Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Esquela Mortuoria. 3/3

Capítulo Once 3/3.

ESQUELA MORTUORIA.

Despertar sentado en una silla, un reencuentro con la realidad. Esto es la cocina, ollas, sartenes, niebla sudorosa que regresa ubicando hechos, constatar el dolor físico que asola la frente, gasa en el frontal. Regresan las imágenes, pesadilla de textos y cosas, de redes desplegadas. La pareja desigual, la alopecia, la ginebra reviviendo en el estómago. Puerto y niña en la mar, olas. Ella no estaba. Centrar la memoria. Dolor del cuerpo, también, dolorido, magullado, sillas y caer. En el salón se oyen voces murmurando, discretas e íntimas se derriten, no tienen significados. Busco el paquete de cigarrillos, el bolsillo está vacío, inquieto me habla de la locura, esparcir contenido por lugares de pesadillas. Vacío. Dolor que aumenta. El cráneo lanza una descarga eléctrica desde los parietales, y allí corre, se precipita y se aloja en las cervicales. Caer, la silla vol¬cada, ginebra. La voz de Juan Solano se destaca sobre el resto, timbre seco, cargar las esdrújulas, inconfundible. No quiero salir y encontrarme en medio de las preguntas, miradas, los otros afuera, del otro lado. ¿Julia no está? Cuchicheos de resucitados, no querer salir. Samuel, Juan, distingo dos tonos, los comensales seguirán diciendo no a los otros. Miran, vientre de pez, sacuden el tiempo sobre un mantel repleto de migas. Raquel y la estilo¬gráfica, folios, Génesis y dinastía humana. Vergüenza, siento el rubor del que miente. Lo sé todo. La niña, Julia, la biblioteca de los errores. Ocho u ocho y media. Levantar el torso, vahídos cercenando equilibrio y verticales. La silla, amparo de madera. Sartenes, ollas. La cocina. Toser de desamparos, toso, pienso y toso. Agonía reiterada. Toso. Miento. Las sillas gritan, se vuelven locas y se remueven por el comedor, aplauden los pasos, vienen, ellos vienen reclamando respuestas. Decir, mentir. Ocho u ocho y media. Está, sé que está. Urgencia que se aproxima, cercana, obligando a las palabras a tejer deprisa. Mentir. Nada de la venta, nada de Ana. Vienen y es un tropel que despierta sorpresas. Juan abre la comitiva, Samuel le sigue, siempre le precede, sonrisa inalterable, Samuel sonríe siempre, acuchilla siempre. Hojas de afeitar, cinta adhesiva, sábanas. Raquel y el deseo, —Lucas Martel, encantado de conocerte. —Advenedizo, piensa la chica rubia. —¿Vuelve? ¿La luz vuelve?
Estás, cierras la procesión en actitud de sacerdotisa, callas, caminas sin advertir expresión alguna en mi semblante blanco. Miras, callas, más no duermes. Contusiones sin juicio, no comentas y pareces decirlo todo. Iris perplejo e inquiriente, agua siena en el mirar eso veo, me habla desde esos rubores cárdenos que en sus ojos resplandece. Signos. Huéspedes inoportunos, marchaos al salón del vientre gris, a la sala de autopsias donde un cadáver sostiene una mano muerta. Convocar, os convoco y venís, las preguntas, Juan me dejó preso del asfalto y las calles, regresa, y es un desmayo, Lucas viene de lejos.
—Lucas, sorpresa tras sorpresa. Vaya susto nos has dado. ¿Qué demonios te sucede? Samuel no cabía en su asombro, como un saco dijo, se ha desplomado como un saco. —Miro al “Rabí” y éste alza las cejas. —Nos llamó alarmado. —Preguntas que truecan en espera. Análisis. Pormenorizada exposición de hechos. Mentir.
—Química orgánica, Juan, quien no come no prospera, ni Génesis ni nada. Comer, subsistencia. Algo por otro lado bastante mundano. —Juan mira sonriendo. —La eterna noche del alma.
—O sea, que se trata de una cuestión de ayuno voluntario. —Es Samuel el que habla mientras otea los resplandecientes fogones. —Alimento para el espíritu, yantar del cuerpo. —Rebusca en la nevera un bistec y lo arroja con maestría sobre los fogones. —Salid de aquí, dejad al alquimista de las especias completar su obra. ¡Venga, venga! —Nos empuja, obliga a que abandonemos el feudo y esperemos en el comedor.
Aromas. Empujones y la comitiva abandonando la cocina. El salón y la pareja. Juan coge una botella y la observa. Raquel se aburre. Julia rebusca tenedor y cuchillo. Perfume de yerbas y fuego, purificación de la carne que ingiero. Olor salutífero inundando la sala, el estómago reclama con sonoridad.
