Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Tarjeta Google-Maps.

Capítulo Catorce 1/2.

TARJETA GOOGLE-MAPS.

Lamento el no haber pensado en llevar una linterna, aunque la claridad que la luna esparce define con nitidez los contornos, una densa humedad que puebla el aire puede dificultar la visión en el supuesto caso de que, tenga que abandonar mi puesto de vigía, e internarme por oscuridades más profundas. He dejado abandonado el coche en un lodazal impracticable, evito la senda de grava que conduce hasta el cobertizo. Una vez que dejo atrás la siniestra construcción avanzo algunos cientos de metros y giro a la izquierda, con brusquedad me empotro sobre un desnivel suave, estableciendo en ese mismo lugar, al favor de unos altos y tupidos arbustos, mi centro de operaciones. Estoy dispuesto a esperar todo el tiempo que sea necesario. La sensación insana que me produjo la venta en la primera incursión apoya un sentimiento de misterio que estoy dispuesto a satisfacer. Aquella paradoja provoca una novedosa ansiedad, una presión de palpitar en el pecho que ya había olvidado y que ahora recupero a través del tétrico edificio. Elegí con premeditación la noche del viernes, último fin de semana de este fructifico mes, aguardaré emboscado la aparición de aquellos posibles visitantes con constancia inamovible.
Novelesco, oculto el incandescente carbunclo de las brasas del cigarro en la palma de la mano, siento el impávido ardor cada vez que aspiro el humo, y un resplandor de horno mínimo perfilando los contornos del rostro en sutiles anaranjados. Reconozco lo infantil de esta empresa y que tan sólo una mente enferma u ociosa pierde el tiempo con asuntos tan descabellados y voladizos. Pero la denuncia del falso siniestro inspira una dirección determinada, una breve rendija por donde puedo transmigrar al otro lado.
Las horas transcurren lentas y un frío glacial se instala por los campos, de vez en cuando las luminarias de un automóvil hunden la oscuridad esperanzando las ansias, y al alejarse, quedan desilusionadas pero íntegras. Una curva lejana que parece desprenderse del trazado general anticipa la visión de los faros que trabajosos ascienden, fogonazos que iluminan la arboleda desprendiendo nimbos glaucos y fantasmales. Tras un largo período de atenta vigilancia vislumbro como una oscura furgoneta se detiene ante la puerta de la venta, de ella desciende un tipo alto embutido en una gruesa cazadora, su aliento se esparce como harina desde la boca, el motor del vehículo ronronea afónico y con asma. El tipejo mira a ambos lados del camino dirigiendo sus pasos hacia las ventanas de la planta baja, una nueva decepción me ilumina en sonrisas, un humeante chorro parte de su entrepierna estrellándose alevoso contra la descascarillada pared. Sus codos, clavados en los costados, dibujan la feliz imagen del que, tras un largo período de continencia, micciona por fin gratamente aliviado. La silueta del furgón pasa a escasos metros de la altura desde donde observo perdiéndose en dirección al pequeño y olvidado pueblo serrano.
A esa hora, posiblemente, el bar estará bullicioso y animado, y sus calles, retendrán la fragancia de la leña quemada en una mezcolanza de aromas ígneos y de vulgares cagarrutas de cabras. La frialdad invita al recogimiento sosegado en esas viviendas imaginadas, hogares con olores propios donde la historia se escribirá con motes y nombres cotidianos en un aleja¬miento del bullicio espiritual, de esta Babel en que mi alma parece solaparse alegre. Recuerdo los tibios ajos de Ana, sus pulidas manos acostumbradas a la lejía y al trabajo, sus enrojecidas palmas hartas de combatir con pucheros e inclemencias. Sobo estampas idílicas consciente de que la realidad es otra, hiriente, vulgar, pero las maquinaciones a las que suelo entregarme impúdicamente me sirven de solaz y entretenimiento en esta espera tediosa. Pienso también en la posibilidad de retornar alguna vez a ese pueblo y visitarla. La novedosa inquietud que me produjo su presencia nunca había invadido mi cuerpo tan inesperadamente, una extraña impaciencia que me hacía efervescente la sangre propiciando el acercamiento, el buscada contacto vital. Instinto abominable, Julia, otro cuerpo solivianta ascuas, inflama boreal el recuerdo.
