Rafael Guerrero Casas, “La Moneda”.

La Moneda
I

Una tarde gris y lluviosa se atisbaba tras los ventanales translúcidos de la morgue. Era un espacio frío, con fuerte olor artificial para ocultar al olfato de los vivos los horrores de la carne en descomposición. Fuera, los alaridos, los llantos y las súplicas de los enfermos penetraban por las endebles paredes del viejo hospital.
Como procedimiento rutinario pasé a revisar el informe del paciente, el cual se me había encomendado para realizarle la autopsia en vista de las extrañas circunstancias en las que se produjo su fallecimiento. El documento narraba así:
“-Varón. Unos 40 años. Extranjero. Nombre y familia desconocidos.
-Fecha y circunstancias de fallecimiento: El 20 de octubre, durante la tormenta eléctrica.
-Causa de la muerte: Indeterminada. Nada más atravesar la puerta del hospital falleció.
NOTAS: Antes de morir, entre convulsiones, profirió alaridos en lenguas extrañas antes de exhalar el último aliento.”
—Fue durante la tormenta eléctrica—pensé en voz alta—, lo más probable es que se trate de un paro cardíaco derivado de la misma.
Abrí la cámara donde se encontraba el cadáver del desconocido. Aparté lentamente el sudario para examinarlo y realizar los trámites pertinentes. Parecía ser un hombre de edad más avanzada de lo dicho en el informe, su piel se hallaba pálida y rígida, con la fría textura del cuero. Sus puños se encontraban apretados por el rigor mortis y en sus ojos abiertos de par en par se podía apreciar una espeluznante expresión de horror.
Sufrí un fuerte escalofrío que recorrió mi espalda al contemplar esa mirada, negra, vacía y hórrida. Coloqué el sudario sobre su rostro a fin de no sentirme observado por tal repugnancia mientras examinaba el resto del cuerpo.
Indicios de violencia se presentaban en el cadáver del finado. Cardenales con formas arbitrarias recorrían su cuerpo en extraños lugares: el pecho y los brazos, sin seguir un patrón determinado. No pude reconocer ningún arma que pudiese causar tales heridas ni la mordedura de ningún animal que tuviese esa forma en la península. Tomé un par de fotografías y procedí a un estudio de las manos en busca de signos de violencia.
Primero la mano izquierda. Intenté abrirla con todas mis fuerzas hasta el punto de sudar pero no lo logré. Tampoco funcionaba hacer palanca, por lo que con el bisturí corté los tendones pertinentes para que la mano se abriese. Un sonoro chasquido resonó en la habitación al cortar el rígido tendón.
Finalmente, la apertura de la mano dejó a la vista una moneda, una moneda de oro. Cogí mi pañuelo y pasé a sujetar la moneda con éste con extremo cuidado a fin de no contaminarla con mis dedos. Era fascinante. En su anverso se encontraba labrada la imagen de una sonrisa canina, una sonrisa feroz que mostraba dos hileras de afilados dientes en un rostro antropomorfo, pero sin ser ni humano ni animal. En el reverso se encontraba una estrella de cuatro puntas con un punto en cada cuadrante. A su vez todo estaba rodeado por una leyenda en caracteres que no me vi capaz de descifrar, salvo unos en latino donde podía leerse la palabra “speculum”.
—Espejo— dije haciendo uso de mis conocimientos de latín. El resto me resultaba completamente desconocido pese a mi estudio de lenguas y culturas arcaicas.
Envolví la moneda cuidadosamente en el pañuelo y la guardé en mi bolsillo con cuidado de no tocarla. Quería analizarla, fuere lo que fuere parecía un objeto de extraordinario valor arqueológico por su rareza. Seguidamente me dispuse a abrir el puño de la mano derecha. Cuán fue mi sorpresa cuando éste se abrió con un leve esfuerzo, dejando a la vista una palma vacía.
—Que extraño—pensé—. Debe de estar entrando en algún proceso de descomposición avanzado.
En estas situaciones no es bueno continuar la autopsia, por lo que determiné que las magulladuras podrían ser consecuencia de una coagulación de la sangre producida con posterioridad a un infarto tras la caída del rayo en las inmediaciones del hospital. Decidí remitirlo al cardiólogo para que determinase la validez de dicha teoría.

