Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjeta para Señalar Capítulos.

  • Capítulo Siete.

TARJETA PARA SEÑALAR CAPÍTULOS.

Juan Solano me observa por encima de sus diminutos lentes, mira asomado a la montura metálica que enmarca unos cristales rectangulares e ínfimos; más bien parece que utiliza las gafas como un adorno que encaja en el puente de la nariz y lo parapeta del resto del mundo. Su barba cana y recortada pinta un aura que suaviza la angulosidad excesiva de la cara, cuyas mínimas arrugas, hablan de una piel seca y libre de grasa, sequedad que contrasta con el brillo insolente de la calva. Sus largos dedos sostienen un bolígrafo que utiliza a modo de percutor, tamborilea con él sobre la mesa el ritmo de una melodía que tan sólo en su mente se desarrolla. Lleva sobre los hombros un grueso jersey de lana, dibujos inarmónicos y desiguales que evidencian que está hecho a mano. Aquella prenda baila alrededor del torso incapaz de amoldarse a tan extrema delgadez. Julia me presenta como un antiguo amigo, aquella categoría, recién adquirida, me hace buscar su mirada, lo que no pasa inadvertido para la sagaz astucia del librero que parece ir más allá de los mensajes velados, como si su edad, y aquellas montañas de libros, le invistieran de una sabiduría capaz de limpiar de brozas cualquier intento de omisión.
Estantes, largas hileras de baldas sosteniendo libros, caducos, extraños, textos cuyos lomos evidencian el paso irreal del tiempo. Un pequeño escritorio donde se apilan objetos diversos y más libros, montañas. Hago un análisis pormenorizado del lugar donde Julia se diluye. La imagino buscando algo, un códice, unas prosas que el destino ha ido achicando hasta hacerlas raras y huidizas. Juan Solano interesado, departiendo con soltura amplias dosis de su saber, de su estar presente. Y ella solicita y rendida, buscando ya la justificación de lo que presiente, de aquello que ocurrirá y que en cada momento compartido se va perfilando con mayor claridad. Julia-Niña. Julia de los demonios.
Juan nos invita a cenar, pero antes tiene que solventar algunos asuntos privados, —así que, si quieres, nos vemos más tarde. —Me guiña un ojo con complicidad y picardía.
Afuera nos aguarda la humedad, los pies sobre los charcos, cabezas bajo un chaparrón inclemente que crepita sobre la acera sin piedad. Corremos entre el agua y los transeúntes sin cobijo alguno, intentando alcanzar la estrecha callejuela que se pierde entre los automóviles y las gabardinas. La lluvia empapa el cuello, desciende por la frente en ondulantes hebras, saltamos sobre las pequeñas lagunas que hierven entre burbujas macilentas. El tráfico impide cruzar a la otra calle, solidarias bajo el cielo nuestras manos tropiezan apenas, un leve contacto de olas en un continente atropellado y húmedo. Con lentitud se encuentran, como dos animales oceánicos y asustados se reconocen. Un recuerdo que se pierde en el pasado retorna dactilar y aferradas, como dos garzas confundidas por el viento, se afianzan la una en la otra. Y aquel árbol, sin sabiduría ni vida eterna, que era yo, supo de la felicidad.
Julia envuelve su cabeza en una toalla que agita mecánica e intensa, revuelve los cabellos intentando empapar la secreción acuosa que destilan. Le he prestado un pijama mientras sus ropas se secan extendidas frente al radiador. Sobre la mesa, tintas y entregadas, dos copas de vino nos reconfortan el espíritu. La escena es hogareña y familiar, la viva imagen que hubiéramos compartido si nuestros pasos, si el terrible pasado, no nos hubiese llevado en volandas transvasándonos a pasiones tormentosas y pensamientos obsesivos. Cuando recuerdo aquellos días, me es imposible no sentir la misma sensación de entonces, picos y garras que se emplazan en mi pecho, tan real y vivo, tan presente, que el ayer me retorna íntegro. Y en este preciso momento eso ocurre, la Julia que aborrecía comparte callada el espacio y la mesa, el tiempo y el vino, haciendo presente los espectros altisonantes del ayer.
El daño infligido es atemporal, un ejercicio de introspección y la ira ciega me supera en una necesidad de devolver cada golpe aumentado y repetido. Duele tanto, es tan oscura su procedencia, que llega a instilar un sabor agridulce en el corazón y éste se inflama como una pira ardiente, altar flamígero donde mis sentimientos se desangran.
