara en girar sin frenos con insistencia anómala. Pero ahora no puedo permitirme obsesión alguna, únicamente la necesidad del escape es asunto prioritario. Puedo percibir coma las uñas se quiebran sobre las piedras en aquel angustioso gatear, las rodillas, insensibles al dolor, permiten continuar con ese movimiento de gateo que ayuda a subir. Agradecí a las endorfinas su bálsamo benefactor, en pie no hubiera podido desplazarme con la celeridad que mis recién recobradas cuatro patas me permitían. Un desesperado deseo de llanto me embarga ante la dificultad que supone seguir derecho hacia arriba, moqueo con la mirada turbia de hierbas y barro, pero el miedo no permite cejar en el empeño y tras algunos altibajos consigo coronar la cima de mis deseos. Un alivio laso me invade, con las llaves en la mano, era grato comprobar que no las había perdido con tanto ajetreo, me dispongo a abrir la puerta del automóvil. Una inesperada intromisión hace acto de presencia petrificando tendones con instantánea premura. Desde el piso superior del edificio una voz llama imperiosa mi atención, con un vociferar inquisitivo arroja preguntas como quién vierte cubos de agua desde una ventana sin importarle su destino.
—!Oiga usted! ¿Qué hace aquí?, ¿de dónde viene?
Y mientras sigue en aquella actitud agresiva, sus manos parecen querer llamar la atención de otras personas que deben encontrarse en el interior de la vivienda. Un pánico irracional me impide acertar con la cerradura, la llave se estrella infructuosa sobre la chapa en continuos cabeceos, hasta que por designios que el azar consiente el llavín se aloja diestro y la portezuela cede a mis ruegos. Todo celeridad y confusión, el embrague me tortura cada vez que intento presionarlo, no puedo pensar, el motor ruge excesivo y traqueteando me incorporo a la calzada, la voz me sigue lanzando improperios desde su altanero sitio.
—¡Oiga no se vaya, espere, sólo quiero hablar con usted!
Pero la distancia ahoga sus palabras, acelero desquiciado dibujando la impronta de los neumáticos sobre el asfalto lanzado en una carrera incongruente y loca. Tomo las curvas con bastante celeridad lo que hace que el culo se desplace peligrosamente hacia la pared de rocas. A mi izquierda, un vacío cuyo final ni se imagina, aguarda tranquilo mi posible llegada, parece no tener ninguna prisa. Los bandazos del coche son aun controlables, un pinchazo hubiese cambiado las tornas obligándome a ejecutar un vuelo libre con motor, pero sin alas, El retrovisor me ciega durante un instante, mi instinto me pone otra vez en guardia. No consigo distinguir, pero tal vez se trate de los potentes faros del todo terreno que me persigue lejano. Conduzco pendiente de la retaguardia, miro el espejo y compruebo con pánico que su mortal distancia se acorta con absoluta precisión. Acelero con vértigo la velocidad ya de por si excesiva. Siento como la fuerza de la inercia me despide contra los quitamiedos, su eufemismo revienta por la acción contundente de la chapa, desmoronados se derrumban cada vez que las ruedas se deslizan en una curva cerrada. En esos fortuitos desplazamientos la parte trasera del coche colisiona contra el farallón rocoso, y por su mismo ímpetu impelido, queda milagrosamente centrado en la estrecha calzada y de nuevo el traqueteo, la vibración dislocada de la dirección atravesada bajo su propio empuje. Temo por mi vida como nunca antes lo había hecho. La proximidad de algunas construcciones me indica que entro en zona urbana, mi falta de raciocinio me lleva hacia un pueblo cuya carretera termina sin esperanzas de continuidad, un pequeño y anónimo municipio que se enrosca sobre sí mismo y al pie de un abismal barranco se queda detenido y expectante. Un volar de cubos de basura y papeleras me advierten de la fatal imprudencia que la abstracción del pensamiento supone tratándose de una huida incontrolada. El silencio nocturno y agrario se quiebra como vidrio apedreado, minúsculos sonidos que evidencian roturas se magnifican en la quietud, agrandados rebotan por callejuelas desiertas y amplifican los inequívocos y sonoros signos de la destrucción. Ante mí se abre la curva odiosa que enfila en dirección a la plaza, giro el volante con la suavidad que la endemoniada fuga me permite, con total docilidad va respondiendo la máquina y cuando parece que logro con éxito mi propósito, el vehículo prosigue por sí mismo avanzando con ánimo escorado y con un violento derrame se empotra sobre unos altos escalones. Un tropel de agua derramada, un vapor aéreo que envuelve la visión se acciona de inmediato, y el volante se incrusta con salvaje placer en el esternón al unísono. Todo se desplaza hacia atrás para, una vez ganado el suficiente impulso, retornar con mayor violencia hacia delante en busca del parabrisas. Mi frente degusta su dureza en un contacto breve pero detenido, las líneas quebradas de la inercia se reparten por la morfología del vidrio buscando todos los rincones desde el centro que compone su resistencia y mi cabeza. En la ceja brota una frialdad salobre y abundante, con ayuda del codo empujo la puerta del maltrecho automóvil y me dejo caer sobre el empedrado de la calle. Puedo percibir el abundante sonido de mis posibles perseguidores. Busco el refugio que aquel intrincado pasadizo de callejas puede ofrecerme, la cojera es un mal menor. Inmerso en aquel ámbito