Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjeta de Presentación. 2/3

Capítulo Nueve 2/3.

TARJETA DE PRESENTACIÓN.

La carretera asciende tal como la recuerdo, con curvas que se elevan buscando rematar un desnivel y se cierran con egoísmo sobre prominencias pétreas, islotes poblados de centenarios olivos. Desperdigadas como motas lumínicas, la blanca flor de los almendros despunta entre retorcidas ramas suplicantes. Sigo subiendo entre taludes pizarrosos donde las lindes se señalan mediante pletóricas chumberas espinosas. Otras vertientes las invaden las vides que podadas, como muñones leñosos, emergen en la tierra humedecida por las recientes lluvias. De vez en cuando la sucia blancura de un pequeño cortijo tachona una ladera perfectamente integrada en el paisaje, y como sagradas tumbas, unos junto a otros, los paseros se acuestan ante el benigno sol dejando que este les acaricie con suaves rayos. Todo amable y del insignificante tamaño humano, desde esta altura parece como si casas y terrenos hubiesen sido perfilados por la mano de un niño, la distancia se viste de apariencia maquetada y dúctil. Allí insignificantes nos movemos tras sueños y deseos por igual banales. Ocho kilómetros se hacen tediosos y largos en medio de una carretera de montaña, tan sólo el paisaje, la pureza primitiva que emana, ponen a salvo del aburrimiento. Voy atento a los mojones que señalizan las casillas que recorro, uno, dos, tres y avanzo, cuatro, cinco, seis, el número siete aparece derruido, desmoronado como antigua torre morisca. Agudizo la mirada y tras largos minutos aparece ante mí el edificio de dos plantas donde la tarde me descubrió que el deseo materializa a una mujer de cabellos castaños y otoñales. Y el Génesis, y de la mano la locura de perseguir una sombra entre las calles y la vida.
Aparco en el talud recordado, ante la mítica explanada que el señor Pujol intenta hacer mía, la carretera está desierta, ningún vehículo avanza en sus dos direcciones. Cruzo encalmado los cuatro metros que advierte la carretera, cuatro y medio, cuatro y veinticinco, las caries de sus bordes la menguan, la tierra arrastrada la ensanchan. Entre la calzada y la puerta de acceso al local apenas hay espacio. Miro balcones enrejados, la planta rectangular que se demora maciza y densa, fortificada en piedra y metal. Empujo la entrada, mi fuerza se ve contrarrestada por un impulso proporcional e inverso al vigor ejercido. Cerrada, clausurada en la madera que se agujerea y araña en multitud de heridas temporales. Intento que los sucios cristales me ofrezcan la visión del interior, la planta baja se enseñorea en oscuridades, reino de la sombra donde cualquier esfuerzo resulta huero. Bordeo el edificio, en su lado izquierdo me contempla una fachada sin huecos extendida en amplitudes y desconchones. Retrocedo sobre mis pasos y encaro el lado contrario, el derecho, sólo se abren ventanas en el piso inferior, y también están enrejadas y sucias, se empeñan en ocultarme el acceso visual a sus interiores. Procuro rodearla, acceder por la parte posterior, por donde recuerdo que la terraza se abre sobre una inmensidad de vetusto alcornoque. La edificación se asienta al filo de un pronunciado barranco. La plataforma que sirve de base a la parte trasera del edificio, así como a la terraza, se sostiene mediante un grueso y sólido muro de piedra que hace de contrafuerte. Este se prolonga en su parte superior construyendo cerca y baranda pedriscal, un baluarte que aísla la plataforma de grava de cualquier intento de intromisión. Desciendo con dificultad, las suelas de los zapatos resbalan sobre las lajas cuarteadas de la pizarra, aulagas, espinos, no hacen si no, enganchar tejidos y en más de una ocasión estoy a punto de perder el precario equilibrio y precipitar mi continente por alocada pendiente. Entre el monte bajo, entre piedras y arbustos, multitud de objetos desechados se desperdigan por doquier. Toda una franja