Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Esquela Mortuoria. 2/3

Capítulo Once 2/3.

ESQUELA MORTUORIA.

—¿Qué te trae por aquí? Acaso…
Empujo la puerta y el comedor es una sala de autopsias, los cadáveres están parados en el suelo, uno me extiende la mano, el otro escribe sobre el Génesis y Adán no está, el padre no trajo de la mano a la hija ahogada. Más cadáveres, uno muerto antes de morir, con el pelo rapado, con unas lentes ahumadas que tapan ojeras y arrugas, el otro, con crenchas mal tintadas, con la esperanza de que los huesos no sean muy duros, de que el esternón sea amable a la hora de buscar sus costillas. Los muertos miran y comen, miran o hablan. Los huesos de la mano se ofrecen a la lascivia del saludo, los cartílagos estrujan las plumas de la tinta, ofenden con la frialdad de los cadalsos la mano que los contiene. Él con corte férreo, ella mal tintada. A oscuras, almas que se apagan y nadie lo evita. Ven, tengo un sitio donde puedes vomitar, cálido, confortable. Voy hacia allí, dejaremos que la sangre se nos vaya, no impediremos al alma emprender la huida. Julia no está. —Ocho u ocho y media— Y Samuel dice cosas, explica y teoriza sobre los ángeles del infierno. Vendré desde el lugar de las cejas rotas, del ámbito de la plaga y sus señales. Pobre abuelo, desea a la nieta y siente la imposibilidad del retorno. Y ella, puta de mierda, tendrías que haber esperado, ¿sabes lo que es eso? Aguardar, tener la certeza de que ese no es el camino, que queda espacio suficiente, sol bastante para construir algo alto y hermoso. Empujo. —¿Qué te trae por aquí? Acaso…
Se abre la puerta y es Samuel volando por las entendederas de Raquel, es el viejo de cabellos marciales sujetando la mano que ensucia. Dicen que esto, y no otra cosa, es la vida. Lo afirma el Génesis, lo canta el libro de Enoc, lo predican las pocas penitencias de Adán. Tres granos del saber por mi garganta.
Grano primero. Mirra.
Es la forma concreta de los comienzos. Pasos y pasos. Esto es así, ¿sabes?, hermoso a propósito, sin mácula. Tendrás que andar a su alrededor y mirar dentro. Soy impuro. No puedo pensar que la luz me pertenece, humilde de verdad, arrastro una cadena de malos pensamientos. Mirra para el médico. Diré que estoy enfermo, que tal vez en otro momento.
Grano segundo. Incienso.
Me das la llave que creí perdida, estoy aquí mismo, sueño con las nubes que no alimentan y sin saberlo, sostengo tu alma entre mis vanas claridades. Hoy estoy entre los vivos. Alquilar una casa. Ginebra. Tuerce la boca y dice de las mesas de madera y las escamas, tarde malva llena de arañas. El padre, el espíritu muerto. La hija ahogada. Es el lugar donde florece la mentira, pétalos negros, aroma de barro negro. Incienso para el sacerdote. Una excusa, un mirar libros, textos, poesía que limpia el ojo izquierdo. Dedo anular invocado. No me socorres.
Grano tercero. Aceite de mirra.
Samuel extiende la mano. Raquel toma apuntes. Los comensales del fondo se destrozan por igual. Viejo que tomas la mano, joven que te vendes barato. Buen precio. Saldos. Julia en las rebajas, artículos sin par, desperfectos que la vida imprime en las etiquetas, pero no temas, no se nota nada. Un pespunte, una manita de pintura y tu estar parece inaugurado. Mira hacia atrás, contempla el espejo que se extiende en tus espaldas. ¿Quién demonios te crees que eres para mentir? ¿Quién te ha dado permiso para tirar lo que tanto esfuerzo me ha costado levantar? Aceite de mirra para ungir tu cuerpo muerto, porque está muerto, aunque te agarres a la vida que construye. Algún día lo sabrás.
