Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Postales con Matasellos. 1/2.

Capítulo Tres. (1/2).

POSTALES CON MATASELLOS.

Aparcar un viernes por la tarde, la sangre adormecida en los talones, faltando en la yema de los dedos. ¿Cómo te va?
Recorrer calles y avenidas, pensar que demasiado lejos, que he dejado el coche en la quinta puñeta. Acelerar el paso, presentir que no es lo mismo, que ella no me aguarda en ningún cuarto de pensión, en ninguna cama sucia y alquilada. Transeúntes, inventario. Cara de cerdita, con bigote, con abrigo que le embute y hace su andar pesado. Pantorrillas en lycra, brillantes, sedas de la química y la caricia. Un grupo de jóvenes alborota camino del centro, se empujan, gritan y veo en sus ojos la vomitona corrosiva que alterará el amanecer. El estómago es un abismo insondable, una papelera donde voy arrojando mensajes de Julia. Las aceras una pista de grasa y humedad, el frío del puerto avanza silencioso entre los automóviles y todo refulge irreal y detenido. Besos de Julia. Nos miraremos y ya no necesitaré inventarte, pensar que hablas a mi lado, tus opiniones serán reales, real tu pelo y su alboroto, tus distantes manos reales. El hormigueo gana apariencia, ahora se instala en el pecho y lo oprime con su ejército en seis patas, con las antenas merodeando por el esófago, con unas mandíbulas que se clavan y pellizcan eso que se viene abajo por momentos. ¿Sabes de qué hablo? Si, Julia, del corazón y el orgullo.
Traspasar una puerta y dentro. El calor me recibe, sólido, petrificado entre el queso y los fogones. Miro las mesas que encuentro a mi paso. Ellas me miran, beben de una copa y me miran, tosen y me miran, se mienten y no me miran.
Presentir que eres observado, ella se oculta en la marejada de las voces anónimas y me mira, me está viendo llegar, y yo con la cara contraída, con las manos inservibles, temiendo que el maître se acerque y pregunte.
—¿Una mesa?
—No, no, espero a alguien.
—Puede, si lo desea, aguardar en la barra tomando un aperitivo. Le recomiendo…
Y saltar a un lado, por allí, si allí, en el último rincón del mundo una mano se alza y hace gestos, y disculpas, y un no hay de qué.
El pelo más corto que en el recuerdo, las manos más blancas, los labios idénticos, insufribles e idénticos.
—¡Vaya, creí que ya no venías! ¿Cómo te va?
Lo imaginaba, ya estamos sentados, nos hemos besado en las mejillas como Judas de cartón-piedra. Como payasos sin bofetadas. Y henos aquí, frente al relumbre de un cabello ocre, perfilando con los ojos los rasgos y el aroma atormentado del pasado.
—¿Cómo te va?
—Ya ves, pues poco que contar. Un por aquí, un por allí y de paso… —Dejo al silencio que complete la frase.
—Vamos, todo un enigma.
Y ahora el maître me reconoce y me acoge, ya no soy el paria que llegó hace un momento con esperanzas relativas. Ocupo una mesa y él se acerca, sonríe y mendiga, me muestra la carta e inclina un cuerpo hastiado y seco, repetido.
—¿Vino? —Propongo, —¿tinto? —Elijes.
Y ya se compone la comanda y todo es un trasegar de platos, de copas y tenedores. No puedo hablarte porque los vasos se empeñan en cantar su repetitiva canción del cristal y las campanas. Y tú no estás dispuesta a ponerte de rodillas, tú blandes la espada de tu acento nasal, tú esgrimes los tridentes de la boca y sabes y pasas la lengua por el filo del labio y yo hablo de la calle, de la humedad, de como está todo.
—Bueno, ¿y por donde te mueves?
Le diría que no me muevo, que las piernas no recorren espacios distintos, pero que ando, que últimamente no he hecho otra casa que andar, recto y seguido, pero un andar, al fin y al cabo. Y se agita en la silla, y me percato de la vestimenta, de la blusa perfecta que descansa liviana sobre los hombros, del bolso, de los anillos que rodean unos dedos más blancos, más fríos. Y no estoy seguro de que Julia haya venido.
—¿Y tú? —Es un ¿y tú? que temo, un tirar piedras sobre el propio tejado.
—No me quejo, continúo preparando las oposiciones, me mudé como te dije, y poco más. —Sigo temiendo ese poco más que revienta sobre el mantel y salpica. Me salpica.
Interrogantes instilando el veneno del desconsuelo. No sé si prefiero desconocer, no saber qué brazo te cobija, qué lugar es el que destrozas y perviertes.
—Cuando bebo me vuelvo procaz, Julia, se me abre la trampilla y me entusiasmo.
—¡Bla, bla, bla! ¿No es eso, Lucas? —¿Insulta? ¿Hiere?
—Si, Julia, bla, bla, bla, bla, te faltó un bla, el del punto y final.
Tengo otro bla, chiquitito y prolongado. Está dis¬puesta a la sorpresa, a dejarme herido y lloroso por el suelo. Dime tu bla, prolongado.
Se ríe y oculta la boca tras la servilleta, se ríe y los ojos se hacen de un agua brillante y translúcida.
—Espero que te guste, suena más o menos así. —Y disminuye el tono, lo hace casi inaudible, lento e insinuante. —Bla, bla, bla…
—¿Y? —Lo digo con los ojos espantados, con la boca señoreando su abandono. Insisto. —¿Y?
—Lucas, pierdes cualidades. Este bla, bla, bla… es el de los puntos suspensivos.
