Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Esquela Mortuoria. 1/3

Capítulo Once 1/3.

ESQUELA MORTUORIA.

A esa incierta hora el puerto presenta un aspecto de dormido desamparo, las sombras, perdido ya su vertical instinto, componen sobre el suelo sucio la imagen de una selva de hierros y lianas metálicas. Un trópico que nuestros pasos mancillan evitando insertarse en los raíles que los trenes de mercancía recorren afanosos y polvorientos. Una línea pulida y negra que quiere atraparnos ahíta de su monótona dieta de accidentado maíz. Los grandes buques arrojan sus detritos al agua estancada y muerta de los muelles, y ella, vanguardista de sombras, compone arcoiris de grasas multicolores en íntima alianza con la luz solar. Amebas irisadas que navegan sigilosas y cansinas. Nos detenemos junto a un noray, a nuestras espaldas siguen las palomas disputando despojos caídos desde algún vagón de granos, componiendo la eterna danza del interés desinteresado, arrogantes machos arrulladores, hembras esquivas. Bailar de plumas. Bailar.
Siento una agradable sensación de salvedad, ese don único que le es permitido al desertor, al valiente pervertidor de obligaciones y horarios estrictos. Recuerdo las horas ganadas al tedio, el dulce ardor que se difundía por el estómago, tardes lejanas en que entre compañeros escapábamos de la escuela rumbo a este mismo puerto. Atardeceres sin sustento ni bocadillo, donde la libertad era el sano ensalmo de mirar la mar, de soñar la vida como un privilegio que sólo a nosotros nos era entregado. Los miserables, los otros de pupitre y tinta, de cadena y catón, malgastaban ese irrepetible y único tiempo en que todo despierta por vez primera. Ellos declinaban la vida y los verbos.
De una profundidad perdida en la memoria, de unos pasillos intrincados y cavernosos brota la voz de Juan. Fermentada en acento nublado la espina rota de otras imágenes retorna hasta el hoy en su verbo.
—Solía venir aquí a menudo, la vigilaba desde una atenta distancia, correteaba tras las palomas inmersa en un ámbito de alocados aleteos. Yo me entretenía hojeando un libro, buscando, siempre buscando. —Un hedor de amargura reposada, rumiada hasta la saciedad, se asoma en las palabras que adivino reproche.
Se ha juzgado, lo sé, hace bastante tiempo. La condena que se ha impuesto arrastra la pena y la no redención eterna. El cruel castigo que sólo a nosotros mismos nos imponemos.
—Buscaba la emoción de la palabra, diluido en el rico universo de la tinta impresa, de los vocablos absurdos, donde nunca la vida podrá estar completamente expuesta. Soñaba mundos inalcanzables, vergeles que mi pensamiento hacían florecer. —La boca prosigue troceando parcelas del dolor que sitúa en un lugar, siempre más allá de ningún lado. —Sueños, Lucas, buscaba sueños realizables mientras el verdadero motivo del vivir jugaba a pocos metros. Cinco años, sólo cinco años que volaban entre vagones y grúas laboriosas. Fue un alboroto, un sonido de fuelles rotos que se alejaban en el aíre y en medio, nada, un vacío inexplicable, un espacio que solo la arpillera amontonada en su abandono conseguía llenar. La instauración anticipada de una ausencia que se iba a prolongar dañina y vengativa. Miraba en todas direcciones, en mis ojos la ceguera diluía las imágenes, un palpitar profundo de carne herida temblaba por mi pecho contagiando las piernas. No lograba verla. Apenas pude ponerme en pie, como un animal moribundo avanzaba sin dirección fija, penetrando con la mirada en los huecos de los contenedores, en las bocas sumisas de las palas mecánicas que se alineaban amarillas y grotescas. Su nombre rasgó mi garganta con un alarido visceral y la soledad infértil rebotó por los silos, se colgó como un eco cruel entre las bóvedas de los solitarios almacenes repitiendo con sorna