—¿Qué te trae por aquí? Acaso…
Los acasos me traen, Julia no está. Ginebra. Puertos y una forma distinta de entender. Empujo la puerta y sucede la magia, Juan sostiene la mano de Julia en una mesa situada al fondo, Samuel me adoctrina, soy Raquel, la idiotez de Raquel, la nebulosa de una mente que no sabe situarse sobre un suelo fijo y estable. Pelo rapado, soy el comensal que sostiene la mano de un viejo que adoctrina, soy la niña ahogada, el perro que corre tras los huesos en la sala de autopsias. Mechas desiguales, soy la puta que no comprende que el cuerpo es sagrado, que no llega a entender que todo está permitido. La luz permitida, la claridad correcta, el amor una excusa que todo lo ablanda. Paréntesis, brazo en alto, rebasando la altura de unos cabellos rapados y marciales, y los ojos grises, (como vientre de pez), repeticiones que se multiplican en ondas. Aquí las señales, líneas que se establecen y pasan desapercibidas. Y ella no está. Me estiro plástico y dividido, abarco de un sólo trazo todo el entendimiento, todos los espacios privados. Somos parte indivisible de todos, participamos del conjunto de los actos ajenos, mata y la horca me aguarda en todas las tardes, esperanzada, anhelando la tersa esponja del cuello. Samuel perpetra el crimen del conocimiento, sala de autopsias, el viejo impúdico sostiene la mano, preso de a observancia, temor. Ella, la joven rubia llamada Raquel, es la coartada, el señuelo que atrae las moscas y sucede el Génesis, los apuntes y la vuelta a comenzar. Julia no está. Edén, una repetición que se encastra en las sienes y tortura la razón. No estás. Empiezo a percibir las palabras, el relato se extenúa dormido en los brazos, alguien acerca una silla y la desprotege en el ofrecimiento, la ocupo y oigo, obligo al entendimiento a tomar tierra. Hora es de volar con las alas de la memoria. Raquel me mira y sonríe, se desliza apenas unos centímetros y deja que intercale al cuerpo, sentado, entro en su torpe cabeza de papeles y abecedarios. Suma, ella suma posibilidades y sopesa mérito y enunciados. No sabe que traigo la navaja y las carreras, que soy el amigo íntimo de las hojas de afeitar y las cintas adhesivas. Muero y Julia no está.
—Si mal no recuerdo y a modo de resumen, podríamos decir que, tras la expulsión del Edén, el único camino que le queda al hombre para seguir hacia delante es el del conocimiento, simbolizado por el Árbol de la Sabiduría. Pues bien, otra imagen que reproduce el mismo hecho es la alegoría interpretada por la coyunda entre los hijos de dios y las hijas de los hombres. Como ya dijimos, ambas cosas dan como resultado un acercamiento al saber, y en igual medida un alejamiento de la palabra del creador. Pero abundaremos en el tercer supuesto, es decir, en las semillas que son entregadas a Set y en la bifurcación que supone la aparición del mito de Caín y Abel. —Soy un ángel negro que te incita a la coyunda, desconocida rubia— Dos caminos, dos interpretaciones diferentes y enfrentadas. Y es en este mismo momento donde los místicos sitúan el verdadero divorcio de la humanidad en sendas corrientes alternativas. Los seguidores de Set conservaron la tradición esotérica a salvo de mentes impías y sucias, los altos y secretos conocimientos que atesoraban no podían ser revelados si no a aquellos que estuvieran en condiciones de recibir tan delicadas enseñanzas. Con este secretismo dieron lugar al nacimiento de una raza de hombres libres e iniciados. La primera cualidad deseada era esta, la libertad, pero entendida como la liberación de todo lo terrenal y pasional que lo humano tiene. Todos aquellos anhelos que interfieran en que un alma alcance el pleno dominio de su destino, era eliminado. —Aún estamos a tiempo de eliminar la raza y la estirpe del deseo, lamo la herida que entre tus muslos se debate ahogada, tiemblas sin saber qué pensamientos están poblando tu cerebro de pasión y bandidaje— Un ser esclavizado por pasiones carnales no podía jamás ser heredero de ese alto saber. La utilización que haría de ello siempre sería sesgada, es decir, buscaría el beneficio propio y, por lo tanto, más valía arrojar aquellos conocimientos a los puercos. En la biblia aparece un capítulo donde de manera esquiva se narra todo esto. Pero mejor lo dejamos para más adelante, para cuando sea realmente necesario situarlo en un contexto. —Raquel interrumpe con curiosidad. El pecho le tiembla mientras habla, Julia no está, y ella no se encuentra por tanto salva.