de abre como un vertedero de muebles decapitados, cajas inservibles, detritus que el sol y la humedad hacen despedir un olor rancio y pegajoso. Busco la parte en que el muro es más bajo. La construcción, antigua, le aporta una consistencia sin quiebra ni fisuras a sus aledaños, las piedras que la componen encajan entre sí al milímetro, sin resquicios, falto de salientes dignos donde una mano, un pie, puedan asirse y buscar apoyo. Varias veces intento encaramarme en el rompecabezas de pedernal, únicamente consigo arañar las manos, zaherir rodilla y pantalón. Sangran, sucias y contusionadas, veo manar sangre y escozor con abundancia desleal. Detengo mi aburrido empeño, la desazón me invade. Tal vez la venta se encuentra cerrada precisamente en este día por el consabido “Descanso del Personal”, o quizás por razón similar que sólo invalida este justo momento. A pesar de ello decido regresar a la carretera bordeando completamente la enmudecida fortaleza, descender hasta el final del muro y rodearlo en su parte baja, ese el objetivo inmediato. Después ascender por la parte izquierda, siguiente estación. Siento un dolor de articulación herida, una escara se asoma tiznada por el pantalón roto, la otra empapa la tela con frialdad anímica y salada. El sol, que parecía benigno y bienhechor, perla la frente y humedece el cuerpo haciendo insoportable el agobio turbador de la chaqueta. El pecho está tumefacto por los infructuosos intentos de estrellarme con insolencia sobre el muro, como lo hiciese un insecto contra el iluminado cristal de un farol. Un empecinamiento inexplicable que parece provenir de las sombras, de los lamentos entrecortados que percibí junto al alcornoque en la funesta tarde en que la noche y la brisa, y tú, Julia, trajisteis oscuridades de tierra removida.
Llego, no sin esfuerzo, a la parte inferior, al fondo de la tupida muralla, a sus pies, el balate sigue descendiendo contagiado de almendros que endulzan con aromas de mieles el aire. Recuesto toda la desesperación contra el muro, palpo el bolsillo en busca de tabaco, prendo un cigarrillo en el intento por sosegar tanta locura. Siento que franqueo un territorio prohibido del que deseo salir cuanto antes y, tras ese torpe empeño, como enmarañado en red invisible, manoteo y me contorsiono procurando un mayor enredo. Miro los maltrechos zapatos, arañazos evidentes que cubren flancos y superficies en una estética que el azar traza. La suela de uno de ellos se abre y se despega, por el interior la tierra se aposenta molesta y pastosa, arcilla que el sudor modela. Recién en calma comienzo a recorrer la longitud de esta infinita pared buscando el apoyo en la mano izquierda. Ahora no existes, Julia-Gata, de vez en cuando, detenido, miro hacia lo alto, como negras y ávidas bocas algunos orificios se abren en la rocalla, desagües que alivian las filtraciones del agua de lluvia. La demencia prosigue ideando catástrofes, tal vez con artilugios y buena puntería pudiera enganchar una cuerda y ayudado por ella, escalar el impracticable muro. La cordura regresa de tiempo en tiempo apaciguando ideas. Están demasiado separados unos de otros, y aunque consiguiera asirme a una de esas aberturas, desde ella sería virtualmente imposible atinar con un segundo punto de anclaje. Deshecho el método y prosigo calvario y abatimiento, sudor e infructuosa senda. Tras la polvorienta marcha alcanzo el ángulo, el vértice maravilloso, ahora sólo ascender sin crucifixión solar, el lateral izquierdo pertenece a las sombras. El sudor se enfría, primero con un alivio agradable de solárium eterno, después entra en juego una tiritera, un desasosiego enfermo que produce castañeteos impulsivos.
El libro que buscamos suele estar al final de la enorme pila, o en el estante más imprevisto. Si tenemos la previsión de coger el paraguas en una mañana tormentosa y gris, lo paseamos todo el día como un trasto inútil, sin tener necesidad de usarlo en momento alguno.
