Marcos Estrada, “El Dedo Anular” Cartulina Repetida.

Capítulo Trece.

CARTULINA REPETIDA.

—Ocho u ocho y media— No te llamo, Julia-Luna, a cambio pregunto a Samuel por vuestra dirección y camino, paseo distraído hasta donde sé que estáis. Miro un portal lleno de años, una escalera raída y sucia que asciende entre escalones mustios. La mirilla me observa, escucho un trajín interno y llamo. Abres sorprendida y sonriente, desde el salón los ojos de los presentes se lanzan en un interrogatorio sin interés. Me presentas a Rogelio, un barbudo con aspecto de profesor de instituto, la chica rubia está entre tus invitados, indefensa, no sé por qué pienso que se encuentra indefensa entre vuestras fauces. Juan viene desde un pasillo, parece contrariado por mi presencia, saluda y me abandona en medio de las caras sonrientes. Te miro, Julia-Luna, busco tu apoyo y me lo prestas sin pedir nada a cambio. No te he llamado y sin embargo he venido, aquí, donde compartes todo aquello que atesoras, donde me alejas por siempre de tu lado. Para mí ocho u ocho y media. Para mí el hostal del barrio empedrado. Sólo para mí la realidad que se nos escapa cuando nos amamos. Tal vez sea imposible otro lugar de encuentro, a lo peor estamos condenados a vernos entre una franja huidiza y discreta. Convivir es un acto que sucede desde el otro lado, allí te miro rodeada de los desconocidos que le has robado a estos dieciocho meses. Envidio las conversaciones que mantienes y que posiblemente quedaron detenidas en otro momento, y ahora, las continuáis sin reparos, henchidos, entregados en el noble arte de la plática. Nada de esto me pertenece, puedo robar este trocito que he querido antes que la furtividad, sólo un pedazo de lo normal que pretendo consumir sentado entre vosotros, después será la calle y las ideas obsesivas. Pero eso más tarde. Ahora aceptaré un café y permaneceré callado mientras discutís de cosas que no me interesan, intentaré parecer atento cuando reclaméis mi atención, y seré vuestro por unos momentos. Hoy me espera la noche en un lugar del que no te he hablado. Eso es mío.
—Ahora me encuentro algo perdida. —La rubia joven parece encontrarse siempre confundida. —Resulta enmarañada la relación entre el Árbol de la Vida y el episodio entre los ángeles y las hijas de los hombres. Y, sin embargo, de ambos se desprende una misma lectura: el conocimiento.
El tal Rogelio la mira embobado, no se puede apartar de la visión de unos redondos muslos abrigados por unas medias negras y opacas. Quiere hablar, que ella se sienta fascinada por su saber.
—Viene a ser lo mismo. Lo curioso resulta de intentar dotar a la segunda interpretación de una lógica actual. —Mira a Solano para averiguar si está diciendo tonterías, convencido de que va por buen camino prosigue. —Los ángeles pudieron ser unos seres procedentes de otra cultura, terrenal o… —Las palabras se quedan detenidas, pretenden insinuar, se niega a mostrar algo que para su propia mente pasa por improbable. —Pero imagina que el mundo se hallase imposibilitado para la comunicación, y que un grupo de personas, seres o ángeles, pudiesen pasado el tiempo contactar con las islas de incultura y bestialismo. Navegantes que llegan a unas costas y que se ven impedidos para el retorno. Lo normal sería que se sintieran atraídos por las hembras de estos homínidos, no deja de ser algo natural e imperativo, y que de esta mezcla surgiera un ser más evolucionado, los héroes. Una vez que los visitantes hubiesen muerto por vejez o enfermedad, tan sólo sería un recuerdo, una fábula que contar. Tal vez pudo ocurrir así y estas interpretaciones del Génesis lo que hacen es narrarlo tal y como fue recordado.
Julia-Luna viene desde el fondo de la cocina, porta una bandeja cargada de vasos humeantes. Miro las paredes y descubro un mundo de estantes y libros, una prolongación casera del “Arca”. Hay otros objetos, fetiches, idolillos de culturas desconocidas y lejanas, cuencos de arcilla cocida, máscaras.