mis palabras. Una burla que se ensañaba en el desamparo. —Queda en silencio, recupera en los ojos el aguafuerte que el dolor pinta con acuarela aguada. —Al principio creí que se trataba de una paloma herida, blanca y encogida, reposaba en este preciso lugar. —Con el dedo señala a mis pies, un escalofrío me recorre el cuerpo. —El resplandor del mar ribeteaba el filo del muelle con un nimbo gaseoso y crepuscular, y aquella cosa blanca, pequeña y estática, permanecía difuminada en ese resplandor que proyectaba el agua, borrosa en la luz. Mientras me acercaba con paso acelerado pude percibir con claridad sus contornos. Como si un cruel mago hubiese hechizado el entendimiento la quieta paloma se fue transformando en un zapato, curvado en la puntera, con la hebilla rota e inservible. Allí quedaba el horrible recuerdo, la prenda que hasta entonces había contenido el desasosiego inquieto de la risa. Aquel diminuto zapato me miraba sorprendido, al igual que sus ojos debieron abismarse cuando se precipitó en el agua intentando agarrarse a los míos, reclamando la ayuda que estéril se perdía en el libro que en mis manos se apagaba. Gritos que no llegué a escuchar y que imagino desesperados, gritos de una niña de cinco años entre el chapoteo y el ahogo. Gritos…
El relato se detiene, con las manos se cubre el rostro, veo a la amargura comenzando su labor, ingrata, de transmutar el dolor en lágrimas, agua salobre e ínfima. El llanto agita las espaldas, inconsolables, abatimiento perseverante y perverso. ¿Quién sabe qué hacer? Las manos se me caen como fardos, torpes e inútiles se buscan sin saber cómo abarcar tanto desespero.
El sonido amplio de la sirena de un buque resuena como una gran tuba que afina las primeras horas de la tarde.
Me deja el sabor sucio de la traición. Camino de casa. Dejo a Juan en la librería y aparco. Meditar sobre el dolor. Ando y me miento. La muerte de su hija le ha dejado la impronta de la ausencia y de esta sólo es capaz de regresar a través de las fabulaciones, cubre su vida de metáforas y sueños manejables. Los libros, la causa de aquel trágico destino, las charlas interminables, no pretenden otra cosa que alejar la realidad que le apresa, Entro aturdido en un bar y bebo una copa de ginebra. Siento un dolor real en el estómago. Traición con sucio sabor. Fuegos de artificio, medito, con ellos conjura al mal. ¿Por qué creo que su imagen se despeja de incógnitas? Analizar de puertos y grúas. Las casillas se llenan de razones que le justifican. En verdad que el conocimiento. Ando y me miento. Pienso en todo, abarco el tiempo en un sólo trazo y la mente se abre malvada, y risueña. La fábula, ¿por qué ahora?, descansa en dique seco, olvidada y esperanzada en el regreso de las manos, aguarda el pulular incierto mientras yo, buscando, ¿buscando?, contemplo como el fraguado no termina de completarse, y todos los elementos, las ideas, se mueven cambiando de posición constantemente. Es imposible localizar, fijar con exactitud. Traiciones, Juan me ha hecho insoportable la traición y el silencio. La niña muerta, Julia-Niña, los trenes del grano y los libros. Tras el escaparate de la cafetería las gentes andan, —ocho u ocho y media—, andan y miran los semáforos y las señales verticales. ¿Quién mira al suelo? ¿La mecerá entre sus brazos? ¿Jugarán a las noches del insomnio y los fuegos artificiales? Me doy asco. Lleno copa y memoria. Ginebra. Les juzgo y la quiero para mí. Julia está cansada, harta de que intente arrastrarla de nuevo al país de las sábanas, no quiere, lo sé, prefiere seguir enganchada al cuello de un nuevo pasado. ¿Sin preguntas? ¿Quiénes son? La hija muerta, ahogada, Julia ahogada y muerta llega flotando como Ofelia, el padre la rescata, y es el padre y la niña, la ahogada y el padre. Conjunción bípeda perfecta. Puede