Elucubraciones que rescatan de la abúlica vigilancia, agachado repto hasta el coche y extraigo previsor una manta, envuelto en ella, acurrucada tras la maleza, prendo un nuevo cigarrillo mientras la garganta protesta escoriada, la frialdad que empieza a ser mortal, junto con el indoloro mordisco que el tabaco me propina, están descarnando la tráquea. Tengo que fumar menos.
Protegido par un negrísimo cielo contemplo maravillado la fulgurante pedrería con que la noche se adorna. Miles de puntos luminosos parpadean ajenos en su urna, se puede adivinar¬la leve polvareda lechal de la galaxia. Nuestro mundo se encuentra abandonado en un extremo de aquella helicoidal forma y el pensamiento que me sostiene, como si de otro planeta se tratase, también se halla inmerso en la infinitud inmensa que ante los ojos se despliega. Igual se abre hacia otro universo, interior y posiblemente tan vasto coma el que ante mí se esparce victorioso. Una paradoja más de la vida, la materia inerte construyendo, tras millones de años de evolución incesante, a la vida, y dentro de ella, un concepto único, una joya que enriquece sobremanera todo el conjunto, la abstracción de la mente, la posibilidad de concebir incluso a un dios y mil formas más de la metáfora y la simbología. Lejos de ti todo es plano y firme. Se ahuyentan las sombras, y a pesar de ello, te necesito. Báculo de la Locura.
Un aerolito incendiado surca el espacio proyectando un finísimo arañazo sobre el pliego de la noche, el silencio es tal que incluso me parece percibir un seseante sonido sordo, una tenue e incierta sensación auditiva que acompaña su trayectoria, hasta que el mínimo fulgor se deshace en el espacio. Según dicen los supersticiosos, los soñadores, aquella contemplación me otorga el derecho a formular un único deseo, una petición que será cumplida sí el propósito es anhelado con total convencimiento.
Deseo que la luz se haga, que como en los primeros días de la creación, la blanquísima presencia lo proyecte todo, que la oscuridad sea tan sólo noche y que la luminosidad sea llamada día, y que esta, a su vez, compendie toda la claridad que para mí mismo deseo. Se mi luz, alumbra en lo oscuro el camino que deshago.
Por primera vez me siento instalado en el camino, pero la negritud que acecha impide ver el paso cercano. Cada nuevo avance es una tentativa de ciego, un palpar en sombras y volúmenes indefinidos que atosigan el lento devenir. Pero cualquier esperanza parece una nimiedad ante la inmensidad que se extiende sobre mi cabeza, Julia-Luna no pasa de ser una simple fantasmagoría que sigo empeñado en concebir. Es posible que todo el esfuerzo malgastado, todo el ímpetu vanamente apostado, hubiera logrado un mejor resultado si el destino hubiese sido otro. Deseo desterrar su imagen insustancial, el recuerdo de nuestro primer encuentro tras los meses aciagos de la separación, el hostal, el regusto por rescatar la muerte. La distancia que transpiró durante la cena no fue una falsa imagen, por contra constataba una triste pero cierta realidad. Fue un juego absurdo potenciar aquel retoño soñador de reencuentros, el excusar cada desilusión, el protegerla de las dudas que se esparcían a cada nueva jornada, dudas abiertas y blancas que prometían el deseado retorno. Fue en realidad todo banal y absurdo.
Pienso en el relato, parece que el tiempo de la reconciliación personal se promulga; coma una doncella hechizada la fábula ha mordido también la cárdena manzana, y sumida en el negro desmayo abunda en pesadillas. Necesitará del trote, del corcel albo que la rescate a mandobles de teclado y que, al galope, cruzando míticas tierras, busque el descanso por rumbos prósperos y a la vez menos transitados.