—Bueno, es la hora del ágape. —Julia-Luna interrumpe mientras sostiene mi mirada.
Se hace sitio sobre una mesa llena de papeles escritos a mano, Raquel recoge una carpeta y mete dentro los apuntes que ha ido tomando. Afuera ha dejado de llover y los grandes ventanales que se abren en el salón muestran un reguero de gotas esparcidas. El café viene hirviendo y todos sorben. Soy un extraño molesto que interrumpe algo, algo sucio que se construye poco a poco y que no precisa de testigos. Juan se sienta junto a ella, se le aproxima y le apoya el brazo en la pierna. Julia-Luna mira las ventanas, mira las caras que hablan o beben, mira mis ojos perdidos en los suyos. Julia solo mira.
—Cuando tengas terminada la tesis quiero ser uno de los primeros en leerla, por no decir el primero. —Solano le habla a Raquel y esta suelta el vaso entre otros, traga acelerada.
—Por supuesto…, (glub), quiero que la cotejes y revises, puede que no haya captado la idea, ya sabes.
—A mí tampoco me importaría leerla. —Rogelio aboga por sí mismo y mira al librero.
—¿Estáis seguros que esas interpretaciones son correctas? —Todos callan cuando formulo la pregunta. Un silencio denso y cargado de hierros oxidados. Parece que las disidencias no son muy bien recibidas.
—Correcto, incorrecto. ¿Qué más da? Alguien dijo que la realidad se inventa. —Es Rogelio el que teoriza.
—Creo que importa si algo es cierto o no. Sobre todo, si ese algo encierra connotaciones tan personales. Lo que se desprende de esa interpretación puede alterar el normal funcionamiento de cualquier persona. —Solano parece interesado en lo que digo, Julia-Luna sonríe viéndome venir. —Cualquiera puede hacer una interpretación por peregrina que parezca de lo que aconteció en los primeros días, así, sin más. Pero si ello comporta el que influya en el pensamiento de terceros, me parece que debe, al menos, ser debatida, contrastada.
—No dejas de tener razón, Lucas. —El librero muestras una faz divertida. —Si se trata de debatir, debatamos. Pero no olvides que esta forma de abordar el mensaje del Génesis viene de lejos, puede resultar vano el hablar de ello cuando siglos de estudio e interpretación apuntan hacia un camino concreto y definido.
Le miran como si acabase de hablar un mesías. Todos asienten, incluido la chica rubia.
—¿Qué camino? Yo no he visto en lo que hablabais ninguna senda señalada. Leyendas, fábulas para mentes incultas y sencillas, ¿ese es el camino?, ¿volver a la prehistoria?
Rogelio niega con la cabeza, un anatema ha sido expuesto sin pudor. El timbre suena y Julia se levanta, veo el vuelo de su falda alzando oleadas invisibles, marejadas que alertan el faro monocromo de mi deseo. Llega Teresa y parece preguntar con la mirada por mi presencia, nadie quiere contestar. Detrás aparece Samuel quitándose el abrigo, a su lado una mujer extremadamente baja hace lo mismo. El “Rabí” me la presenta como su esposa, un nombre bello y sonoro, Ruth, y se acomodan como pueden alrededor de la mesa de formica.
—Hablábamos de la interpretación del Génesis. —Juan le informa al mesonero de inmediato. —Lucas duda de nuestras lecturas, del enfoque que le damos. Asegura que puede ser peligroso lanzar una teoría que ejerza una influencia nefasta sobre otras personas sin contrastarla, sin darle visos de veracidad.
El “Rabí” bufa, tose y comienza la charla.
—No importa., Lucas. ¿Existe dios? ¿Existen acaso los ángeles tal como los imaginamos? Llevamos varios milenios asentados sobre un terreno pantanoso y de difícil seguridad, ¿y qué?, acaso no amanece por igual, no se sigue hablando de libertades, de progreso y avance. Se necesita un soporte para construir algo, una teoría de la que partir, un punto de arranque. Ya se irá despejando la realidad mientras se anda, lo importante, Lucas, es andar.
