Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Marcapáginas. 1/2

Capítulo Ocho 1/2.

MARCAPÁGINAS.

Sigue lloviendo sin misericordia, el agua se estampa sobre el cristal con extrema violencia, de igual manera nuestro silencio se precipita en los oídos condenándolos a rumiar palabras que ninguna lluvia será capaz, nunca, de devolver intactas.
Nos dirigimos a una parte del barrio antiguo de la ciudad en el que aún pervive un trozo de la originaria judería, expresión mínima del paso de ese pueblo por estos pagos.
El limpiaparabrisas no da abasto con el agua que sobre el vidrio cae. La noche inclemente, los faroles proyectando luz por los adoquines fluorescentes, pintan un tríptico anémico donde el color principal se emborrona mezclado con otros colores. Líneas quebradas sustituyen contornos suaves. Conjunción del agua, de cristales emponzoñando con su inflexión los objetos mostrados, composición de lienzo atribulando percepción y entorno. Navegar incluidos en un sueño de emoción silenciosa donde el subconsciente dicta símbolos, escribe mensajes con criptografía de imágenes indescifrables, y percibir la agudeza arenosa del dolor.
El mesón es pequeño y se encuentra desierto, un lugar que apenas alberga siete u ocho mesas entre una penumbra viscosa que algunas velas apenas mitigan, resplandores móviles protegidos tras el fanal del vidrio, hiriendo, perpetuando la incesante y estéril abominación de abrir surcos en la oscuridad. Sé que accedo a una capilla, olor de cera derrotada y un aroma que creo reconocer, incienso, se deslizan entre sillas y sacrificios. Un hombre se acerca hasta nosotros, oscuro y pequeño brota de los mismísimos infiernos. Viste de negro, chalina, chaqueta larga rematada en la espalda por dos vertientes. Julia va a su encuentro partiendo el aire en dos, ambos se estrechan las manos y miro paredes y escenarios, delicada efusión del que regresa, palabras murmuradas que la lluvia acalla y flotan perdidas por el matraz opresivo del comedor. Contemplo la cal y el ladrillo de arcilla, el muro y las vigas, el cariz marfileño de humo físico que ennegrece la madera. Sobre mi cabeza gravita una lámpara de hierro forjado y retorcido, sus luminarias artificiales titilan imitando al cirio y la abeja, al sol y las sombras. Observo diversas representaciones que adornan las paredes, reproducciones de imágenes bíblicas decorando entorno y corazones. Puedo ver a Eva, dulce Julia, a Adán cubriendo su recién descubierta desnudez con las manos y te hablo de aquello que llamareis consciencia y que no es otra cosa que romper torres y muros. Un ángel femenino y melancólico porta una flamígera espada de alas y espumas rojas, fuego y castigo del cuerpo, con un dedo señala un lugar que se sitúa fuera del cuadro y que tú ocupas, ignorando que los ojos son veneno, que los hilos te estrangulan en la lejanía. En el centro de la obra, detrás de las sorprendidas y anémicas figuras un árbol delgado y de redondeada copa se erige en centro, es de una perfección imposible, judicial preside desde el fondo la acción detenida. Piel blanca como vientre de pez, manos que ofrecen violentas manzanas, y ella le muestra el fruto encarnado de deseos, ofrece el pecado de creernos dioses, —girando la muñeca, rotando la mano—, y no niega ni afirma nada, muerdo y acepto en el pensamiento un mundo de salivas reencontradas, un espacio de tactos y sabores. El óleo se cuartea en infinidad de surcos mínimos, el arbusto se cubre de hojas lanceoladas que son dardos de un verde imposible, erigiéndose en fiel de lo femenino y masculino, dividiendo con el tronco los principios de la vida y la muerte. Y allí iguales en conocimiento y dolor, fusión final de los contrarios, muerte de tu pelo y sus regalos.
Tu voz me saca del arrebato contemplativo, tono nasal que en la boca pretende ser seguro y que al abandonar el cálido refugio de los dientes cae desconocida y sucia.
—Lucas éste es Samuel y su mesón, nuestra segunda casa.
El hombre enseña una mano de batracios y frialdades que estrecho y se deshace, —nuestra segunda casa—, dices. El pequeño hombrecillo sonríe y no puede mirar dentro de mis ojos, si eso fuera posible sentiría miedo, porque te habla, porque aquí flotas como un sueño que no consigo fijar.
—Juan llegará dentro de poco, tenía algunas cosas que hacer.
El personaje de guiñol se explica, su barba rala enmarca un rostro de garbanzo donde un mirar ladino y esquivo prende brillos en pupila y palabras, pesa su verbo todo, sus facciones se desmarcan de la cara y se esparcen como insultos por los alrededores, todo libre e inquisitivo, peso sólido de lo desconocido.