Descubro con sorpresa y asombro que en ese lado de la muralla se abre una escalera que se incrusta en la misma piedra, desde arriba pasó inadvertida, un pasadizo cuasi invisible que ni el más agudo ojo hubiese sospechado. Siempre el camino costoso y largo, el recorrido de espirales sin retorno. Apoyo el cuerpo en un gélido pasamanos cuya frialdad milenaria parece fluir traspasando la carne e instalándose feliz en el hueso, subo los escalones, sucios y olvidados acumulan tierra en las esquinas con terca complacencia. Una reja impide el acceso a la terraza entorpeciendo sus barrotes con gruesa cadena y férreo candado de fiereza oxidada. Se podría saltar sin esfuerzos, pero la luz del día no invita a empresas tan desequilibradas, petrificado, miro mi premura deslizarse por las polvorientas escaleras de la frustración. No quiero ni pensar en nada que suene a allanamiento de morada o similar cargo. Conformado, observo la perspectiva que el ángulo consiente. Veo al viejo alcornoque como un enorme brote entre las piedras del muro, casi paternal extiende sombra en radio protector y salvo. Volcadas, rodeando mesas vacías y espectrales, algunas sillas se reparten a discreción por el solar baldío, parecen esperar que alguien las ocupe, le muestren una razón a su utilidad. La puerta por la que se accede al interior de la venta permanece cerrada y muda. Una hilera de ventanucos recorre la zona baja, dependencias privadas, almacenes, y posiblemente la inútil cocina, componen aquel grupo de estancias donde la luz es un sueño imposible. En el piso superior, por el contrario, unos balcones esbeltos parecen iluminar dormitorios y salones. Todo salvo de curiosidades, oclusivo, hundido en el detenimiento que mi vana presencia altera. Un mundo oculto de estática y mantos de polvo insistente profanando las superficies, donde ratones e insectos son señores oscuros de geografía meditada. El brillo del sol trae en su labio una advertencia, uno de los batientes refleja cegador la claridad del día, muestra una arista que difiere en orientación al resto de los balcones, posiblemente se encuentra semiabierto o ligera-mente entornado. Suspirar en alivios, pienso que no todo está perdido, existe el resquicio, la pequeña hendidura que permite proseguir en el empeño sin desertar desalentados del trazo elegido. Esos espléndidos “hilos” de los que te hablo, Julia, los mismo que me mantienen atado al sueño de creer que estás cerca, que así se puede jugar, destrozar un poco más el terreno de los encuentros.
Corono la altura ahogado en toses, las rodillas recuerdan con punzadas la violencia innecesaria de tan exiguos logros, la suela del zapato cuelga como lengua reseca y polvorienta. Cuando recupero el aliento visualizo el lugar, una composición que pretende situarme en un punto central desde donde radiar perspectivas de escenario. Una decena de metros más arriba, junto a la desigual carretera, se abre un carril que muere frente a un amplio cobertizo de madera. El camino se guarece por altos y espigados cipreses cuya lozanía contrasta con el aspecto descuidado y abatido que sostengo. Por detrás se alzan dos tímidas montañas y en medio, una suave colina desciende apacible hasta la misma calzada. Veo como un hombre, con paso cachazudo y seguro, baja por el desnivel con abulia y apacible apariencia, pienso que se trata de algún lugareño. Voy a su encuentro, en medio del recorrido me detengo para recomponer el calzado, la suela me hace trastrabillar con inseguridad. Con el cordón ato la lengua acre y empachada al empeine del zapato. El hombre, mientras tanto, llega a mi altura y se detiene, su intacto sexto sentido, el que arropa la sencillez con auténtica certinidad, le hace sospechar que algo busco.
—¡Buenos días nos de dios! —Le deseo a modo de saludo. Responde con cortesía y se interesa por tan lamentable estado.
