Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjetas Publicitarias. 2/2

Capítulo Diez 2/2.

TARJETAS PUBLICITARIAS.

Juan Solano regresa portando un mutismo atento, percibe la agria agonía, sabe del semblante tortuoso y permanece callado. Quiere desaparecer, que sea yo el que rompa sueños y cristales.
—¿Por qué somos tan complicados? —No quiero respuestas cuando formulo la frase, hago patente una afirmación interrogativa, un preguntar al cielo sabiendo que contestará el infierno.
Metáforas, imágenes destruyendo, Juan sigue callado, lanzo dardos, sedales que traen en su extremo el amable gusano de las respuestas. Traga anzuelo, tironea, las fauces devoran el metal todo.
—No creo que seamos la mitad de complicados de lo que pensamos. —Sentencia el librero con astucia.
Violador de mentes enfermas, parásito de la oportunidad prevista. Hablas porque no sabes de la muerte real, de aquella que deja baldío el sentimiento. Para ti el hoy del caldo amable, el presente que haces de sueños embalsamados. Me quedo con mañana, con ese canto que sé durará toda la eternidad.
—Me parece más simple. ¿Perdonarías a un condenado a muerte el hurto de unas manzanas de tu propiedad?… —¿Manzanas? Habla de manzanas. —No me contestes. —No te contesto. —La respuesta guárdala para ti.
Veo un esturión que se debate poniendo en peligro el logro de la pieza que ya imagino sobre la repisa, disecado, perfectamente tieso. Sin burbujas por el hocico.
—Mi querido Lucas, todos estamos condenados a la pena capital, la sentencia es inapelable, la ejecución ha sido prefijada, pero nadie nos comunicará el día y la hora exacta en que será cumplida. Ten la certeza de que se ejecutará con escrupulosa precisión.
Pena capital, guillotinas que danzan desde las uñas de Julia-Verdugo. Nada sabes, te contentas con creer que es fácil, que el robo o las manzanas son imágenes que trucamos a nuestro antojo. Pobre de ti, mañana la balanza marcará otro destino, y tú, que hablas y meditas, serás el manjar que los gusanos de la casualidad esperan. No, no la sabes.
—Entonces, ¿qué importan unas manzanas? Este aire que crees inaugurar en tus pulmones ya fue contaminado por otras inspiraciones y devuelto al caldo común en expiraciones diversas.
¿Tú qué sabes? Estertores… Nunca has sentido el estertor que mata y te deja ileso a gritos, lamentos y ayes de placer, quejidos que alumbran una nueva vida, llantos que dicen su adiós irrepetible y único.
Teorizas sobre tu propio fin, ay, dices, lamentos, afirmas. He sabido del llanto que llamas irrepetible, del placer que no alumbra vida, hablas desde el lado correcto y yo malvivo del otro lado. Esos “hilos” son de seda y esparto.
—El agua que ingieres, que haces tuya en el acto egoísta y necesario de la supervivencia, también fue parte importante de otros humores…
Bautizo de agua sucia, egoísmo de sabernos por encima de todo, de todos. Pervivir a la espera de las palmeras suaves de unos cabellos, de los dátiles del dulzor maduro, del agrio néctar verde. Agua, lo sé, agua pervertida y mugrienta.
—… de otras linfas. Secreciones derramadas por la caricia, vertidas por la incongruente necesidad de hacer brotar el dolor. Lágrimas, sangre, fluidos corporales que el placer extrae sin medida ni clemencia. Por la boca…
Hablas del pasado, la sangre y la comisura de la boca. Desconoces la duración del miedo, de la lágrima, ¿por qué hablas de ellas?, de los fluidos que se derramaban y que en ella vertía, el llanto y sus secuaces, la necesidad de la supervivencia cuando le hacía sentir el dolor, el terror de no poder más.
—… por la uretra. Nada es nuevo ni está libre de mácula. —Quedamos en silencio, qué más decir, el sedal se tensa. Las fuerzas opuestas de debaten en medio del río que algunos llaman existencia. —Pregúntate a ti mismo y ten la sinceridad de responderte sin laberínticas formas poéticas. ¿Qué buscas aquí? Y tal vez en esa respuesta que exijo clara, está la clave de lo que realmente me atormenta.
Busco la luz que me niega. Sincera. Reclamo el camino que enseñan unos brazos. Reniego de la poética. Exijo, porque yo también exijo, la claridad de los ojos, el aliento de cárdenas raíces.
—Intenta degustar las manzanas robadas, los efímeros trozos que conseguimos arrancarle a la vida y deja de pensar por una vez. En el fondo, al final de tu tiempo, verás que todo da igual. —¿Manzanas? Habla de las manzanas. Tenía razón, siempre tuve una clara razón.
No da igual, Juan, nunca dará igual, y esa es mi secreta certeza.
—San Agustín predicaba la idea de que todos estamos condenados de antemano, que la perpetración de aquel pecado primero nos arrebataba a un final ya anunciado. Llegó a creer que dios, en su infinita bondad, había determinado los que serían salvos, los redimidos de aquel pecado ajeno. ¿Crees acaso que te encuentras entre ellos?
