Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjeta de Presentación. 1/3

Capítulo Nueve 1/3.

TARJETA DE PRESENTACIÓN.

El señor Pujol debe estar atrincherado en el último reducto de aquellas oficinas, necesité explicar varias veces que él me había llamado previamente, primero al departamento de atención al cliente, una voz femenina y musical me interrogó sobre el motivo de la llamada. Una vez relatado, por error incondicional, fui a parar al departamento de siniestros, donde tuve que volver a explicar el porqué del interés en hablar con ese señor. Rebotado, perdido en las hilaturas de fibra, me acunó la melódica simpatía de la señorita antes referida que recordó mi voz y mi urgencia por hablar con el señor Pujol y, en una perfecta demostración de eficacia en la que el azar jugó un papel primordial, el indomable acento catalán del señor en cuestión sonó alentador al otro lado.
Identificación a través del número de póliza, esperar un intervalo de silencios donde la luz parece hacerse, el tiempo suficiente para que digite cifras en el terminal, y un Lucas Martel, varón, datado en todos los sentidos, edad, profesión, apareciera ante sus ojos, siniestralidad, bonificaciones, sesgado y abordable. El señor Pujol sin demostrar el más mínimo atisbo emocional me comunica que habían recibido un parte de accidente en el que no aparecía mi conformidad, es decir, no estaba autentificado con la personal rúbrica de Lucas Martel. Después me aclara una serie de hechos irrelevantes e innecesarios donde abunda lo insustancial.
—La gripe, señor Martel, la maldita gripe. —Y un abundante ejercicio de palabrería con el que disculpa la ausencia de un compañero, el verdadero responsable de aquellos deplorables temas, así que solicita comprensión y ayuda para solventar este pequeño incidente ya que él, nuevamente excusado, desconoce circunstancias y elementos. La gripe pasa a relatar el parte con total precisión, detallan¬do circunstancias y lugares.
—Al parecer, señor Martel, usted colisionó con un automóvil aparcado. El vehículo siniestrado, según relatan, compartía una explanada a modo de aparcamiento con el suyo, y al iniciar usted una maniobra con la finalidad de incorporarse a la calzada, dio con su paragolpes trasero al cuadro izquierdo de luces del otro vehículo, izquierdo posterior, para ser más exactos. —Su exactitud resulta insultante, los tecnicismos abominables. —Señor Martel, al parecer usted continuó la marcha sin dejar aviso del incidente, versión esta que corroboran un par de testigos.
Le escucho absolutamente maravillado, el señor Pujol imprime a su locución visos de tragedia traducida en algún tipo de dolo pecuniario, poniendo un austero énfasis que le obliga a uno a sentirse culpable de algo perverso. Intervengo contrariándole.
—Lamento comunicarle que no tengo constancia de haber colisionado con ningún otro vehículo, ya sea en un aparcamiento o en plena carretera, —Lo digo con placer, casi al borde del éxtasis.
—Bueno señor Martel, tal vez no se dio cuenta de ello y prosiguió la ruta sin advertir el hecho. —Es casi una cuestión personal el rebatir las tesis de ese homúnculo, pálido, con bigote enclenque y recortado. Imaginación mortal. Insisto.
—Una colisión que como consecuencia produjera la rotura de intermitentes, luces de freno y posición, inevitablemente se hubiera dejado sentir. El más ligero encontronazo produce sonidos. Dudo que lo afirmado en ese parte sea cierto.
El llamado señor Pujol insiste a su vez, parece representar más a la otra parte que a mis propios intereses, como si no deseara entretenerse con un pequeño siniestro sin importancia. Posiblemente precisa de víctimas para que la pasión oficinesca se traduzca en interés, al fin y al cabo, no es su siniestro. —La gripe, señor Martel, la gripe trastocándolo todo.
—Me limito a comunicarle lo que varios testigos afirman, tampoco hablamos de acto delictivo alguno. Simplemente quería ponerlo en su conocimiento. El hecho de que usted niegue este irrelevante accidente comporta una serie de costas adiciona¬les, lo más seguro es que la parte actora interponga demanda encareciendo el hecho sin necesidad alguna. La pérdida del posible juicio comportaría un desembolso superior que el producido por el simple arreglo de un cuadro de luces. Sólo se trata de eso.
El empleado se deshace en explicaciones, como un paladín vela por los intereses de su empresa sin entrar para nada en culpabilidades. Los consorcios establecidos por este tipo de negocios hacen más rentable el que admita un siniestro ficticio que el que me niegue en redondo a admitirlo. Es una cuestión de principios, no me rindo.