—Me parece políticamente correcto. Siempre se ha echado mano de la teoría para logros ulteriores, no niego de su necesidad, pero me reconocerás que muchas de esas teorías eran peligrosas, tan nefastas que tuvieron que ser perseguidas y destruidas, y no hace falta que vierta unos cuantos ejemplos.
—Por supuesto, en el siglo pasado hay varios de ellos —Rogelio se suma a la cháchara loco por impresionar a la rubia que mira en silencio. —Pero en esta cuestión no veo el problema. Interpretar el Génesis no deja de ser un divertimento, una forma de buscar, si quieres, justificaciones a actos personales.
—Ahí el problema. —Apunto de inmediato. —Las justificaciones de los actos personales siempre acarrea a la víctima extrañas prebendas, dogmas que no llega a entender y que le coaccionan su existir, lo modifican.
—¿Qué víctima? —Solano se interesa por las víctimas.
—Meridiano, Juan, puro y meridiano. No me dirás que la interpretación que tú mismo hagas no conlleva el padecimiento de alguien. Dices algo que justifica tu actuar, pero ¿ante quién?, ante ti mismo, no ante el otro. El otro, el que ve cómo realizas actos para él desconocidos, siempre es la víctima. Entonces, ¿qué me dices de esa falsa y doble moral?
Samuel parece divertido ante la pregunta, con aspecto socarrón mira al cielo, después invoca a los infiernos con los ojos clavados en el suelo, los eleva lentamente hasta mi altura y se decide a hablar.
—La moral del Génesis es relativa, por no decir que adolece de moral. La desnudez pecaminosa que advierte Eva y Adán sucede después del pecado de consciencia, es decir, cuando la Ley Divina es suplantada por la del hombre, entonces aparece el pecado, y éste, no lo olvides, es fruto del propio ser humano, de aquello que crea y bautiza bajo el sonoro y lamentable nombre de moral.
—Bueno, la teoría es aceptable. —Admito sin demasiado entusiasmo.
Todos escuchan cuasi atentos, veo a Teresa jugando con el cenicero, a Rogelio embebido en los muslos de Raquel, Julia-¬Luna en ese ir y venir de mis ojos a los de Solano. El “Rabí”, en cambio, bebe cada sílaba dispuesto al quite, a la aclaración.
—Consciencia, Lucas, es elegir al hombre. Abolir el instinto y guiarse por la moralina. El Edén es el animal, la consciencia la ley y los preceptos. —Argumenta Samuel.
—Entonces me quedo con el Jardín de las Delicias. —Elijo de inmediato, todos ríen divertidos.
—Arma de doble filo. —Sentencia Rogelio. —Puede que desde esa perspectiva seas tú mismo, puro, virginal, ¿pero de qué sirve el placer si no tenemos constancia de él? ¿Para qué el arte y la ciencia, entonces?
No necesitar el conocimiento, abolir los dogmas y permanecer elemental en medio del universo, metano, hidrógeno, átomo, Lucas Martel, helio. Bonito panorama.
—Y vosotros, ¿qué opináis?
Revuelo general en el gallinero, alzar de brazos y manos, palabras que se precipitan en un azar atropellado. Insisto.
—No, en serio. ¿Seríais capaces de formular vuestra propia interpretación, decantaros por una vertiente? —Los miro arrogante y retador.
Solano permanece metido en esa sonrisa de complacencia que le aísla del mundo, todos vociferan menos él.
—Tiene razón, —Afirma Raquel, —Toda esta teoría no me sirve de nada si no veo lo que vosotros pensáis, si no formuláis vuestra propia interpretación y práctica del hecho.
Continua el alboroto, Rogelio no pierde esta oportunidad y se lanza al coso sin capote ni espada.