—¿Le ocurre algo? Parece que anda buscando alguna cosa. —Mira las desgarradas rodillas e inquisitivo prosigue con el interrogatorio. —¿Está herido?
—No, no se preocupe, no ha sido nada, unos rasguños apenas. Resbalé al salir del coche y ya ve…, besé el suelo que nos sostiene. —El paisano sonríe mientras observa el recompuesto zapato, su agudeza le evidencia lo que mis labios pretenden silenciar. —Verá, lo que deseo es información sobre aquella venta.
Señalo hacia atrás, donde el vetusto y fortificado edificio ríe con idiomas de piedra.
—Bueno, no es una venta propiamente, casi nunca está abierto. La alquilan algunos fines de semana a grupos de amigos, matrimonios que se reúnen para celebrar algo, o simplemente para pasar unos días en el campo. Ya sabe, cosas de las gentes de la ciudad. —Me incluye entre el variado grupo que aglutina a “gentes de la ciudad”, y su forma de adelantar la barbilla al decirlo lo hace patente y notorio.
Me siento asombrado y perplejo, en ningún momento creí percibir que aquel local se destinara a un uso esporádico e intermitente cuando platiqué con el ventero. Insisto.
—¿Está seguro de ello? —No parece agradarle el que cuestiones afirmaciones tan seguras, fundadas certezas.
—¡Como que hay dios! Esa venta es de Paco “El Pelao”. Antes vivía en el pueblo, pero hace un par de años que se marchó. Los que la alquilan, desde luego, lo hacen en la ciudad, arriba no van para nada. —Dice mientras señala con la mano hacia un villorrio que se recuesta sobre una lejana ladera sauria y blanca. —Pero si está interesado puede subir, una sobrina de “El Pelao” aún vive en el pueblo. Aunque enviudó prefirió quedarse en el terruño, tal vez pueda conseguirle algún número de teléfono o una dirección, ya le digo, él no viene nunca por aquí.
Queda estático contemplando mis ojos, sus ancestrales artes deductivas intentan descifrar el motivo real del interés que demuestro.
—¿Y dónde puedo encontrarla? —Queda pensativo, como intentado recordar algo.
—Lo único que puedo decirle es que se llama Ana. Soy pastor, no vivo en el pueblo. —Mientras afirma esto alza una rugosa cachaba señalando hacia un grupo de cabras que, mimetizadas por el color del pelambre, ramonean inmateriales y tranquilas.
—Pregunte por Ana, “La del Cojo”, con eso será suficiente, cualquiera le indicará donde vive.
Agradezco la información y me despido del entorno donde el pastoreo y las palabras caminan despacio entre solivianto.
—¡Vaya usted con dios! —Le oigo decir mientras agita la mano en señal de despedida como si un tren imaginario fuese a realizar su salida con inminencia impostergable.
Aquel hombre continúa observando apoyado en el cayado, parece querer confirmar la dirección que tomo. La sangre, al secarse, crepita pegada al tejido, cuando doblo la articulación siento un desgarro que aviva el dolor hasta entonces hibernado. Al pasar junto al pastor, una vez dentro del auto, hago sonar el claxon, como un autómata mueve la mano con compases desmedidos. Cuatro kilómetros me separan de tan abrupta localidad que se recorta sobre una pendiente escarpada y difícil, un último tramo donde la carretera se complica en desniveles y estrechos pasos. Quitamiedos gangrenosos y descolgados se intercalan entre pedazos del firme hundidos, grietas que encojen el ánimo se reparten por el piso mudable e inquieto. Las últimas lluvias devastaron promontorios y taludes, dejando un apocalíptico panorama donde la erosión ha dislocado rutas y caminos. En las curvas finales puedo ver el pueblo entregado amable a la codicia del viajero, un descuidado jardín da paso a las primeras casas que, blanquísimas, parecen dar la bienvenida a ninguna parte. Una calle principal que se cierra en una curva peligrosa e imposible desemboca en la plaza que, empedrada y llena de bostas de mula, se abre irregular y anárquica. Aquí terminan civilización y carretera, tras las viviendas un enorme tajo se despeña vertiginosos y concluyente. La proximidad de la ciudad ha impedido su crecimiento, detenido en la forma y en el tiempo, sus gentes han preferido emigrar y tan sólo los que conservan un terreno de labor, permanecen fieles y mustios al amparo de tan arcaica silueta.