—Por cierto, cuando me dejaste en la librería no parecías enfermo. —Julia nos mira con una alternancia cómica, de cine mudo. —¿No ocultas nada con respecto a tu caída? ¿Puede que otra causa…? —Ella advierte algo que parece evidente, duda, se siente confusa.
—Caída, suena raro oírlo. Caer, Juan, desvanecimiento asistido. —Lo digo mientras observo la tensión que en el aire parece detenerse. —Ya que estaba en ello continué por mi cuenta, andar, caer, levantarse y despertar en medio de otro sueño.
El “Rabí” apareceré sosteniendo una bandeja llena de verduras y carne.
—Lo siento señores. Silencio reclamo, la obra está terminada, ahora comer. Grosero yantar, fuera elucubraciones antes que la brisa de lo insustancial enfríe lo importante.
Ahora acomodarse, empujar con las caderas las sillas, el hablar entre dos. Servilleta, —sí, gracias— y la copa con el vino, y el pan con el alma. La pareja continúa sentada al fondo, espectadores gratuitos, silenciosos y ocultos. Caín perpetúa el crimen primero, encima, sobre sus cabezas distintas, alopecia y tinte conjugando. El hombre de férreo corte mira hacia nosotros, siento en su curiosidad un algo perdonable, comer, los demás observan o beben, dicen y desdicen, huye el hombre con los ojos. Retorna el vino y la equidad, el ánima que lo mantiene se difunde por el cuerpo. Comunión real. Pámpanos que fermentan, Julia alimentando al enigma del silencio. Contrariada, actitud del que espera, entrada en escena postergada. No es el momento. Ahora palabras, frases muertas, cortesías que hacen vomitar y la lluvia, y el agua de un bautismo. Cóncavo insonoro, Juan odia el silencio. La factura. Los comensales del fondo quieren marcharse y Samuel se levanta. Mastico. El hombre que se oculta tras la negrura de unos lentes sostiene el abrigo de la chica. Cabello tintado. Ella mete los brazos por las mangas y se alza el pelo en un gesto repetido. El “Rabí” suma y ejecuta el recordatorio de la danza de los tres platos. La desigual pareja aguarda. Abona sin esperar la vuelta de unas monedas, ¿treinta?, abandonan el local con unos pasos cautos, él oscila como un simio, zambo retiene la puerta para que ella salga. Paso adelante. Siento un sueño que oprime los párpados. Niebla en la cabeza. Samuel hace que la caja registradora ejecute un redoble de timbre. Tengo en las articulaciones unas pesas, sopor ingrávido.
—Raquel se ha pasado toda la tarde tomando apuntes.
La chica sonríe y se siente azorada. Julia sigue mirando desde el silencio, calla, se calla.
—Debes tener abundante información. —Juan interviene mientras trago un trozo de carne dulzona y espesa.
—Creo que demasiado. Lo que debo hacer ahora es ordenarlo todo, darle un sentido longitudinal. —Raquel explica el método, el proyecto soñado. —Nunca pensé que esta investigación fuese tan amplia, recuerdo que cuando pregunté en la librería, ni imaginaba la cantidad de lecturas y datos que me iban a acompañar en el camino.
—Nunca se sabe. —Es el librero el que deja abierta la frase, el que la deja tiritando sobre nuestras cabezas.
Julia hastiada del agasajo, siente una animadversión natural hacia la chica rubia, centro y desplazamiento, fueras de juego. Sonríe y me mira. La sorprendo y baja los ojos hasta rozar el suelo, con un ademán retira los cabellos.
—Lamento interrumpiros, —les digo, —me siento de nuevo mareado, preferiría marcharme, con un sueñecito seguro que se me pasa. No quisiera montar un número de magnitud aún mayor.
—Por supuesto, Lucas, por supuesto. —Repite Juan desde un eco profundo. —Ya es bastante tarde, lo mejor que puedes hacer es descansar.
Incorporo el cuerpo, vuelve una fatiga distinta pero igual de arrebatadora. Mareos, todo gira en la memoria. Juan me sostiene por el brazo.
—¿No querrás que te dejemos marchar en este estado? Deja el coche donde esté, mañana lo recoges, nosotros te acercamos hasta tu casa. No aceptaré una negativa por tu parte. —Se pone en pie y dirige la voz, Julia entiende el imperativo modular, los deseos impuestos. —Venga vamos, dejemos a Lucas a buen recaudo. Le llevaremos hasta su morada.
