Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjeta de Presentación. 3/3

Capítulo Nueve 3/3.

TARJETA DE PRESENTACIÓN.

Subo una empinada cuesta que me lleva hasta un lugar donde tenderetes ambulantes construyen un reducido y recoleto zoco, esta parece ser la calle del Mercado y a su suerte se mercan toda clase de géneros en medio de una algarabía alegre y bullangera. Pregunto a una anciana envuelta en la negritud del luto, los clarísimos ojos celestes con los que me mira iluminan su rostro en un atardecer invernal y translúcido. La transparente apariencia cercada de finas arrugas señala con tembloroso índice la sobria sencillez de una puerta pintada de un verde brillante situada al fondo de una estrecha y solitaria callejuela y sin esperar agradecimiento alguno, se escabulle entre el anonimato de la muchedumbre. Golpeo ansioso la fosforescente entrada, desde un interior de lata y cal me llega el ajetreo doméstico y la voz de un niño que canta canciones de corro, olvidados cánticos de una infancia consentida únicamente en el recuerdo. No preciso insistir, la puerta se entreabre en un resquicio sencillo y menudo, una silueta de mujer se instala guarecida bajo el vano. Viste de negro, del mismo negro azulado que en los cabellos tuercen la negritud. Mira altanera y orgullosa mientras la luz descubre la tez de las aceitunas, destaca la almendrada presencia de unos ojos oscuros de acíbar, unas gotas de dulzor almibaran la turbación continua que delatan. Las alas de sus labios aletean la pregunta que se empequeñece entre el blanco resplandor solar que en las paredes se enturbia. Un nimbo gaseoso nubla el entendimiento ante aquel silencio enajenado, ella se percata de mi torpeza y repite sus palabras.
—¿Qué es lo que desea? ¿En qué pueda ayudarle?
Un niño de apenas cinco años termina de abrir la puerta y se arrima a ella buscando el cobijo del brazo. La mujer lo acerca al costado apoyando la mano sobre la cabeza, éste se recuesta en el hueco donde la cintura se inquieta en suaves contornos de cadera.
—¡Buenos días!, perdone si la molesto, quería preguntarle por su tío, “Paco el Pelao”, necesito localizarlo y me preguntaba sí usted…
La frase queda interrumpida por la violencia exquisita de su verbo, aquella almibarada presencia que había presentido se troca en hiel y la almendrada alegoría de los ojos se transforma en azogue herido traspasando mi desmembrado pulso. Empuja con suavidad al niño hacia el interior de la vivienda y, aferrando el canto de la puerta, zanja la cuestión con rapidez.
—Lo siento, pero le han informado mal. Mi tía se marchó de aquí hace ya algunos años y no sé nada de su persona, lamento no poder ayudarle. —Y dicho esto empuja el batiente con intención de cerrarlo.
Mi carácter tímido y apagado nunca hubiera cedido al impulso que insolente se instala en mi pie, una sinrazón inexplicable lo vuelve móvil y en el ensimismamiento en que me pierdo siento como los actos anteceden al pensamiento lógico. Introduzco el pie en el quicio, la intención de la mujer queda paralizada y en su semblante se dibuja la búsqueda de una ayuda que la soledad de la nívea calle niega. Como alentado por una súbita ráfaga de sabiduría se ilumina el entendimiento, intuyo que nadie frecuenta su trato, que el devenir diario la coloca en la sórdida cuneta donde unos hechos ajenos e indeseados la juzgan y condenan al abandono. Con súplicas insisto buscando el resultado favorable de la perseverancia.
—¡Por favor, ruego permita darle una explicación! Es por un asunto relacionado con un coche. Le juro que sólo me anima ese motivo.
Siento que tengo que convencerla a pesar de lo precipitado de mi procede. Tomo consciencia de la inapropiada injerencia que el pie ejerce en la puerta, y retornada la razón y sus espacios, pugno por abandonar tan adelantada posición y retirarlo sorprendido y avergonzado. Entonces, imprevisible, cede a los ruegos y deja franco el acceso, con un desliz de la mano invita a la entrada. Ese gesto de violencia relativa, el forzar la puerta, componen una metáfora del estupro que produce en las gónadas un vigor que linda en la excitación y con el ardor navegando por el torrente sanguíneo veo como sus formas se hermosean y se hacen apetecibles a los sentidos. Bajo la acción de este estimulante natural percibo la turgencia que sus senos moldean, un volumen maduro y simétrico que tensa la tela del vestido sobre sus pechos. Toda una simbología de odres y mamas danza con abundancia desmedida por la imaginación, sueños lúbricos que en medio de la reducida habitación caen deshojados e inútiles.