Ocupar una mesa del fondo, ver tus manos alejando servilletas y tenedores, otra vez en el mantel y su geografía, en el patíbulo de los comedores. Viene el vino y bebemos, sé que no deseas retomar el hilo de los dieciocho meses, que no te apetece la herida y las serpientes, pero me da igual, bebe Julia, traga aquello que estoy dispuesto a darte, porque ello será el placebo y la medicina. Quiero advertirte de la tregua que este momento supone, que sepas de la espera.
—Nuestra segunda casa, vuestra segunda mierda. Me sorprendes, me sigues sorprendiendo Julia. Nunca imaginé el delantal y los arrumacos, las cenas doctas de fin de semana. ¿Sabe Juan todo? ¿Lo sabe?
Trepanas el iris que te contempla y le sonríes a la esquina de la mesa, niegas con la cabeza como evidenciando mi torpe acento, no crees que sea capaz de humillarme tanto.
—Resultas patético Lucas. ¿Qué leches quieres, que corra a tus brazos, que te entregue el hoy? Te equivocas en todo, no somos quienes imaginas, crees que estamos representando la felicidad adormecida, el cansancio de los gestos y los besos. No, Lucas, estoy en un lugar concreto, y he elegido, no lo olvides.
—El otro día. —Me calla con sus frases de vino y agua.
—Si, Lucas, el otro día fue el encuentro. Tuviste lo único que por ahora puedo darte.
—Las sobras, eso regalas. ¿Lo sabe Juan?
—No lo sabe, no lo sabrá. Dejé que el tiempo se detuviera y regresé al pasado. El hostal, la calle, estabas entonces como lo estuviste, pero ahora soy yo, ¿puedes entenderlo? Yo también estuve por completo. Estoy curada Lucas, lejos de ti me siento nueva y sin costra.
Pienso ladrar bajo tu ventana hasta que arrojes algo, un zapato, una esquela negra condenándome al olvido, seré la sombra que se oculta en el armario.
—Jueguecitos de burgueses, aventura extraconyugal que pone la sal y la pimienta en medio de la muerte. No sabía que fueses capaz de repetir historias tan banales.
Gritos de agua, Julia, retienes, no sé si la ira, no sé si el llanto. Ojos de sal y uñas que se inyectan sobre sí mismas.
—Quieres destruirme, ¿verdad? Deseas anular todo lo que huela a mí, si no te tengo te mato. Por ahí vas ahora y te atreves a hablar de sorpresas, me maravillas, te juro que no quepo de gozo y asombro. Lucas y las cuchillas.
Se yergue arrastrando la silla donde su alma pena, la servilleta cae como una niebla de urdimbres sobre el plato vacío. Antes de encaminarse hacia el retrete aún suelta algunas frases más, es el dolor, lo sé, no la ira, no los labios cerrados.
—No tienes derecho, Lucas, no creo ser tan terrible como para que me estés hiriendo todo el tiempo. Disimula tus ácidos, y deja de tirar de mis manos. Yo no puedo más.
Se aleja en el limbo ocre de los cabellos, la pierdo, la pierden mis labios que no saben del silencio, la ocultan los pensamientos que asesinan las palabras y no puedo evitarlo. ¿Qué quiero? Lo sabe la lluvia que afuera atormenta transeúntes y tejas, lo conoce el charco y los sumideros. Todos parecen saber.
Juan Solano penetra en el mesón con evidentes signos de haber caminado bajo la lluvia. El gabán muestra las manchas oscuras que la humedad ha ido dibujando por sus hombros de lechuza, oscuros retales adheridos al pecho, festoneando costados y espalda. Sobre la cabeza se hunde una gorra a cuadros, la arrebata del altozano del pensamiento y se encamina hasta el rincón donde peno, traspasa distancias y umbrales, anda por un ámbito de cera. Julia permanece en el exilio de las baldosas, el mirar de Juan la busca por todas partes, me siento mezquino y sucio. ¿Qué busco? Se detiene frente a mí y resopla. Ocho u ocho y media. No lo sabe y saluda, mentimos y pregunta con el gesto, no puedo evitar recordar el hostal, el cuerpo que le pertenece y que arrebaté entre colchas y perros de babas. El lamer, el morder la carne privada.
—¡Hace una noche del demonio! Diluvia. —Se desprende la gabardina y la cuelga en un perchero que se incrusta en la pared, estira los brazos. —¿Y Julia…?
No contesto de inmediato, me limito a llenar la copa a él destinada, a ofrecer con una mueca la degustación de la mixtura, a mirar a izquierda y derecha esperanzado en Samuel, en cualquier interrupción que no me haga mentir.
