Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjetas Publicitarias. 1/2

Capítulo Diez 1/2.

TARJETAS PUBLICITARIAS.

La campanilla que pende del techo deja escapar una cristalina y confusa melodía que alerta a Juan, alza los ojos por encima de las lentes y sonríe agradecido por mi presencia. Entre los estantes se demoran algunas jóvenes rebuscando entre las montañas de libros. La mañana hace luminoso el local en contraste con la penumbra que nos acompañó en la primera noche. Sobre el tablón de corcho que pasó inadvertido a mi primera visita, se pueden leer ofrecimientos y peticiones diversas. Le saludo con un neutro apretón de manos, Juan, por su parte, inquisitivo se interesa por mi visita.
—¿Qué es lo que te trae por aquí? ¿Necesitas más información como Raquel, abundar sobre los orígenes, sobre los comienzas de la consciencia? —Tal vez ironiza, no lo sé.
—Quién sabe, Juan, los asesinos suelen regresar al lugar del crimen, tal vez busco pistas, indicios. —Juan muestra una alarma que intenta disimular y que no me pasa inadvertida. Continúa jugando a dos bandas. —De los orígenes creo estar bastante más informado que tú, el otro día se hizo la luz, o al menos, una claridad suficiente como para verlo todo, todo, desde otro ángulo, incluido por supuesto el Génesis. Ahora lo realmente interesante es proseguir, indagar, auscultar con el dedo la llaga, nunca imaginé que Julia se rodeara de amigos tan complicados e interesantes. —Juan insiste con enigmática sonrisa y apostrofa.
—Las contradicciones, Lucas, siempre inevitablemente ellas. Auscultar con el dedo, lo imposible definiendo aquello que es inevitable, lo deseado, y respecto a lo otro, no creas que somos tan interesantes, adolecemos de cualquier interés. —Creo poder entender su malvado y doble juego de palabras, esta vez esgrimiré astucia y verbo, seré rival encarnizado y poderoso.
—La exactitud no es un dogma que defina precisamente a la poética. La metáfora, la alegoría, Juan, auscultar con el dedo, una bonita imagen para una definición que pretendo poética. Oír con el dedo, audición dactilar, al igual que los ciegos, como cuando tocamos un cuerpo cálido en la oscuridad. ¿Sabes de lo que hablo? —La sonrisa se le amplía sobre el rostro.
—Intuyo que la charla del otro día fue productiva, la mente parece más abierta, como debe ser en todo novicio que se precie. Ahora lo que realmente necesitas en una confirmación, acceder a un paso más en la escalera interminable del conocimiento.
Desconozco cuál es su juego, andamos por un resbaladizo terreno donde seguro es fácil caer, pero acepto recorrido y el entrecruzar sonoro del metal y el acero.
—¿Y eso cómo se hace? ¿Cómo se avanza en eso que llamas iniciación? La vida de por si es una buena fuente donde beber del progreso interno, sólo hay que ser consciente de ello. Una mente alerta puede encontrar bastante en lo trivial, no sé, el amor mismo puede encerrar una vía mística, una senda de iniciación. ¿No te parece? —Lanzo la piedra que rebota en su tejado, más no oculto la mano cuando la arrojo.
—No lo dudo en absoluto, sobre todo si eres de los que creen en los ciclos de la reencarnación, pero si, como yo, piensas que eso es simplemente imposible, hay que darse cierta prisa. Una vida puede ser insuficiente, el camino ya fue despejado por otros y no creo que sea necesario recorrerlo en toda su longitud, con todos sus obstáculos e impedimentos. De algo nos debe servir lo que llaman progreso, la cadena del conocimiento humano no se extiende innecesaria e inevitable. En esto debemos seguir el ejemplo de todas las ciencias o de cualquier otra disciplina, partir de bases ya establecidas con anterioridad. —Los argumentos que vierte son concretos y sabios, pero su lengua divaga e insiste en un mismo tema hasta agotarlo. —Y respecto a que la vida ofrece un buen material, te diría que no contamos con otros, sólo la tenemos a ella para desbrozar la oscuridad y, sí, el amor es un buen punto de partida, no deja de tener todos los componentes que definen al estado alterado de normalidad. ¿Has leído a Ibn Hazm de Córdoba? —Niego encogiendo toda la boca. —Pues en su obra “El Collar de la Paloma”, trata sobre este tema con bastante profundidad y en más de una ocasión presenta al amor como una serie de síntomas que bordean la enfermedad, la misma locura.