Miro como tus labios se acercan al borde de la copa, una incauta succión hace que el rojo néctar sea ingerido y pase a ser parte de tu cuerpo en una comunión perfecta. Como una ráfaga imprevista pasa veloz, relampagueante, un aborrecimiento atroz se dirige hacia tu persona. Un frío ennegrecimiento comienza a nublarme la vista confundiendo el presente, confirmando la realidad de lo relativo del tiempo. Miro hacia afuera, sobre la ventana la lluvia deja un rastro abombado e incoloro. Busco no concentrar la mirada en tus gestos, huir de la forma física que se adhiere a la memoria asfixiándola. Miro el reloj de pared, aún queda una hora larga para volver a encontrarnos con Juan. Dispongo al me-nos de sesenta minutos de soledad con Julia. Sirvo otra porción de vino y comienzo un interrogatorio mezquino y sucio, no estoy dispuesto a que regrese la duda junto con los viejos sudarios que profanamos y lucimos.
Lucas Martel habla, se asfixia y habla.
—Durante todo este tiempo, durante la ausencia. ¿Has pensado alguna vez en nosotros? —Julia se muestra alerta, los ojos traviesos y esquivos, la ligera inclinación de la cabeza permanece estática e interesada en la contemplación del suelo borroso. —Si no deseas contestar… —Dejo una apertura, un pequeño resquicio por donde pueda asomarse.
Espero las lágrimas, los brazos abiertos recibiendo el aroma afrutado que me aturde. Mi estupidez me abofetea la cara una vez más.
—Lucas, ¿pensar en nosotros?, ¿seguir tras una estela que las aguas confunden? Vomité, si es eso lo que deseas saber, vomité tu ausencia, una araña que me desgarraba la garganta, que aprisionaba al estómago. Sucia, Lucas, una puta que no puede olvidar su pasado, la meretriz a la que ponen una marca en la frente y arrojan lejos. Pero no me detuve, no, Lucas. —Veo un odio contenido, una fina hoja de lata que cercena sin aspavientos mi tráquea, tose medio ahogada, las palabras se le agolpan impidiéndole respirar. —Cuando más te necesitaba te marchaste, los buenos propósitos, la puritana estirpe del señor Martel, intocable, puro hasta la náusea. He pensada en nosotros, claro que sí. —Quedó en silencio y con las manos alzadas para que no interviniera, su rostro se enrojeció, tomaba aire a sorbos y proseguía. —También me he acordado de ti, dieciocho meses, Lucas, dieciocho, de silencio absoluto en que he tenido tiempo de todo. De recordarte, de hastiarme, de desearte, de desesperarme. De todo Lucas, de todo… —Sus palabras resultan un óxido, mi verbo se encoge atropellado y seco.
El monosílabo ansiado, la afirmación sin exclusiones, me son negados. Callo, para mí también fueron dieciocho puñaladas atentando al continuo estado monacal al que me reduje voluntario. Esperanzas infundadas donde imaginaba que ella esperaba el reencuentro enclaustrada en el cenobio del recuerdo. Inmadurez, conceptos idealistas, todo un glosario de impertinencias cruzan por mi pensamiento. Pero su voz abunda en explicaciones, escarba preciosa el alma, hurta las yagas que los nombres conjugan sin pretenderlo.
—Los primeros meses fueron turbios y ácidos, no podía dejar de pensar en lo que acabábamos de matar. De ejecutar en un sano ejercicio de libertad. Pensaste que unos meses de separación nos harían meditar, sopesar los hechos tranquilamente. Ver con perspectiva nuestra relación, dijiste. ¿Cuantos meses necesitábamos? ¿Cuánta soledad debíamos almacenar para que nos sintiéramos limpios? Lucas, pensé que todo había acabado, ni una llamada, ni un ligero encuentro.
Aquellas preguntas que de su hondura brotan fueron afirmaciones que yo había vertido en el pasado, deseos de ungirme en limpieza. Lavado en seco, planchado y apresto de estreno. Habíamos ensuciado tanto nuestro amor. Mentiras, sustituciones que me arrastraban por un sumidero en el que se mezclaba lo que llamábamos amor, con los desperdicios que arrojábamos día a día. Su monólogo seguía insistiendo en romper el aire.