desconocido comienzo a albergar la certeza de que seré encontrado sin demasiados esfuerzos. Resbalo sobre la piedra pulida por el uso en varias ocasiones, la irregularidad del suelo se afana por entorpecer mis desiguales andares con auténtica pasión. Un frenazo controlado y hábil me advierte que los perseguidores están sobre la pista, el golpear unísono de varias portezuelas previene de que son varios los sabuesos que tras mis pasos acechan. Oigo el repiqueteo de sus pisadas por todas partes, los faroles mustios proyectan huidizas sombras que se descomponen en esquinas y fachadas, el cerco se achica por momentos. Intento romper aquel circulo furioso avanzando en línea recta, es materialmente imposible, la anárquica arquitectura del lugar gusta de la línea quebrada y curva hasta la obsesión. Entonces recuerdo, la puerta verde sobre una blancura lechosa e inmaculada, el brillante cabello casi azulado de negritud, los ojos de melaza turbia. Con dos zancadas, donde el equilibrio es sustituido por el miedo, me situó frente a su casa, una llamada agónica interpongo sobre la madera, el bastidor tiembla amenazando ruina cada vez que mis puños lo golpean. Aquellos mazazos podían estar alertando sobre el lugar donde me encontraba a los perros de presa, segundos eternos que se agrandan hasta que la única ventana que se abre en la nata de la fachada se ilumina impartiendo la esperanza, un faro que emite su parpadeo sobre la locura atormentada de la noche. Se acercan, puedo sentir el aire desplazado por sus movimientos como un huracán que eléctrico eriza los vellos de los brazos sin imponer aún su arrogante torbellino. La puerta cede, el cuerpo delicado que tras su protección se ampara se ve empujado hacia atrás por mi agonía que, sin sentido de la orientación, se desploma sobre un lecho de sillas sorprendidas y asustadas. Desde mi postración puedo ver la imagen de Ana componiendo sobre su rostro las imágenes de la sorpresa y el miedo, sin piedad le grito una orden estricta y suplicatoria.
—!Por dios, cierre la puerta y apague la luz. —Con un automatismo animal cierra de un sólo golpe el descalabrado batiente, sus dedos buscan y oprimen el interruptor de seguridad que se esconde en el quicio de madera y la oscuridad desciende sobre nosotros haciéndonos dos perfectos desconocidos.
Afuera continúan las carreras alocadas y las imprecaciones de fastidio. Y el silencio natural se restablece por todo el contorno, sólo una gota, terca y veloz, golpea la vajilla en el fregadero, un latir de fuente que reverbera como un eco por mi dolorido tobillo, que se repite rítmico en la cabeza y en el latir apresurado de un corazón prisionero.

Sentado sobre el dolor, con la mente confusa y abatida, contemplo la figura de Ana calentando agua en un cazo, la única luz es emitida por la azulada llama del gas, suficiente claridad como para percibir la aspereza barata de la tela que a modo de camisón la cubre. Una prenda confeccionada por sus propias manos, un vulgar retal ascendido a compartir lecho junto a su cuerpo. Ha lavado heridas y puesto sobre mi frente un apósito oclusivo para que la sangre desista de su agonía. La brecha precisa de algunos puntos de sutura, pero mientras tanto, a la espera de tiempos mejores, permanecerá de ese modo retenida. El tobillo fue envuelto en una improvisada venda creada, jirón a jirón, de una deslucida y mil veces remendada sábana. No pregunta nada, intuye que algo cuya magnitud le desborda acecha invocando el peligro, Ana me ofrece un café ligeramente aguado, bebo el brebaje con placer mientras mastico una aspirina, el aciago sabor persiste entre los dientes con ruin inclemencia.
—Debería descansar. —Las palabras resultan realistas y sabias. —Venga, apóyese en mi hombro, le ayudaré a subir hasta el dormitorio.
Emprendemos una torpe ascensión al piso superior, a pesar de lo contusionado que estoy siento con agrado la tibieza de sus formas en contacto con mi cuerpo. Hasta en los instantes en que lo descabellado surge con fuerza, el deseo aparece sin quedar a la zaga en cuanto a intensidad y volumen, incluso se diría que lo hace con renovada saña, como si el peligro y el dolor fueran un acicate para estimular la vida.
Recostado sobre un amplio lecho olfateo un aroma de intimidad desconocida que parece desprenderse de las cobijas, una turbulencia condensada y ajena de noches solitarias, donde el deseo se abastece a sí mismo. Sus manos comienzan a desvestirme con pericia, mi imaginación galopa a su antojo por praderas donde la deducción gratuita y sin fundamentos pasta libre y soñadora. Imagino como en más de una ocasión tuvo que desvestir a su marido acosada por los torpes efluvios del alcohol. Los movimientos son particularmente dolorosos, pero al concluir la metódica operación me siento confortado y acunado por el mullido colchón de lana que parece querer tragarme. Cierro los ojos buscando el olvido, la presión que su cuerpo ejerce al otro extremo del lecho me la hace cercana, presiento formas, con dulce agrado percibo la calidez de su fragancia recostada a mi lado. El sueño es una nube blanca y las manos dos murmullos que apenas se estorban en mi brazo, la cabeza busca el espacio que el hombro construye para tal fin, y apoyada sobre su hueco, oímos como el reloj de la plaza acompaña la hora sexta de la madrugada.

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