Imagino un pequeño pueblo blanco y sencillo, un espacio limpio donde, inaugurar, como el caminante de mis desvelos, cada nueva alborada. Permitir la entrada a otros parajes, que otras voces resuenen en nombre la alegría e inundando de el olvido, mis errabundos pasos, construir un mañana distinto y deseado. Tal vez está secretamente escrito que aquí mismo construiré la penúltima morada.
Un chirriante sonido de neumáticos heridos me alerta, el ensimismamiento en que la mente se ha ahondado no permite que me percate de que varios vehículos transitan por la calzada, los localizo en el preciso instante en que giran adentrándose en la pista de grava, el murmullo de granos aplastados que la ruedas emiten, a pesar de la distancia, llega claro y preciso. Son cinco automóviles. Se detienen frente a la puerta del cobertizo y el que parece ser el conductor del primer coche desciende para aproximarse al gran portón, en sus manos canta un grueso manojo de llaves. Tras varios intentos consigue que el celoso candado abra sus mandíbulas y desplazando las hojas de la puerta de par en par, retorna a ocupar su puesto de guía al frente de la comitiva. Uno tras otro los vehículos van introduciéndose en la nave, alguien, desde el interior, enciende una potente luz y las aberturas que la madera presenta se iluminan en cientos de líneas ondulantes. Me incorporo para poder otear con mayor soltura, la manta continua sobre mis hombros resguardándome de un rocío intenso que empieza a condensarse sobre todas las cosas, percibo con desagrado las rodillas humedecidas y llenas de un barro negro, parte de mis nalgas también presentan la molesta sensación de aquella agua sorpresiva. La aceleración con que mi corazón late me impide sentir el más mínimo esbozo de frialdad, un bochorno intempestivo invade las mejillas y una de mis orejas se incendia como una ascua, rojísima e inflamada indica con su escozor que algún insecto se ha ensañado en ella, y que su recién inyectado veneno es un tóxico repelente para su frágil integridad. Mientras, sin dejar de observar el cobertizo y el haz de luz que los portones proyectan sobre la grava, veo como unas diez personas, hombres y mujeres, salen de su interior, portan linternas, ante las cuales, la oscuridad se aparta remisa al tremolar constante de los pasos. Aquellas figuras errantes se dirigen sin ningún género de dudas hacia la venta. Al llegar a la carretera se detienen dubitativas, con aceleración injustificada cruzan al lado opuesto. Un descomunal vehículo todo terreno sigue a la espectral procesión con un derroche sonoro de potencia y rugidos, las puertas quedan salvas y cerradas a sus espaldas. Los anónimos paseantes van entrando en la venta, cuando todos han traspasado el umbral de lo desconocido, la noche queda silenciosa y ajena. Una antigua necrópolis, los fósforos resplandores que la luna procura son sobre las piedras amarillentas, tumbas de seres desconocidos, lápidas sin inscripciones donde reposa oculto el olvido.
Espero emboscado, aguardaré unos minutos y regresaré a la ciudad, mañana, bien temprano, volveré para localizar a Paco “El Pelao”, alguno de aquellos insólitos huéspedes podrá indicarme la forma de localizarlo, no es cuestión, a esta in¬tempestiva hora, de presentarme ante ellos so pretexto de afán tan esquivo, pensarán que no estoy bien de la cabeza. Enciendo un cigarrillo, su término indicará el final de esta fructifica espera. Con paso tranquilo camino hasta el coche, el estrellado firmamento flota con una apariencia de dicha casi sólida, con satisfacción conecto el motor, la frialdad le hace suspirar, y con esfuerzos mecánicos tremola apagado y dispuesto para la marcha. Patinando sobre el barro consigo, no sin dificultades, incorporarme al asfalto, contemplo la tétrica forma que se recortaba sobre un grupo de oscuras nubes que avanzan desde el este, la estampa que compone continua inmóvil y apagada. Un latigazo. —No puede ser— un error impensable que enloquece la imagen de la normalidad. —¿Qué significan las sombras?