—Bien, yo seré el primero. Pero os advierto que nunca me lo planteé así, en palabras. Pienso por contra que se trata de una actitud, una forma de encarar aconteceres. Me explico. —Todos asienten, desean que se explique. —En mi caso la consciencia es un lujo, un espejo donde las imágenes se proyectan y gracias a ello puedo tener una doble visión de las cosas. Los actos normales, los cotidianos, nos sitúan en un intermedio similar al estado edénico, en esos momentos es cuando menos persona somos y más animales nos sentimos. Padecemos, sufrimos y casi no nos percatamos de ello. Cuando aspiro la consciencia, tengo presente el acto, peco y pienso que peco, sufro que peco, gozo que peco…
—Eso no es un espejo, hablas de un diamante, mil caras. —La intervención de Teresa promulga la carcajada general.
—No, aguarda. —Intenta continuar, pero debe esperar a que los ánimos se templen. —¡Ya está bien! Dejadme seguir. —Julia y Samuel sisean intentando restablecer la calma.
—Como decía. Y tú chanza me sirve. —Se dirige a Teresa. —Desde esa percepción tengo esas mil caras, me tengo desde mil puntos distintos y os aseguro que es un puro goce, un disfrute variado, complejo y a la vez elemental. —Su disertar termina con una mirada bovina dedicada a Raquel que le ignora.
—Ya que te he interrumpido, solicito mi turno, me someto al dictamen del jurado. —Teresa junta valor y sigue la estela que Rogelio ha dejado impresa sobre la tarde. —Cuando lo que de alguna manera denomino consciencia llegó a mí, fue como una liberación, yo venía de un terreno moral y limitado, de un seguir la pauta a pies juntillas. Vamos, de ser congruente y formalista con todos los corsés y limitaciones que la sociedad, y yo misma, había ido atesorando poco a poco. —Alguien apunta algo sobre las defensas, Teresa asiente. —Si, defensas contra el mundo, contra mi propio miedo, contra el volar. Ahora es distinto, ni mejor ni peor, simplemente diferente. Puedo recorrer sola, y eso es importante, sola, —lo repite como autoafirmándose, —por la senda elegida sin sentir miedo de mí, sin temor a los actos libres que realizo. Ahora sé que la equivocación no es un lastre eterno, que no pecó el pobre de Adán para que ahora yo llore por los siglos de los siglos. Resumiendo, la consciencia me resulta práctica y necesaria, no es teoría, es un vivir con mayúsculas.
Aplauso general y vítores, Teresa enrojece azorada y asiente con ánimo de venganza, parece decir, —ya os pillaré yo a vosotros.
Se impone la comida improvisada, Julia dirige las operaciones desde la cocina. Una cadena de porteadores, Rogelio, Raquel, Teresa, van depositando sobre la mesa de formica un enjambre de bandejas y viandas, el vino corre, la cerveza no se le queda a la zaga. Samuel se excusa, él no piensa formular ninguna declaración de principios sobre la consciencia. Abucheo y silbidos.
—Esperad, tengo mis motivos. —Espera complacida para que esos motivos salgan a la luz. —Soy un teórico nato, no me interesa la propia práctica, en cambio, necesito de los demás, de muchos demás para que mis principios se vean negados o refrendados en la existencia a pelo, en lo diario, ¿me explico? —Se explica, pero nadie parece estar de acuerdo. —Yo pienso sobre las cosas y lo comunico, aguardo que los exploradores vayan despejando la trocha, después, sobre unas andas, cómodo y feliz, me acerco al campo de estudio y observo, soy un mirón, no lo puedo evitar. —Su confesión arranca nuevas carcajadas y aplausos. El nivel etílico se eleva eufórico y volátil.
Todos esperan que una nueva exposición haga acto de presencia, Julia-Luna parece dispuesta a narrar, pero en un cruce medido y premeditado Juan se le adelanta.