—Mire señor Pujol, me podría decir al menos el día en que supuestamente y, sin conocimiento de causa aparente, se produjo tan etérea colisión.
El hombre cree percibir en mi pregunta un atisbo de condescendencia que le hace deshacerse de nuevo en gran profusión de detalles.
—Según consta en nuestro expediente, el hecho narrado se produjo el día seis del presente mes. El lugar reseñado es la carretera comarcal diecinueve, kilómetro ocho con siete y el denunciante. —Durante unos segundos duda en proseguir, después se anima y suelta aclaraciones y excusas. —Aunque esta es una información confidencial por el momento, es un tal Francisco Tomé García, los nombres de los testigos no es una cuestión relevante.
Anoto los datos en el filo de un viejo papel con un mellado lápiz que consigo atrapar tras arduos estiramientos de brazos.
—Muy bien señor Pujol, intentaré hacer acopio de memoria y alejar la amnesia que parece envolverme. Ya me pondré en contacto con usted.
Estoy cansado de todo esto, el empleado por su parte agrega felicísimo.
—¡Estupendo!, espero que este pequeño e insignificante incidente se arregle a la mayor brevedad posible, así que aguardo confiado en su palabra. Muchas gracias por colaborar y deseo tenga un buen día.
El silencio me llega desde el otro lado y un paréntesis temporal se aloja en la cabeza, no recuerdo nada de un golpe, nada de aparcamientos, de explanadas compartidas y supuesto crujir de plásticos rotos. Sobre el calendario de la cocina retrocedo en el tiempo, hacía apenas dos semanas que el día seis había expirado y se situaba, más o menos, por las inciertas fechas en que comenzó el cabalgar ocioso y reflexivo. Un día o dos después a lo sumo. Carretera comarcal diecinueve, busco como poseso un mapa provincial y con el dedo trazo las rutas de tan aciago día. Casi todo el trayecto se realizó por una vía nacional, la tres cuarenta, la senda que serpentea por la costa de uno a otro extremo del Mediterráneo peninsular. Casi al final del recorrido mis huellas atraviesan poblaciones como la haría un genio sobre alfombra voladora y entonces me detengo en la intersección de un pequeño trazo, una línea de grosor menor, de intensidad nebulosa y color claro. Señalo la comarcal diecinueve, una accidentada senda que se interna entre almendros y montañas, casi una vía pecuaria que retorna hacia el pasado envuelta en olivos y soledades. No existe la menor duda, este camino no es otro que el que condujo mis pasos hacia aquella extraña venta, la del imbécil lucido, razonada idiocia. Encender un cigarrillo amparado en el lapsus, pausa necesaria donde la memoria rebobina hasta tropezarse con lugar y día. Recordar. Dejé el coche empotrado en la cuneta, que recordara no existía explanada alguna y menos aún algún otro vehículo estacionado en las proximidades. Tal vez cuando me fui, inmerso en la paradoja, no reparé que había otro vehículo, pero lo podía jurar, aquel lugar estaba solitario y sin señales visibles de vida alguna en varios kilómetros a la redonda, es más, cuando regresé no me crucé con otros automóviles. No recordaba luces de faros. Sobre el anverso de una tarjeta que dormía el sueño de los justos en la cartera, escribo nombres y direcciones, denunciante Francisco Tomé, transcribo kilómetro y vaguedades, ocho con siete. Nunca he sido desmemoriado e iban dos. Trece palabras que cuentan del Li, del primer paso que parece estoy dando, Julia ando, sabes que ando. Sentencia oriental, viaje que creo sin retorno. No recuerdo cuando escribí el mensaje, blanco folio que jamás mis dedos mancharon y que parece mostrar una forma, un método. Y ahora la luctuosa venta retornando desde atrás hasta el presente. ¿Entiendes Julia? La venta y el Génesis, el alcornoque y aquella conversación que los tres mantuvimos. Tú hablabas en mi oído y yo os escuchaba. Dudo con alarma justificada de la memoria, no puedo recordar actos sencillos y normales. Papel lleno de trece palabras, venta repleta de sueños y frases conjuntas. Lo mundano se me escapa Julia, si así fuese es tu influencia la que me desmiembra y llena de ecos que no prenden por mis párpados. Las dudas apacentar. la mesa en forma de mapas y palabras, el lápiz desdentado traza un círculo sobre el kilómetro ocho con siete, y la manida tarjeta, mugrienta en sus bordes, contiene un enigma con cuerpo de nombre. Tengo que ir, regresar a la casilla primera donde empezaste a ser, donde al soñarte conjuré las fuerzas que te dieron la vida, esas mismas que hasta ti me llevan.

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