— Ninguna luz desde el interior hace patente que se encuentre temporalmente habitada, como si sus ocupantes desearan permanecer en el anonimato más oscuro. Ocultando su presencia en aquella casa parecen querer mantener vivo un mundo de sombras que gritan desde la profundidad de la tierra su eterno desconsuelo, descansando este bajo la protectora silueta de un centenario alcornoque. Dejo que el automóvil se deslice por la pendiente, con el motor y los faros apagados invado el lado derecho del camino para facilitar el giro y, una vez siento bajo las ruedas la presencia rugosa del terrizo, aprovecho la inercia para cambiar de sentido. El impulso que me arrastra hace que el coche remonte con mayor lentitud la cuesta, poco a poco pierde violencia hasta que exhausto y vencido se detiene junto a los primeros ventanales de aquel mamotreto arquitectónico. Tras los vidrios la oscuridad es total, la falta de movimientos, el silencioso interior inamovible, le prestan una solicitud de desahucio triste y apesadumbrado. Parece que toda aquella prolífica concurrencia hubiese desaparecido deglutida por el monstruo de piedra y que sus almas fueran el alimento real que le sustenta ante el tiempo. Aun así, espero, aliento la secreta seguridad de que de un momento a otro el lugar resplandecerá como una verbena, y que como tal, los sonidos y el murmullo de las voces irrumpirán felices y distendidas. Pero no irrumpe el sonido de forma intrascendente y feliz, por contra me sobresalta el golpear seco de las contraventanas que se cierran con violencia en el piso superior, las balconadas quedan así absolutamente clausuradas. Únicamente un ojo apreciativo y agudo hubiese percibido en las imperfecciones de la madera un suave y apagado resplandor, un titilar huidizo como el que emiten las velas cuando la brisa que el movimiento ejecuta las hace tiritar. Mi curiosidad se hace enfermiza, la ventana tiraniza mi inquietud con pensamientos inconscientes y temerarios. Tal vez si bajo por el lateral izquierdo del edificio, hasta la escalinata de piedra, pudiera ver la terraza, tal vez aquellos desconocidos están allí a pesar del frío que parece insistir con abundante empeño. Como una salamanquesa del invierno, buscando el refugio de la pared, comienzo un descenso atolondrado e inseguro que la ausencia de luz complica sobremanera. El resbaladizo terreno me hace tropezar con constancia abusiva, el pantalón, como alma en pena, continúa empapado, y su fría insistencia de plasma insensibiliza los muslos. Tras varios contactos con el suelo, en las que mis nalgas comprobaran su dureza y consistencia, alcanzo los ansiados escalones. La terraza está desierta, nadie ha dejado fe de su presencia desde mi última visita. Las sillas permanecen desperdigadas por toda su superficie y el triste abandono en que se encuentran sobrecoge el resuello. Miro al vacío que se abre justo a mis pies, grupos de luces agonizan entre la bruma recostadas sobre laderas y valles, pueblos que se tumban sobre la geografía en la distancia y el anonimato. Como si aquellas olvidadas luces fuesen un reflejo disminuido del basto firmamento que sobre mi cabeza transcurre, se asientan en una oscuridad negrísima y sofocante cuyas claridades son incapaces de romper con su constancia de noches. Mis ojos retornan del ensueño y se posan sobre el piso superior de la venta, también la misma oscuridad que vaga por las estancias de la planta baja mantiene vivo su pulso en esas habitaciones. Como una fortaleza inexpugnable me invita a ejecutar un asalto difícil y costoso, los accesos parecen bloqueados y a pesar de ello, su amable insinuación continúa ondeando intacto. La luna se recompone entre nubes que abundan con mayor presencia, su timidez baña el lugar con aumentada energía, concretando, perfilando los contrastes y aristas en una repetición nocturna que copia, con fidelidad maligna, un negativo de mi primera incursión al lugar de las pesadillas. Antes fue el brillo dorado del sol, ahora, la azul presencia lunar, y en ambos casos, siguiendo los designios de la propagación de la luz en el espacio, un reflejo, una presencia cegadora que indica que los batientes de uno de los balcones, permanece entreabierto, arriba, sobre la amplia melancolía de la terraza. No lo dudo ni un instante, irreflexivo salto la verja que me separa de mi recién otorgado objetivo. Sucumbo a su llamada y transponiendo la cancela me encuentro sin retardo alguno situado del otro lado. No es la metáfora fácil la que viene a socorrer este instante, es una persistente sensación física la que me muestra que he trasgredido los límites de la realidad y que, sin poder, ni querer evitarlo, me adentro en la frontera indefinida que parece alimentar sueños y coincidencias.