que hayan llegado al andrógino y yo sea el hacha que regresa, el bárbaro de las botas de clavos. La calle trae de su mano los gestos desconocidos. Ando y me miento, rodeo por la plaza y la tasca está cerrada. Por la mañana busqué la librería dispuesto a saber, ya sé, conozco los entresijos y camino cerca del puerto. Allí, tras los tejados, la librería. El reloj metálico dice del tiempo. Las ocho y cuarto. —Ocho u ocho y media— Todo es cuestión de aguantar un poco más y dejar que los minutos hagan imposible la llamada. Teléfono público, milagro, me sorprendo con unas monedas en las manos. Huyo y entro de nuevo en la cafetería. Ginebra. El padre y la clarividencia. Julia viene desde los sueños y vive mi propia pesadilla. Buscar el alma, destruir su envoltura y mirar dentro. ¿Estás ahí? ¿Me escuchas? Traición inconfesable. El día parece eterno. Medito y recuerdo. El alcohol va creando una nebulosa hiriente y grata, herida y dulzor. Me doy asco. No sé si estoy en el principio o camino derecho hacia el final. Recuerdo. Convivir contigo, Julia, era un lento suicidio de jornada completa. El día, los coches, la oficina como un cáncer necesario, y la derrota. Entro en mi memoria por la puerta y estás aguardando, esperas que comience todo. Maquillar la cara, decirle a los demás que bien, que todo perfecto. Si, anoche, claro, sin falta. La inmobiliaria y Rubén Postigo, la normalidad, ¿dónde reposaba en espera del reencuentro? Dos años de ojeras y llanto, de monstruos familiares y amigos. Tu monstruo, mi Furia. Retoma fuerzas en el super, cargo energías en la gasolinera, en el telefilme del fin de semana. Recuerdo. La sábana, los montajes para extraer el placer. ¡Como siento el odio! Sigue vivo Julia, tú lo sabes y por eso temes, te alejas con el pavor pintando aceras y portales. Soy yo, recuerdas, el de la horca, el que cruzaba los charcos, pendiente del precipicio. No comer, no alimentarnos sentados el uno frente al otro, olvidar los recibos y el sueño, el vapor de las patatas. Dos largos años que nada dijeron de la sed, que mintieron a pesar de las tejas y sus mensajes. Ginebra. Traición. Juan Solano encontrando el camino correcto, ¿sin preguntas? Me doy asco. Me dais asco. Ocho y veinte. —Ocho u ocho y media—, recitas. Alquilar una casa, llenarla de muebles y de nosotros mismos. Creer que los cojines a juego, que la lámpara de bronce ilumina de una forma distinta. Ver tiendas, ya nada del Incontenible Risorio, ¿para qué?, el brandy en el estante, los vasos en la alacena, y un mes, y otro, Julia se confiesa y veo la luz, todo fácil desde ahora. Te conocí cuando las aves se morían en tus alrededores, tarde malva de mesas y escamas. Hubo un principio que descubrí a base de golpearme contra el hielo, tuve que romper mis sueños y sus asperezas para que te dignaras a contar la verdad. El padre, ¡dios mío!, el padre entrando en la alcoba, el padre profanando la caverna de los tesoros. El dolor, la hija y el dolor. Ginebra y sigo dándome asco. Entonces creí que era posible. Pero no, tan imbécil como siempre. Una nueva mentira, y otra, y otra. Cojo tu pelo y me acerco en la noche, tu cuerpo tiembla agradecido de ardor y ascuas. Tomo el camino que lleva al sosiego, y estás presente, y no dices que en tus fantasías es el padre, que imaginas mientras estoy tendido sobre tus brazos que el padre está vivo, que es su empuje el que te derrota, que son las manos del terror las que hacen que gimas y rebotes de placer. Eres mentirosa como todo lo bello, falaz al igual que lo hermoso. El día aquel, sentado en la mesa del despacho supe, Lucas vivía en la calle, era el hombre que subía las escaleras, el que te hablaba de las ventanas y las alfombras. Pero el placer, la cuna donde te dejabas ir era y es, asunto por siempre del padre. Padre, hija y espíritu muerto.