—¿Y con Caín qué fue lo que ocurrió? —El pequeño “Rabí” esboza una sonrisa enigmática y prosigue.
—Paciencia, debemos tener altas dotes de esta virtud para avanzar por el único camino que nos han dejado. —Los ojillos le brillan ladinos.
Invoca un conjuro con la mirada, una hipnosis que llega cordial y tranquilizadora. Tal vez es la sugestión, o las fuerzas abandonándome, un amago de somnolienta niebla parece flotar por la cabeza.
—Los hijos de Caín, los bastardos de dios seguían a su vez teniendo esos mismos conocimientos. Pero por el contrario ellos prefirieron transmitir la iniciación mediante el relevo directo, solamente los preparados dentro de una casta, de un clan sacerdotal, serían los poseedores de tan oculta ciencia. —Preparado como lobo ajeno que invade tus graneros y corrales, como tigre que espanta al ganado y su parentela— La tradición cuenta, que una vez que se alejaron de aquel jardín, vinieron a aposentarse al este del edén, en lo que actualmente es la India. Un Génesis creado especialmente para ellos, para los que deseaban perpetuar la cadena del conocimiento iniciático, dentro de lo estricto de la revelación directa. Una educación superior colocaba al individuo en perfecto estado de recepción, los cambios vulgares que la vida ofrece no alterarían la condición de los nacidos y formados para tan supremo fin. Los pies y las rodillas de Brahma no producían individuos lo suficientemente fuertes como para discernir sobre la utilidad de esa sabiduría, y menos aún para protegerla de los esclavos, de aquellos que se dejan llevar por pasiones mezquinas o personales. Nace con esto dos mundos, dos formas de entender la vida. —Dos formas de ver tus ojos de barro, dos formas de contemplar el salón donde me ahogo. Los comensales del fondo nos oyen, esquivan la mirada y nos escuchan solapados y atentos. Ellos también mienten.
—Y mientras, ¿qué hacía Yahveh? —La chica rubia pregunta desde lo más profundo de su inquietud. Nada, excepto las palabras y los gestos parecen llegar a mi mente. Todo nublado y opaco, únicamente el negro sol de las sílabas ilumina sutil las entendederas.
—¿Yahveh? ¿Qué crees que podía estar tramando mientras tanto? Nada bueno, por supuesto, y que el altísimo me perdone. —La invocación resulta graciosa, maldice y ampara, busca y reniega, se descoyunta. —El dios del Génesis estaba absolutamente decepcionado. —Prosigue y un vapor gaseoso clava la mirada en los hombros de la joven. —El pensamiento de Yahveh roza cada vez con mayor empeño la idea del exterminio total, ninguna vida sobre el planeta después de que la ira se transformara en venganza. La misericordia es un don de fuertes, y él se apiadó de un hombre justo y sencillo, hablamos de Noé. —Apiádate de mi alma, diosa que te esfuerzas en hacer del mundo un lugar baldío y seco. —Y le ofreció la posibilidad de la salvación. Cuarenta días con sus cuarenta noches llovió sin misericordia, las aguas cubrieron las tierras mientras el arca navegaba a su antojo. —Cuarenta días, cuarenta soles perfilando la línea del trayecto y sus secuaces. Cuarenta noches de solivianto y pesadillas. Llueve en los páramos del hielo y sus hijos. Llueve y es la luna una confesión de campanarios. —En su interior animales de toda especie, mujeres y hombres, los hijos y las esposas de sus hijos, fueron preservados del redentor diluvio. Cuando el nivel de las aguas descendió, tomaron tierra los generadores de la estirpe humana. Debo indicar que el diluvio es un hecho que muchas culturas distintas recogen en cuentos y tradiciones. Recientes estudios han venida a demostrar que la Tierra, en algún momento, se vio cubierta por las aguas de una forma imprevista y desconocida. Ahora es cuando debemos volver al episodio que antes referí. Tras el diluvio Yahveh establece una alianza con la humanidad, nunca más sería exterminada su raíz con la lluvia, y para no olvidarlo, Dios le indica a Noé que cuando sobre el cielo el arcoíris aparezca será para él la constatación del pacto, y que en ese mismo instante cesarían las precipitaciones.