Sé de la condena.
—¿Alguna señal te ha sido concedida para que alientes esperanzas sobre esta cuestión? Opino sinceramente que no, no sigas dando vueltas, limítate a acercarte al misterio con humildad, no veo por mucho que lo intento, ante mí, a un místico, aunque te empeñes en ello.
Señales, signos que una tarde de invierno dibujaran imágenes fugaces, El Ventero y la Locura, el Génesis de sacar a Julia del agujero del tiempo, mi hostal, —ocho u ocho y media—, soy humilde y sigo esperando. Mística de correr tras patrañas y no cejar, insistir en encontrar la caverna donde Adán yace, donde siempre murió y hoy pervive. Ahora es Julia esa gruta oculta que promete los tesoros del alma. Tres granos del saber en tu boca. Es Eva quién extiende ante la codicia de mis labios una pulcra manzana. Ella, hija del hombre ante los ángeles del deseo, carne con consciencia o instinto. Busco el alma que contienes, lejos del cuerpo, ausente de la quitina y los tendones. El alma, Julia, el verdadero espejo donde te reflejas, sin prisiones, sin rejas de saliva y músculo. Pura, aire que supe desde el primer momento. Tal vez en otra vida.
Tomar el camino hacia la plaza de los Infantes, el agradable sol del mediodía sofoca, doblo la chaqueta sobre el brazo y dejo en libertad los puños de la camisa. Juan camina a mi lado, oculta las manos en los bolsillos del pantalón. Siento en las rodillas la costra dura que el tiempo ha ido formando, se quiebra, crepita a cada paso. La plaza es un archipiélago en medio del negro asfalto, algunos niños corren, juegan, sin medir ni tomar consciencia de nada. Palomas grises y vulgares aceleran el paso en señal de huida, picotean en vano un suelo seco y sin alimento, emprenden un vuelo colectivo con alarma injustificada. Nos sentamos a la sombra escasa de una platanera que deshojada por el invierno filtra entre sus raquíticos dedos luces cálidas y mitigadas. Los automóviles navegan alrededor de las islas de la ignorancia, nos observan y envilecen con humos y sonidos, seguimos en este refugio de losas multicolores. Algunos estudiantes charlan con animación, manotean expresivos componiendo guiñoles mudos, gesticulan con una pasión recién inaugurada. Acodados en el respaldo de madera, vemos el desfile de aquello sobre lo que se teoriza, realidad con forma de sonrisas, saltos, cuerpos de rugidos espeluznantes y motores. Juan habla y no le oigo. Su voz se amolda con precisión al ritmo hamacado del descanso. Tengo la cabeza hueca y vacía. No puedo oírle. Pienso. A veces me produce la impresión de que se halla instalado en un punto donde, edad y experiencia, lo han abandonado a su suerte. Veo en sus ojos los brillos finales de la derrota.
Julia-Gata vuelve enredada en pensamientos y vaga, deambula en un espacio de sonambulismo inventando reciprocidades inexistentes.
—Está bien, me puedes culpar de todo lo que te apetezca.
Lo dice como quien está acostumbrado a cargar con la culpa ajena, continúa receptando las disculpas de los otros, no quiso saber, decía Julia, ¿quién le preguntó? Se defiende como el camello, un bulto de reserva sobre el lomo. Anda y remolca, Juan llevas el peso que has aceptado en silencio. Habla, sigue escupiendo palabras, y no sé de qué habla, asiento perdido entre tubos de escape, tras las revueltas que en las aves se definen. Necesito pensar a solas, recrearme en lo que sucede.
Buscar en un alma lo que no hay, empecinarse en construir en la arena no deja de ser una extorsión, un engaño del que se culpa siempre a la víctima. Ése, Juan Solano. El carnero sobre el ara de los sacrificios liberadores. Nadie merece la mentira, pero orada por los rincones, se propaga invertebrada colgándose del miedo y las frases, esas viejas maledicentes y amargadas que todo lo embrollan. Él lo acepta, es algo consustancial al amor, lo acepta como se recibe a la lluvia inoportuna que imprevista descarga el agua necesaria y húmeda, y nos moja, siempre ocurre igual, inevitablemente termina salpicándonos. Julia mintió en el oído del librero, —no pasa nada—, mintió en la tarde en que las plazas se llenaban de nada y era mejor huir camino de las calles empedradas. Hidalgo, hostal, se alquilan habitaciones por horas y semanas. —¿Qué es eso de semanas, de horas? —Mintió antes y después. ¿Quién soy en la mente de Juan? ¿Qué dibujó Julia en explicaciones no pedidas? Lucas Martel llega y Juan pregunta. Soy un misterio de mierda. Lucas invita y paga. Quiero pagar y sacar claridad a cambio de alcohol.