Adoro la maldad que desprende como si nada, son unas hojas que caen de su árbol, ella no lo sabe, pero caen y te llenan el pelo con un polvillo de oro. Soy estúpido y no aprendo, alargo la mano buscando el contacto de la suya, la retira de inmediato, sin bajar la guardia, sin borrar esa sonrisa de niña pervertida.
—Bla, bla, bla… Son tres, Lucas, tú tienes el primero, el primer bla que regalo. Busca los otros, y cuando los tengas, toma mi mano, toma mi pelo, toma… —Vuelve a reír y coge la servilleta, se oculta tras ella nuevamente.
—Tú, en cambio, mejoras, en serio, Julia, has mejorado. Posiblemente has perdido la gracia de lo espontáneo, pero eso ¿quién lo quiere?
Escuece Julia, te escuece y no te gusta que sea respondón. Disimulas y ahuecas el pelo, lo festejas en ese merodeo que crees irresistible. Aprovecho que sudas, que te tiembla la barbilla en una rabia que amarras en la cintura y descarga las andanadas que duelen, las que de verdad nos duelen.
—¿Y el amor?
—¿No me digas que aún teorizas sobre eso, Lucas? —Lo dice afectadamente sorprendida, casi con arrobo. Suspiras intentando parecer cansada, hastiada de que siempre salga a relucir el maldito amor. —Ya sabes que soy una disminuida, ¿no era así? Una tetrapléjica del sentimiento, según tu siempre acertado diagnóstico.
—Bueno, Julia, le llamo amar para que me entiendas, Pero sabes que me refiero a eso otro, a eso que tú ejercitas y que deja un reguero de vómito e hiel. ¿Tienes alguna nueva vícti¬ma en tu terrario? Esa es la pregunta.
—Claro, bobo, ¿cómo no?
Predadora, cruel y predadora. Enseñas los dientes y siento su canina armonía, esa hilera lechal y sabrosa que sabe donde clavarse, donde hendir la carne buscando el desangre rápido, casi indoloro.
—No lo he dudado nunca. Unos salen, otros llegan.
—En honor a la verdad rectificaría tu enunciado, Uno sale, se va por voluntad propia, después puede que alguien entre, que se quede, que le deje sentarse en mi regazo.
—Has ganado hasta en la dicción, menos oclusiva, menos nasal. Todo un logro que admito. —Intento que creas que no me importa, que es un pasar por casualidad, un referir, ya que estamos en ello. —Y, ¿de quién se trata?
—¡Oh no, no creas que voy a extenderlo aquí sobre esta mesa! Te encantaría, ¿verdad? Sería el disfrute de Lucas Martel, un motivo, un nuevo acicate para el desprecio. Se aprende Lucas, no me ha quedado otro remedio que aprender. —Ahueca otra vez el cabello, dudo que lo haga por mí. —¿Te avergüenzas acaso?
Es odio, rencor ácido de Julia, niega con la cabeza para sí misma, para sus pensamientos.
—Vergüenza de ti, Lucas, de tu falta de tacto.
—Tengo un bla, no lo olvides. Y pienso canjearlo, entregarlo en prenda de algo.
—Como quieras, si tu bla es moneda de cambio, así sea. Pero no hoy, querido, hoy no. Otro día, quedamos, te lo presento, aunque me avergüence lo que pueda pensar de ti, otros tragos he mamado más amargos.
—Sólo una cuestión, ¿de qué va? —Ahora es mi sonrisa la que flota ufana y retadora.
—Librero, un vulgar librero. Seguro que alguna vez has estado en su tienda. —Inclino la cabeza esperando tus comentarios, alentando la verborrea. —El Arca, en las inmediaciones de la calle Babel, un lugar encantador.
La cena fenece, el tiempo se angosta y nos alejamos, hay palabras que nacen con su filo y su lámina afilada. Ahora no son sonidos, es el tiempo de los hilos, de los errores que se presentan retadores y acechan, devoran. Y ahí estaba el ejemplo, la confusión de un camarero que deposita sobre la mesa un plato, un cuchillo, una manzana.
Oscura presencia que pareces gravitar sobre el plato, sobre el fruto brillante que resulta insultante y perfecto en su morfología. Todo un alegato de lo coincidente y gracioso. Cárdena alegría fulgurante, Julia me mira divertida mientras alza los hombros en señal de sorpresa, —Tal vez un error, una confusión— Tomas el fruto en tu mano rememorando la imagen de una Eva inducida por reptiles sutilezas. Deja que recuerde la frase que compartimos en mi memoria. —”Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre su linaje y tu linaje, él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañal”—.
Apetencia por sus mórbidos rojizos, la llevas hacia la entreabierta boca, tus incisivos brillan blanquísimos, casi tiernos y calcáreos rompiendo la piel del fruto, desgarrando la carne blanca con un crujido esponjoso y húmedo. Incólume manzana que prestas la señal inequívoca de sus dientes. Morder en dos tiempos, en dos compases deliberadamente lentos y, mientras lo haces, sostienes mi mirada, lo conozco, la he visto en las tardes en que nos ganaba el miedo y sólo nos quedaba la cama, lascivia. Y giras la muñeca, rotas toda la mano, y ofreces el manjar a mi codicia. No nos entorpece el verbo, no articulas palabras innecesarias. Una melodía de tenedores y vasos, de entrechocar de metales y vidrios acompañan la escena. Rozo tu mano en el acto de aceptación voluntaria, calidez de la piel, suavidad de tersa manzana, y con deliberada precisión muerdo invadiendo el lugar donde dejas tu señal, tal vez nuestras salivas se encuentren, tal vez un pacto no escrito se está sellando en este exacto instante.