—Consciencia, bonito término. —Parece un trovero dispuesto a deleitamos con coplillas y endechas. —Cuando lo vivo, porque en contra de lo que Samuel ha expuesto considero que la consciencia sólo se la puede vivir, todo toma una razón determinada, todo el trigo se inclina en una misma dirección. Miro el rededor y las cosas, los seres, adquieren una presencia íntegra y sólida. Para mí la consciencia podríamos decir que es visual o, mejor dicho, la primera percepción que recibo del acto consciente se me revela por los ojos, por el mirar. —Raquel estira su tímida falda en un intento porque ese mirar no llegue demasiado arriba. —En cuanto a lo meramente enunciativo, la consciencia me permite llegar a los otros, recibirles o despedirles de otra manera. Y también estoy de acuerda con lo expuesto por Rogelio. —Este se infla imperceptiblemente. —Gozo más y mejor, me arrastro y embarro en los lodos de mis limites sin dolor ni sentimiento alguno de culpa, y si llega, si la culpa disfrazada hace su aparición, disfruto de ella y la violento. Eso es todo, no tengo nada más que añadir.
Silencio, parece un testamento político que ha sido enunciado desde un estrado, un análisis final y concluyente dirigido a un auditorio expectante y atento. Solano vuelve a tomar la palabra.
—¿Qué os parece si tomamos alguna copa? Conozco un local donde… —Julia-Luna le interrumpe.
—Ahora vamos, después, quiero hablar de mi consciencia.
Se miran y ellos saben de lo que hablan, sólo ellos despliegan un puente de cordeles entre sus ojos, una plática muda y sorda que no precisa del lenguaje y que lo dice casi todo.
—Pues adelante. —Le anima Rogelio.
Julia repite los mismos pasos que le viera al “Rabí”, mirar al cielo, al infierno, a mis ojos distraídos.
—La consciencia, o lo que sea, se me muestra en esta charla donde la inocencia no existe. No puedo percibirla desde los ángulos de Juan, desde las caras de Rogelio, tampoco me llega desde los enunciados sabios de Samuel, ni siquiera la veo en el andar solitario de Teresa. Ni en ti, Raquel, que exploras confundida sin saber de las fauces, de la caída, —Solano preferiría el silencio, las bocas selladas y cosidas. —Es mi cuerpo quién me la revela, el abismo que se abre y no puedo controlar. Para mí la consciencia pervive en el reducto que un cuerpo compone, allí es el maremágnum de los sentidos, porque no concibo la consciencia si no la pierdo, si no me pierde. Cuando regreso del Edén de unos brazos sucede el milagro de tomar razón y visión de la consciencia y por su falta la percibo, no por su estar.
Ahora sí el silencio, en este instante sí la mudez de todos como un planeo grueso y pesado.
—Y tú, Lucas, ¿percibes la consciencia? —Julia-Luna mantiene en volandas mi mirada.
—Yo no sé de la consciencia, vivo animal y dócil en el Edén. Allí estoy y aguardo, ese único lugar en el que alguien puede echar en olvido a la consciencia.
—Bueno, ¿qué?, tomamos esas copas. —Rogelio se levanta y sigue babeando tras la figura de Raquel que busca el cuarto de baño.
—Por cierto, ¿cómo va lo de tu coche? —Samuel pregunta a Teresa mientras va recogiendo los restos de la cena.
Se hace el silencio y Julia-Luna está feliz, ronda por unos tejados imaginarios que se asientan sobre nuestras cabezas, me ilumina y es grata su luz. Ella habla el lenguaje de los gatos y los cubos de basura. Sabe de las aceras y los portales a oscuras. Sé que manda sus rayos benefactores sobre mi piel de cenizas, que esa luminosidad es sólo para mí, que nadie lo sabe, aunque lo sospechan. Lo sé.

Ahora es la calle y la frialdad de la noche. He dejado un panorama de nervios y gente atropellada. Rehúso tomar copa alguna, miento excusas. Parecía como si quisiesen que me marchara, que cogiera la puerta y me alejara rumbo a cualquier parte. Pero el pensamiento tiene otras metas, otros logros que pienso poner en marcha. Tanto Génesis, tanta venta y alcornoque me indican algo que parece escurrirse de mis manos. “Los hilos” se agitan y puedo verlos, muestran el camino que lleva del otro lado, los “Li” que tengo que recorrer.

solana (22)
José Gutiérrez Solana (1886-1945)

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