El habitáculo donde adivino el desespero lo es todo, en un mismo espacio convive salón y comedor, angustias y esperanzas, y tras la intimidad relativa de una cortina de basta urdimbre, se ahueca una diminuta cocina donde apenas puede moverse una persona. Al fondo, una estrecha escalera asciende hacia lo que probablemente sean los dormitorios y por ella, derramada desde una escondida claraboya, la única luz que del exterior llega se precipita en dorados reflejos por rojizos peldaños de arcilla. Pocos muebles ocupan este ámbito, elementales, la ausencia de adornos hace patente el destierro que padece lo ornamental y decorativo.
La mujer cruza los brazos, altiva se apoya sobre una columna desnivelada y empapada en gruesas capas de cal, abotagada rompe cualquier noción de uniformidad, las paredes sufren el mismo mal, todo se confabula para conferir al entorno la calidad que señala lo fantástico e irreal.
—Perdone la actitud de antes. —Intento disculpas sinceras. Preciso del preámbulo, unos latidos atropellados tiemblan en el corazón, a pesar de ello prosigo. —Hace unos días visité por casualidad la venta de su tío, “Paco el Pelao”, allí conocí a un joven. —Interrumpe acuciada por la necesidad de agregar primero una aclaración, y después un comentario.
—Ese joven es mi primo, tampoco él está bien de la cabeza. —El “tampoco”, no sé si lo destina por comparación a su tío o lo dedica por entero a mi forma de actuar. Sus ojos no aclaran gran cosa sobre este particular.
—El caso es que…, según mi compañía de seguros en aquel lugar y en ese mismo día tuve una colisión con otro vehículo, particular este que no recuerdo en absoluto, de ahí mi interés por contactar con su tío, tal vez él recuerde algo, o simplemente pueda atestiguar que en realidad nunca sucedió tal siniestro. El demandante es un tal Francisco Tomé García. —Ella sonríe con picardía y franqueza, me detengo en medio de la palabra. Unos dientes extremadamente blancos y caninos se muestran en un esplendor de codillera deseable y nevada.
—Francisco Tomé es mi tío, “Paco el Pelao”, para ser más exacta. —La aclaración sucede entre risas incisivas como sus marfileñas tentaciones.
Me siento estúpido y de alocada razón, todo el día persiguiendo a un hombre que llegué a temer inexistente y ahora, por azarosas sendas me encuentro frente a su sobrina, la mujer que al ser contemplada despierta un inconfesable ardor por mi cuerpo. Pero la abstracción debe ceder su lugar al relato de las peripecias y sus fines, así pues, prosigo interesado en la localización de “Paco el Pelao”.
—En vista de su parentesco, ¿no podría orientarme?, ¿indicar al menos un lugar donde pudiera localizarle o verle? —La jovialidad que esgrimía se ve amenazada por un cansancio pesado y reiterativo. Parece harta.
—Ya le dije que desconozco su paradero. Se fue del pueblo hace al menos dos años, sus actividades despertaron muchas sospechas entre los vecinos. Al principio empezó a traer gente los fines de semana, grupos de personas que le alquilaban el local para fiestas o celebraciones, después dejó de abrir los días de diario, se dedicó exclusivamente a alquilar la venta a estas gentes. Por lo visto le resultaba más provechoso. Los vecinos murmuraban, tal vez la envidia, realmente comenzó a vivir con ostentación y desahogo. Que si drogas decían, que si aquello era una casa de citas, ya se imagina, todo lo que puede generar dinero fácil y rápido.
—¿Y qué había de verdad en todo eso? —Pregunté con interés y sin pudor.
—Nada de aquello. No crea que la guardia civil estuvo de brazos cruzados, pero nada, no encontraron donde hincarle el diente. Ningún rastro de negocio fraudulento, nada se cocía entre las paredes de la venta que pudiera implicarlo en asuntos delictivos de esa índole. La cuestión es que, al año aproximado de comenzar a explotar el negocio de aquella forma, se quitó de en medio, cerró la casa del pueblo y desapareció dejando habladurías y mala leche.
—Ahora creo comprender porque siente esa animadversión por su tío. —Aventuro con seguridad y confianza.