—Está empolvándose la nariz.
Observa con la sorpresa de lo inhabitual y alza las cejas.
—Vivir para ver, Lucas, para ir viendo.
El enigma de la frase queda anulado cuando ella regresa, camina entre el mobiliario y no me desmiente, el maquillaje intenta anular al dolor, la rojez de los ojos se camufla entre el cárdeno brillo de su pelo, oculta la vergüenza esperanzada en el refulgir del pabilo y sus derrotas. Se saludan y las mejillas encuentran al labio y la mugre. Junto a mi hay un torbellino de metal y porcelana.
Comemos silencio y setas, carne y carne intocable, bebemos del tinto recuerdo de las uvas, abogamos por nosotros en medio del desbarajuste y el juego de la escoba. Alzo la vista y te escondes tras el plato, Juan te mira de reojo y alarga la mano en el bestial acto de consolarte. ¿Qué presiente? He estado alejándome de tu entorno, Julia, he recorrido calles y alcoholes, encierro y giros delgados. Y al final siempre tu calle, tu cuerpo de brisas y cañas. Cuando no te tenía, eras mía, compartías el descorazonado trasiego de las jornadas y eras tú en la venta y las carreteras. Ahora estás física y situada, y te pierdo, te escabulles en las horas en que te dedicas a los otros, y te espanto, atormento el recuerdo y huyes presa de mi propia locura. He tirado el bla del primer día por saber, por sujetar con alfileres los párpados siempre abiertos. Y escuece. Ya sé quién festeja a tu lado la claridad, y no puedo guardar la guadaña.
Samuel se acerca al término de la cena, bandeja e hielo, licor y copas. Babearemos aún más.
—Me dijo Teresa que a lo mejor se pasaba. —Trae nombres desconocidos, la danza que en breve será parte del calvario.
Toma asiento y la invocación sucede, el crujir de las bisagras acerca hasta nosotros las formas no presentidas. Siento un pequeño ardor en el estómago, Julia tiene un nuevo equipaje, un álbum de fotos, alzo la mirada y me encuentro frente a una mujer que se acerca familiar, saluda, se sitúa a mi lado y ofende el silencio con términos mundanos. Pobre, ¿no sabe de la magia?
—Vaya, pensé que no encontraría a nadie.
Ahora es un abrigo mojado, húmedo y caqui se desprende del cuerpo. Puedo verla, pelo negro, unos cuarenta años, aspecto seguro y soledad. Entre las manos sostiene una carpeta que protege de la lluvia con un plástico transparente. Me mira y sigue injuriando frases en medio de un trasiego de sillas y ruidos.
—Estoy sin coche, lo dejé esta mañana en el taller y no sé qué le han encontrado. Temo una factura de infarto, lo feliz que era cuando dependía del autobús.
Se sienta entre Solana y mi persona, percibo un olor de naftalina y esperas, de tráfico y lluvia persistente. Juan interviene y comienzan las presentaciones. Todo inútil, tendremos que volver a empezar. Ahora es una chica de veintitantos años la que penetra atropellada sacudiendo el agua de sus ropas. Cabello rubio que presenta el lamentable estado de la intemperie, hilachas que se estrujan sobre ellas mismas, vaqueros oscurecidos por la lluvia, jersey de lana que no oculta unos senos abundantes y redondos. Julia me mira mientras Solano la sostiene apenas entre los dedos. Evaluó las formas que interrumpen.
—¿Terminará de llover alguna vez? —La desconocida habla y sigue sacudiendo sus hombros, el temblor del pecho.
—Lucas, te presento a Raquel.
Nos miramos e intercambiamos sonrisas y exploraciones oculares. Ojos bellos, nariz imprescindible, labios. Labios.
Alguien habla de una ausencia que conlleva otras, Rogelio, Lucía y la esposa de Samuel, Esther. El hombrecillo la disculpa y se ampara en la lluvia. Comienza el espectáculo. Raquel habla de una tesis, de un estudio que realiza y que a todos parece resultarles interesantísimo. Discuten sobre fuentes de información, modos para abordar el tema desde distintas perspectivas. Juan Solano se hace sitio entre todas las voces y comienza a disertar, Julia lo mira. Me mira y lo mira.
—Cuando he querido acercarme a la Palabra por otras veredas, no me ha quedado más remedio que renegar de los textos oficiales y rebuscar en otras aguas, empañadas y profundas si se quiere. —Prosigue y señala con el índice a la rubia Raquel.