Las calles. La luz reflejada en un enjambre de guiños y ráfagas. La luz. Las calles desfilando entre el neón y la vida, hija predilecta de la noche, las calles. Torbellinos de asfalto, miro los ojos de Lucas Martel escudriñando rojos y fieros. Un olor de cuero seco y viejo llega hasta el olfato, el coche se agita, aromas de pino, el arbolito de cartón se balancea colgado del retrovisor. La luz, astros de flúor, cometas que se esparcen por los escaparates. Bancos y alcorques. La noche y el deslizar del cuerpo hacia delante, un sonido de caucho que se frota por el suelo humedecido. Portal. Voz de Julia que abre la puerta y mira el pingajo en que me he convertido, sudoroso, con un aliento de muerte tras los párpados. Portal y sacar la cabeza fuera, el torso fuera, la lengua fuera. Acera y el guiño intermitente del vehículo, las llaves y una forma fría e indócil que cascabelea dentro del bolsillo de la chaqueta. Llaves, cerraduras, un paso atrás y decir algo, una excusa. —Espero que mañana… —Lo digo y la cabeza se acompasa al ritmo del planeta. Giros, cabriolas sobre las losas que abrigan a las cucarachas. Julia sostiene la portezuela, me contempla y busca soluciones en los ojos de Juan Solano. —Ayúdale a subir, te espero. —Es la cintura y la cadera, la mano gélida que se aferra al hombro y un paso, otro que se rompe en el filo de los escalones, uno más. El portal es una cueva oscura llena de plantas artificiales, las puedo oler, huelo el polvo que se acumula sobre sus falsas nervaduras. Mirar atrás y seguir alucinado con el parpadeo del coche, un naranja insistente que se proyecta sobre todo.
El ascensor abre las mandíbulas, dejo el codo enganchado en el batiente, Julia tironea y entro en el abismo. Metal y ronroneo eléctrico, pausado. Mientras la puerta se cerraba aún la calle, la luz, la noche. Recuerdo unas conchas malvas, una mar de plata impasible, el tono asalmonado de una caracola agujereada por la arena. Las llaves y la oscuridad, un interruptor que me deja ciego, avanzar entre el sofá y la mesa, un hábil giro de cintura y desparramarse sobre
el lecho. Los zapatos, los calcetines, y un pudor extraño y desconocido. La camisa y unos dedos fríos, la colcha elevando una brisa artificial de detergente. Cara sobre la sábana, cruz de mis espaldas, y el vuelta y vuelta de la carne. La lámpara dibuja un círculo irisado en el techo. Alargo la mano y palpo una pantorrilla helada.
—Quédate quieto. —Ascender buscando la corva y sus laberintos. —¡Quieres quedarte quieto! —La hago caer, su cuerpo desciende sofocante sobre el mío, un peso cálido y perfecto. Busco su boca, ella se aparta, enciende unos calores por las paredes. Cede, se relaja y acepta. Un brusco gesto y se levanta. —Te he llamado tres veces. —¿Reproche? —Llámame tú, para perder ¬la costumbre. —Es el silencio de la alfombra, los pasos se pierden por corredores que circulan en la cabeza. —Ocho u ocho y media. —Dice. —Una puerta retumba lejana. Julia. Dice. Viene desde la gasa, un caminar de hojas, de bosques y árboles desconocidos. Su hija. Eva anda por la habitación, desnuda, madre y mujer de la Tierra. Tierra misma. Esposa de Adán, carne de la misma carne. Julia de arena toda sostiene en alto una manzana. Incisivo corte, pacto del diente y el fruto, rotando la mano, y ofrece el manjar a mi codicia… Un sueño denso y espeso se deshilvana por la habitación. Vienes de su mano, en él presa, y traes contigo al mundo y el orbe, satélites impenitentes mis ojos. Soñar de Eva-Julia, del cuerpo que avanza insonoro hasta invadir con ardor las cobijas y el alma que la sustenta. Vienes con el andar felino de la muerte, te acercas bordeando las fronteras de lo irreal. Yo, el primero, el Adán que guarda en la lengua tres granos del saber, mirra, incienso y aceite de mirra para el cuerpo, para el cadáver. Cierra la puerta. Estás, Eva, contemplas la desnudez que te contempla, acercas el aliento y es la ola y los pájaros. La sombra que te precede toma consistencia, es el horror, Juan nos observa. Ocho u ocho y media. El hostal Julia, el empedrado de los hilos y los cobertores. Debe saber, está aquí porque sabe de la lucha borrosa y negada de nuestra piel. Y mira, nos mira desde la lejanía. Detén tus labios, detén esta agonía de la caricia. Ve, en tus pupilas y en las mías, se asoma a los hombros y complace su mirar. Muero, Eva, entregado a tus actos, y Juan te posee desde atrás, eres nuestra por los siglos de los siglos. Madre y mujer de la Tierra. Tierra misma.

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