La noche sigue fría y pegajosa, Julia camina a mi lado, nuestros pasos resuenan en la calle como un pausado y arrítmico corazón. Nos detenemos y sacas el móvil, debes llamar a alguien, me separo unos pasos pretendidamente discretos. Enciendo un cigarrillo, expelo el humo con energía dejando que se disuelva en la oscuridad y se confunda con la bruma. Tal vez el librero, a lo peor unas excusas por tardar un poco más de lo esperado. —No te preocupes, ya mismo se larga. —Sigo imaginando improperios. —Bueno en unos minutos estoy ahí, lo despacho y salga corriendo. —Apaga el teléfono y nuestro mirar se entorpece, la tiento.
—¿Una copa?, o la calabaza puede romperse en mil pedazos.
—Hace tiempo que dejé la calabaza, pero sí, por qué no, tomemos algo.
Un bar de copas, el perfecto colofón para una noche de encuentros, la tenue luz, la música suave y anticuada invitando a continuar el diálogo, la lucha. El inevitable vodka con naranja de Julia y un brindis, un soniquete de cristales densos entrechocando.
—¡Por los blas, por todos los blas del mundo! —Me observa sosteniendo aún el vaso en el aire.
—¿Estás seguro de querer intercambiarlo? ¿De entregarlo por conocer?
Quiero medir los términos, que salgan de mi boca correctos y exactos. Intensos en un plenilunio que se oscurece, que se eclipsa tras su sol.
—Quiero ver donde te revuelcas. —Me mira con un escándalo pausado, retenida. —Ver los ojos de él y así saber, porque sabes que tendré acceso a tu puerta si él aparece, sabré si dudas o tiemblas, si es real o incierto tu futuro.
—Mucho esperas saber, ¿no te parece? Diría que demasiado.
—Dame tiempo y un nombre, y tú mismas verás que allí estaré, buenas perspectivas. A lo mejor tienes desde hoy lo que siempre quisiste.
Denegaste una segunda copa, tenías que madrugar. Volver a sumergirnos en el vaho que aprisiona las calles, en esa manteca gaseosa que impregna algunas noches a las ciudades ribereñas al Mediterráneo. Un manto brillante que cubre las interminables hileras de automóviles, proyectando multitud de resplandores, chispeantes, incandescentes. Una luna rota, borrosa, cobijando nuestro andar calmo y su fulgor zigzagueando en la acera, derritiendo la suciedad. Detenerse junto al coche, a través del impenetrable cristal adivinar un pequeño muñeco de trapo colgando del retrovisor.
Darnos la mano entre esponjas, proferir algunas palabras de despedida, soledad prendida de los bolsillos, del labio inferior, colgando, como un objeto obsceno e inútil.
Desciende la noche de golpe y tengo que saber, situarme en el campo de los terrores. Merodear el escondrijo, un número de teléfono, no, una dirección. Y hay que recurrir a las sustituciones que reflejen al menos una tímida luz, buscar calle Babel, mirar el entorno donde ella seguro que avanza y retrocede, salta o se agazapa, donde comparte un trozo de su existir.

lluvia (3)

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