Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Cartulina en Blanco.

Capítulo Cuatro.

CARTULINA EN BLANCO.

La sangre en la comisura de la boca, y la lengua salvándola del vacío, absorbiéndola con delectación antropófaga. La mirada de ella desde una distancia inalcanzable, su mirada a salvo de mis actos. Julia entrando por la puerta, alegre pero cauta, intentando leer el estado de locura que presiente en mis ojos, en cualquier gesto adicional que le permita alcanzar la clave, la palabra justa; un más acá, no un más allá, un equilibrio de fuerzas contrarias subvirtiendo la realidad. Mis ojos obviándola, anulando su presencia; no mirarla, sentir sus movimientos felinos sucumbir por toda la casa, deambulando en quehaceres inciertos hasta que, por descuido, sobre una silla, se tropieza con la sábana. Blancura fantasmal dando corporeidad a un mueble y entonces una leve aspiración del aire, un imperceptible gemido donde el terror se concentra grueso hasta hacerse audible a mis oídos. Pienso en Julia, desde la distancia la imagino temblorosa intentando contestarse a mil preguntas por ella formuladas, pensando que tal vez aquel sudario, aquella suave sábana, no signifique nada, un descuido fortuito, un simpático error. Y ese miedo, la incertidumbre alojándose en el pecho como un nido de escorpiones y tarántulas y nace una caricia que desciende por sus costados suavemente, removiendo con mansedumbre sus ovarios, y nota la humedad, la pegajosa presencia que fluidifica su sexo, que se destila desde muy adentro y le empapa las bragas.
Las ropas desperdigadas por la habitación, su cuerpo doblado sobre sí mismo, sólo un camisón cubre su desnudez, y sin esperanzas encierra sus manos entre los muslos, atosigada siente el ardor liquido comiéndole las entrañas, percibe como sus pezones se erizan, se endurecen al sentir mis pasos que recorren el pasillo. Cierra los ojos, pero no es necesario, el sonido de un interruptor aboliendo la luz le advierte de mi presencia, le indica que la oscuridad se extiende por la alcoba. Una sombra física, una carencia de luz interna donde sólo el roce de unos dedos es real, donde el desgarro del tejido es la única certeza posible. Julia incapaz de contener un temblor que parte de dentro y se manifiesta en cada poro, revienta en cada célula y entonces las manos que la alzan y la pinza de unos dedos sobre una nuca de musgos obligándola, empujando hacia abajo hasta que el respaldo de la silla se clava en su vientre do-blando todo su cuerpo. Plegada, de bolsillo, como un fetiche que se puede transportar colgado del cuello. Nuevamente el silencio y los pasos que se alejan mientras permanece postrada, esperando que todo comience de un momento a otro, sintiéndose sucia y asqueada por un deseo que se desborda palpitante entre las piernas y la desagradable sensación, fría, que le recorre las espaldas, que se ajusta a su forma como un delicado guante. La sábana mojada descansa sobre ella, la envuelve por completo pegándose a su cuerpo, haciendo que perciba como su vagina se retrae, se angosta hasta el dolor. Y el chasquido de la cinta adhesiva sonando en sus oídos como una advertencia, como un amigable aviso. Manos diligentes van envolviéndola, aprisionándola junto con la sábana, como si fuera embalsamada en vida percibe la cinta girando desde sus tobillos, cerrándose en una espiral inacabable sobre sus entumecidas pantorrillas, ascendiendo como un pegajoso ofidio por rodillas y muslos. Separadamente, casi al unísono, y un detenimiento, un paréntesis que salva sus caderas de la torturante cinta. Ya no puede doblar las articulaciones, sobre los dedos de los pies apenas se sostiene, su peso todo descansa sobre el vientre, sobre el respaldo cortante, y nuevamente la espiral parte de la cintura. Como un monstruo posesivo va aprisionando costilla tras costilla y la respiración se hace difícil, el aire penetra por la boca en pequeños sorbos de vida; jadea, ya no respira, traga el oxígeno y el mundo es un ansia que la envuelve lentamente, que le va construyendo una segunda piel de lino, una dermis de hilos entretejidos y fríos que como una mortaja le acompaña en el dolor, Pero no hay más pausas, sin detenimiento, a destajo la banda adhesiva coloniza los hombros y se bifurca hacia los brazos. Como una muñeca reparada, como un grotesco maniquí, los miembros no pueden ser flexionados, la condenan a una quietud despiadada y es una crisálida que teje y se ahoga en su propia vaina, que siente como una tercera piel se suma al suplicio, una epidermis final de plástico opresivo que va rematándose por el cuello, que evita taparle la boca para que el miedo se prolongue sonoramente, por si ello fuese necesario.
Julia toda de plástico, tan sólo sus orificios se salvan, tan sólo sus accesos corpóreos se encuentran cubiertos por la húmeda sábana. Los sonidos le llegan amortiguados, la visión es nula, únicamente se percibe a sí misma, Julia es toda Julia, no hay nada en el universo, un respaldo clavado en el vientre, un jadeo sordo y acompasado se amplifica en el cerebro y un tamborileo dislocado que empuja la sangre por dentro. Nada más.
De pronto un desgarro breve, un arpa que rompe sus cuerdas con lentitud desesperante. Una cuchilla rasgando el tejido que cubre las nalgas, partiendo la urdimbre hilo por hilo, haciéndole sentir la apariencia de que es su carne lo que el filo corta, transmitiéndole la sensación casi real de una herida. Y la precisión del matarife, la certeza de alguien que conoce su cuerpo, la perfecta anatomía con la exactitud de un dios y la presión dolorosa que inesperada asalta su ano, la punzada interminable que dilata forzadamente el esfínter. Un resquemor asciende por el recto relajando el vientre. El falo de Lucas encajado, empalándola hasta las entrañas, perforando su cuerpo en vaivenes sucesivos y la vergüenza ganando terreno, materializándose en la orina que se escapa, que le moja con una calidez confortable y sucia, que desciende por sus muslos y le arranca un quejido, un grito de placer profundo. Una semilla escondida y atesorada desde la infancia que sólo él es capaz de hacer florecer. Y las contracciones espasmódicas del pene, el semen que fluye liberado dentro de ella, el tibio esperma de Lucas estrellándose en sus intestinos le hace proferir un nuevo aullido, una nueva avalancha de placer que la deja exhausta y conclusa.
Pero no hay descanso, no esta permitido el arrobo, el afilado canto de la hoja palpa la sábana a la altura de la boca, y comienza la lenta letanía, el temblor que proviene del alma. El deseo le hace anticipar los labios y un frío distinto, un sabor degustado en otras ocasiones, el metálico aroma de su sangre, le enfría la comisura de la boca, gatea enjugándose en la sábana. Los dedos de él agrandan el desgarro del tejido y ya, liberada la cárdena presencia, fluye por la barbilla, y la lengua salvándole del vacío, absorbiéndola con delectación antropófaga, la engulle presa del deseo más férreo.

muñecas3 (3)
René Magritte 1898-1967

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