El viejo alcornoque aparece a mi vista ejecutando mudo altivez e insolencia, la silueta apacible se traspapela en actitud inquietante y amenazadora. Cruzo sigiloso el terrazo buscando el mimetismo imposible de la pared, refugiado en ella soy un deslizamiento en busca de un punto, de una inflexión donde columpiarme hasta el resquicio permitido. Aferrado al áspero enrejada asciendo con inusitada soltura, mis ágiles movimientos me sorprenden gratamente, modesto hasta la náusea, atribuyo el mérito a la adrenalina que mi cuerpo derrama, con profusión y sin mezquindades. En el ecuador de mi gatuna subida estiro el brazo con acrobático ceño, mis dedos aprisionan con bastante fortuna el filo del balcón superior. Ahora viene la dificultad mayor, abandonar la frágil seguridad donde mis pies se apoyan y con un balanceo de trapecista, quedar suspendido de la trémula barandilla que me aguarda por encima de la cabeza. Milagrosamente el acto descrito sucede tal y como lo imagino, y como un fardo inútil, quedo colgado del balcón inmediato. Flexiono los brazos intentando que el torso se eleve, pero mi propio peso, unido a la falta de una estructura muscular suficiente, me retienen en esa postura humillante y gravitatoria de péndulo. Las muñecas desfallecen y de un momento a otro el sudor de mis manos será el causante de una caída prevista y temida de antemano. Veo las sillas que están destinadas a recibir mi cuerpo descoyuntado, con un poco de suerte ellas serán las causantes de un desnucamiento fatal y ridículo. Intento de nuevo la necesaria ascensión, el impulso desmedido me empotra contra la pared, siento el crujir que la novísima piel, y lo residual que aún persiste en las rodillas, emite con lastimero canto. A pesar de aquella absurda postura y sus consecuencias, permanezco asido al único punto que me puede permitir transgredir la altura. Vuelvo a ejercer una nueva presión que pretende ir ganado posiciones, estiro la pierna y logro encontrar un lugar donde fijarla, aquel alero la hace resbalar de una forma ladeada y cruel. Pero reclamo a mis menguadas fuerzas un esfuerzo final, y la recompensa de una gélida baranda se me brinda entre los entumecidos dedos como un precioso trofeo. Suspiro consciente de la alevosía perpetrada e inspirando inmediatamente intento recuperar el aliento que ya empezaba a echar en falta por mi ánima, y sobre todo, por mis desinflados pulmones. Monto a horcajadas sobre el metal y me puedo considerar desde ese momento incluido en aquel ámbito demoniaco. Compruebo con regocijo que efectivamente el balcón está abierto y predispuesto a ser franqueado, con sutil empuje abro una de sus hojas, un olor pegajoso y familiar viene a mi encuentro, desecho el incienso como motivo de ese aroma, más bien se trata de una mezcla de distintas hierbas que embriagan con una alternancia medida y premeditada. Busco el mechero de gas por el bolsillo, un alivio placentero me indica que no lo he perdida entre cabriolas impropias de ciertas edades. Aunque un temor invade el gozo recién desterrado, tal vez en aquella alcoba pudiera estar alguien al que el chasquido de la piedra primero, y la llama después, podían alertar de mi presencia creando una embarazosa situación de difícil e imprevisible resultado. Cruzo los dedos y froto con el pulgar la dentada rueda del encendedor, su insípida llama apenas es capaz de despejar las cautas sombras, pero es suficiente como para poder constatar que me encuentro felizmente solo, que únicamente mi presencia concibe un volumen móvil a la estancia. El mobiliario que puedo ver intenta imitar, sin mucho acierto, un espacio señorial y rural de imposible consecución, aunque algunos muebles presentan el inconfundible viso del paso del tiempo, otros resultan noveles y sumergidos en el apresto de lo actual. Una cama con cabecera de latón preside el habitáculo, una mesilla de noche sin cajonera se sitúa junto a ella, sobre la superficie conviven una lámpara de bronce eléctrica y una palmatoria que