—No, se equivoca, no creo que llegué ni siquiera a imaginarlo. —Una sombra terrenal flota y confunde su mirada de almíbares cuando lo dice. —Los asuntos del “Pelao” me traen sin cuidado y lo que la gente quiera hablar, me importa tres puñetas. Pero él tuvo algo que ver con el hecho de que mi marido desapareciera sin dejar rastro, estoy segura de ello. —La viudez queda por el momento en suspenso, una desaparición sustituye a la muerte. Aguardo con curiosidad aclaraciones. —Una fría mañana de febrero encontraron sus ropas dobladas con pulcritud sobre un acantilado, rápidamente barajaron la posibilidad del suicidio, a pesar de que tras rastrear la zona durante una semana su cuerpo no apareciera. No sé si se quitó la vida o se quitó de en medio.
—¿Tenía motivos para ello?, ¿para el suicidio? —Pregunto con cautela.
—No sé si eran motivos suficientes. —El acento se le vuelve ácido y de venganzas. —Los dos, mi tío y su hijo, le llenaron la cabeza de pájaros con extrañas historias sobre el Génesis y el verdadero camino. Cada día que pasaba tenía un comportamiento más raro, se pasaba las jornadas enteras leyendo libros antiguos. No sé, se volvió huraño y ensimismado, no solía hablar conmigo de esas cosas, pero yo le observaba, sabía que nada bueno podía traer todo aquello, a dios y al demonio hay que dejarlos en paz. —Calla oculta y embotada en sus pensamientos.
Mi interés aumenta de una forma desmesurada y falta de continencia. Sin rubor alguno pregunto por el desenlace de esa historia mística y rural.
—¿Y qué sucedió después? —Ana mira mis ojos con descaro, la insolencia que ejercitan parece no agradarle, a pesar de ello prosigue como si nada, la historia se le va escapando como un libro arrojado al viento.
—Mi primo no está bien de la cabeza, ya le dije que sigue un tratamiento, pero “El Pelao” cree que no está enfermo, que se trata de iluminación, no sé qué es eso. Cuando tiene una recaída parece un diablo, babea, blasfema, repite palabras sin sentido. Cuando logra recuperarse queda como extasiado y afirma comprender los textos sagrados. El padre le cree, está seguro de que entra en contacto directo con dios y que éste le inspira y conduce. —Termina con un gesto de la mano, una figura que pretende apartar las malas influencias que se ciernen sobre nuestras vulnerables cabezas.
La apariencia menuda que despliega esconde una oculta fuerza en estado puro, una enérgica y orgullosa altivez. Me disculpo por haber sido el causante de que se hubiese visto en la necesidad de rememorar episodios desagradables, pero Ana no está dispuesta a finalizar el soliloquio en que la charla se está convirtiendo.
—La policía les interrogó, a mí también me acosaron con preguntas raras cargadas de veneno. Pero nadie puede considerar culpable a unos libros de ser los causantes de un suicidio y, menos aún, de considerar inducción al crimen a aquel que se los facilitó. Las gentes de la ciudad le alentaban en sus arrebatos. Un grupo que casi todas las semanas venía y que pretendía aprovechar su infundada iluminación para crear un clan de raras intenciones. De eso no hablé con la policía, fui convenientemente advertida de antemano. —Acerco la cara esperando algún tipo de confidencialidad, pero ella no parece tener reparos, lo dice claro, al viento, sin tonalidades menores. —Un día me tropecé con “El Pelao”, hizo un ademán en el que parecía cortarse la lengua, con un gesto de la mano me señaló. No fue necesario cruzar una sola palabra, el mensaje era claro.
Después de su confesión el silencio se agranda en el reducido espacio de la estancia funcional. Me incorporo aturdido, la venta, el loco sagrado, el Génesis como cordón umbilical de tanta extraña locura y ahora el suicidio como escape a la sinrazón, una bella estampa entre lo divino y lo humano. Vuelvo a agradecer a Ana la información, un parco estrechar de manos me devuelve a la calle.

El aspecto que presento es la imagen exacta de la ruina y el oprobio, frente al espejo contemplo la suciedad que mis ropas han ganado con honradez. En el contestador se aburren dos mensajes, uno extenso y detallado, la engomada voz del señor Pujol me informa que la denuncia ha sido retirada, todo se debía a una confusión imperdonable, disculpas y deseos de felicidad. El otro breve y conciso, Julia pide que la llame, un número de teléfono, el espacio esquivo de un tramo horario. —De ocho a ocho y media. —Y un sonido de fondo, automóviles, voces anónimas, la impersonal algarabía de un lugar público. Tal vez lo haga una vez más, tal vez junte valor y me decida a llamar. La rodilla arde en un resquemor molesto e insistente. Tal vez.

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