II

Dado que el difunto no parecía tener familia o amigos que se hayan preocupado por él tras largo tiempo de ausencia en el plano de los vivos decidí llevarme la moneda.
Fui a ver a mi buen amigo Javier, conservador en el Museo Arqueológico Nacional, una institución con los fondos arqueológicos de mayor tamaño de la Península. Siendo mi amigo un experto en historia antigua de Europa y Oriente pensé que nadie habría mejor que él para analizar el extraño objeto que yacía envuelto en un pañuelo dentro de mis pantalones.
Salí del hospital cuando el astro rey se hallaba próximo a su ocaso. Las sombras de los viandantes se alargaban y retorcían en formas extrañas cuando crucé el portón del majestuoso edificio isabelino que el museo comparte con la Biblioteca Nacional. Atravesé salas plagadas de objetos de todo tipo, de toda época y lugar remoto, algunos fácilmente identificables a ojos de un aficionado a la Historia, otros, totalmente desconocidos hasta para los propios conservadores.
Me dirigí sin más dilación al despacho de mi amigo. “J. Istúriz” rezaba una escueta placa en la puerta. Llamé y entré. Un olor a tinta y papel inundó mis fosas nasales y entre estanterías cubiertas de libros a la luz parpadeante de una bombilla se encontraba mi amigo que me saludó con una sonrisa.
—¡Francisco! ¿Qué te trae por aquí?
—Tengo una sorpresa para ti Javier, espero que sigas sabiendo de Historia.
—¡Nunca supe!—bromeó Javier.
Acto seguido saqué el pañuelo y desenvolví con precisión de cirujano el misterioso tesoro que albergaba. Javier se puso sus gafas y enfundó sus manos en gruesos guantes de cuero marrón, dispuesto a examinar la extraña pieza.
Tras unos minutos de silencio contemplándola con curiosidad e inquietud, Javier se quitó las gafas.
—¿Dónde cojones has encontrado esto? No se parece a nada que haya visto nunca—apuntó Javier—, y solo reconozco dos alfabetos de los varios trazados aquí en la leyenda: latín y de la isla de Pascua.
—¡Demonios! ¿Acaso sabes leerlo?
—No—dijo Javier abatido—, es una lengua que no se ha podido descifrar aún, y mucho menos convivió con el latín. Eso junto a esos extraños y desagradables dibujos del anverso me hace creer que se trata de una falsificación.
—Lo encontré en la mano de un paciente fallecido, supongo que no es donde se encuentran los grandes hallazgos arqueológicos—dije, cuestionándome mi propia inteligencia. ¿Por qué rayos había cogido esa moneda? Desde luego no es el protocolo.
Desanimado pero aún curioso le hice algunas preguntas a Javier de diversa índole que no resultaron esclarecedoras para con el misterioso objeto. Sea lo que fuere no era algo que se encontrase en ningún museo europeo. Sin embargo, Javier me prestó un libro cuyo tema era el estado de la cuestión respecto al alfabeto de la isla de Pascua.
Tras unas palabras de cortesía envolví con delicadeza la moneda en el pañuelo y me despedí, dejándole trabajar. Salí del museo y puse rumbo a mi hogar.