—Tengo que advertirte, le conocí, alguien sin preguntas, sin afán de saber. Que me toma por lo que soy en el presente, sin añadidos ni turbias interpretaciones. Yo por mi parte ya no espero nada, me conformo con lo que la vida me depara sin esperar algo maravilloso y grande, algo intenso y magnífico. Tal vez todo lleva el ropaje de la indiferencia o de la suciedad, y ahora es el turno de la indiferencia. —Mentir, Julia miente en aquello, no saber. Mentir. —Reconozco que añoro a veces sentir un amor exaltado, pero la tranquilidad, el sosiego, logran colmar otras inquietudes. Sé que esta relación no construye nada, no me engaño, no nos engañamos y, a pesar de todo eso, he dejado de necesitar los montajes. Ya no más teatro, no más historias inventadas para alcanzar el placer. Por fin encuentro la normalidad junto a alguien, sin sábanas, sin sangre, sin meados.
La miro desde la distancia del desconocimiento, como quién descubre un rostro desconocido y patético en su álbum familiar. Una persona rota bebe de la copa, absorbe el zumo del sol sin placer alguno, sentada frente a mí y perdida en el espacio. Yo había sacrificado el amor a cambio de nada, había almacenado suficiente soledad como para abastecer toda mi vida y nunca, jamás, pensé que algo había acabado. Quise que mi exaltación se sintiera retenida, responder con tranquilo gesto a sus injustas palabras.
—En cambio yo he permanecido solo, no he intentado encontrar la normalidad. Te recuerdo Julia que yo ya era normal. La imposibilidad no era mía, la negación de la entrega no la inventé yo. —No puedo evitar ser cruel, el dolor se acrecienta con el dolor ajeno y cuando se excede el límite aparece la inconsciencia, el golpetazo redentor. —Desprecio profundamente eso que llamas normalidad y que no es otra cosa que la mierda que aceptamos, que nos imponen. Si en mi interior sintiera brotar la necesidad de un amor exaltado, jamás, nunca, me conformaría con un sucedáneo afectivo, eso sí, cómodo como unas zapatillas ya usadas. Nunca mancillaría el pasado, jamás hipotecaría el futuro permitiendo ese conformismo en el hoy. Y todo a cambio de qué: ¿Falta de preguntas? ¿De importarle un carajo tu pasado? ¿De no engañaros en el presente? Huele a muerte de antemano, y ambos, el amor y la muerte, no son buenas consejeros, y a ti solo te ha quedado uno de ellos, la muerte, Julia. Una muerte con orgasmo plácido, una triste y lenta agonía de alcoba.
Arrojo el resto del líquido que la copa contiene sobre el fregadero, un acto violento que compone una mancha de un rojo desvalido y acuoso. Ha levantado altas murallas que imposibilitan el reencuentro, resbaladizos muros donde me dejo las uñas sin logro alguno. Un bastión desde donde se defiende del asedio expulsándome por siempre, sin remisión posible. Sus actos, sus palabras, alejan la aurora que he presentido cercana y que, ahora, tras el diálogo, se abruma tormentosa y achicada.
—Lucas, no sabes lo que dices, siempre has vivido encerrado en tu sueño, queriendo que los demás imaginemos qué es lo que quieres. Y no importa, sabes, no me importaba seguirte sin saber muy bien cuál era el logro, la meta tras la que corrías. Pero te fuiste, arrojaste la toalla y construiste una paradoja perfecta. ¿Quién la discute? —Mira confusa hacía la calle, negritud reflejando los abismos.
La ventana sigue constatando la impericia de la lluvia, gotas que se aferran a un vidrio resbaladizo y agrio. Resbalar como única alternativa, dejarse caer hacia ningún lado, sentir el cuerpo amoldándose a las protuberancias de la arquitectura, besar el suelo, amar un sumidero de colillas y ratas muertas.
—Se me acabaron los sueños, Lucas, me juré que nunca más. Una fábula tranquila, un hombre que no aspire a traspasar ningún espejismo, un cuento donde la princesa no pena encerrada en torreón alguno.
Los minutos se suceden con rapidez, las afirmaciones, los reproches directos, han acelerado la cadencia del tiempo hasta agotarlo. Miro el reloj de nuevo, sin clemencia me alerta de que la parcela destinada al encuentro ha sido consumida, angustiada entre frases y punzadas, y que ahora, perdidas nuestras voces, es tan sólo un espacio más, un paraje más donde la batalla siembra un paisaje de miembros amputados, de torsos heridos y que, como perros enfermos, sólo queda lugar ya para lamernos las heridas en soledad.

ceesepe (3)
Detalle de la Portada de la Revista “Cairo” nº 24. Autor Ceesepe (Carlos Sánchez Pérez) 1958-2018.

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