Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Marcapáginas. 2/2

Capítulo Ocho 2/2.

MARCAPÁGINAS.

Reunidos alrededor de la luz de unas velas, unidos por la palabra y sus traiciones, me embarga la sensación excitante de hallarme ante lo mágico, frente a lo trascendente. Novicio que se maravilla urdido en ritual y liturgia, presiente, palpa, que el futuro nunca más será lo mismo, siente que la vida quedará transformada por la iniciación en la que absorto participa. Julia persiste en ese embobamiento que el licor y el verbo le procuran, Solano se viste ante ella de sacerdote místico y yo aborrezco lo cruel de ser un espectador que nada aclara o aparta.
—¿Podéis imaginar las consecuencias de ese fornicio, las maravillas que ese encuentro trajo y supuso para la humanidad? —Teresa sonríe como un animalillo tímido y excitado. —Según la Biblia de este ayuntamiento nacieron los Héroes, casi como lo narran griegos y romanos, dioses y diosas fornicando con humanos y engendrando una raza superior alejada por siempre del Edén. Hay un amplio legado de narraciones correspondientes a culturas diversas que se detienen en similitudes muy parecidas. Seres superiores que sienten un deseo terrenal y cárnico, entes fabulosos que se arrastran hasta los pies del hombre y se solazan sintiendo iguales apetencias. La mujer atrayendo al varón, y de la mezcla la luz y el conocimiento, la caída.
—¿Y por qué siempre la mujer? —Es Raquel la que protesta con el ceño fruncido y contrariado. Tiene ojos profundos, demasiado bellos para ser sinceros.
—No es eso, no se busca la culpabilidad de la mujer en nada. Ella, la mujer, adquiere la naturaleza del símbolo. Una imagen, una parábola. —Esta vez es Samuel el que aclara los términos.
Pienso. Julia-Niña, la mujer como imagen alegórica de todo aquello que no comprendo, lo que no puedo entender. Juan tercia el tema continuando la prolija exposición.
—Volvamos a Enoc y dejemos tan espinoso asunto. Los hijos de Dios contaran a sus mujeres técnicas secretas para el control de la naturaleza y su dominio. La siembra, tema tan femenino, la luna y su in-fluencia en mareas y partos, en podas, en las estaciones y sus ciclos. Nace la cultura del asentamiento, de la tribu frente a la barbarie del Edén. Podemos decir sin temor a equivocarnos que nacen las sacerdotisas.
—No soy un versado en estos altos conocimientos, —aclaro, —pero también se podría decir que asistimos a la aparición de las brujas, de las hechiceras. —Todas me miran, pareciese como si hubiesen dejado escoba y caldero en la puerta y se sintieran ofendidas por mi agudeza.
—¿Y los brujos…? —Es Teresa la que deja la frase inconclusa. Nos miramos de canto al igual que lo harían las caras de una moneda.
—Bueno, ese sería debate para otro tema, dejemos a las brujas en paz, la noche es propicia para invocar fantasmas, no es bueno hurgar donde no se debe. —Samuel cierra una nueva puerta que parecía abrirse. Mi sentido del humor queda maltrecho y herido en la tierra. —Y tú, Raquel, ¿has incluido en tus estudios la perspectiva hebrea?, ¿la Cába-la, el Sepher Jézirah?
—Estaba esperando a que me alumbraras, he tomado algunos apuntes, he consultado libros y tratados, pero todo es confuso. El rastro de esa sabiduría parece perderse en la noche de los tiempos. —La rubia se queda esperando una respuesta que el ladino mesonero lanza en tropel y sin dilación.
—Tienes razón, la tradición cabalística se remonta a la protohistoria y bebe directamente del propio Génesis.
Me extraña que sepan tanto de estos temas, resulta confuso que Julia comparta este momento, aunque lo haga desde ese otro lado en el que no estoy. Resulta malsano que Raquel esté escribiendo una tesis sobre algo que sucedió en una venta, que su trabajo verse sobre alcornoques y venteros inspirados.
—Tengo conocimiento de un libro, de un manuscrito exactamente, que se halla en la biblioteca del Arsenal, titulado el Libro de la Penitencia de Adán. —Informa Samuel. —En él se cuenta una especie de leyenda que entronca directamente con la tradición cabalística, ejemplarizada ésta en lo siguiente: Adán tuvo dos hijos, Caín y Abel, uno muere a manos del otro enfrentados por sus dos formas de entender la vida, opuestas y litigan¬tes. Aunque la propia Biblia no despeje con claridad la razón de esta muerte, hay quién ve en ella, después de la rebelión del hombre contra Dios, una nueva revuelta, esta vez del hombre contra el hombre. Pero nosotros sólo vamos a intentar profundizar en lo que este manuscrito relata, pues ello es lo que nos va a servir de base para analizar de una forma objetiva ciertos aspectos de esta historia. Adán tiene un tercer hijo, al que pone por nombre Set, y deja toda herencia en sus manos, simbología esta que pretende aglutinar en un único elemento la conjunción de dos fuerzas contrarias y opuestas. Una especie de andrógino del saber, la corriente Hermética utiliza a veces estas imágenes también, pero prosigamos por nuestro propio rumbo, que no es otro que la Palabra Sagrada. Set era a los ojos de Yahveh justo, y esto le permite el poder acercarse hasta las puertas del Edén sin ser detenido por la ígnea espada de su guardián y vigilante, lo que alimenta la idea de que Set fue en realidad el primer iniciado. Aquí no interviene para nada la mujer. —Lo dice y mira a Raquel y Teresa con alternancia. —Desde su posición privilegiada, Set contempló como el Árbol de la Ciencia y el de la Vida Eterna, se habían juntado en uno solo. Lo que vendría a representar la unión de la ciencia y la religión tal como lo interpreta la Alta Cábala, fundidos en un único cuerpo.
Vuelta a los caminos del saber, y van tres sendas. El Génesis en sí, alumbrado por el Ventero místico, el Génesis de Enoc traído por Solano, y ahora, el Libro de la Penitencia de Adán, auspiciado por Samuel el “Rabí”, apodo con el que decido bautizarlo desde este mismo momento. Una trilogía de la consciencia, un tridente donde se superponen las sendas por las que el hombre toma su propia perspectiva alejándose del camino de su Creador. El pequeño “Rabí” prosigue ajeno a elucubraciones.
—Pero ahí no queda todo, el querubín que protegía el acceso al Paraíso Terrenal regala a Set tres semillas de este Árbol, embriones futuros de una porción del Edén fuera de los límites establecidos y confiados a su custodia. —El placer que gotean las palabras es absoluto.
Un público atento y embozado se mueve por este firmamento de símbolos recién resucitados en nuestra imaginación. Leyendas y seres irreales comparten mismo espacio junto con los vasos y el crepitar melifluo de las velas.
—Cuando Adán muere, siguiendo los preceptos que el ángel confió a Set, éste coloca en la boca del progenitor fallecido las tres semillas, de esa forma garantizaba la vida eterna de su padre. Recordad que Yahveh crea al hombre con la posibilidad de la inmortalidad, pues no le prohíbe comer del Árbol de la Vida, tan sólo advierte de la prohibición de tomar del Árbol de la Sabiduría. He aquí que mediante un giro de los acontecimientos vuelve el hombre a tener la posibilidad de la vida eterna. Aquellas semillas tenían propiedades especiales, su tiempo de latencia e incubación era muy superior al de cualquier grano conocido. Pasado el tiempo la semilla germina produciendo una zarza, el consabido zarzal donde a Moisés le es revelado el secreto y eterno nombre de Yahveh. Aquí se aprecia como el relevo de la iniciación se va produciendo a través de las generaciones y los hechos históricos, cadena esta que se pro-longa hasta nuestros días. Debemos buscar el origen del báculo de los milagros que Moisés portaba en esta zarza, pues de ella fue cortada una triple vara que aún separada del tronco seguía floreciendo llena de vida y que fue consignada para su custodia en el interior del Arca de la Alianza.
Por una asociación de ideas pienso automáticamente en la librería de Juan. Una buena biblioteca no deja de ser un lugar de iniciación, un sitio sagrado e investido por la sabiduría, por la eterna ciencia de separar el bien del mal. Julia recuesta la cabeza entre sus brazos, una viva almohada que descansa sobre la mesa con levedad y arrobo. En mi mente danza esa triple vara, el temario inevitable que parece acompañarme en todos mis actos con ahínco especial. Pensar en ello es contemplar a Julia y percibir un ligero aroma afrutado desprendiéndose de la nuca, un olor mental que mis pensamientos evocan y que el roce actual lo va agriando despiadado. Samuel continua imparable, su disertación ocupa el aire y el tiempo con vida propia, me obliga a salir de las olfativas ensoñaciones, del aguijón que supone contemplarla junto a Juan Solano.
—Pues bien, ese ternario fue plantado por David en la montaña de Sion, donde permaneció hasta que Salomón, crecida la vara en un árbol de tres brazos, cortó madera de él para construir las columnas de su Templo, las cuales fueron recubiertas de bronce y bautizadas con los nombres de Jakin y Bohas respectivamente, y para completar el terna-rio remató la obra colocando el tercer tronco en el frontón de la puerta principal. Esta trilogía poseía las virtudes de un filtro, colocadas en el Templo servían de barrera a lo impuro evitando así que pudiera penetrar todo lo investido por la mácula y el oprobio. No todo el mundo, como es de suponer, se sentía contento con tan fatídico talismán, y les tocó a los seguidores del templo de Leví, los levitas, arrancar y arrojar el frontispicio a un estanque, lo cargarán con piedras para que permaneciera hundido. Se dice que, desde entonces, un ángel, suponemos que el mismo que entregó las tres semillas a Set, y el causante de que el Árbol Sagrado permaneciera entre nosotros, agitaba las aguas donde el tronco yacía sumergido, haciendo que estas fueran consideradas como milagrosas al crear una inquietud de ánimo que hacía que quién se ungiera de él, tuviera una desazón indefinida que le obligaba a buscar el árbol de Salomón.
A lo peor es eso lo que a mí me sucede, reflexiono para mis adentros, inquietud de ánimo, desazón indefinida, una sintomatología que desde este mismo instante nombraré síndrome de Salomón, y cuyo único alivio se producirá utilizando el ternario, el cuchillo de tres hojas. Ajeno al soliloquio, Samuel el “Rabí”, bautizado con sonoro nombre al igual que las columnas, sigue disertando alegremente. Juan, con el ceño fruncido, como azor desde altozano, escucha atento. Posiblemente no es la primera vez que le oye relatar todo esto. No deja de ser un tríptico espléndido y maravilloso. Julia permanece cerca de Solano, de vez en cuando se ahueca el pelo y me observa, yo me hago el distraído, indiferente dedico algunas miradas a la curiosa rubia. Teresa parece no estar, posiblemente el asunto de su auto le hace ausentarse sin apenas darse cuenta. Samuel reclama nuestra atención con un alzar la voz desmedido, se percata de la falta de respeto que dedicamos a la glosa y con pertinaz insistencia hace que las palabras sustituyan al eléctrico silencio que vibra entre oculares lenguajes. Los contrarios se unen en beneficio de un ter-cero, andrógino y feliz. La ciencia se fusiona con la religión en un solo y sutil cuerpo, y por ahora, atónita y vencida cede espacio la vida en favor del conocimiento.
