Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjeta con Trece Palabras.

Capítulo Cinco.

TARJETA CON TRECE PALABRAS.

La normalidad a veces se instala rescatándonos de la locura, y el mensaje que hay grabado en el buzón de voz pertenece a ese tipo de enojosas cosas que reclaman nuestra atención. Un mensaje escueto y profesional me conmina a ponerme en contacto con un tal señor Pujol, empleado al servicio de la compañía de seguros que cubre las eventualidades y responsabilidades derivadas del buen, o mal uso, que haga de mi automóvil. El zumo de naranjas y un cigarrillo demorando la llamada, me es cada vez más penoso atender las cuestiones triviales que conforman una vida apacible. El protocolo, los aniversarios, incluso las manifestaciones sociales ineludibles como sepelios, o bodas, suponen un esfuerzo que supera todas mis capacidades. El ocio que me impongo, las pocas hojas mecanografiadas del relato, la constante invocación de un amar mal baratador, llenan con holgura el tiempo que para mi persona dispongo y del que no quiero renunciar, ni siquiera ceder una mínima parcela. Beber meditabundo un trago de la dulce acidez. Absorber con gozo una bocanada de cálido humo sosteniendo en la mano el papel enigmático, toser inmisericorde con un atragantamiento convulsivo. Tengo que intentar gradualmente fumar menos.
Mi actual lista de prioridades: Casi con minuciosidad he ido destruyendo mi entorno inmediato, si no fuera por aquel mensaje mercantilista la mudez del buzón constataría la soledad en que me recluyo con auténtica devoción insana. Disfruto del silencio, lamo mis heridas, me convierto en más grato a mí mismo, comienzo a soportarme un poco más. Tal vez el conocimiento empieza par ahí, no hay que olvidarlo. Miro la pantalla, la letra pertenece al mismo formato que tengo definido con mezquindad. No cabe duda, fue escrito con él, hasta el tamaño de los caracteres que enturbia la letra “n” es idéntico.
Mi actual lista de prioridades: Disponer del tiempo para no hacer nada, escuchar música y no oírla, mirar televisión y no ver, leer un libro como quién deja que los verbos y adjetivos se escapen sin significado, leer sílabas y enlazarlas entre palabras distintas buscando nuevos significados. Algo parecido a la Cábala, componer la accidental melodía de la creación. Pero esa llamada insufrible me roba ya parte de ese tiempo muerto por anticipado, saber que tengo que utilizar un lenguaje coloquial, incluso el tener que desplazar la osamenta hasta las oficinas de la compañía de seguros me inquietan mortalmente. Y la frasecita, tan bien elegida, tan perfecta, tan propia para insertarla en el relato. Colofón o comienzo, ya lo veré.
Mi actual lista de prioridades: Dos días sin contestar al teléfono, huir del contacto con mis supuestos iguales. ¿Mis iguales? No desear articular frase alguna, odiar el intercambio. —¡Buenos días! ¡Hasta pronto! ¡Espero me llames! —Un rosario, un repertorio de formalidades donde la mente se descontrola y todo adquiere un grado de perversión domesticada. Y ahora tener que preguntar por un tal señor Pujol, aquella despiadada llamada me obliga a interesarme, a fingir interés sobre un tema desconocido, posiblemente relacionado con alguna nueva opción de seguro.
Sigo sosteniendo en la mano el último motivo de asombro, un desafiante folio encontrado en la impresora. Sobre su inmaculada superficie impresas trece palabras, una sola frase enturbiando la pureza del papel. No recuerdo haberlo escrito en ningún momento, entre la terminación de una parte del relato y su continuidad, había salido varias veces de la casa. Salí al ultramarino, cuarenta minutos apenas. Compré tabaco, como para un mes, en el estanco, veinticinco minutos escasos, y di algunos paseos diurnos y nocturnos, el tiempo destinado a ello es más difícil de evaluar, nunca más de dos horas. No es una mala frase, tiene fuerza. Leí el Tao hace mucho tiempo y ninguna sentencia se me ha quedado grabada, y menos aún como para recordarla. Sin asombro, rendido ante la evidencia de aquel texto, leo: “El viaje de los mil Li comenzó con un paso, sentencia el Tao”.
Mi actual lista de prioridades es no tener prioridades, pero la lectura, el sabio consejo condensando la sabiduría más antigua en trece únicas palabras me empujan a la acción. Un sólo paso es ya el comienzo, después es fácil, uno más, otro, y el camino, al igual que mi sufrido caminante, se va andando. Aquella medida, el “Li”, me es desconocida, pero facilita enormemente la abstracción que el mensaje lanza. Una cantidad imprecisa de espacio se asienta en los vocablos. Pero eso no es lo importante, lo útil, lo práctico, es proseguir sin pensar en la distancia a recorrer, millas, kilómetros, años luz, nada dicen de lo primordial. Lo único interesante es la senda, los aconteceres sin norma que durante su andadura se van sucediendo y que conforman el auténtico recorrido, el esencial. La línea quebrada que la vida va trasponiendo incesante y sin detenimiento. Los hilos, los puntos que ejecutan la danza de las sendas, la obsesión precisa. Julia retornada, la carretera tiranizando el destino. Edén y paraísos artificiales. Regreso al principio y no dudo, ahora lo sé, la presiento. Tan fácil, tan sencillo. Un paso, uno más, después otro, y otro, y otro, y otro más.

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