Recorro las calles preso de fiebre, crece, la tormenta del odio crece, busco el lugar donde el automóvil se aburre, ¿dónde ir? Ocho y cuarenta minutos. El tiempo se ha suicidado. Abordo la vida desde un plano diferente. —Ocho u ocho y media— Qué más da. Circulo en el torbellino de las señales lumínicas, ruidos, volúmenes, ánimos que se deslizan por la pendiente del alcohol. Venta y Ana, no dormir y buscar a Juan, el puerto, la niña muerta, el llanto y los recuerdos. La vigilia es un tónico de inesperada resolución. Ahora sí, no puedo y sí. Quisiera encontrarte y mirar tus ojos, entonces sabrías que el rencor campea por los bastos parajes del alma. Tendrías miedo otra vez. Necesito encontrarte. Cruzo la línea, lo sé, camino derecho a la locura. La judería está cerca y hacia ella me encamino. La razón se aleja herida. Aparco como puedo y recorro el empedrado, las paredes son amarillas, marfil del hambre y los huesos. Entro en el mesón y no estás, la muchacha rubia toma apuntes mientras el “Rabí “charla sin interrupción. Ella desconoce que traigo el caos y la demencia, que su mano quedará detenida en el acto insano de sostener la estilográfica, se queda perpetua en el aire. Raquel no puede saber que se inaugura un mundo de caras multiformes, un diamante que refleja este y el otro lado al unísono. Samuel observa los pasos con evidentes signos de alegría, empujo y la puerta cede, gira el cuerpo y presiento la boca que se estira plana. La joven que prepara la tesis si apenas se vuelve. Al fondo una mesa, dos personas, una pareja de edades desiguales comparte cena y clandestinidad. Él con recogimiento, ella ausente de la injerencia que obligo. Elevan la mirada y recorro una distancia de sillas, la barra lejana, el zapato pisando un suelo de baldosas arcillosas. Un paso, otro, un Li indefinido. Papel blanco que el destino escribe. No está, Julia no está. Samuel intenta ser amable y ofrece una mano que siento repugnante, Raquel tiene entre los hombros una cabeza prestada, rubia y prestada. La puerta cede y el mesón es un espacio abierto donde corren los pies. El hombre de la mesa tiene el cabello rapado, su coronilla se ve iluminada por las velas, alopecia que pretende disimular con corte férreo y militar, ella, crenchas rubias y negras, edad imposible en un encuentro oculto y maldito. El viejo que sueña elevarse por los aires, le odio, ella no sabe que estoy de su lado, que es idiota, que la experiencia es una mierda de libros y palabras aprendidas. Que hay que alquilar una casa, comprar unos cojines, decirle al vecino que el martes, que si no el miércoles, y después la mentira, el cuchillo que rasga sábanas y domingos. El “Rabí” y la mano, Raquel y la estilográfica. La barra es una frontera lejana a la que no llego. Vueltas y vueltas. Soy Samuel, puedo entender a Raquel. Me dan asco. Incluso siento al avejentado hombre que comparte mesa con la chica de las crenchas desiguales. Me dais asco. Gusanos y larvas, La ginebra sube por la garganta y crea una marea de saliva y ácidos. Alzan los ojos todos y puedo ver el reflejo de mi figura empujando la puerta, al “Rabí” extendiendo la mano, a la chica rubia deteniendo en el aire la estilográfica. Él con corte marcial, la mano vieja aposentada sobre los dedos de la mentira, los cabellos a mechas desiguales, el respaldo, el plato a medio consumir.
—¿Qué te trae por aquí? Acaso…

P1000308 (5)

1907151444693.barcode2-72.default.png

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .