Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Postales con Matasellos. 2/2.

Capítulo Tres. (2/2).

POSTALES CON MATASELLOS.

Conectar el cristal térmico, la respiración condensada sobre el vidrio y el efecto, visión desde dentro de una pecera brumosa y distorsionada. Al llegar a la Plaza Principal girar el rumbo hacia unas callejas alejadas del tumulto. Aparcar invadiendo la acera, descender en un escenario lunar y frío. La calle se prolonga en la oscuridad, delante, con sus círculos de luz alternando noche, día, noche, día. Unos portales, la madera llena de humo, de un lastre de tubos de escape y gasoil. Brilla el suelo, sobre unos cubos de basura descansa un gato, me mira como lo hacen los gatos, sonríe al estilo socarrón de los gatos y siento un frío espeso y delicado por la espalda, alrededor del cuello. Calle Babel. Oigo mis propios pasos como una distorsión, un eco descompasado, amorfo. Alzo los ojos buscando el letrero, el reclamo que me indique que estoy en lo cierto, que por allí es, que aún puedo olfatear tu aroma. Y en medio, junto a un bello portal modernista, como una aparición esperada, dos cierres metálicos ocultando el interior de una librería. Sobre lo que debe ser el escaparate, con letras doradas y herrumbrosas leo un reclamo. “Libros Nuevos & Usados” y en su centro, al lado de lo que probablemente es la puerta, un hierro negruzco que se adorna en filigranas y volutas sosteniendo dos cadenas, a su vez mustias y chirriantes, de las que pende un letrero de madera. La forma irregular, la base amplia, los cantos redondeados con coquetería contienen el nombre del establecimiento: “El Arca”. Un dibujo de un arcón ilustra el título y debajo de él, casi con usura, “Libros”. Un aire de cenizas produce el movimiento del cartel, un balanceo lento, un quejido metálico. La bruma comenzando a dispersarse, asfalto aceitoso e irisado. Una bocanada de aire, impetuoso y salvaje, el cierre emitiendo un ruido hueco y de ultratumba. Alzar los ojos y contemplar el grabado que representa un arca, un arcón. La luz derramada y oblicua desde los faroles que alumbran la calle, el letrero bajo su hechizo, en sombra, se ilumina, en sombra, se ilumina, con alternancias. Calle Babel. En uno de esos movimientos un detalle que la penumbra y la erosión de la pintura ocultan. Miro y me produce una especie de sorpresa casi irónica, de las esquinas del arca, porque sin duda es un arca, salen unos varales, unas andas para poder portarla. No, no se trata de un simple arcón, lo allí representado podía pasar por un remedo del Arca de la Alianza. Calle Babel. Dentro, fuera, dentro, fuera.