contiene el cadáver extinto y ahogado de un cirio inanimado. Un par de sillas de anea se recuestan contra las paredes y a los pies del lecho, triste y envejecido, se alza un armario de siniestra estampa. Me acerco hasta la puerta, cerrada y compacta impide el acceso visual al interior de la mansión, abrir su recato implica la indeseable posibilidad de encontrarme con sus moradores y mostrarme ante ellos como una especie de aparición de ultratumba, con el sorpresivo y fulminante impacto que pueda producir en sus voluntades. Con auténtico amor envuelvo el picaporte con la mano, mi muñeca se gira arrastrando a éste en un movimiento lento y desesperante, un murmullo sordo comienza a flotar desde el pasillo que parece abrirse más allá del vano y que soporífero, presenta signos de recitación o letanía. Las distancias me son desconocidas, pero parece que el cántico no debe tener su fuente muy lejana, tal vez es un cantar conmemorativo, una celebración particular o colectiva. Lo que no deja lugar a dudas es que las voces se acompañan al unísono y que parecen monótonas y reiterativas. La manilla llega a su tope natural, solamente queda desplazar poco a poco la linde física que me separa de la sonora oración, pero el temor persiste, una sudoración gruesa y abundante contagia todo mi ser. Cierro los ojos innecesariamente mientras traigo hacia mí la pesada estructura de la puerta, el pánico a que un chirrido, a que un quejumbroso sonido parta de sus goznes alarmando la noche, me paraliza. La suerte que ampara a los inconscientes una vez más viene en mi auxilio, y la puerta dócilmente cede sin producir un solo ruido. Efectivamente, tal como pensé, un pasillo se alarga perdido en penumbras, en su final, una escalera desciende hacia algún lugar de la planta baja y como en una comedia de enredos, varias puertas se abren en su lado izquierda equidistantes e idénticas. Desde la habitación que ocupa el centro, desde la que se define como eje central de las otras, percibo de nuevo la letanía unísona difundiéndose clara y contundente, su rítmica persistencia la asemejan al rezo del santo rosario que mis recuerdos infantiles rescatan de la memoria. Una voz toma las riendas y planeando sobre las demás emite unas frases que, sin llegar a concluir en su enunciado, son coreadas por el resto de los allí congregados como si una única garganta las recitase. Al igual que en mi provisional refugio, la puerta de aquel tabernáculo se encuentra abierta a la curiosidad, sombras alargadas e impasibles se proyectan con viveza sobre la pared contraria, gomosas figuras que tiemblan según se aproximen o alejen de la fuente principal de luz, y el aroma de la cera, que delata la presencia de luminarias móviles que causan otras burdas oscuridades de formas temblorosas y difuminadas. El guía continúa salmodiando alto e ininteligible, el coro, musical, repite el estribillo como en una celebración torcida y cómica, una parodia ecléctica que imita lo religioso con maneras impropias, lo que produce en mi espinazo una contracción defensiva. Me invade un presentimiento justificado, mi nariz se empeña en meterse en la guarida de un lobo desconocido, un cánido fiero que aún no ha olfateada mi presencia, pero que, si llega a percatarse de ella, intentará con salvaje saña devorarme despiadado y concienzudo. No me es difícil imaginar lo que allí está ocurriendo, seguramente se trata de algún grupo o secta que alquila el edificio para llevar a cabo sus prácticas religiosas de una forma discreta, así evitan la torpe presencia de los representantes de la ley y su persecución segura y despiadada. Lo sensato es iniciar una retirada decorosa, nadie me ha invitado a esta liturgia y tampoco me asiste el más baladí derecho a inmiscuirme en asuntos ajenos y menos, si estos están relacionados con el alma y su sustento. Es preferible volver por la mañana y plantear mis deseos de una manera sencilla y correcta.

MANSION (4)

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