—No deja de ser curioso, veo que no es una lectura convencional la que haces. Según lo que me has dejado leer, sitúas al Árbol de la Ciencia bajo el valor de símbolo, tomas a éste como punto de partida desde el cual el hombre, o sea, Adán, “El Primero”, accede a un grado de conocimiento que le hace incompatible con el Edén, entendido éste, el Edén, no como un lugar físico y tangible, si no como un estado mental. Un curso del pensamiento que, tras el pecado de desobediencia, aleja a Adán irremisiblemente de la Ley de Yahveh.
Julia se arrebuja, inquieta y perversa hace temblar la mesa en que nos apoyamos. Juan continúa hablando sin perder de vista esos movimientos infra orbitarios que nos pervierten.
—La Ley es interpretada entonces como el estado natural en que todo el universo se ordena y, por lo tanto, ciencia, física, toman el poder del mandato del Creador, de Él emana, y es el milagro de la existencia la voz, la orden de lo justo y equilibrado. Pero la transgresión que simboliza el fruto, su degustación, pervirtió y trastocó funestamente toda armonía, de ahí el pecado, el arrojar a Adán a la tierra del pensamiento y las cadenas.
Me mira Julia y sonrío para mis adentros. Hablan del Génesis y recuerdo al desconocido, a la venta y el alcornoque.
Siempre igual, nombrar y aparecer, oír de la nube y desde el cielo una descarga de agua imprevista. Nombrar la luz y amanecer de inmediato. Maldición interminable.
—No digo que estés equivocada, y por supuesto tampoco afirmo que estés en lo cierto. No deja de ser una teoría bastante aceptable sobre el origen de todo este caos. Por diversos caminos se ha acercado el ser humano a la bibliografía que penetra, o al menos lo intenta, en aquellos momentos en que la historia del hombre se independiza, se desprende de la Ley y camina en la distancia, con perspectiva, pero manteniendo una frontera que le hace responsable de su propio destino. —Juan vuelve a detener la exposición, intenta adivinar qué sensación produce su disertar en auditorio tan atento. Luego prosigue incansable. —De todos estos libros hay uno que destaca de forma especial, me refiero al Libro de Enoc. En este manuscrito se narra desde ángulo distinto el momento crucial en que el hombre es expulsado de tan grato cobijo, el dormido y banal Edén. Enoc sitúa el comienzo de la consciencia humana en el instante en que los Hijos de Dios, capítulo seis del Génesis oficial, se sienten atraídos por las hijas de los hombres. Recuerdo casi de memoria algunos pasajes gloriosos; “Hubo ángeles que se dejaron caer del cielo para amar a las hijas de la tierra. Pues en aquellos días, cuando los hijos de los hombres se fueron multiplicando, les nacieron hijas de una gran belleza.”.
En ese momento es Raquel la que le interrumpe. Recuerdo el texto leído en la cocina cuando aguardaba que algo imprevisto turbara la puerta y los astros, ¿quiénes eran los hijos de Dios’? ¿ángeles?, seres sin sexo ni tormento, pureza innecesaria. Raquel abunda en este término, se cuestiona la vulva y el pene alado. Juan le sonríe con condescendencia y continua inalterable las explicaciones.
—Cuestión Bizantina, mi querida Raquel. Ángeles y sexualidad no tienen por qué ser incompatibles, las dudas las plantearon las mentes del medioevo, no olvides que la Biblia esconde una fuerte simbología sexual, ¿virginidad de María?, ¿onanismos castos?, ¿adulterios bendecidos? Siempre que se sirva a un fin divino la Biblia parece perdonarlo todo, ¿pregunta su opinión a José? Un casto varón que de la noche a la mañana ve como el vientre de la inmaculada María se abomba e hincha preñada por la divinidad, bonita excusa. Creo que podemos obviar esas cuestiones y centrarnos en el tema principal de tu tesis, si mañana te interesan otras peculiaridades, no lo dudes, te contaré todo aquello que sé. Ahora volvamos a la montaña de Armón y a Enoc y escuchemos sus palabras; “Y cuando los ángeles, los hijos del cielo, las vieron, quedaron prendidos de amor por ellas y se decían entre ellos, —Vamos, elijamos esposa de la raza de los hombres y engendremos hijos. —Entonces su jefe, Samyasa, les dijo: —Quizás no lleguéis a tener al coraje suficiente como para llevar a cabo esta resolución, seré yo entonces el único culpable de la caída. —Más ellos le respondieron. —Juramos no arrepentirnos y cumplir fielmente todos nuestros proyectos. —Doscientos descendieron desde la montaña del Juramento, Armón”. —Juan se detuvo y suspiró profundamente.

P1000389 (4)

1907151444693.barcode2-72.default.png

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s