Sábado de madrugada y Julia incubada en mi cerebro, campeando como una señora por sus dominios. No puedo dejar de soñar con el pasado, un sueño líquido y cálido, unas palabras rebotando por todos los rincones de nuestras almas. Monstruos llamados y venidos, terrores que crecen por las paredes y Julia desencajada, con las medias rotas en las rodillas, primer entre acto de la gran obra, del perfecto andrógino en tres crónicas superpuestas.
Crónica Primera:
Cuerpo contraído y un temblar de cachorro extendiéndose por las extremidades, incapaz de hablar, la paciente emite unos sonidos inconexos, un gimoteo acompasado e infantil que se prende de las rodillas heridas, de sus medias desgarradas. La interrogo, doctor Lucas, tomo sus hombros con un zarandeo brusco que intenta la reacción, estado catatónico, inercia de nanas y letanías. La mirada se abisma borrosa, no llega a percibirme frente a ella. Catarsis. El brazo derecho se alza en el aire mientras la retengo por el hombro con la otra mano, una reacción inconsciente motivada por la falta de respuesta que su entendimiento muestra, y descender, violenta, cortando el frágil aire que nos separa, y sonora, con un chasquido que la acústica de la habitación amplifica en mis oídos de una forma terrible, la mano abierta impactando en la mejilla. Reacciona imprevista, sorprendida, sus ojos son dagas que hunden mis pupilas, no era yo, su boca se abre en la sorpresa y un sonido de fuente, un chorro acuoso salpicando los oídos, Julia mira al suelo, la paciente parece sorprendida. De mis perforados ojos pasa vertiginosa a la superficie que nos sostiene, o sea, el suelo. La enferma muestra un parpadeo continuo. Ambos arrastrados, como si un empuje nos liberara del yugo de insistencias. Clava la vista en sus pies, y el sonido toma forma, la sonara alegoría se materializa en la micción de orina que de entre sus piernas cae. Se sobresalta, intenta evitar que la orina salpique los zapatos, torcidos, llenos de polvo. Luego el hipar y el llanto, un llanto desbordado que magnifica el hecho. No un golpe brutal, recapacito sobre mis manos, un cachete esquivo más bien. Hipear entrecortado. Cadencia que aumenta el ritmo, la intensidad, una frecuencia que crece mientras los ojos se vuelven sobre sí mismos y la paciente, llegados a esta crisis, se desmaya en mis brazos presa de un extraño éxtasis.
Luego la tila humeando, la mesa abarrotada de pañuelos de papel, un moquear incontenible que expele barritando con sonoridad y los golpecitos en la espalda, el “roró” verbal del —”No pasa nada”, —”Ya está”, —”Tranquila”, y las explicaciones atropelladas. La paciente narra el motivo de su imprevista recaída.
Crónica Segunda:
El aparcamiento como un túnel oscuro dibujado sobre las palabras, un refulgir mortal, una navaja insistiendo por el cuello, (todo ello en una penumbra de garaje). La presión cegadora que suda aliento de alcohol borracho, voz susurrante vertiendo obscenidades en los oídos. Teme por su vida, Julia teme, que no es poco. Pensamientos anulados, reacción negativa. Pavor, sudoración fría, oscuridad en la mente. —¡No, papá, no!— La llave intentando penetrar la cerradura, un estorbo de bolsas, un empujón que la violencia le imprime y que le obliga a buscar el apoyo del metal, (sonido de chapa, fx: ¡plash!). Mientras su cuerpo se estrella contra el automóvil, y el destello, la fluorescencia que cruza por los ojos y se hace física, punzante en la garganta, (música heroica). Y como en las viejas cintas cinematográficas, un sonido familiar en el último momento, (fx: ¡crash!). Un automatismo redentor que se acciona y la luz de unos faros salvadores, (proyección de unas luces sobre un fondo de pared a dos colores, blanca, naranja, señal de salida). Un vehículo que entra y aquel individuo la arroja al suelo, se deshace de su persona en un sordo quebrar de rodillas, y el repiqueteo de la huida perdiéndose en la oscuridad, los pasos que se alejan dejando un rastro de pánico salpicado entre la grasa de las baldosas, (fx: clap, clap, clap).
Julia, nociones que se me ocultan. Conclusiones claras y convincentes que hablan de ciertas asociaciones mentales. La orina, el orgasmo, Julia, la orina. Y ahora el ovillo, el hilito que se asoma y no consuela. Ella sobre las sábanas, sobre el ara de una tarde de cielos grises. Allí yo, lamiendo, aullando, removiendo el estiércol, hocicando contra los imposibles de su silencio. Julia muerta, piel muerta, alma muerta. Julia no siente mi cerco y sus acechos, no respira este aire denso que despierta el heno, el cuerpo de una mujer llamada Julia. Ignora su epidermis, no le habla, no le hace percibir el vello erizado de unos labios, la rugosidad de un pezón que se contrae y blasfema. Julia y la orina, el orgasmo y Julia. Y decir que no, que eso no puede ser. Julia, orgasmo, orina. Una señal imprevista, la navaja. Julia terror, Julia orina. Y un encadenado evidente y perverso. Pánico, más orina, todo en Julia…, igual a orgasmo.
Crónica Tercera:
Imprecisiones acuosas narrando episodios tristes de la infancia, tortuosas diatribas que señalan a un padre alcohólico y violento, a una madre asustada y complaciente, casi animal, que se niega a admitir las vejaciones que su marido le procura, que omite consciente las incursiones que amparado en la noche hacía en el cuarto de la niña. Pienso en Julia, Julia-Niña, la que a veces asoma detrás de ella, de la Julia de hoy, La niña que fue Julia, la desamparada niña que sentada junto al mar me desbarata una madeja que le anuda la garganta. Le habla a sus zapatos, se esponja el cabello con gestos distraídos. Caminar y detenerse en un bar lleno de escamas y raspaduras. Entonces aún la veo, percibo esa tormenta que desde sus ojos recibo, me cuenta el porqué, los asuntos que tiene bajo la almohada. Bebemos vino y el sol se retira entre añiles y violetas. Es invierno y tenemos frío, un frío contagioso que me va hundiendo, que me retuerce las manos encima de aquella mesa, tablas, hendiduras llenas de migas y restos indefinidos. Ella pasando la uña por aquella grieta, absorbiendo la suciedad, dejando sólo el perfil de las muescas. Y es Julia-Niña la que se sumerge sola y repetida en el recuerdo.
Un cuerpo semidesnudo que aparta las cobijas de la cama y se introduce junto a ella, palpan, buscan sus diminutos senos con avaricia, mientras una dureza maleable y bofa se clava en su espalda. Merodear ansioso por las nalgas, frotamiento con violencia. Su inocencia se parte otorgando a la noche los oscuros elementos de una terrible pesadilla que, inexplicable, atolondrada por su mente infantil, es incapaz de rellenar, de darle una forma precisa y concreta. Luego viene un remedo de paz, tras la agonía del padre, del jadeo incomprensible, la ansiada soledad retorna. Un flujo tibio salpica la carne y marca el final del suplicio, del desaliento.
Es mentira la tarde que se aleja, miente su noche recién estrenada, todo confabulado para hacerme creer que las locuras se repiten, que se hace inútil avanzar, que no hay motivos. Habla Julia-Niña y comprendo todo.
El calvario se repite cada vez con mayor frecuencia, el padre quiebra el cristal de la noche y la llena de sapos, de cucarachas que devoran la delicada alma de niña. Y aquel apéndice grotesco y duro busca por vez primera una entrada. Nota como las fuertes manos le separan las nalgas y la ardiente dureza orada dolorosamente su ano. Aquel desgarro le atemoriza, intenta zafarse con piernas y brazos. Patalea, manotea el aire horrible del cuarto intentando alejar a los monstruos que se instalan sobre la sábana, la vergüenza que sonríe en el callado rostro de la madre. Entonces la primera conmoción que retumba en su cabeza como un cañonazo, como los cohetes que imagina surcando el cielo ennegrecido del día del Carmen y que, con una algarabía de luz, sacan los colores al oscuro mar de la noche. Miles de luces se dispersan dentro de sus ojos cerrados, un pitido agudo inundando el cerebro al sentir la bofetada en la cara, un vacío en el oído izquierdo de trenes desesperados y un terror de entrega sin condiciones se apodera de su fe. Esa la vez primera que el flujo tibio se derrama muy a dentro, y esa la primera vez que, al despertar, sumando una vejación más, comprueba que había mojado la cama.
Pánico, orina, orgasmo, Julia, Julia-Niña.

camas (4)

1907151444693.barcode2-72.default.png

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s