Busco el bar, centro social de toda villa que se precie. A su puerta los ancianos juegan al dómino entre golpes e imprecaciones jocosas, un vocerío de mercado que presta sonoro encanto a la escena. Recostada en la pared, la juventud que no ha desertado fuma su ociosidad mientras observan la cojera y vestimenta que me acompañan como inevitable tarjeta de visita. Paso entre ellos seguido de una multitud de ojos que prenden en mi nuca interrogaciones y miradas. Tras la barra, envuelto en la pringue, un aceitoso cantinero mal afeitado y de torvo aspecto re-parte entre varios vasos el contenido de una botella con envidiable maestría, alza los ojos e impertérrito continua con la labor. Mi saludo es contestado por los parroquianos con un coro desafinado y arrítmico de voces ilocalizables. Todos observan el roto del pantalón, la costra seca que la sangre ha edificado paciente y desaliñada, y los más inquisitivos, los de mirar agudo, se percatan del ingenioso método utilizado para conseguir que la suela se mantenga con cierta dignidad adherida al zapato. Bebo una cerveza con la avidez que la sed olvidada nos obliga por la garganta, solicito otra a la presencia que olisquea tras el mostrador. Tal vez así fuerce su previsible mutismo reservado y parco. Siento como un millar de ojos se agolpan en mis espaldas, como decenas de miradas escarban respuestas imaginarias a inquietudes inventadas, socavando a traición mi persona. Giró el cuerpo sin perder el apoyo de la barra, las miradas tornan huidizas a sus quehaceres sorprendidas por movimiento tan imprevisto y sorpresivo. Dirijo una pregunta al cantinero cuyos aceites engordan de lustre su cara.
—¿Dónde puedo encontrar a Ana “La del Cojo”?
No levanta la vista, las manos continúan frotando algo que en el fondo del fregadero tintinea metálico. La boca, cuyas comisuras retienen la sucia blancura de la saliva seca, se abre apenas, casi un susurro que me obliga a adelantar la cabeza en un intento por hacer audibles sus gruñidos.
—¿Anica? ¿”La del Cojo”‘? —Asiente con expectación. —Vive por la calle del mercado, pregunte por allí, no tiene pérdida. Y si no le parece indiscreto por mi parte, ¿se puede saber el motivo? —Los brazos continúan arrancando notas al xilófono que parece esconder bajo la barra, el cristalino sonido del vidrio llega como una melodía eterna e invitadora.
—Estoy interesado en alquilar la venta. Tengo entendido que pertenece a su tío, Paco “El Cojo”, pero desconozco como localizarlo, tal vez ella me pueda informar de algún modo de ponerme en contacto con este hombre. —La mirada se digna en posarse directa sobre mi faz, la boca se le tuerce en media sonrisa donde un conocimiento, para mi vedado, se muestra descarado e implícito.
—Lo dudo, pero inténtelo. No se llevó nunca muy bien con su tío, asuntos raros, según dicen. Esa familia siempre ha sido algo extraña y la venta no hizo más que enturbiar sus relaciones. —Las manos permanecen perdidas en una manipulación desconocida en donde el agua, con fuerza y firmeza, interviene insistente y fluida. —Ya le digo, inténtelo, no pierde nada.
Abandonar el local, la edificación tétrica, el fortín inexpugnable, es motivo de discordias entre familiares. La sombra que percibiese en aquella lúdica tarde parece rondar entrecortando el resuello como un ave de mal agüero que se empeñase en señalar una ruta, en guiar los pasos que preceden al desespero.

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