Parece una bella imagen, una hermosa forma de sellar una promesa. El “Rabí” prosigue incansable con su exhorto mientras me hundo mustio y sumiso. Arcoíris pondré ante el pacto que se agranda entre nosotros.
—Cuando Noé salió del arca plantó una viña. —La chica sonríe ante esta novedad, no puede evitar un comentario jocoso.
—Le alabo el gusto a ese Noé.
Samuel se siente molesto por tan innecesario comentario, la intromisión le hace detenerse, una mirada de fastidio se prende en el rostro de la joven, después continua insaciable.
—Como iba diciendo, plantó una viña y se embriagó quedando desnudo en la tienda. Sus hijos eran tres, Set, Cam, y Jafet, vio esa desnudez uno de ellos, Cam en concreto, y avisó a sus otros hermanos, estos, al llegar ante la impúdica imagen paterna, cogieron un manta y cubrieran sus vergüenzas sin mirar siquiera. Con los rostros vueltos se marcharon. Cuando Noé se hubo recuperado de la embriaguez y supo que su hijo menor le había contemplado en tan lamentable estado, le maldijo: “Maldito sea Cam, siervo de siervos sea para sus hermanos. Bendito sea Yahveh, el dios de Sem, y sea Cam esclavo suyo. Haga Dios dilatado a Jafet, habite en las tiendas de Set y sea Cam esclavo suyo. —Maldita sea la hora en que vi su desnudez por vez primera, bendito sea el momento en que se entregó al arbitrio del impúdico deseo. —Nuevamente el símbolo, el padre compendia los conocimientos místicos e iniciáticos salvaguardados en el arca ocultamente. Cam mirando pudibundo, vendría a representar una vez más la profanación de esta sabiduría, es decir, con Cam se retorna al camino Cainita, que se suponía extinto tras el diluvio y que cobra nuevo vigor desde ese mismo momento. Los tres hijos son los encargados de repoblar la tierra. Los tres, como directos depositarios de las enseñanzas desgajadas del Árbol del Saber, deben velar por la custodia de estas y por la transmisión responsable de las mismas. Pero las dos sendas se separan una segunda vez, que puede decirse, dura hasta los tiempos presentes. —Separados por segunda vez contemplo el paisaje de las estaciones y los adioses.
Parece que Samuel ha terminado su intervención, como tiene por costumbre queda en actitud de espera, aguarda el turno de ruegos y preguntas absolutamente decepcionado.
Asiento desde un lejano lugar, un terrible cansancio se apodera del cuerpo, de las vísceras todas. Las imágenes retornan confusas, ginebra, puerto y comensales lejanos, no hay urgencia, sin ansiedad dejo que ella no esté. Raquel cierra la carpeta donde apoyaba los folios y nos mira. Otra vez la demencia girando sobre el tapete. Ocho u ocho y media. Niña muerta, niña herida.
—Resulta curioso que tantas gentes, que tan diversas culturas, hallan buscado en el mito del Génesis una explicación al conocimiento que nos distancia del reino animal. —La chica rubia suelta eso por decir algo, ve en mis ojos como el miedo y el espanto se asoman, pero es su miedo, su espanto, lo que en realidad mira.
Un inmerecido telón se abate, deja al yo fundamental esquivo, no soy nadie, —pienso—, olvido al cuerpo y se suscita el alma, el ánima se ahuyenta, veo el pozo incierto de las penumbras extendiéndose por el salón. No hay salida, gime el lienzo y las manos. Sentir una brisa y abandonar la verticalidad necesaria, es Lucas quien cae, —pienso—, caer de la silla, fardo lleno de palabras e ideas, ginebra, puerto, niña. Sentir el aire soplar en los oídos. Movimiento acelerado, golpe recio, no soy nadie, estrellar contra el suelo la fe y la cabeza. Besar el suelo. Perder y no tener noción de nada, no sé quién soy. Ginebra.

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