Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjetero con Membrete.

Capítulo Seis.

TARJETERO CON MEMBRETE.

La veo aproximarse entre la multitud, los movimientos inculcan un grácil bamboleo lleno de brisas y sensualidad a su falda. —Ocho u ocho y media, —me dijo. Encuentro oculto y admitido. Mira distraída los escaparates iluminados, la tarde traspasa el umbral de su muerte y la noche comienza a reinar mandando poner luces en las calles y plazas. Cuando llega junto a mí, con su enigmática sonrisa prendida del labio, acerca la boca a mi mejilla y un olor cálido, afrutado, invade doloroso mis vencidas ansias. Su mano está fría y sin acuerdo previo vagabundeamos entre el murmullo de las voces anónimas en un mutuo silencio establecido. Nuestro paso se hace quedo, como si aguardáramos la llegada de alguien que posiblemente nunca llegará, un andar sin esperanzas. Pasamos junto a una pequeña y olvidada cafetería, a su calor, en el pasado, compartimos tardes de cafés y discusiones triviales. Nos sentamos en la terraza sin que medie proposición alguna, como dos bailarines que ensayasen por separado y que, al representar la obra, comprobaran atónitos que sus pasos se acoplaban perfectos, que sus giros y cabriolas responden al unísono y que aquella plástica fue soñada en algún otro lugar, concebida especialmente para ellos en otro tiempo. El mismo camarero de siempre, más envejecido, trae unas tazas temblorosas que tiritan, tal vez de emoción. Por unos instantes abolimos el tiempo pasado confiándonos sin temor al presente que aquí se forja y fumo, y charlamos de hermosas tonterías, de libros, de gatos, de un dependiente que es el vivo retrato de Andrés y reímos, y su mano está fría.
Subir por la angosta calle de San Nicolás dejando atrás el Espíritu Santo y los tristes jardines de la Glorieta, internarnos en hongos e historia. Pegados a la antigua muralla descender por las callejas del barrio de La Ventura, las casas parecen apoyarse las unas en las otras y un aroma rancio de infancia se destila desde los portales. Rodeando la plaza de Las Caballerías, como espectros mudos, dejar que los naranjos nos hagan un túnel de hojas ennegrecidas mientras, en los alcorques, sus frutos coloristas revientan gruesos y destripados. Descansar sobre un viejo banco de madera salpicado de excrementos secos de paloma, la fuente, como único centro móvil, emitiendo un hilo de agua arrítmico y coronario. Desde este emporio, sobre el mismo corazón de la ciudad, puedo contemplar gran parte de la bahía y el parpadeo de las tímidas luces que se extienden paralelas a la costa, e inmediatamente delante se vierte una cascada interminable de tejas, chimeneas y antenas, perdidas y vertiginosas en la oscuridad. Sobre el mar, mecidos en una negrura impracticable, algunos enormes buques reflejan sus luminarias sobre la impávida presencia líquida. Ambos alentamos el mismo silencio y su mano sigue fría.
A la altura del callejón de Los Faroles vislumbramos la mortecina luz del cartel, “Jamaica”, neón y palmeras en un sólo trazo, y el sonido caliente y dulzón de la “salsa” deslizándose anacrónico por el empedrado. Tomados de la mano movemos nuestros pies al compás de la melodía, giramos suavemente entre adoquines fósiles frotando apenas nuestros vientres en un contoneo cadencioso, hasta que la turbulencia de la. música nos separa furiosa y ella, Julia-Niña, Julia, rota sobre sus piernas, asida apenas a mis dedos, compone la metáfora del satélite que hubiese deseado, y nuevamente, con una inercia medida y justa, vuelve transformada en cometa hasta mis brazos. Manos menudeando por el talle y el cabello se le alborota cubriéndole la cara. El metal acuchilla violento el aire, un coro de trompetas que se rasgan festejando nuestro embeleso y nos apoyamos en la percusión. Con un brusco gesto de la cara su pelo se espolvorea en el viento y en aquel ademán su cuello se desviste en hebras volátiles. Mientras, sus caderas, contenidas e irreductibles entre mis manos, cimbrean un frenesí de trombones que con violencia se detienen en seco, abandonándonos al uno en los brazos del otro. Y perdidos, navegantes de las calles, sentimos que el cuerpo reclama lo que le hemos estada negando. Una respiración se agita inmersa en las ansias, un aliento sin boca que transforma la sutil presencia de la cintura, la dócil curva de su espalda, en algo sólido e imperioso. Y tomando la calle de Las Sillerías giramos el rumbo, amotinados quemamos la bandera y sobre el más alto mástil hacernos ondear el trapo negro, las blancas tibias insumisas, la calavera que nos habla del tiempo presente como si de una advertencia se tratara. Para que no volviéramos a olvidarlo.
