Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjeta Tachada.

Capítulo Doce.

TARJETA TACHADA.

La luz se halla desterrada de toda la casa, a pesar de lo avanzado del día las persianas permanecen bajadas imponiendo una penumbra recogida y artificial. Flotan en el recuerdo los pedazos de una jornada difícil, llena de instantes perversos y desviados que al final dejaron al subconsciente preso de insinuaciones abominables y funestas. Hasta la superficie de este presente emerge la onírica duermevela, la macabra acción que tomó corporeidad de pincelada en una triste orgía donde el propio deseo materializaba las pasiones de otros. Tal vez el motivo se encuentra oculto en los pliegues de mi memoria, como una astilla dolorosa se ceba en el remordimiento. El encuentro en aquel hostal, furtivo, innecesariamente mudo. la aceptación por parte de ambos de omitir el hecho, no el engaño, no. Substraerse a la mentira como si nada hubiese ocurrido. La turbación de la vergonzosa complicidad que nos mantiene en silencio, falta de escrúpulos que obliga al fingimiento. —Ocho u ocho y media, llámame— Juan ignora el hecho, tomó cuerpo en la alegoría soñada y pasa a ser el dedo acusador que me inflige el castigo desde el otro lado. Pero fue tan vívido, tan real el contacto de la piel que su ausencia produce un fluido difícil de restañar. Las sábanas han amanecido con la huella imborrable de un deseo derramado, vertido imperiosamente sobre la noche y sus oscuros pobladores. Quizás es mi instinto el único que me señala un norte fijo y vehemente, quizás únicamente la parte animal es capaz de brujulear un lugar concreto y determinado por donde, al alejarse la vigilia, encamino resueltamente mis pasos en una licantropía que tan sólo precisa de la luna llena de Julia. Una aspiración selenita mezclando la marejada terrible de la sangre en turbulencias de vocación y, transfigurado en lobo, recorra la senda del deseo con ansia atroz e irracional. Otra vez son “los hilos” los que marcan el paso, el tímido boceto del regreso a una percepción diferente del entorno, parecen indicar la clave necesaria para la consecución de los fines. Lucas se habla.
—No pienses y la ruta se abrirá desbrozada. El mismo camino te señalará el precioso momento del andar liberado, y un olfato básico, olvidado, será la estrella que velará el rumbo correcto donde el trazado original se presenta sin dudas ni indecisiones.
Tal vez es condenadamente simple, tan básico como una necesidad visceral, sin más vertientes que los impulsos elementales de los testículos y su fiel tiranía.
Enquistado por el humo, cultivando la meditación con la amorosa saña del hortelano, parto el cristal que contiene mi mente, un cuarzo primordial causante de las prisiones del instinto, mientras que la ley de dios, inscrita en cada gen, revela por medio de toda célula el pulso a seguir. Puedo aceptar la destrucción de la norma sin alarma previa, la defenestración de los códices que parcelan y domeñan la unidad básica entre lo espiritual y lo corpóreo, y no sentir por ella vértigo alguno. Poseo más empuje de lo que realmente creo, la máscara no se ha integrado en mi vida como una segunda y fundamental presencia, los rasgos esenciales se pueden percibir con cierta nitidez, no han sido borrados en su totalidad por el transcurrir de la hipocresía compartida. Permití alguna vez a la fuerza de la costumbre planear sobre mi vida, consentí mil traiciones al interno testigo, al único baluarte pasible, yo mismo. Pude dejar que me oprimieran hasta la blasfemia, usé de mi forma para consentir y alentar el disparate, pero las tablas donde se recogen los preceptos de lo normal fueron despreciadas y holladas por mi planta. Ahora sé que me encuentro, al menos, sobre mi propio camino.
¿Sueño aún? Despierta Lucas, levántate y anda. Puertos y borrascas. Ayer la pesadilla por todo el día, la falta de claridad en veinticuatro horas, Julia, —ocho— dices y no voy, porque tu alma no estará presente. Esa alma que escondes acude de hurtadillas al llamado del sueño, ahí te encuentro. ¿Sueño aún…?

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