Mi enfermedad se nombra precisa y sutil, aromas concretos y un viso siena que agua los ojos y, a menudo, como en un acto repetido, el cabello se ahueca inconsciente y seductor. La locura retorna cada cierto tiempo, extiende un paño de dimensiones estelares, un tejido al que me es permitido verle los hilos, un enramado de telar que juega sin dar explicaciones. Jugar y juzgar.
—En esto que defines como amor existen muchas vertientes. —Prosigue Juan con su exposición. —¿Dónde se encuentra la linde que separa el simple goce de los sentidos de eso otro elevado que nos expone al desconcierto, a centrar nuestra existencia alrededor de alguien específico y concreto? No creas que resulta tan fácil la separación, a lo peor simplemente nos limitamos a razonar una serie de burdos instintos, de reacciones simples y hormonales para después adjudicarles un bonito nombre. —Este hombre no tiene reposo, su letanía aspira a transformarse de un momento a otro en discurso prolífico. —Cuando Yahveh descubre la ejecución del pecado original, ya sea desde la perspectiva de la Biblia o de cualquier otro texto, nos encontramos con que es la mujer la que toma del fruto, convirtiéndose en catalizador, en adelantada de la caída. Ella es la primera que cae bajo el hechizo de la serpiente y, a su vez, ella es la que seduce a los hijos de dios. Tenemos en la mujer una importante alegoría como precursora de iniciación. Y es el propio Yahveh el que le impone un castigo severo y cruel, —”Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará.”— Parece como si el Creador quisiese ya desde ese mismo instante sublimar un deseo, hacerlo humano y distinto. Habla de apetencia, un logro grosero y sencillo, tal vez todo lo demás no deja de ser una manera de ritualizar un vínculo que se desarrolla solamente a escala animal. Puede que en el fondo estemos jugando a ser como dioses.
—La mujer, Juan, no estaba tan descaminada Raquel al sentirse señalada por la palabra de lo sagrado.
—Si, la mujer. —Lo repite en un eco somnoliento. —¿Qué buscamos en la mujer? Puede haber un momento en la historia personal de cualquier hombre que sólo busque en ella, en la mujer, el alivio impetuoso de la perpetuación de la especie. Pero sé que eso pasa, que luego es el abismo, la cadencia del que se pierde y no desea regresar. ¿Regresar para qué’? ¿Para qué regresamos? —Queda en un silencio que parece eterno.
No quiero contestar, la pregunta parece formulada con total convicción, en la espera de que despeje incógnitas, de que explique el por qué rondo de nuevo alrededor de Julia-Gata, pero él desconoce el poder tiránico de esos “hilos”.
Casi al final del discurso se acerca hasta nosotros una joven portando un voluminoso libro, está vivamente interesada en él y desea saber el precio con la intención de adquirirlo. Juan le indica el importe, la muchacha rebusca en el bolso su monedero infructuosamente, coloca la bolsa sobre el suelo para seguir buscando en el interior con mayor comodidad. Continúa doblada como mástil roto sobre una profundidad mortal. Desde nuestra perspectiva podemos contemplar el escote que su amplia camiseta compone accidental y que deja a nuestra visual codicia la posibilidad de contemplar dos abundantes y lujuriosos senos que, como campánulas suspendidas del cielo, inflaman de cálido volumen la librería entera. Por fin la búsqueda da el fruto esperado e incorporada compone en el rostro una maligna y dulce sonrisa. Cuando se marcha, con el libro bajo el brazo, vuelve la cara para contemplar el deseo alicortado y mohíno como ave cercenada en pleno vuelo, una confusa y cristalina melodía se derrama sobre sus cortos cabellos dejando un esplendor que se agranda en el recuerdo. Este luctuoso hecho me inspira vivamente.