—Pero ahí no termina la simbología del Árbol Sagrado. En los tiempos históricos de Cristo fue limpiado el estanque y junto con otros des-hechos la viga acabó arrojada a las torrenciales aguas del Cedrón. Tras la detención del Mesías, alejada ya la madera original del escenario de los hechos, el símbolo vuelve renovado de la mano del Nazareno. Una bonita alegoría en que el pacto entre Dios y los hombres es nuevamente formulado, pero esta vez a través de la sangre vertida por un inocente, sangre redentora que promete la salvación y la vida eterna. La resurrección de la carne sólo podría llevarse a efecto si de nuevo el hombre es transportado al Edén, es decir, al Paraíso Terrenal. El Cristo cruza este río, el Cedrón, tras ser detenido en el Jardín de los Olivos, y precipitadamente, para ajusticiar cuanto antes al reo, toman del puente que el Hijo de Dios tuvo que cruzar, tres trozos de madera de desigual procedencia, con ellos construyen el objeto destinado al suplicio del Cordero, es decir, la cruz sobre la que Jesucristo padece, duda y expira. Emblema que retorna a esperanzar a los hombres en la resurrección arrebatada por Yahveh a los descendientes de Adán. En este manuscrito el Árbol Cabalístico, el del conocimiento y la vida, rodea de gloria y pontificado tanto a Set, como a Moisés y por supuesto a todos los portadores de aquella antorcha de luz, David, Salomón y, para terminar, al mismísimo Jesús, por otra parte, no podemos olvidar que su destino de iniciado le es predicho desde el nacimiento. Los Magos de Oriente fueron los primeros en reconocer la trascendencia que su vida tendría para la humanidad y, sobre todo, para los iluminado y elegidos.
Una vez más el silencio reina por tan sombrío comedor, Samuel parece haber concluido su alegato y posiblemente al unísono con nuestra paciencia. Nos mira con alternancias atentas y nerviosas, busca la aprobación o su contrarío, algún signo externo que le indique que estamos vivos y no bajo el influjo de extraña epilepsia.
El cielo sigue apresado sobre la ciudad que, entregada, como si un poderoso ejército se preparase para el asalto final, aguarda la hora del saqueo y el pillaje.
—Espero haber sacado algo claro de todo esto. —Explica la rubia mientras pasa la mano por la boca. —Todo tan confuso, tan oscuro. —Ahora es ella la que nos mira, como si esperase una aprobación general a su falta de luz. Una excusa.
Las calles están desiertas, mis pasos retumbas amortiguados por el sonido de arroyo turbulento que emana de desagües y aliviaderos. Los adoquines acharolados hacen penoso el avance por este dédalo estrecho y precipitado. Aquellas callejas delgadas y mal iluminadas componen la fiel representación de mis pensamientos, tortuosos, laberínticos. La Gata-Julia ha escapado del circo de don Lucas Martel, ¡Pasen y vean! Corre huyendo del látigo y su herida de deseo licencioso y suculento. Busca la leche tibia, las ancianas manos sobre el lomo capaces de repetir la caricia con indolencia hasta la náusea, una y otra vez, con la misma terquedad que el agua exhibe al golpear la faz. Se aleja de la mano de Juan, el “Rabí” se queda, cerrando el local, adecentándolo para una nueva jornada. Teresa y Raquel me acompañan, aceptaron el ofrecimiento de acercarlas hasta sus respectivas casas. Pero pienso, medito sobre Julia-Gata y llego a conclusiones dolorosas y sucias. El marramiau abandona los diarios rituales, la estridente fanfarria de la orquesta, el nómada pulular de sentimientos intensos, únicos, irrepetibles, a cambio de la manta de peluche, por el cálido y desarticulado sillón donde le es permitido desperezarse, afilar las uñas sin miedo al azote. El minino no necesita la pantomima para alcanzar el goce, aquellos juegos en que el miedo ciego y callado eran representados por la imagen del padre, y que yo me veía impelido a encarnar, están muertos. Ahora el clímax no sucumbe al dolo, tiempo presente de exaltación y gozo simple, sin escenario. Juan So-lano viene a sustituir al hierofante en que me hube convertido, tiene el doble, la réplica del dios que ella aborrece y venera. La deidad que representa al placer como un cúmulo de fundidos en caricias precisas e intimas, y que suave, es capaz de arrancar de su garganta quejumbrosa los cánticos e himnos que preceden al místico desmayo. Cuanto miedo acumulado, cuantas tardes de sorpresas presentidas y esperadas, sábanas, sudarios de la carne viva, cuchillas y sangre de carmín y oscuridades. Sepulcro tu cuerpo, tierra de esparto y cadáveres.

Adam_and_Eve_(Prado)_2 (3)
Alberto Durero (1471-1528)

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