Sobre la cama mercenaria de aquel hostal nació nuestro particular génesis primero, y ahora, completado el circulo de la ferocidad, retornamos humildes. La luz de los faroles de la calleja penetra fatua en la alcoba describiendo un rectángulo sobre la imprecisa y sudada colcha. Coloco la chaqueta sobre aquel escenario de barrio mientras desabotono la camisa sin prisas. Ella reposa sobre el borde del somier, sus medias, amontonadas como grilletes muerden sedosas los tobillos y cruzando las piernas, con golpes secos y calculados, hace volar los zapatos por la habitación y éstos, estrellados contra la pared, ya sobre el suelo, toman el aspecto de dos huraños animales heridos.
Desnudos, abocados a un mismo destino, se entrelazan nuestros labios con una agonía vital que pretende robar un trozo de la eternidad. Como disputándonos un maná precioso, a dentelladas mínimas rehacemos la delicada topografía de nuestras bocas. Sin más, deleite, lago interior del deseo donde una calidez de salivas distintas se iguala y confunden y es entonces cuando el primer conocimiento íntimo sucede. Después son las manos las que se enturbian. las que exploran el paisaje donde el sueño se detiene recorriendo los bellos contrastes de un clima, de una orografía distinta. Un país de suaves estepas, de dunas doradas donde, como altivos hijos del desierto hartamente educados en la contemplación, nos arrullamos en una concavidad tersa para deambular después por preclaros horizontes de alburas. El placer, requemado en la fogata de las playas dactilares, se hace buzo y en profundos océanos ahogado, liba el salitre que una epidermis contiene, naufraga invicto y feliz, detenido en las frondosas islas de una nuca, y reclama a ciegas la socorrida bahía donde refugiarse, donde anclar tanto marasmo. Y así, asido a la frágil seguridad de unos senos se entrega sin remisión posible al desmayo, a la preclara lucidez de una muerte reclamada y mil veces aceptada.
Queda un silencio de mudas gaviotas orbitando la estancia, una presencia de reptiles sonámbulos que enlazan sus cuerpos adormecidos y estáticos. La luz espectral de la noche descubre un fiero campo de batalla donde, abatidos y atrincherados, los hijos del deseo se desesperan e inician escaramuzas. Ella interpreta una solitaria canción, sostiene apenas con los dedos el arco y crea con sus uñas el desgarro, el instrumento que hará gemir las cuerdas insonoras de un torso, un contrabajo celular y humano que aprisionado entre sus piernas ejecutará la alocada sinfonía del goce mutuo. Después las olas, el flujo y reflujo de los tercos movimientos, la invitación a la mirada, el retorcer impasible de un cuerpo desarticulado en formas imposibles, buscadas con desespero, incitando con la caricia la profundidad de un hechizo irresistible y antiguo. El mago vuelve, su danza obscena cimbrea un prado de juncos elásticos y erectos y el terror tiene cara de niña, gestos dulces de niña y ojos de áspid. Julia-Niña, una llama se abre paso entre los dientes, una fogarada húmeda y maleable que va incendiando a su paso los vertebrados campos de un vientre. La lengua insuflando el hálito perenne de la pasión, contagiando cada hendidura de ardor inconfesable, hurgando premeditada donde un brazo se articula, donde una pierna se dobla, y otra vez la nuca, musgo cálido donde el aliento rebota y retorna impregnado de otro aroma, un olor que es nuevo y a la vez es el mismo. Una esencia que robamos con cada suspiro, que apresamos en el voluntario acto de la respiración.
Todo es sombra, tacto y recuerdo. Sombra oscura y pegajosa que hace de los sentidos una esencia, un perfume concentrado que precisa del agua diluyente del otro para que su olor no nos envenene. Tacto que salva del olvido, un sentido solitario luchando contra los que mienten, contra los que niegan la dulzura suprema del vagar sin rumbo fijo. La plaza de unas nalgas, la tibia calle de un sexo de mujer, y recomenzar la ascensión postergada, la exigencia que un duro pezón ejerce tiranizando a una mano cóncava y solícita. Y el tupido recuerdo, el álbum de cromos donde fuimos detallando cada imagen, cada imagen que se incrustó en los sentidos: el pliegue de una falda que accidental hace aflorar un muslo de bronces; el encaje pespunteando el límite de unas bragas inocentes, el sexo erecto que abulta las sábanas de la mañana, el roce, el miedo.
La calle nos espera con su costra de silencios que, desbaratados, penden en las ojeras de las ratas. Su mano retorna a la frialdad prima. Desandando la senda del deseo, como herbívoros rumiadores, masticamos los actos del amor oscuro. Dos universos que caminan juntos y terriblemente alejados. Dos lenguajes recitando un mismo verso incapaces de descifrar su significado.

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Henri de Toulouse-Lautrec 1864-1901 – In Bed. The Kiss

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