—Juan, ¿qué encontrabas en los pechos de esa chica, amor o deseo?
—Lucas, —contesta, —¿qué ofrecía ella, deseo o amor? —Reímos al unísono. —Verás, a riesgo de equivocarme, creo que en un primer momento surge el reclamo, eso que tú y yo mirábamos, las señales animales de incitación a la cópula. La mirada presa de otra mirada, las pupilas mostrando una dilatación anormal, los pómulos arrebolados, los labios hinchados y gruesos. Después mostramos los dientes en esa amenaza que llamamos sonrisa y las fragancias, las tonalidades olfativas que ni siquiera percibimos. Después sucede lo otro, la sublimación, el estado alterado en la percepción de la realidad común y ante tanto desbarajuste, ante la enajenación del yo, buscamos explicaciones que sean humanas y limpias, un simple asidero donde anclarnos y sentirnos seguros. Nace el amor, el grandilocuente nombre que pretende explicarlo todo, el elixir que nos defiende de las sórdidas erecciones carnales, de la lubricidad íntima motivada por el simple y puro goce de los sentidos.
Este enfoque simplifica bastante tan espinoso tema, si todo es instinto, si el animal que se esconde tras verbos sonoros sólo se deja llevar por las gónadas reclamando lo que es suyo, las rutas de la moral y de las buenas costumbres quedan sustituidas e intransitables. Gusto de ensalzar al deseo, me resisto a que todo sea mediocre y no algo excelso y elevado. La hipocresía cubre la osamenta por completo.
—No estoy muy seguro Juan. —Argumento sin deseos de que ésta parcela quede abandonada y sin defensa. —Puede que para la gran mayoría de los mortales sea eso, es decir, atracción y necesidad sexual, predisposición para el acoplamiento. Pero algo me dice que ese nivel puede ser traspasado, alcanzar otra cota más elevada y es entonces cuando la transcendencia acude soberbia y engrandecida y no tenemos otro remedio que definir tanto vuelo con otro nombre, el que prefieras, pero se hace imprescindible bautizarlo con otras aguas, acudir a un ritual distinto para definirlo. —Saco un cigarrillo, echo de menos la cálida presencia entre mis dedos.
Juan me roza la mano para que me detenga y señala una puerta al fondo del local.
—Pasemos al despacho, —invita, —allí podrás envenenarnos a todos.
La habitación es pequeña y muestra el mismo desbarajuste que el local, libros apilados por doquier, carteles publicitarios sobre las paredes antiguos y cubiertos con esa patina ocre que tan solo concede el tiempo. Tomo asiento sobre un sillón de madera que pivota sobre un eje ramificado en cuatro minúsculas ruedas. Mientras, el librero, revestido del albo humo que se detiene en este espacio atemporal que el despacho define, llama a la cafetería de la esquina y encarga dos cafés, necesitamos el fiero estimulante de la cafeína para que nuestras espadas puedan seguir agitando la calma dimensión del templo del saber.
—No dudo de eso que formulas, ya he dicho que, en cualquier faceta de la vida, de la existencia, se puede avanzar por el camino del conocimiento, prosigue inmutable y certero, —¿pero has pensado alguna vez en esto?, ¿a cuantos les sucede?, ¿a quienes les es dado el poder enaltecer los instintos primarios? —Toma aire antes de continuar. —¿No puede ocurrir que no sentemos frente a un espejo mientras ascendemos, mientras nos elevamos, y que el otro, la otra, se quede absorto detenido en la cosmogonía de un orgasmo como máximo exponente de lo elevado? —Los argumentos de Juan poseen el claro cristal de la razón. —Lo sutil, como diría Perogrullo, es eso, sutil. No podemos cargar con el peso muerto, no somos culpables de la ceguera de los demás. El cristianismo, perdón. —Se disculpa con rapidez animal para continuar aclarativo. —El catolicismo judeo-romano, ya nos lo pone de por sí difícil. ¿Cuántos magos, cuántas brujas, disidentes sociales en realidad, murieron por celebrar el Sabbat? ¿Y qué era si no? Un goce, una exaltación de los sentidos. No poseemos otro vínculo con el exterior que las cinco limitadas formas que llamamos sentidos, esas que nos acercan a las cosas, y por supuesto trascenderlos, rebasarlos. No quedarnos simplemente en el mundo de lo aparente, del objeto que auspicia al símbolo, el trasfondo tenemos que ganarlo, que pelearlo una y otra vez, o estamos listos.