—Te ofrezco la oportunidad única de tomar una cerveza conmigo, no creas que se trata de un ofrecimiento que hago a cualquiera. Te aseguro que se trata de una experiencia que comparto con pocos elegidos. —Juan se incorpora con loable imitación de entusiasmo.
—No bebo cuando tengo que trabajar, —ese no es el trato, —pero un zumo no me vendría nada mal. A cambio de tu inmerecida invitación te propongo pasear por el puerto, hace bastante que no lo frecuento, me agradaría. Hasta las cinco no tengo que abrir la librería, el inevitable diezmo que a la pecunia debo.
Cerca de allí una tasca de fritos y cervezas, caminar hasta sus cercanías y sentir el fragor, la locura de un mediodía de empujones y calles. Olor de aceite caliente, el aroma del pescado recién rescatado de la freidora bullente, la paradisiaca visión de la lechuga, confabulando, agregando frescor a los frutos de la mar, insulto amarillo de los limones, borborigmos de atención se reproducen por el estómago, bulimia que segrega salivación. La cerveza se acompaña y completa con raciones de manjares rumorosos. Antes el combate, ganar el derecho de disfrute de la barra, asaltar infranqueables barreras erizadas de codos y caderas que ejercen pasiva resistencia, efectiva y mortal. No hablo de metáforas líricas, codo con codo imponer el afán que nos arrastra, atravesar solares de servilletas y caparazones arrugados, y triunfar, conseguir poner la pica en un Flandes aceitoso y lleno de restos abandonados y conclusos. Al final Juan se decantó por una manzanilla aboliendo el zumo, —ese sí el trato— mantener la posición con heroísmo en medio de un fuego cruzado que deja la imprecisa herida de una mancha grasienta sobre la chaqueta, y la indolora metralla que una gamba-bomba salpica sobre la camisa de mi camarada.
—¡Otra cerveza, por favor! —Reclamo con gritos secos.
—Parece irreal todo esto, nunca imaginé que en este antro se pudiera “picar” tan bien. —Juan afirma mientras destroza con los dientes una quisquilla.
—Te dije que se trataba de una experiencia única.
—¿Sigues pensando que todo es válido para llegar a lo trascendente? —Lo pregunta con ironía. —¿Notas aquí también ese palpitar especial? Esto es carne, pero no de tu propia carne, hormonas, Lucas, causa y efecto, eso es todo.
—Te equivocas Juan, incluso si admitiéramos que se trata únicamente de un impulso, de una relación causa y efecto entre hormonas y respuesta física, aún ahí vería el trascender.
El bullicio del local nos hace alzar la voz en un intento por entendernos. El librero pide otra manzanilla después de apurar su copa de un sólo trago.
—¿Y en qué te fundamentas para creer eso?
—¿Te resulta de igual manera el acceso carnal con una determinada persona que con otra? —Resopla ante algo tan evidente.
—Por supuesto que no, pero eso es algo explicable, no sé, gustos, complicidades, bellezas dispares. Hay un amplio muestrario de motivos que hacen que del encuentro salga un resultado distinto.
—Bien, creo entender. Pero a lo que me refiero es a algo que atrapa de una forma especial e inexplicable. Cleopatra y Antonio, por ejemplo. —Solano me mira entre la bruma dorada de la copa, sólo le falta reír a carcajadas.
—¡Por dios Lucas! ¿De qué me hablas? —Rio ayudado de la cerveza.
—Bueno, me he pasado. —Admito con cierto rubor. —Olvida a esos locos, me refiero a esas pasiones en donde el cuerpo pasa a ser algo insustituible, una frontera que es preciso rebasar y que cuando sucede, se trasciende, se cae en un abismo sin fondo.
—¿Corín Tellado tal vez? o ¿alguna crónica medieval sobre el amor cortés? —Su ironía es hiriente.
—Juan, ¡cojones!, ¿es qué nunca te ha pasado?
Siento en mis espaldas la presión de nuestros vecinos de barra, un codo se me aloja cerca de los riñones y un aliento de alcohol y gambas rebota por toda la sala.
—Si, Lucas, perdona mi euforia y mis chanzas, no estoy acostumbrado a compartir el mediodía tan en la calle, tan a pie de mostrador. —Respira una tajada de aire y prosigue. —Si tanto te interesa continuar abundando en el tema vámonos de aquí, resulta imposible mantener una conversación.
Abonamos las consumiciones y nos dirigimos hacia el puerto. Bajamos por la avenida Principal y es Solano el que retoma la charla.
—Mira Lucas, pienso que el cuerpo puede llevarnos a la trascendencia. Que todos los sentidos que ayudan al ser humano participan de ese logro, sólo es preciso hallar la persona adecuada. —Queda pensativo y agrega. —Eso no siempre ocurre y, a veces…, a veces es mejor que no ocurra. No todo el mundo está preparado para soportar tan pesada carga. —Sentencia juicioso.

chop
Edward Hopper ~ 1882/1967

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