Rafael Guerrero Casas, “La Mirada”

El Color de su Mirada.

Recuerdo cuando los vi por primera vez. Cuando se clavaron en mi corazón como dos afiladas esquirlas de jade de un profundo color verde asomando sobre una bañera de mármol puro. Aquellos ojos taciturnos pero inquietantes. Fascinantes como dos hojas danzando hipnóticamente al son del viento.

Casi sin percatarme acabaron en mi casa. Yo les abrí la puerta de mi hogar para que ahí, asentados, coexistiesen donde yo pudiese contemplarlos. No me percaté del paso de las horas, de los días, de las semanas y meses en los que sólo admiraba su verde resplandor. A cada momento buceaba más y más en sus ojos, en sus formas caleidoscópicas, en sus insondables profundidades de pantanosa belleza de las que me costaba más y más escapar a lo que era mi vida. A veces deseaba descender un escalón más buscando que era lo que me fascinaba de tal belleza, la razón de la misma. A veces buscaba dilatar las pupilas para conseguir brillos extraordinarios y formas ignotas. A tenor de esto último intentaba satisfacer sus más evidentes deseos que fui capaz de descubrir según la dilatación de las mismas, desde costosos regalos a simples detalles. Tan sólo buscaba estimular sus sentidos con la esperanza de poder escarbar más allá de los fondos de su iris esmeralda.

Pronto todo me pasó factura, pronto mis ingresos adelgazaron. Buscaba excusas constantes para no asistir al trabajo hasta que me acabaron despidiendo. Gastaba mis exiguos ahorros en perseguir la razón de mi existencia, el secreto de su mirada. Cortaron la luz pero no importó, su mirada me iluminaba. La falta de comida no me importó, olvidaba comer o beber y sólo cuando era necesario lo hacía. Incluso contenía mis necesidades fisiológicas básicas o, para mi vergüenza, las olvidaba con escasas visitas al retrete. No me importaba.

En una de mis escasas ausencias, se desvaneció. No desapareció exactamente pero para mí fue como si estuviese totalmente perdido. Apenas pude soportar el dolor que sentía dentro. A veces veía como otro hacia de perrito faldero de su intrigante y misteriosa mirada. Sólo ansiaba lo que yo al principio le proporcionaba, felicidad, pupilas dilatadas por parte de otro igual de embelesado que yo. A veces espiaba saliendo de mi casa cansado de esperar su regreso. A veces buscaba su resplandor en la oscuridad de la noche. A veces volvía por unos días y todo era como antes.

No sé el porqué de estos regresos intermitentes. En un arrebato de vanidad pensé que era por algo que sólo yo, y no otros, podía darle por fascinados que estuvieran por el verde resplandor que me arrebataban y ahora sólo podía gozar de manera esporádica, pero pronto vi que demostraba ese comportamiento con todos sus lacayos. Era mi única compañía, pronto estuve solo. Perdí el contacto con mi familia y amigos y únicamente me quedaba la esperanza de sentirme brevemente feliz en una de sus escasas visitas.

Un día, tras muchas semanas de ausencia, la vi de nuevo y no pude más. La agarré con la determinación de ver por fin que se escondía tras esa mirada, ahora de frío y cautivador terror. Estaba ansioso por saber que secretos me eran escondidos tras unos párpados que se negaba a abrir. Cogí un cuchillo bien afilado y, con suma delicadeza pese a su fiera resistencia, conseguí extraer los ojos de los globos oculares de aquello que alguna vez había amado. Los metí en formol con el fin de estudiarlos, pero me decepcionaron. Esos ojos eran simples bolas lisas de gelatina blanda con una pupila flotando sobre un iris transparente. Entré en cólera, pero algo me hizo atraer la vista hacía los gritos de dolor de mi amor cautivo.

Un brillante y mágico resplandor se atisbó por sus cuencas vacías, de un color que se asemejaba verde, al que no sabría nombrar. Resplandecía en los relieves ominosos de sus cuencas oculares siendo capaz de ocultar el brillante color de la sangre. Tuve que inmovilizar el cráneo para contemplar tan increíble e inquietante resplandor, casi nuclear, que hacía temblar todo a mi alrededor. Entre gritos de dolor final unos orbes pantanosos salieron de la cabeza de mi prisionera proyectando en todo mi hogar un resplandor de luz cegadora. Jamás vi tan bello y aterrador espectáculo. Contemplé mi sombra a la luz y me vi reflejado a mí, en unas formas de intrigante belleza que no sabría describir ni reconocer en nada conocido por el común de los hombres. La vieja luz de sus ojos fue, por un tiempo que no sería capaz de medir, mía. Pude entrar en éxtasis con su verdadera naturaleza. Yo, sólo yo y nadie más.

Cuando ya pensé que lo poseería para siempre, los orbes de luz atravesaron la ventana bañando el vecindario con su cegadora iridiscencia durante unos instantes antes de perderse en el horizonte. Mis esfuerzos por perseguirlos fueron fútiles, pero nunca había sido sometido a una experiencia tan intensa. Las miradas de horror y desconcierto de los vecinos y viandantes, incapaces de apreciar la más extraña belleza, me dio lástima mientras recorría las calles hasta perder totalmente su rastro.

Volví a casa y apenas crucé el umbral me desplomé de agotamiento. Me despertaron las sirenas de la policía y unas esposas en mis manos, rodeado de sangre, moscas y el reciente cadáver de aquello que había amado, desposeído ahora de todo valor y belleza, de su vieja aurora verde.

No me importó ser detenido. Ya sentía que lo había tenido todo y que sólo me quedaría nada. ¿Qué más da vivir de un recuerdo en un celda o en libertad?

Tras contar mi versión de los hechos entre miradas de incredulidad y temor fui trasladado al sanatorio mental desde donde actualmente escribo. Las cuatro paredes acolchadas de mi celda y mi lápiz de goma son mi única compañía. Las enfermeras a veces pasan a dejarme la comida y yo puedo contemplar su verde aquel verde impuro y repugnante. Tan poco verde como cualquier otro color. Todos igual de desagradables en comparación con esa explosión de luz. Una simple sombra que me servía para recordar la centella que aún amaba.

No estoy loco, sé que no lo estoy. He visto a los otros que, los otros que buscaban en sus ojos, que profundizaban en el pozo de mi deseo, en el mismo manicomio donde estoy ingresado.

Mi única compañía son los libros. Puedo pedirlos a universidades y a la Biblioteca Nacional. No leo por placer o por cultura, sino por encontrar la respuesta, la respuesta al secreto de la luz de sus ojos. Busco la esperanza de ver aunque sea una foto, un mero reflejo de esa aurora boreal de nuevo que necesito a cada segundo que su recuerdo se diluye más y más en mi incolora mente.

No estoy loco…

silla1

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