El café hace acto de presencia, primero como un sonido confuso y cristalino que desde la puerta nos llega interrumpiendo charla y ánimo, después como un aroma reconfortante y cálido que un chico trae sobre una bandeja, un incensario que se perfuma con los olores de meriendas y desayunos. La pausa se hace necesaria.
Este hombre comienza a caerme simpático, lo único que falta, que al igual que Julia-Gata también yo caiga en sus deslucidas y remendadas redes. Gusto de torturarme gratuitamente, la imagino sentada en este mismo lugar, en aquellos días en que entre ellos todo comenzaba. La atmósfera recogida, la charla ociosa abriendo sendas y caminos. Juan Solano se permuta en un brujo que llega a envolver con cuidada dialéctica, con esa cansina melodía que imprime a sus fantásticas historias, y a ella la pienso trémula, cediendo al encanto y a la encubierta incitación que los mensajes velados le regalan. Acaso permitiendo, buscando el contacto casual de una mano envejecida y nervuda sobre la suya. La presión de un afecto que gana día a día, después viene el agradecimiento que como sopa tibia va creando la deuda que hay que saldar. Y lo más natural, el intercambio. Cariño de padre a cambio de un hueco cálido donde derramar el tedio y la angustia. Suavidad hacia la gata, hacia el pobre felino que maúlla en la puerta, y tras el templado cuenco donde la leche reconforta, rascar la barriga, recorrer las costillas una a una en esa caricia lenta y desmedida, y la gata, en una muestra de arrobado agradecimiento, panza arriba, abre sus piernas y permite la entrada a la cueva privada de las delicias. La cueva de los tesoros. Interés afectado de señuelos y anzuelos. Demasiado artificio para conseguir aquello que con tanta predisposición ella otorga y declina. —¿Cómo fue lo que dije? ¿Atracción sexual, predisposición para el acoplamiento?— Poco a poco me obscurezco, Juan mientras tanto ha abandonado el despacho y atiende a una señora que se interesa por un ejemplar neblinosamente impreso, parece un viejo códice. Y yo, castigando con un placentero silicio de imaginería casi barroca, la cara y el pecho, el corazón y sus arrabales. Todo resulta una comedia trágica donde el papel que se me destina es aborrecible y perverso. Puedo regalarme el más férreo desprecio por haber puesto vanas esperanzas en las torpes manos de Julia, todas, incluido el intento fallido hasta ahora de aquello que con presunción denomino el “balance interno”. —¿Para qué el plazo incierto que nos dimos?— Nunca lo entendiste Julia, no era yo el que llegaba hasta la puerta de tu cuerpo, no mis manos las que te elevaban sobre el lecho y sus promesas. La sombra del mar venía hasta ti, era la oscuridad de un cuarto húmedo y desconchado, la noche en que los crustáceos recorrían las playas de Julia-Niña. Mesa y escamas. El goce tenía nombre extraño y lejano, era un recuerdo que te atormentaba, lo dijiste y las gaviotas quedaron detenidas sobre las antenas. Tú callabas entre las cobijas y mi alma se rompía sobre el borde de las colchas del alba, la mano reptaba y abrías el deleite, descorrías los cerrojos que clausuraban al placer y era el padre, la figura de un hombre que en tu memoria venía al encuentro de la hija. Y Lucas, pobre estúpido, soñaba que era el alma, sus dactilares presencias las causantes del desmayo, Alquilar los ropajes, disfrazar de juegos la habitación toda. No imaginas el dolor que produce descubrir que volabas en otro universo. Padre, hija y espíritu muerto.

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