III

Atravesé la puerta de mi casa cuando el reloj daba las nueve campanadas. Abrí las ventanas para que se airease, dejé mis bártulos y cené frugalmente, con impaciencia, para a continuación sentarme en mi despacho con un café. Abrí el libro que me dejó Javier:
“El alfabeto de la isla de Pascua; consideraciones y nuevas perspectivas.”
Saqué el pañuelo y desenvolví cuidadosamente la moneda. El dibujo, aunque repugnante, me resultaba misterioso y atractivo. Tras una lectura superficial del libro no logré establecer un patrón determinante entre el alfabeto de la isla de Pascua y el de la moneda. No obstante, parecía que tenía un número de sílabas que contendría a lo sumo una o tal vez dos palabras.
Frustrado, agarré la moneda fuertemente y sin cuidado, la posé sobre la palma de mi mano de manera casi instintiva. Aprecié algo inquietante. Pese al frio otoñal que reinaba en mi despacho con las ventanas abiertas de par en par y la lluvia repiqueteando…aquella moneda estaba caliente.
Instantáneamente me sentí fascinado por las extrañas figuras de la misma mientras el calor se acrecentaba. La noté brillar con la escasa luz de la bombilla, tan pulida que en ella vi un rostro. ¿Era yo? ¿Mi reflejo? Sin duda, pero algo era tremendamente distinto, atípico en un reflejo, la mirada se veía totalmente maligna, la sonrisa era aterradora, repugnante, estremecedora. Solo posar los ojos sobre tan infame reflejo me hizo estremecer de manera atroz durante un eterno instante. Un enorme terror me dejó totalmente paralizado mientras afuera comenzaba una intensa lluvia y se escuchaban los fuertes truenos.
Aterrorizado, fui a soltar la moneda, pero algo ocurría…no se desprendía de mi mano. Aquella extraña moneda se había fijado a la palma y ni sacudirlo ni tirar con todas mis fuerzas funcionaba. El calor se hacía más intenso.
Horrorizado cogí la cuchara del café para hacer palanca, lo que solo me provocó un miedo aún mayor al ver “mi” rostro, nuevamente reflejado…pero esta vez sobre la cuchara, que tiré de inmediato. No podía ser, ¿acaso esa cosa venida de un mundo olvidado había cambiado mi rostro convirtiéndolo en una estampa atroz?
Corrí desesperadamente al baño deseando que todo fuese un mal sueño, empapé mi cara y mis manos con agua, la cual no disolvió la unión de la moneda y mi cuerpo. Alcé lentamente la vista y me vi, otra vez, otra vez ese condenado ser usurpando mi reflejo en el espejo.
Yo, era yo mirándome a mí mismo, con una expresión que mostraba manifiestamente la más oscura e impura maldad. Una maldad familiar que emanaba de mis entrañas, siempre dentro de mí pero hasta ahora nunca reflejada. Sin pensarlo dos veces lo golpeé de manera instintiva y mil cristales saltaron por los aires lacerando mi piel. Y cada uno de ellos devolviéndome mi imagen convertido en el más absoluto horror que puede existir.
—¡Basta! ¡Basta!—grité, la voz sonó extraña.
Ahora lo entiendo. El espejo. Speculum. Es mi reflejo. El mal me lo devuelve, viene a por mí.
Horrorizado, bajé las escaleras rompí todos los espejos, los cristales, las ventanas, rompí todo, lo destruí a fin de cada nada pudiera causarme semejante horror. No debía ser reflejado. Yo soy yo. No soy mi reflejo, él solo existe en mi reflejo, esa cosa no podrá vivir más.
De repente noté algo, de la luz de la bombilla a mi espalda se proyectaba mi sombra, la bombilla empezó a parpadear y la sombra bailaba a su son. Mi sombra cobró vida propia y comenzó a danzar por los recovecos de la habitación. Una sombra abyecta donde me veía yo, reflejado, en una versión obscena y oscura de mi mismo, un fantasma que mostraba toda mi vida de manera corrupta en mil espejos de marfil dentado. En ella se había dibujado una sonrisa. La sonrisa donde debiera de estar mi cara. La misma sonrisa atroz y abyecta que dejaba entrever la más profunda maldad. Riéndose de mí, de mi miedo, mi vulnerabilidad, mi desgracia. Cada lúgubre carcajada me atormentaba profundamente y me llenaba de pesadez.
Corrí y corrí esperando huir de ella. Pero nadie, nadie puede huir de su sombra. No había nada que hacer.
—¿Qué quieres? ¿Qué coño quieres?—pregunté suplicante, en vano.
Su única respuesta fue acercarse más y más, como solo una sombra puede acercarse a su dueño, mientras la atroz sonrisa se ensanchaba y la moneda ardía en mi mano, hasta provocarme un fuerte dolor.
Corrí hacia el armario, me escondí. Sin luz ni un reflejo ni una sombra pueden existir. Estoy a salvo de momento, pero la noto, siento esa malvada presencia dentro de mí, en mi mano. Solo oigo la tormenta en la lejanía. Puede que la ausencia de luz tras una noche oscura acabe por destruirla.
De repente suena un trueno, caen los rayos, una y otra luz se filtra por las rendijas del oscuro armario dejando verla de nuevo. La sombra. Es el final. La sonrisa brilla por si misma. Nada puede detenerla. Abre la boca. Sus sucios blancos dientes en una desagradable mueca. Me veo a mí mismo reflejado en ellos, cada uno refleja lo peor de mi existencia, los más terribles tormentos y culpas. Soy yo mismo. La versión más abyecta de mí mismo, en la más brillante luz que enclaustra la más impura oscuridad.
Dios se apiade de mi alma.

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